Los grandes y expresivos ojos azules de Idunn dejaron de mirar distraídamente a su caballo para enfocarse en los ojos de su hermana, tan parecidos a los suyos. Su hermana mayor fijó sus ojos verdes y de largas pestañas en ella.
-No, creo que no me has contado nunca la historia de tu nombre, Prim. Al menos no que yo recuerde.
Idunn estaba francamente sorprendida en ese momento. Si iba a contar cómo le pusieron su nombre, tendría que hablar de su madre, algo que nunca le había resultado fácil. Tal vez estaba empezando a superar su pérdida. Ya habían pasado diez años. ¿Por qué no? Cada año era capaz de quedarse más tiempo en su reino al llegar el invierno. Los finos labios de Idunn se alzaron en una sonrisa de esperanza.
-Pues es una historia preciosa. Debería habértela contado antes.
-Adelante, cuéntamela.
La hermana mayor tomó aire antes de empezar a hablar.
-Mientras nuestra madre estaba embarazada de mí, nuestro padre tuvo que irse de viaje algún tiempo. Por suerte, consiguió llegar antes de que yo naciera. Para compensar a nuestra madre, le regaló montones y montones de prímulas que había comprado durante su travesía. Por eso decidió que me llamaría Primrose. La última vez que ella estuvo embarazada… -La voz se le quebró en esa frase. Su mirada se ensombreció, pero se obligó a continuar.- Nuestro padre también tuvo que irse. Esa vez le regaló rosas.
-Oh… -Eso fue todo lo que Idunn pudo decir tras escuchar la historia. Estaba muy emocionada por poder oír a su hermana hablar de su pasado. -¿Para Haakon y para mí también hay historias?
Haakon era su hermano, diez años mayor que Primrose y heredero al trono. Nunca jugó con ellas de pequeñas ni les hizo mucho caso debido a sus obligaciones. Aun así, le tenían mucho cariño. Sabían que era capaz de cualquier cosa para proteger a sus hermanas pequeñas.
-No, lo siento… No hay ninguna historia en especial. Son nombres de antepasados. Pero bueno… -Primrose esbozó media sonrisa y miró con expresión divertida a su hermana, de arriba a abajo. Con fingida solemnidad, siguió hablando. –Contadme algo sobre vos. Sobre, por ejemplo, ese príncipe de…
-¡No! ¡Menudo idiota! –Aunque los años pasaran, Idunn seguía teniendo la manía de interrumpir. Entornó los ojos y gruñó. –De verdad, ojalá se hubiera quedado en su lejano reino de "no-sé-dónde". ¡Me dijo que iba a casarse conmigo porque creyó que yo era la heredera al trono! Menos mal que papá se dio cuenta rápido. Me parece que no quiero volver a oír hablar de príncipes ni de hombres en general nunca.
-Mmm… -Primrose se mordió el labio inferior, con preocupación. Rápidamente cambió su expresión a una más neutra. Esperaba que Idunn no se hubiera dado cuenta. Además, sus labios eran más gruesos que los de su hermana, así que no podía hacer ese gesto demasiado tiempo sin sangrar un poquito. Tenía algo importante que decirle a su hermana, pero decidió esperar a otro momento. A que estuviera algo más receptiva…
Mientras estaba distraída pensando en cómo y cuándo se lo diría, su montura se asustó a causa de un animal que le pasó entre las patas. Primrose perdió totalmente el control de las riendas y acabó en el suelo. Cuando estaba intentando incorporarse para calmar al caballo, vio que Idunn había sido más rápida.
-¡So! ¡So! ¡Tranquilo chico!
Lo que Idunn no se esperaba es que su propio caballo empezara a dar coces en todas direcciones. Una de ellas iba dirigida justo a la cabeza de Primrose. Idunn se lanzó para apartarla, recibiendo ella el golpe. Un dolor intenso le recorrió la pierna. Quedó tumbada en el suelo mientras su caballo se iba, desbocado, hacia el castillo.
-¡Idunn! –Exclamó Primrose, horrorizada, al tiempo que se lanzaba a coger a su hermana en brazos. –Tranquila, estoy contigo, todo irá bien…
Con una fuerza que años después seguiría sin explicarse de dónde sacó, la subió a su caballo. Se dirigió al castillo tan rápido como su montura le permitió.
Una vez examinadas por un doctor, pudieron respirar tranquilas. Las heridas de Primrose no eran graves, pero Idunn se había fracturado la pierna izquierda. Tardaría algunos meses en recuperarse.
Idunn estaba sentada en la cama, observando el cielo primaveral por la ventana. Primrose iba peinándola, para después hacer una trenza. Tenía cierta envidia sana por el cabello de su hermana pequeña. Castaño como el suyo, pero algo más oscuro, no se enredaba con facilidad por ser bastante menos fino. Se le podían hacer magníficas trenzas. Aunque a Primrose le quedaban bien las trenzas, prefería llevarlo suelto. También admiraba la blancura de su piel, aunque esto tenía sentido. Pasar medio año en un reino más soleado la dejaba algo más bronceada. Sin embargo, tenía menos tendencia a desarrollar pecas que Idunn.
Al acabar la trenza, Primrose se sentó junto a la cama. Su rostro de facciones angulosas, heredadas de su padre, quedó frente al de su hermana. Con el ceño fruncido, preguntó:
-¿Por qué hiciste eso?
Idunn, que sabía muy bien a qué se refería, cogió las manos de su hermana y contestó:
-Te quiero.
Tras sus palabras, las princesas hermanas se unieron en un cálido abrazo.
