[1.2]


Elizaveta no creía que perderse en su misma escuela, el primer día, en la primera hora, fuera algo probable. Había visitado el edificio cuando acababa de llegar, a confirmar su inscripción, a informarse sobre el horario, había tenido un recorrido del edificio.

Y sin embargo, ahí estaba, quince minutos faltando para su primera clase e intentando averiguar por dónde debía girar.

— ¿Te encuentras bien? —le llegó una voz asustándola. Se sintió a sí misma tensarse, pero después de unos segundos se recompuso, y se giró para ver a un chico alto, cabellos rubios casi platinos, con una bufanda pegada a su cuello (a pesar de la aparente temporada cálida).

—Yo… eh, sí —dijo un poco avergonzada, al tiempo que una mano la posicionaba detrás de su cuello—, sólo… iba un poco tarde a mi clase, es todo.

El otro chico, que antes lucía confundido, ahora tenía una sonrisa en su rostro. Eli se sintió incómoda, aunque no intentó alejarse del otro chico.

— ¿Segura que no necesitas ayuda? Pareces todavía un poco asustada del lugar —la chica dejó salir una pequeña risa de sus labios frente a semejante perspectiva. Seguro, se veía confundida, no sabía a qué parte del edificio tenía que ir, pero ¿asustada del lugar? Lo más posible era que por el exterior pareciese de esa forma, sin embargo y aunque se sentía un poco fuera de lugar, no le tenía miedo.

—No es eso, uh…

—Braginski Iván —le facilitó el otro.

—No es eso, señor Braginski —se corrigió, sonriéndole agradecida al que le facilitara una forma de dirigirse a él—, es sólo que… estoy, um, un poco distraída. Es todo.

El otro pareció pensárselo unos segundos, Eli sintió que ya habían pasado alrededor de diez minutos, y todavía no encontraba su clase, lo cual no le mencionaba nada bueno de lo que pasaría si realmente llegaba tarde. Oh por todos los dioses, no quería llegar tarde.

—Si me disculpa, yo eh… tengo que ir a mi clase, con su permiso señor Braginski —y comenzó a alejarse, aunque un poco sorprendida de lo… sobresaliente que parecía el otro—, soy Héderváry Elizaveta, gusto en conocerle.

—El gusto es mutuo.

Afortunadamente, logró encontrar su salón, antes de que el profesor llegara (todavía mejor) y logró ubicarse en un asiento que la dejaba satisfecha. Faltaban al menos dos minutos para que la clase comenzara, así que podía decirse que para su primer día, no iba tan mal.

Al menos iba bien hasta que vio entrar al hombre con el que se había encontrado minutos antes entrar al salón. Sus ojos se abrieron, y los de Braginski parecieron imitarle, ya que sus ojos habían recorrido el aula queriendo atrapar todo en su memoria. Después de un par de segundos de quedársele viendo le sonrió infantilmente (honestamente, Elizaveta no sabía cómo sentirse al respecto con aquella mirada) y se dirigió a sentarse a su lado. Aunque seguía estupefacta, la chica le dirigió una sonrisa un poco más discreta y quitó sus cosas del asiento de su lado para que el otro pudiera sentarse tranquilo.

― ¿Acaso será que el señor Braginski quiere ser médico, igual a mí? ―dijo, un poco burlesca. Ella no estaba acostumbrada a esconderse, o andarse formal todo el tiempo, al menos no como su (era todavía difícil acostumbrarse a la idea) esposo, que escondía todo lo que pensaba sólo por el temor de decir algo inoportuno. Se notaba a leguas que el hombre a su lado no era de ahí (será su estatura, su piel lechosa, su cabello rubio cenizo, o quizás su nombre, pero era obvio que asiático no era… ruso, sí, pero le sonaba más como del lado 'europeo' de Rusia), así que supuso que no se alejaría de ella sólo por sentirse automáticamente a gusto.

―Algo así, sí ―respondió el otro con la misma sonrisa traviesa que ahora adornaba los labios de la chica; seguía teniendo un toque infantil, y esa combinación le hacía parecer todavía más tétrico. Eso no hizo que Elizaveta se alejara, sin embargo, y a la chica le daban ganas de reír con él. Algo en sus ojos le decía que escondía algo, pero decidió no preguntárselo, sea porque no era su problema, o porque estaba más preocupada de que llegara el profesor y ni enterada. En vez, decidió ir sacando su laptop. Braginski a su lado hizo lo mismo y de su mochila sacó una computadora. Al encenderla se veía en el fondo una foto de lo que parecía un castillo hecho casi (si no es que) en su totalidad de madera, y gracias a unos cuantos recordatorios mentales de hechos históricos notó que eso era un monumento de Rusia.

―Magnífico ―dijo, y Braginski no tuvo que voltear a verla para saber que hablaba de su fondo de pantalla. Se encogió de hombros y abrió un documento de Word, mientras comenzaba a escribir en cirílico. Elizaveta se sonrió, y dijo finalmente―. Entonces en serio vienes de Rusia, ¿huh?

Lo más adecuado habría sido decirlo en japonés, de esa forma podía mantener el efecto sorpresa de su conocimiento, pero también se moría por ver su cara sorprendida. Sería porque era una nueva amistad, o porque tenía mariposas en el estómago de recordar que por fin estaba en la Universidad de Niigata, pero necesitaba liberar toda aquella felicidad de alguna forma, qué mejor que esa.

Obviamente, el otro abrió grandes los ojos, cosa que le hacía sentir perfectamente bien consigo misma. Había logrado su objetivo.

¿Hablas ruso?

Mi abuelo paterno es ruso y fue un militar de bajo rango enviado a Budapest, y en los tiempos de la Guerra Fría, de cuando Hungría, Polonia, Bielorrusia, Ucrania y los países bálticos se habían anexado a Rusia. Conoció a mi abuela paterna y se habían casado, tuvieron a mi papá y cuando la URSS se había disuelto decidieron quedarse en Budapest. Mi abuelo le enseñó a papá ruso, y ambos me enseñaron ruso a mí. Supongo que lo tengo pegado a mí.

Pareces nativa.

Está en desuso, a veces practico con papá, últimamente me había concentrado mucho en el japonés que comienzo a olvidar muchas palabras. Pero supongo que la esencia nunca se va.

Iván asintió. ―Cuando llegué a Niigata, temí que después de unos cuantos meses olvidaría cómo sonaba mi propio idioma, o cómo es mi tierra; supongo que lo último no es tan malo como quiero hacerlo sonar, es tan helado que uno olvida todo lo demás que no sea mantenerse vivo, obviamente no tan extremo como hace cien años, pero puede decirse que todavía quedan cosas de la antigua Rusia que no se extinguirán jamás.

Mi abuelo se la pasa todo el tiempo hablando de lo bellamente aterradora que es Moscú, yo he ido un par de veces allá, con mis padres, y aunque es muy helado en invierno es un lugar hermoso en primavera. Parece como si la nieve detuviera el tiempo para toda la flora, y que esta saliera una vez que la nieve se derritiera, como si en vez de pasar meses sólo hubieran sido minutos. Aunque no sea por mucho tiempo, y no en toda la región, la flora en Rusia es de la más hermosa que he visto, porque a pesar de tiempos tan difíciles de sobrevivir, sigue haciendo hincapié en levantarse. Al igual que sus ciudadanos.

El ruso asintió con la cabeza y vio el reloj que tenía en su muñeca. Después observó a un par de chicos que decían algo como 'ya casi es hora' mientras iban guardando sus cosas. Seguramente se referían al límite de tiempo que tenía el profesor de aparecer, y cuando dieron dos minutos para los quince minutos, se levantaron de sus asientos. Elizaveta no entendió por qué Iván había detenido su conversación sólo para verlos, pero no le reclamó nada, después de todo, tenía la sensación de que sabría por qué la había detenido.

Iván se aclaró la garganta, y con una voz infantil y suave se dirigió a los que se iban a salir. ―¿A dónde van? ―su tonó más que inquisitivo, sonaba curioso, como si lo que estuvieran haciendo fuera divertido y él también quisiera probarlo.

Uno de los chicos se encogió de hombros. ―El profesor no llegó, y ya pasó su límite para que llegara.

El escandinavo pareció asombrarse por ese dato. Elizaveta no estaría sorprendida si realmente no fuera así.

― ¿No eran quince minutos el límite? Apenas ayer me leí el manual, y mi reloj dice trece.

Otro del grupito pareció igual de poco sorprendido. ―Da igual, no está en ningún corredor, y para entonces ya serán quince.

Iván les sonrió más abiertamente, mientras la mente de la húngara ya sabía lo que diría. ―Tienen razón, no está en los corredores. Yo mismo lo vi al llegar aquí.

Se levantó de su asiento, y de su mochila sacó un marcador de pizarrón. ―Dijo que se retrasaría un poco, así que me pidió que escribiera su nombre por él.

Los chicos rodaron los ojos, mientras uno de ellos musitaba algo que iba por eso de 'apuesto a que sólo quiere tomarnos el pelo' mientras se sentaba en su butaca, derrotado. Iván pareció escucharlo, y Elizaveta tuvo ganas de reír al ver el pizarrón.

«Iván Braginski. Maestría en Médico Cirujano.»

―Si hubieran realmente leído sus horarios, se habrían dado cuenta de que el profesor que les impartiría era un novato. Apuesto a que lo hicieron, pero por eso mismo creyeron que no estaría preparado para dar clases ―Elizaveta no supo en qué momento había tomado sus cosas y las había llevado al asiento del profesor, como debió haberlo hecho desde el inicio. Tampoco estaba segura de que las mandíbulas de sus compañeros fueran a resistir mucho más; lo mismo parecía pensar Braginski cuando les sonrió a todos, pero a diferencia de las sonrisas anteriores, en esta se podía ver claramente el aura amenazadora―. Me alegra ver que son unos alumnos tan poco pacientes. Aquí, en Japón, todo se caracteriza por ser un sistema estricto de enseñanza, pero dudo que con chicos que deciden redondear horarios, sea tanto como Moscú. Allá tienes que quedarte, aunque el profesor no haya llegado y hacer la actividad planeada. Creí que aquí sería igual, y eso es lo que me dijeron cuando acepté venir aquí…

Se giró al resto de los alumnos y les sonrió de una forma menos macabra. ―Me alegra saber que ese no es el caso con la mayoría, y que los que tienen ese problema de disciplina pueden ser corregidos con una llamada de atención. Y realmente espero que una llamada de atención sea más que suficiente. Me alisté para enseñar a adultos, no a niños en el parvulario. De ser así, con gusto habría aceptado la plaza que se me ofreció en Estados Unidos.

Algunos rieron con ese comentario, los que habían sido retados no le encontraron mucha risa. Elizaveta se quedó callada y le observó por al menos otros cuantos minutos. Iván había comenzado a nombrar lista, les había pedido que se levantaran conforme decía su apellido y le dijeran la razón que los había traído a Niigata.

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Kiku estaba anotando en la bitácora al tiempo que su mirada se posaba en los animales frente a él. Se suponía que debía registrarlos cada cinco minutos, pero por quedársele vendo al pequeño animal se le había pasado un minuto y medio y tenía que repetir todo de nuevo. Quién diría que los cachorros de un león serían tan tiernos… y salvajes (casi le arranca el brazo cuando le dio de comer, por todos los dioses).

Después de terminar su observación se alejó un poco de la bitácora y soltó un suspiro cansino. Con una mano se masajeó el puente de la nariz y se quitó por unos segundos los lentes. A través del cristal, el cachorro le observaba, y Kiku rodó los ojos por unos cuantos segundos antes de volver a sentarse adecuadamente en su silla. Minutos después, alguien entró a la cabina con él.

―Buenos días, Honda.

―Buenos días, Sagamoto. ¿Ya se terminó mi turno?

―No realmente, pero surgió un problema y se supone que tienes que ir a ver a la mamá. El jefe dijo que está muy inquieta desde hace dos días.

Kiku le rodó los ojos. ―¿Y no se pusieron a pensar que puede ser porque extraña a su bebé?

―Eso le dije al jefe, así que dijo que tenías que ir. Ya que pasas mucho tiempo con él y las feromonas y eso, la leona fácilmente podría tener por seguro que se encuentra bien.

―Eso, o podría asumir que le maté a su cría.

Aquél comentario logró sacarle una risa a su compañero.

―Ambos sabemos que ese no será el caso contigo. Tienes un encanto natural con los animales, y si de alguna forma puedes canalizarlo, estarás más que seguro.

Kiku soltó un suspiro, como si repentinamente se preocupara. Se puso el dorso de la mano contra su frente, dramatizando.

―Oh, buen hombre, si no sobrevivo, ¡dile a mi esposa que la amé! ―soltó un jadeo de horror totalmente falso, como si acabara de darse cuenta de un enorme detalle―, ¿y qué será de mi descendencia? ¿Y qué hay del hijo que no pude tener? ¿De quién será la culpa de que mi futuro se haya terminado?

Sagamoto no se sintió amenazado por esas falsas palabras. En vez, comenzó a reírse, a lo que Kiku rápidamente le siguió. Después de un par de minutos, Kiku se acercó al vidrio, y entró a la mal denominada jaula, acarició unos cuantos segundos a la cría y se despidió de su compañero.

―Nos vemos al rato. Asegúrate que coma dentro de quince minutos. Y si no le gusta, siempre puedes cocérselo un poco.

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Elizaveta llegó a la casa después de varias horas de clases. Las últimas dos clases eran hasta las seis de la tarde, y aunque no lo consideraba necesariamente malo, sí era algo que le dejaba sin tiempo para el final del día. Abrió la puerta del apartamento, y no le sorprendió ver que estaba vacío. Al entrar, lo único que le recibió fue silencio. Dejó la bolsa en un rincón de la habitación y se dirigió a la cocina. Abrió el frigorífico y ahí dentro encontró un poco de arroz. Decidió servirse el resto en un plato y se dirigió a la alacena para comenzar a lavar un poco. Después de todo, lo más adecuado sería dejar al arroz reposar toda la noche; de la misma forma, su primera clase al día siguiente comenzaba a las diez, así que tenía tiempo más que suficiente para prepararlo.

Cuando terminó de lavar el arroz se sentó en un puff en su cuarto y se puso a revisar los textos que tenía pendientes. Uno era de su padre, preguntándole cómo le iba en Niigata. Otro era de Lili, una prima lejana suya, y finalmente, el último era de Kiku.

Llegaré tarde. Lo más probable es que sea en la madrugada. Mi recomendación es que duerma.

Eli rodó los ojos, pero supuso que el mensaje tenía razón. Después de terminarse su plato de arroz lo lavó y preparó su futón para irse ya a dormir.

Mañana sería otro y mejor día.


Sé que estuve desaparecida de FFnet por… mucho tiempo (cerca de cuatro meses) y que casi no hago nada hoy en día (además de un par de oneshots). Pero tengo razones medianamente aceptables para haberme desaparecido. Una, no tenía ganas de escribir. Y eso lo digo no sólo de mis historias en general, sino también de la traducción en la que estoy trabajando y… eso. Dos, no sabía cómo desarrollar este capítulo. Es en parte de relleno, pero tiene también parte importante para la trama. Es cierto, al inicio no iba a poner a Rusia, pero supongo que entró a la historia para bien, me gusta creer.

Respecto a la historia en general, planeaba originalmente hacerla de tres partes divididas en doce capítulos (sí, doce capítulos), y la meta principal es hacer el Hondaveta lo más largo que se pueda.

Gracias por soportar mis irregulares actualizaciones, si tienen dudas, puedo contestarlas, y si tienen comentarios sobre la historia, no les duele dejarlos abajo (ni a mí me importaría escucharlas, se los aseguro). Por mi parte, es todo por hoy.

—gem—