Flightless Bird, American Mouth
[Bella]:
Un trueno retumbó en un lugar no muy lejano. Las nubes, tan inestables e inseguras, se revolvían entre el cielo, incómodas, y se desprendían de las gotas de lluvia, empapando la ciudad. No era lluvia como la de Forks, sino que era más fina, delgada y transparente. Tampoco te daba la sensación de que las gotas descendían de las nubes con el único propósito para matarte.
De todos modos, me había acostumbrado a la lluvia de Forks, a mi lugar. Cuando nos íbamos de vacaciones, solíamos escoger lugares soleados y apartados del resto del universo. Pero esta vez nos encontrábamos en el norte de Europa, un lugar bastante lluvioso.
Mi brazo estaba enredado con el de Edward, que mantenía el paraguas. No nos sorprendió que todos los viandantes se quedasen mirándonos con la boca abierta; ya nos habíamos acostumbrado. Cuando yo era humana, me molestaba que le mirasen (aunque no culpaba a la gente que miraba a Edward), pues yo no estaba a su altura… Pero ahora, yo era digna de él. Las personas torcían la vista cuando comprendían que su pareja era tan hermosa como él. Aunque ahora, también me miraban a mí.
Llegamos a un espacio abierto, sin coches; era un parque. Las hojas de los árboles estaban inclinadas hacia el suelo debido a la lluvia que embestía contra ella. El suelo era de cemento, gris, y había pequeños campos de hierba distribuidos de forma desorganizada. No había mucha gente, pues la lluvia no incitaba a los niños a jugar aquí.
En la puerta de un portal oscuro se hallaban tres hombres; dos con un instrumento musical cada uno. Habían terminado una canción, y mantenían la funda de la guitarra abierta para posibles propinas. Los dos músicos se recostaron en sus sillas, y el cantante carraspeó varias veces. Los tres compartieron una mirada cómplice y se prepararon para la siguiente canción.
Edward también sentía curiosidad a mi lado, y ambos sentimos una corriente eléctrica recorrer nuestro cuerpo fugazmente cuando la letra principal, acompañada de los bellos instrumentos, inundó nuestros oídos.
La letra, tantas veces bailada, tantas veces cantada por Edward en mi oído, ahora llegaba a nuestros oídos.
I was a quick wet boy, diving too deep for coins
All of your street light eyes wide on my plastic toys
Flightless Bird, American Mouth. Nuestra canción.
Miré a Edward instintivamente, quizás demasiado rápido para encontrarnos en medio de la población, aunque no había nadie. Edward ya me miraba, y sus ojos guardaban dentro de sí un mar dorado, eléctrico. Me sumergí en él, en el propio mar de los ojos de Edward, y pude suponer por su mirada que él también estaba mirando dentro de mi rostro, más allá, en mi alma, que le pertenecía.
Acorté esa pequeña distancia. Mis tobillos volaron para unir su boca a la mía. Enredé mis dedos en su pelo del color del bronce, mientras con el otro brazo lo atraía hacía mí. Él abrazó mi cuerpo con los dos brazos, y una pequeña e insignificante parte de mi mente comprendió que había soltado el paraguas y ahora la lluvia atacaba nuestras cabezas, mojándonos. No solo sentía la quemazón en mi garganta, sino que todo mi cuerpo ardía en llamas. Y no por la sed, mi cuerpo no necesitaba sangre. Mi cuerpo lo requería a él. Solo a él y nada más.
Estudié sus dientes con la lengua, y Edward me ceñía más y más contra mí. Ya no podía escuchar la música, ni el breve murmullo de las hojas de los árboles, molestas por las gotas de lluvia.
Edward Edward Edward Edward. Eso era todo lo que yo podía escuchar, todo lo que veía, lo que sentía, lo que olía, lo que necesitaba. Edward.
La lluvia parecía caer a trompicones a nuestro alrededor. No podía sentir las gotas mojadas resbalando por mi piel, empapando mi pelo y mojando mi ropa. ¿Cómo, si habíamos creado una burbuja entre nosotros, imposible de romper, lejos de todo lo demás? El me amaba y yo a él. No podía permitirme pensar otra cosa. Edward. Mi Edward.
Pronunciábamos nuestros nombres despacio, deletreando bien cada letra, cada sonido. No podía parar, mi necesidad por Edward era infinita, ¿cómo iba a separarme de él?
Ambos nos apartamos unos escasos centímetros, y a la vez dijimos, plasmando y mezclando nuestro aliento:
-Vámonos a casa.
Reímos sin fuerzas, rendidos, y nos dimos varios segundos para poder respirar. Compartimos una corta mirada con el grupo, que ya tocaba otra canción. El paraguas permaneció en el suelo, pese a que llovía incluso con más fuerzas. Lo único en lo que ahora estaban ocupadas nuestras mentes era en el otro, no viendo la hora de encontrarnos en nuestra blanca cama. Intentamos correr lo más despacio que pudimos.
