Niñez

Bella

Puebla, 1898

—¡Isabella Marie Swan! ¡Apresúrate niña que se nos hace tarde!

La voz desesperada y autoritaria de Renée resonó desde la entrada de la casa, pasando por la cocina y la sala…subiendo las escaleras hasta llegar a mi habitación. ¡Rayos! Pensé Hoy me enterraría viva. Era como la decima vez que miraba mi cuerpo, chaparro, flacucho y pequeñito luciendo ante el enorme espejo del ropero de mármol de mi recamara, sacando la lengua con asco y evitando derramar las lagrimas infantiles al observar los gigantescos holanes y tonalidades rosas y crema pasteles. Fea era la palabra que pasaba una y otra vez por mi mente de niña, al verme envuelta en tremendas cortina de ceda Como una muñeca de porcelana, frívola, escondida en ridículas telas elegantes…una mona y despreciable muñeca ¡Odiaba ser una muñeca!.

Mamá debía de estarme castigando por alguna travesura pasada, ¿Qué cosa tan terrible y traviesa pude haber hecho para hacerme usar y salir con esta abominación puesta?, no recuerdo haber Roto nada desde aquel jarrón costoso hace tres meses, no me he salido a la calle sin permiso desde hace 4 semanas, siempre he dicho por favor y gracias…. ¿Qué podía justificar usar esta cosa y hacer el ridículo? Mi mente de 6 años de existencia era incapaz de comprenderlo

—¡Bella! —escuché una vez más la voz de Renée enfadada. Hice una mueca.

—¡Ya voy Mami!—respondí y dedique a sacarle la lengua al espejo para después salir corriendo a toda prisa por las escaleras de la casa. Se preguntaran ¿"Mami"?, Bueno…Renée nunca me permitió llamarla Madre, como le llamaban otros niños de mi edad a sus progenitoras para demostrar honor y respeto. "A mi me gusta que me demuestren cariño, no temor" Fue lo que ella argumento la vez que intente llamarla como todos los demás.

—¡Por todos los santos mujer! —Exclamó Charlie al verme en la entrada de la casa—¿¡Qué le has hecho a esta niña!? —una vez más sentí las lágrimas en los ojos y la vergüenza, sentí que la falda pomposa color rosa me pesaba más de lo normal. ¿Cómo se supone que voy a jugar con esta cosa puesta?. Reprimí el agua acumulada en mis ojos, yo no era una berrinchuda. Tendría que superar esta prueba.

—No me cuestiones. Por una vez en la vida, solo quiero ver a mi hija usando un vestido de niña y no las faldas repletas de lodo que diario de trae después de sus tardecitas con los Cullen— replicó Renée a la defensiva mientras alisaba mi cabello.

—Sucia si quieres, pero libre.

No dijo ni una sola palabra ante el comentario de Papá, se limito a tomarme de la mano y salir por el gran portón negro de la casa hacia la calle. No solíamos usar carruajes o esos carísimos autos que apenas habían salido a la venta…Siempre caminábamos. Para mis padres era una tontería usar un transporte solo para ir a 5 calles de cercanía a la casa. A demás, caminando se podía admirar mejor la cuidad de Puebla, no es que fuera una cosa del otro mundo. Muchas de mis compañeras de clases no paraban de mencionar que la capital era mil veces mejor y más interesante….pero para mi; Puebla era simplemente el mejor lugar donde una niña pudiera vivir; calles iluminadas, preciosas… las residencias de estilo colonial, el parque, la catedral, los portales.

La casa del Doctor Cullen.

Y fue en ese punto, donde la sonrisa más característica, demostrando mi felicidad de niña, salió a relucir mientras cruzábamos una avenida más, allá…en la esquina de la calle repleta de casas coloniales, se encontraba nuestro destino. Era costumbre para mí y mis padres, ir a pasar la tarde de los domingos en convivencia con la familia Cullen, tradición arraigada desde antes de que haya podido tener memoria. Las conversaciones, el humo de los puros y las risas estrepitosas las he tenido en mi mente desde antes de aprender a caminar…. Y sabía perfectamente que el hecho de haber conservado tan perfectas memorias era la misma razón del porque siempre mi rostro se iluminaba cada vez que llegaban los domingos.

La puerta enorme de madera de aquella casa color verde oliva se abrió para nosotros, no había necesidad de presentaciones o anuncios, las criadas de ahí sabían perfectamente quienes éramos y el camino que debíamos recorrer. Seguimos por aquel recibidor adornado de masetas y elegantes plantas-consecuencia del buen gusto de la señora de la casa- y cruzamos mitad de la casa hasta llegar a una terraza con vista al enorme jardín que ahí mantenían los Cullen como premio personal.

Ahí ya se encontraban sentados Carlisle y Esme Cullen, en una mesa sencilla pero elegante de madera… una con una taza de lo que debía ser café y el otro con un caballito de tequila. Sin presentaciones, sin tonteras de anuncios y buenas maneras de sociedad; saludaron y tomaron asiento junto a sus amigos de casi toda la vida

—Bella, hoy te vez preciosa—Esme Cullen se dirigió a mi con una dulce sonrisa, que de alguna manera…no provocó la cara de asco que me había salido esta mañana ante cualquier comentario hacia mi forma de vestir. Esme tenía ese algo que me hacia sentirla como una tía comprensiva con la que uno nunca podría enojarse.

—Mamá insistió en que lo usara—contesté con una sonrisa apenada.

—Solo espero que no te insista en usarlo diario, no creo que puedas ayudarme en el consultorio con tan elegante vestuario—bromeó Carlisle Cullen esta vez, tomo un sorbo rápido a su tequila y volvió a sonreírme sólo a mi.

—Carlisle, me esta comenzando a quitar el sueño el preguntarme que tanto hace mi bebé metida en ese lugar que llamas consultorio— habló Renée, no como un reclamo, si no como simple comentario de humor.

—OH, ¡nada malo te aseguro! —Contestó riendo, mas inmediatamente cambió su semblante a uno un poco más serio—Aunque he de admitir que su hija resulta mucho más competente que varias enfermeras mayores que han trabajado conmigo.

—Ella nació para dejar huella. Va a vivir un siglo muy defrente a este—Papá parecía solemne al mencionar estas palabras, al hacerlo…pude notar como toda la mesa se quedaba callada, fue hasta varios minutos de silencio el darme cuenta de que, algo en las palabras de Charlie, había provocado una añoranza callada en los miembros adultos que ahí se encontraban.

—Mis hijos deben estar por ahí, le alegrará verte Bella—dijo por fin Esme saliendo utópico. Me pareció perfecto, habían llegado al punto de platicar cosas que rebasaban mi entendimiento.

Salí de aquella terraza y bajé las escaleras hacia el jardín que más allá de ser un terrenito de césped y plantas, resultaba más bien una jungla de rosales, maltas y adornos de barro decorativos, seguí caminando entre plantas y senderitos graciosamente decorados con ladrillo hasta llegar a un pequeño estanque, si bien….no tan llamativo, pero si bonito a la vista de cualquier infante. La casa de los Cullen era un monumento al buen gusto y la belleza, Carlisle no era rico adinerado gracias a herencias o gobierno. Todo lo había ganado a mano y pulso… trabajó duro en Europa, se hizo fama como médico y todo lo que tiene lo trajo a vivir para acá. Esta casa era fruto de sus ganancias anteriores, no las actuales como doctor de ricos y pobres.

Suspiré, y al hacer el ademán de inclinarme para sentarme sobre el césped mojado, fue cuando me di cuenta de que aun llevaba puesto el vestido pomposo que se suponía no debía ensuciar. Era el colmo, ¡Esta cosa me impedía hacer hasta la cosa más sencilla como sentarse a admirar las cosas en paz! Bien, las ganas de desahogar mi frustración no podían ser mostradas enfrente de mis padres o los Cullen, ahora era libre de salir en soledad. Era inmaduro llorar por una cosa así…pero era una niña de 6 años, a esa edad se lloraba hasta por la más leve cortadura en el dedo o el tener una pesadilla en la noche.

—Como una muñeca…—susurré aun llena de vergüenza, parada…pues ni siquiera sentada podía disfrutar yo mi tristeza.

—Las muñecas me gustan a mí

No soy una persona voluble o bipolar, nunca tuve problemas con mi carácter aun estando en el corazón de la niñez. Pero el solo oír el timbre de su voz, suave, infantil…dulce. Provocó que en mi se borrara todo rastro de vergüenza y berrinche, a cambio, una enorme sonrisa, similar a la que había mostrado camino a la casa de los Cullen, se dibujara en mi rostro.

Volví la cabeza, y Ahí, parado a lado mió con el cabello cobrizo despeinado, los ojos esmeraldas llenos de picardía y la más linda y divertida de las sonrisas; estaba Edward Cullen, la razón de mi cambio de humor y el catalizador de mis más risueñas risas.

—¿Tu que sabes de muñecas?—repliqué aun sonriendo, me limpié las ultimas lagrimas con uno de mis pequeños brazos y caminé dos pasos cerca de el—lo niños no tienen que preocuparse por cosas como está—señalé el faldón con el dedo.

Edward no cambió de cara, se mantuvo mirándome con esa sonrisa, mas lo conocía y sus ojos mostraban que algo estaba analizando en mi.

—Quítatelo—ordenó—con el no vas a poder hacer nada.

No repliqué, ¿para que hacerlo si tenía razón?, Edward ayudó deshaciendo el moño de la cinta que envolvía mi cintura y yo me dediqué a desabotonar la parte de enfrente, pronto…estuve fuera de la cárcel de telas pasteles, sentí la libertad de encontrarme únicamente en fondos blancos y ligeros, colgué el vestido en una de las ramas de los arbustos y después gocé mi libertad extendiendo los brazos y dando vueltas como una tonta. Edward se sentó en el césped e hizo indico el piso lado de el para sentarme junto a el. Así lo hice… Recargué mi cabeza en su hombro mientras el se dedicaba a lanzar piedras al estanque.

— ¿Donde andabas? —pregunte en un suspiro.

—Siempre estoy en el jardín—contentó entretenido con cada piedra que se dedicaba a lanzar al estanque.

— ¿Y desde cuando te gustan las muñecas?

—Desde que eres como una.

En ese tiempo, no presté la atención ni interpreté ese comentario como algo importante; Solo me interesaban pocas cosas; jugar, divertirme y tener a Edward siempre como mi amigo. No Alcanzaba a darme cuenta de que el gran cariño y amistad que sentía por el, iba más allá que un simple juego de niños…. Que Edward Cullen, en realidad para mi era absolutamente todo lo que podía necesitar, querer y desear.

—Mentiroso… —murmuré para mi misma, no pude evitar sentirme extraña, volteé la mirada hacia otro lado, sintiendo más calor del necesario en mi rostro…Era un día soleado, pero no era para tanto…

— ¡No soy un Mentiroso!—reclamó, esta vez con tono de reproché y ofendido. No lo quise mirar, esta vez fui yo la que tomo una piedra del piso para lanzarla ferozmente contra el estanque…el siguió mirándome con reproche. Pero una solo cuestión de unos pocos segundos, volvió a el la sonrisa divertida y meneo la cabeza varias veces — ¿Por que siempre tienes que ser tan tonta?

—¡No soy Tonta! —grité, empujándolo fuertemente. En un salto me puse de pie y el también conmigo. Comenzó a reírse de mi ira momentánea y yo me enojé mucho más, lo empuje de nuevo…aunque esto era realmente ridículo. Yo era una niña de 6 años…y el un niño de 8, mucho más grande y fuerte que yo.

—Tarado—le dije con despreció

—Llorona—respondió sonriendo.

—Insoportable

—Muñeca.

No lo resistí más, esto era el colmo, Cuantas veces tenía que repetirlo en el día, ¡Yo no era una muñeca!… lo empujé de nuevo, esta vez con más fuerza, tanta que no me di cuenta de que estábamos parados justo en la mera orilla del estanque, y que por la fuerza empleada, ahora ya estábamos sumergidos en el agua clara. El estanque no era tan profundo, al menos para Edward….yo aun conservaba una estatura bastante pequeña y a pesar de saber nadar, me fue difícil patalear a la superficie por el miedo y los nervios…. Unos brazos fuertes me agarraron de la cintura y me empujaron hacia la orilla, tome una esquina e intenté impulsarme hacia el césped… Escuché un suspiro a tras de mi y luego senti el impulso que necesitaba para poder estar en tierra firme…Me puse de pie y el se puso frente a mí… Su cabello cobrizo ahora mojado y revuelto lo hacia parecer aun más hermoso de lo que ya estaba acostumbrada… Intenté enojarme de nuevo, pero lejos de causarme ira toda esta situación, lo único que causaba era gracia, vernos empapados e inocentes…Tontos, unos completos niños.

Comenzamos a carcajearnos de lo absurdo de la situación. Y de que tal vez… no íbamos a ganar un buen castigo después de esto, pero…¿Y qué mas daba?, Los berrinches, los vestidos y las niñerías. Yo de verdad estaba feliz… Contenta con mi vida color de rosa que el mundo me dibujaba, Contenta de estar a lado de El. Aunque ahora las connotaciones de esa frase me resultaran diferentes a como lo son hoy en día.

— ¿Pero que Rayos pasó aquí? — la voz del hermano mayor de Edward resonó, provocando que en un momento nos dejáramos de reír, pero luego de ver la cara de incógnita de Emmett Cullen, las risas bobas regresaron más escandalosas que la primera vez. Emmett resopló.

—No tienen remedio, par de chamacos.

Llegó el momento en que mis estornudos se vieron mucho más notorios que mis carcajadas. Emmett tomó mi vestido del césped y Edward recorrió su brazo entre mis hombros para entrar a la casa… Caminamos por el jardín hasta la terraza, donde los adultos nos miraron; algunos divertidos, otros severos…. Renée y Esme, para ser más especifica.

—Nos van a castigar—le dije a Edward en el oído.

—Como si no fuera la primera vez—respondió y no supe si temblé por el frío que provocaba el permanecer mojada o por el miedo que siempre me provocaban los castigos de Renée.

—No te voy a dejar sola…—volvió a decir, y con irrefutable. Fidelidad…le creì.