Nota de la autora:
La advertencia sigue siendo la misma dicha en el primer capítulo. Para los susceptibles y amantes de un final feliz, tal vez lo mejor es que no lean.
Gracias por acompañarme en este cambio de contexto radical en mi modo de escribir. Espero que hayan disfrutado de la lectura y que me hagan saber sus pensamientos. C:
Mor.
Perdido
Con algo de esfuerzo, se instó a levantar la cabeza y observar a los inmóviles cuerpos de sus amigos, que, presupuso, dormían. Si bien hacía algunos minutos pudo escuchar el sonido de su respiración, ahora era incapaz.
Su corazón se aceleró y el apretón de Inuyasha fue incluso un poco más fuerte.
¿Acaso estaba ocurriendo...? ¿Realmente era eso?
En la oscuridad, forzó aún más la vista para verlos. El agarre de Inuyasha no se debilitó en ningún momento. Aún se encontraba de espaldas a ella, y Kagome aún se imaginaba una sonrisa sádica cruzar su rostro. ¿Pero acaso no se debía todo aquello a mera sugestión? Era mitad de la noche y había despertado de una pesadilla horrible hacía apenas unos minutos.
Kagome vislumbró el cabello oscuro de Sango desparramarse por el piso. La luz de la luna ayudó a su escrutinio cuando dejó de esconderse detrás de algunas nubes, entrando por la pequeña ventana de la cabaña. La ayudó a observar las manchas de sangre alrededor de los cuerpos de sus amigos. A observar los rostros pacíficos de Sango, Miroku y Shippō; a sus cuerpos sin vida tapados por las sábanas.
Sus ojos se abrieron de la sorpresa y el terror, y rogó a todos los santos que aquello fuera sólo su imaginación, su mente jugando con sus miedos, simplemente otra pesadilla.
—¿A qué le temes?
El corazón de Kagome prometía dejar de latir en breve. Sintió que se le helaba la sangre en todo el cuerpo al escuchar la voz de Inuyasha… esa voz ronca y fría. La voz de su parte demoníaca hablando.
¿Era su mente jugando? ¿Eran alucinaciones? ¿Realmente Inuyasha había perdido la cabeza? ¿Acaso podía esa bestia pensar y jugar con ella?
Seguramente disfrutaría mucho más matarla cuando estaba tan asustada. Inuyasha, en su estado demoníaco, jugando con la comida. Eso era, ni más ni menos.
Estaba pasando... y la anterior conversación, el anterior «te quiero», se estaba esfumando a una velocidad increíble entre la sangre que salía del cuerpo de sus amigos.
Se preguntaba, en ese estado de parálisis, cuánto tiempo habría pasado desde que Inuyasha los mató y ella despertó de su sueño. ¿En qué momento Inuyasha perdió el control? ¿Por qué lo recuperó brevemente para consolarla? ¿Por qué ahora hacía eso?
—Kagome. —Su voz parecía rota, ronca; como un animal bramando o a punto de gruñir. Su agarre no disminuyó, se intensificó. Sentía que los huesos de su mano se quebrarían bajo la presión—. ¿Temes quedar como ellos?
La voz sonaba burlona, divertida. Era jocosa y le retorcía las entrañas.
—¿Ves la sangre? —La voz de Inuyasha continuaba llenando la cabaña, su cabeza.— ¿Temes perder tanta?
Kagome estaba temblando. No lo había notado, pero temblaba. Temblaba y un sudor frío estaba comenzando a bajar por su espalda. Su corazón estaba tan acelerado que llegaba a ser peligroso. Su instinto le decía que debía correr si quería vivir; el agarre de Inuyasha se lo impedía.
—¿Temes morir? —siguió él.
Se giró hacia ella sin soltarla y dejó al descubierto su rostro, los ojos rojos, la mirada perdida, las marcas violáceas en sus mejillas. La luz de la luna entraba por la ventana y era malvada. Le mostraba la verdad. Era malvada.
Kagome cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir con la esperanza de que todo eso fuera mentira, una alucinación, puro miedo infundado. Pero el rostro de Inuyasha seguía adelante exactamente igual, con una sonrisa cruel de lado, con los ojos inyectados en sangre, oliendo su temor. Captó de reojo las manchas de sangre en sus garras, una aún sostenía su mano.
—¿Qu-qué?... Inuyasha…
Él rió. La risa retumbó en la cabaña. Su fuerza aumentó y Kagome sintió el ruido de sus huesos al romperse, su grito desgarró el ambiente silencioso. Lloraba. Las lágrimas cruzaban su rostro e Inuyasha sonreía.
—Lo lamento —soltó él—. Feh, en realidad él lo lamenta… ba. Aunque ahora está muerto. —Volvió a reír y se acercó a un costado de su cuello, mientras ella seguía llorando. Olió su cabello y suspiró.— Quiero matarte.
La voz era escalofriante. Kagome no sentía otra cosa que dolor, apenas podía comprender lo que ocurría a su alrededor. Su mano le palpitaba, le dolía demasiado. Era como si cada hueso roto se hubiera incrustado en su carne y la lastimara continuamente.
¿Por qué esa bestia hablaba como si Inuyasha estuviera al tanto? ¿Acaso él estaba luchando contra su lado demoníaco y nunca se los dijo? ¿Todo ese tiempo?... ¿por qué los había empujado a todos al suicidio?
—Voy a matarte —le susurró, acercando su rostro al de ella. Le soltó la mano lastimada y tomó su rostro con la misma garra que antes le rompió los huesos—. Pero antes, quiero que intentes escapar.
Las lágrimas de Kagome caían cálidas sobre sus mejillas. No era capaz de sentir otra cosa que dolor; dolor por su mano, por la muerte de sus amigos, por el desastre que provocaría Inuyasha… por perderlo. Dolor porque sabía que solo Sesshōmaru podría detenerlo; porque su hermano tendría que matarlo.
Dolor porque acababa de perderlo todo y porque su pesadilla se volvería realidad. Las preguntas que se había hecho en su sueño comenzaban a formarse en su cabeza nuevamente.
—¿Kagome? —preguntó la voz de la anciana Kaede fuera de la cabaña.
Los ojos de la joven se abrieron y un terror conocido recorrió su cuerpo. Inuyasha levantó la vista hacia la puerta y sonrió. Soltó su rostro y se incorporó como un resorte. Hizo sonar sus garras. Kagome se alejó hacia atrás mientras más lágrimas escapaban de sus ojos.
Sango, Miroku y Shippō estaban muertos a solo pasos de ella; el olor de la sangre llenaba sus fosas nasales y le estaba dando ganas de vomitar. La anciana Kaede moriría en breve. Su mente ni siquiera trabajaba bien. ¿De qué era capaz en ese momento?
La figura de Inuyasha se alzaba imponente delante de ella. La miró un momento, mientras la anciana Kaede golpeaba la puerta de manera insistente.
—¿Kagome? —gritaba—. ¡¿Kagome?!
Los ojos de Inuyasha, aún rojos, la observaban desde su altura y la sonrisa se ensanchó.
Comenzaba la cuenta regresiva.
En pocas horas estaría muerta.
FIN
