.Regina.

Ahí estaba de nuevo esa extraña sensación que le erizaba la piel y le provocaba escalofríos. Alguien estaba observándola de nuevo, y esa sensación no le gustaba ni una pizca, pero ya se había acostumbrado a que los habitantes del pueblo la observaran a cada ocasión por que era obvio para cualquiera que aún no confiaban en ella pese a que había probado una y otra vez que ella había cambiado, que ya no era la Reina Malvada que todos conocían. Dejó ir un leve suspiro derrotado. No importaba que ahora supieran que ella era capaz de amar y ser amada sin ser débil por ello. Todo el pueblo seguía mirándola y viendo a la mujer vengativa y consumida por el odio que persiguió a Blancanieves con la intención de asesinarla y que arrancaba corazones a aquellos que la disgustaban sin sentir el más mínimo reparo.

Nadie creía en ella salvo Henry, su pequeño príncipe.

Pero Henry se había ido con su madre biológica un año antes para huir del pueblo antes de que la maldición de Pan se tragase Storybrooke y todo el pueblo volviese al Bosque Encantado.

Pero ahora, sin saber muy bien como, habían vuelto todos. ¿O tal vez nuca se habían ido? Nadie en todo el pueblo podía recordar nada desde que vieron el viejo escarabajo amarillo de la señorita Swan alejarse a través de la línea naranja que marcaba el límite de la frontera mientras la inmensa nube Verde de la Maldición de Peter Pan se acercaba a toda prisa. Regina apenas tuvo el tiempo justo de despedirse de su querido hijo y verlo partir antes de darse la vuelta para encarar la maldición y pararla para regresar a su antiguo Hogar. Había funcionado, o eso pensaba, pero ya no estaba tan segura…

De no haber visto la prueba con sus propios ojos incluso dudaría que hubiera pasado apenas un día. Regina sonrió con tristeza mientras miraba por la ventanilla de su coche al pasar conduciendo frente al piso de su "querida" hijastra Mary Margaret de camino al Granny´s. Cierto que de un tiempo a esta parte había aprendido a tratar con ella sin que esa vieja sensación de odio y deseos de despellejarla volvieran a asaltarla. En su lugar había una cómoda sensación de aceptación e incluso algo parecido al cariño. Tal como debería haber sido desde el principio.

Entró en la cafetería con paso firme y sin mirar a nadie. En la barra pidió su café de siempre y se sentó a esperar, cuando inesperadamente escuchó una voz familiar que creyó que no volvería a escuchar nunca. La voz de su hijo Henry. Fue tal la impresión que tuvo al girarse y comprobar realmente que él estaba ahí sentado que la taza se le escurrió entre los dedos sobresaltando a todos al romperse en mil pedazos contra el suelo.

- Yo… lo siento. No quería sobresaltarte. –dijo con un ligero tartamudeo por la impresión de verle ahí sentado con Mary Margaret, David y Emma. ¿Qué hacían ahí? Sentía como si un cuchillo se clavase entre sus costillas cuando la mirada de su pequeño pasó a través de ella sin verla. No la reconoció. La imperiosa necesidad de marcharse puso en marcha sus tacones para huir de la desoladora imagen de su hijo rodeado de los Charming´s tomándose su chocolate con nata y canela sin dirigirle una sola mirada más, pero antes de conseguirlo Emma le pidió hablar con ella a solas. Estuvo a punto de negarse, pero algo en su mirada la hizo vacilar y aceptar, siguiéndola hasta el pasillo que comunicaba el restaurante con las habitaciones del Hostal.

Allí, el escuchar de labios de la rubia que su querido hijo no recordaba nada de ninguna de las personas que vivían en el pueblo fue duro, más aún quedaba la esperanza de que descubriendo la razón de porque todos habían regresado a Storybrooke cuando se suponía que deberían estar viviendo en el Bosque Encantado hiciera que el chico recuperase sus recuerdos perdidos, recuerdos que ella misma había implantado en la mente de Henry hacía apenas un año cuando la Maldición de Pan amenazaba con destruirlos. Lo último que recordaba era ver partir aquel escarabajo amarillo lejos del pueblo, llevándose consigo su alma y sus ganas de vivir personificadas en un joven de chispeantes ojos verdes y sonrisa fácil. La única persona que ella había aprendido a amar después de solo sentir odio y ansias de venganza en su oscurecido corazón durante años. Un muchacho que había hecho resurgir a la Reina Malvada de sus cenizas y que deseara redimirse, tal vez incluso consiguiéndolo. Su única debilidad. Su mayor fuerza. Su hijo.

Debía tomárselo con calma. Se decía a si misma como una letanía que la prioridad era descubrir la razón de su repentino regreso a Maine, con los recuerdos de un año totalmente perdidos y sin saber como habían regresado, porque ella tenía totalmente la certeza de que esta nueva maldición no la había lanzado ella. Más que nada, por que la persona a la que más amaba estaba viviendo con su madre biológica a mundos de distancia y no conservaba ni un solo recuerdo de ella.

Acordó con la, para ella aún, insufrible de Emma Swan un plan secreto con el que intentar averiguar la identidad de quien les había hechizado a todos haciéndola quedar a ella como la culpable ya que era la única persona capaz de lanzar esa maldición.

Con todo el pueblo, salvo Henry que se quedó a cargo de Granny, reunido en el salón de plenos del ayuntamiento, Emma comenzaría a hablarles a todos para intentar averiguar cuanto pudiera, haciéndoles preguntas sobre si tenían alguna sospecha sobre la identidad del Hechicero/a. Las acusaciones recayeron todas sobre Regina, como era obvio que iba a ocurrir, y como ellas esperaban que ocurriese. Tal vez así, el verdadero culpable se confiase demasiado y cometiese un error que le desenmascarase.

Fue cosa de pocos minutos que los ánimos de los ciudadanos, caldeados por las palabras acusadoras de Leroy contra ella, se alzasen hasta el punto de poner a Regina tan furiosa que les amenazase con volver a su antiguo ser de la reina Malvada. Se empezaban a envalentonar e iban a lanzarse sobre ella como una manada de coyotes cuando ella cumplió su promesa de ponerles en su lugar e investigar por su propia cuenta, ya que supuestamente Emma no pensaba mover un dedo por ella. Con una mueca de desdén curvando sus labios, agitó sus manos hacia el suelo y un repentino temblor de tierra desestabilizó a los pocos que se habían intentado sublevar contra ella, tirándolos al suelo. Conseguida su hazaña, se permitió una de sus mejores sonrisas de superioridad y desapareció envuelta en humo púrpura.
Pocos segundos después apareció en su despacho del Ayuntamiento, lugar en el que había quedado en reunirse con Swan para poder investigar sobre la poción de memoria que tenían intención de replicar para recuperar sus recuerdos perdidos.

Para cuando la Señorita Swan llegó al despacho, ella ya tenía preparado todo el set de alquimia sobre la mesa de cristal y los instrumentos desplegados. Solo necesitaba la pequeña ampolla de cristal con los restos de la pócima para intentar duplicarla.

Swan intentó mantenerse calladita durante el proceso, sabiendo que Regina necesitaría toda su atención y concentración en el trabajo que estaba llevando a cabo, pues esa pócima era todo cuanto anhelaban los ciudadanos para poder recuperar su memoria. Pero sobretodo, Regina la necesitaba para que su hijo la recordase a ella. Por eso su reacción fue tan tempestuosa cuando, al terminar de mezclar los ingredientes y dar por terminada la poción y probarla, la lanzó contra la pared opuesta en un arranque de ira por que no había funcionado.

Suspiró pesadamente y plantó delicadamente las manos sobre la mesa de cristal, cuidando de no darle a los objetos que tenía encima, pues eran muy delicados. ¿Por qué? ¿Por qué todo le salía mal? Se suponía que había pagado con creces sus pecados al despedirse de Henry para lo que ella consideró que sería el resto de su vida. ¿Qué peor castigo podría sufrir ella si era el de perder al único hombre que amó sin reservas, su pequeño príncipe? Volver a verlo sin que él la recordase nunca, por lo visto. Un triste gemido subió por su garganta, pero Regina lo contuvo admirablemente, poco dispuesta a mostrarle a Emma Swan o a cualquiera un solo gesto de debilidad.

- Regina, tal vez lo estamos enfocando mal.

- ¿A que se refiere, Miss Swan?

- Que no hayas conseguido duplicar la poción tal vez nos sea de ayuda.

- Me temo que no la sigo. –respondió la alcaldesa, confundida.

- Tú y yo sabemos que no ha funcionado, pero la persona a la que buscamos no lo sabe. Podríamos hacer correr el rumor por el pueblo de que te estás acercando y…

- Hacer que ese bastardo se delate a si mismo al intentar impedírmelo. – completó Regina al comprender la línea de pensamiento de la rubia. Después de todo, el mito sobre las rubias no era aplicable a Emma Swan… no todo el tiempo al menos.

- Exacto. Y se quién puede ayudarnos… -la sonrisa satisfecha de Swan pudo rivalizar con la que se pintaba en los labios de la morena alcaldesa.