Hoy no fue un día especialmente feliz, pero debo decir que por algún motivo me siento animada. Ya debería ir a dormir pero no pienso hacerlo –w- es viernes y la noche es joven (o sea que pienso quedarme hasta tarde leyendo o escribiendo, no voy a fiestas).
Espero que les agrade el capítulo.
I'm not an angel
Parte 3: You couldn't handle me
Seguía algo reacio a aceptar llevarse a la mujer de allí. La verdad era que tenerla con él no haría mucha diferencia a su favor; él no iba a cuidarla ni hacerse cargo de ella de todas formas, podría llevarla a un lugar más tranquilo, que era la mayor preocupación de Nami, pero no contaba con el tiempo suficiente para ponerle atención y sabía que en su estado necesitaba de demasiados cuidados. Claro que lo había pensado y considerado ya bastante, pero de todas maneras siempre llegaba a la misma conclusión.
Pasaron un par de días y él no hubiera cambiado de opinión de no ser porque sus visitas a casa de Nami eran frecuentes y regulares y sabía que ella tenía razón; el lugar siempre estaba rebozando de gente a menos que ella estuviera en su descanso. Siempre tenía que estar atendiendo a otros ángeles (como él) que por una o por otra cosa terminaban en su (por darle un equivalente humano) oficina. Lo mismo pasaba con otros espíritus y criaturas que vivían o rondaban en la Tierra.
Peor aún. Ya que el lugar siempre estaba lleno de gente, había mucho ruido y ajetreo a todas horas, y no tardó en darse cuenta de que la mujer no dormía. Y aunque probablemente no lo hubiera hecho aunque estuviera en un ambiente lleno de paz, Zoro sabía que el lugar caótico en que estaba no iba a ayudarla mucho para descansar tampoco.
Lo consideró. Después de todo, Nami tenía algo de razón, si esa mujer era (o…. ¿había sido?) el mismo tipo de ángel que él, Zoro bien podría, quizás, saber las razones por las que ahora estaba así y tal vez ayudarla en algo. No sería la primera vez que lo hacía. En el tiempo que recordaba de su existencia más de una vez había ayudado a Nami a rehabilitar a alguna criatura o espíritu antes de dejarlo libre en el mundo otra vez y este tipo de ayuda de su parte era requerida frecuentemente, sobre todo si Nami creía que sería de especial utilidad.
Tenía que admitir, por otro lado, que estar en presencia de la mujer le había generado una sensación de lo más extraña. Tenía una gran empatía hacia ella y esto no era algo anormal, era una de sus habilidades más comunes, lo que en realidad lo inquietaba era darse cuenta de que la mujer tenía algo muy oscuro en su interior, como un gran peso que estaba cargando, como si algo especialmente horrible la hubiera lastimado alguna vez.
Zoro veía que involucrarse con ella podía ser riesgoso, pero no solo para él sino para cualquiera de sus compañeros en caso de que alguien más aceptara la responsabilidad de cuidar de ella hasta que estuviera mejor. Sería demasiado egoísta de su parte permitir algo así. Después de todo, él había sido el que la había sacado de esa montaña.
Después de dejarlo bajo profunda reflexión por un par de días, decidió que se la llevaría de allí, y así lo hizo, sin avisar a nadie previamente, ni siquiera a Nami.
-Me la llevaré- dijo un día, entrando por la puerta sin siquiera saludar- ¿Necesita algo en especial?
-¿Qué te hizo decidirte?
-No es la primera vez que lo hago.
Nami le sonrió. Se quitó los lentes y cerró el enorme libro que leía antes de ponerse de pie.
Al fin estaba teniendo un ligero descanso luego de días de atender a todo tipo de criaturas que necesitaban algo de ella. El mundo iba bastante mal, hasta donde sabía. En ninguna otra época había visto tantas muertes y tantos demonios deambulando por ahí, parecía que cada vez eran más fuertes y tenían menos límites.
Esto la estresaba en demasía.
-Bien… -quedó pensativa un momento-, escucha Zoro, he investigado un poco y no encuentro registros recientes de ella. Nada con su nombre o descripción, así que tendré que buscar por algún tiempo más en libros más antiguos. Mientras tanto…- le alcanzó una especie de maleta- no sé qué le pasó, pero perdió muchos atributos de ser inmortal. Tiene heridas físicas muy fuertes que no pueden ser tratadas como normalmente se cuida a un ángel sino a un ser humano, o animal.
-¿Por eso tiene vendajes?
-Exacto. En la medida que puedas deberías hacerte cargo de eso.
Zoro iba a protestar. Zoro iba a decirle que él no sabía cómo se trataban heridas humanas (como no fueran en un sentido espiritual, por supuesto) y que ciertamente no estaba esperando eso cuando dijo que se la llevaría, pero ya había dicho que lo haría y sentía que no estaría bien de su parte echarse para atrás en ese momento.
Tomó el maletín que le había dado Nami y de algún modo encontró la manera de llevar a la mujer en brazos para salir de allí. No tardaron demasiado en llegar a su destino.
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Tiempo. Qué palabra tan significativa para algunos, y tan vacía para otros. Para ella al menos, ya no tenía significado ni peso alguno. Su vida había dejado de medirse en tiempos desde una época que ahora para ella estaba completamente indefinida. No sabía cómo pasaban ya los minutos y los segundos, no había nada que le marcara el pasar de los días o las semanas porque ciertamente era algo que no necesitaba ni le importaba.
Para ella todos los días estaban estancados entre un miércoles por la tarde y un domingo en la mañana; las horas estaban confundidas entre las once y media de la mañana y las cinco y cuarto por la tarde. Como no esperaba que nada especial ocurriera en un futuro próximo, no tenía razones para contar días ni horas y solo sabía que era de día o de noche por el sol. Cuando estuvo atrapada en esa montaña ni siquiera de eso estaba consciente. Ella sentía que ya no había tiempo; estaba dormida en un momento infinito de vacío que no sabía cuándo terminaría, ni le importaba realmente cómo lo haría.
La única cosa que esperaba era, tal vez, su muerte. Y como no sabía cuándo sucedería, al mismo tiempo la espera le parecía corta y larga, desesperante y cómoda, de modo que en realidad quedaba siempre en lo mismo: no le importaba absolutamente nada.
La llegada de esos ángeles a su vida fue lo primero que consiguió marcar una especie de continuidad en el tiempo que estaba viviendo. Aun así, su consciencia de éste no aumentó mucho, para ella, era el mismo día en que la había sacado de la montaña y preguntado su nombre cuando él volvió a la habitación y la tomó en brazos para sacarla de allí.
Ella no hizo nada esta vez para resistirse ni para contribuir. A decir verdad a donde la llevaran resultaría exactamente lo mismo. No pensaba moverse, decir algo o si quiera pensar.
Aunque tenía que admitir que una especie de suavidad la tocó en el pecho cuando se sintió volar otra vez. Hacía tanto que no lo hacía por sí misma que había olvidado por completo como se sentía el viendo corriendo alrededor de su cuerpo o el ligero toque de la luz del sol en su piel.
Y a partir de ese momento, maldita sea, comenzó a tener una pequeña luz de consciencia acerca del tiempo dentro de ella. Simplemente no pudo controlarlo. Y lo odiaba. Odiaba estar consciente de algo así.
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La exaltó un poco el movimiento que hizo el lugar en que fue depositada. Para cuando abrió los ojos se encontraba sola en una habitación extraña, recostada en una especie de hamaca cubierta de mantas y cojines. Oscilaba con prácticamente cada movimiento que ella hacía, y estaba bastante por encima del suelo. La habitación parecía sacada de un cuento: estaba llena de aparatos antiguos con una apariencia de cobre que parecían esparcir el calor. Entre las cosas que había colgadas en la pared y danzando en el techo, o amontonadas unas sobre otras pudo distinguir algunos cuadros, un par de lámparas de aceite, un globo terráqueo, algunos instrumentos de medición, una brújula bastante grande, pero sobre todo, varios relojes, todos colgados en alguna parte de esa pared. Podía escuchar las manecillas moviéndose y cada uno de ellos marcaba una hora distinta.
El suelo era de madera, y aunque no parecía tan antiguo como todo lo demás, lucía descuidado.
Tuvo apenas un pequeño instante de fascinación por cómo el sol que entraba por la ventana aumentaba en todo el color cobrizo y cálido antes de cerrar los ojos de nuevo con esa misma indiferencia de siempre: si conseguía dormir, bien, y si no, también.
Y sin que ella lo sintiera, pasó unos pocos minutos sola hasta el momento en que escuchó que alguien (obviamente sabía de quién se trataba) caminaba lentamente dentro de la habitación. Escuchó que dejaba algo aparentemente pesado asentado en el piso, pero no abrió sus ojos a pesar de ello. A su nariz, tan acostumbrada a la humedad y a la falta de otros aromas, llegó uno en específico que no tardó en identificar: frutas frescas.
-Debes comer algo- le dijo él firmemente, Zoro, así se llamaba, sentía que había pasado un milenio desde que se hablaron por primera y última vez aunque en alguna parte de su mente ella sabía que no había pasado ni una semana de ese pequeño intercambio de palabras. No contestó ni se movió-. Nami me dijo que te rehusaste a comer cuando estuviste con ella pero no te puedes quedar así para siempre y lo sabes, tienes que comer algo.
Ella abrió pesadamente sus ojos y tal como lo había pensado, en el suelo había una especie de bolsa, bastante rústica por cierto, rellena de varios tipos de frutas que lucían frescas y saludables, seguramente recién cortadas. Además, había dos botellas de agua, una canasta con pan y un frasco de miel.
Volvió a cerrar los ojos y escuchó a su anfitrión dar un suspiro de fastidio. Luego escuchó sus pasos salir de la habitación.
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Zoro cumplió un par de misiones menores, que no le ocupaban mucho tiempo ni esfuerzo, y luego de un rato regresó.
La luz del atardecer se colaba por entre las vigas de madera que hacían de techo de aquella construcción. El edificio abandonado y polvoriento se levantaba como un gigante en la parte más alejada y muerta de aquella ciudad, donde llevaba tantos años y había pasado tantos huracanes, temblores y tormentas que ya nadie parecía notar su existencia.
La parte superior consistía en una enorme cúpula con un mirador. Todo en ruinas, pero hacía tiempo que a él le gustaba llamarlo hogar.
Zoro entró en la primera habitación por la ventana y observó el telescopio. Pasó su mano encima de él, y resistió la tentación de dar otra mirada. Su jornada había terminado por ese día y debía ir a descansar un poco.
Antes de retirarse a su habitación, pasó por el cuarto en el que había dejado a la mujer.
Estaba recostada en la hamaca tal como él la había dejado. Se veían los vendajes que tenía en los brazos y el pecho pero la parte baja de su cuerpo ya estaba cubierta con una manta. Se acercó a ella, y la observó con cuidado. Sus ojos estaban cerrados y en su rostro cubierto con un halo de muerte no se adivinaba sentimiento alguno, mas Zoro era capaz de sentir que seguía con vida.
Lo único diferente en la habitación era que había un par de cáscaras de fruta tiradas en el suelo. Uno de los panes había desaparecido y una de las botellas de agua estaba a la mitad.
Zoro se preguntó qué la había hecho cambiar de opinión.
Robin solo tenía un motivo: curiosidad.
Continuará…
¿Alguna vez han tenido esa sensación de indiferencia que impide hacer cualquier cosa o tener cualquier tipo de reacción?
Últimamente me pasa seguido. Y como siempre termino escribiendo los fics de acuerdo a mi mood…
No me extrañaría decidir terminarlo en tragedia. Si tuviera que escribir el final ahora lo haría.
Y no es que esté triste, como dije antes, estoy animada, simplemente hay algo extraño estos días que…bueno, ni yo misma me puedo explicar.
Seguiré escribiendo, eso siempre me ayuda a desenredarme.
Les mando un beso!
Gracias por leer.
Aoshika October
