III

Las horas siguientes pasaron rápido, demasiado rápido para el gusto de Elena. Contrario a todo pronóstico, el joven de ojos azules terminó siendo alguien bastante agradable cuando no hacia comentarios sarcásticos o hablaba en doble sentido. Poco a poco había logrado que Elena se sintiera más cómoda en su presencia al grado de olvidar siquiera lo que le esperaba en Londres.

Su plática había sido un tanto superficial, reservada como siempre Elena había logrado alejarse de asuntos personales, solo comentando muy crípticamente que viajaba más que nada porque su mejor amiga la había obligado y tenía mucho tiempo de no verla. El joven, por su parte, le había comentado que no viajaba precisamente por placer sino por una reunión familiar impostergable y que aunque no era originario de Estados Unidos, llevaba viviendo en Nueva York desde hace cerca de 10 años cuando había viajado para estudiar en Harvard para abogado.

Llegado un momento el cansancio comenzó a hacer mella en Elena, nada raro considerando que el día anterior no había pegado el ojo en toda la noche y sin siquiera proponérselo terminó durmiendo un par de horas en el avión. Pocos minutos después, el joven se le unió en su propio viaje con Morfeo.

Cuando el joven abrió sus ojos azules lo primero que notó fue una cabeza castaña recargada sobre su hombro. Al parecer en algún momento de su sueño, la chica se había acomodado recargándose sobre él y entrelazando cómodamente uno de sus brazos con el de él. La muchacha dormía plácidamente y el joven dio un breve suspiro.

Definitivamente, la mujercita le había caído bien; se podría decir que él era un experto en mujeres, después de todo siempre tenía mujeres al por mayor a su disposición, pero ¿realmente podría considerar tener muchas amigas?, mmm no, prácticamente solo podía considerar a Rose como su amiga. De entre el mundo de mujeres que conocía, ella era la única que le conocía en verdad y aunque en algún momento también había pasado a ser parte del club de "mujeres con las que me he acostado", Rose había logrado traspasar esa línea para formar un muy nuevo club donde solo ella era integrante: el club de "mujeres en las que puedo confiar". Rosalie "Rose" Black era definitivamente su mano derecha en el trabajo, y una de las pocas personas que lo aguantaba en las buenas y en las malas; y debido a su carácter, eran más las últimas que las primeras.

Pero en esta joven había algo más, aun cuando el joven no podía identificar a ciencia cierta que era. Ciertamente le resultaba atractiva y no se iba a mentir a sí mismo, si la oportunidad se daba, la llevaría a la cama, pero también se daba cuenta que esta joven tenía el potencial de convertirse en una amiga, quizá no al grado de Rose, pero si una persona con la cual salir y divertirse sin tener que desecharla tras un encuentro sexual.

De hecho, tenía que admitir que la joven castaña era la primera mujer que no caía rendida ante sus encantos y eso le irritaba y le encantaba al mismo tiempo. Era obvio que se sentía atraía por él, el hecho de que lo repasara de arriba a abajo en cuanto lo vio y sus constantes sonrojos cada vez que hacia un comentario sugerente eran indicativo de eso, pero también era una mujer con principios y que no se dejaba intimidar. Sí, definitivamente se sentía intrigado por la chica.

El hombre miró discretamente su reloj y notó que faltaba poco más de una hora para llegar a su destino. Suspirando y tratando de hacer el menor movimiento posible, estiró su cabeza a un lado tratando de obtener una mejor vista de la cara de la joven, sin embargo lo único que logró ver de más en esa posición fue el escote pronunciado de la mujercita. Maldita sea, de pronto sintió los pantalones más apretados. Bueno, después de todo el simplemente era un hombre con una mujer muy guapa recargándosele en un avión. Si, una mujer muy dormida que no había aceptado sus coqueteos, se recordó; así que el ojiazul se esforzó por pensar en cualquier cosa, menos en la mujer literalmente en sus brazos. Aunque la verdad es que era difícil no pensar en ella, cuando el embriagante olor de su cabello le llenaba las fosas nasales, tentándolo aún más.

¿Cómo es posible que una mujer durmiendo me ponga así? Pensó poniendo los ojos en blanco. Minutos más tarde, quizá pocos o quizá muchos, el hombre no fue consciente de cuantos, la joven comenzó a moverse lentamente y él supo que estaba a punto de despertar.

Vaya, que increíble y reparador sueño había tenido, pensó la joven aun adormilada y sin abrir los ojos, intentó aferrarse a los recuerdos del sueño que poco a poco se le iba escapando de la mente. La única imagen vivida que tenía en ese momento eran unos ojos azules, penetrantes mirándola con una intensidad que parecía quemarla. Elena no recordaba la totalidad del sueño pero sabía que había sido uno muy bueno, prueba suficiente era la amplia sonrisa que tenía en la cara. Un poco más despierta y aun con los ojos cerrados, notó que su cabeza se encontraba cómodamente recargada en una superficie que aunque firme, era bastante suave y un olor a una loción cara mezclada con otro olor masculino y varonil le llegaba a la nariz.

Elena tardó unos segundos en darse cuenta que estaba recargada sobre el hombro de alguien, el hombro de un hombre, el hombro del guapísimo hombre de ojos azules. ¡Ay, por Dios! Lentamente abrió los ojos y alzó la cabeza para darse cuenta, que, efectivamente, se había dormido sobre el hombro del joven, quien ahora la miraba con una amplia sonrisa. Elena se quedó muda, su imaginación no le había hecho justicia a sus ojos, ¿Cómo pueden ser tan azules? La joven fue incapaz de apartar la mirada y con un vuelco en el corazón, se dio cuenta que podría quedarse mirando infinitamente esos bellos ojos y que si no tenía cuidado, esos ojos azules podían ser su perdición.

- Buenos días solecito, ¿qué tal tu sueño? Apuesto que soñabas conmigo, eso explicaría por qué estabas babeando… - Elena se apartó rápidamente, avergonzada. Diablos, él no podría saber que estaba soñado con él, o ¿sí?

- Yo no…perdón, no me di cuenta que me había recargado en ti - Murmuro con la cabeza baja, tratando de disimular su sonrojo.

- No te preocupes, la verdad es que acabo de despertar también y no me había dado cuenta. – mentira, se le había quedado mirando por casi una hora entera estaba seguro, viéndola dormir, pero eso ella no tenía por qué saberlo ¿cierto?- ya falta poco para aterrizar.

Y como si hubiese sido un adivino, en ese momento, se escuchó la voz del piloto anunciado la llegada y el pronto aterrizaje en el aeropuerto de Londres.

Elena de pronto fue muy consciente de que se encontraba a tan solo escasos minutos de aterrizar en la ciudad británica, a tan solo minutos de tomar el taxi que la llevaría al hotel donde se hospedaría por esa noche y a tan solo quizá un par de horas de encontrarse con su ex novio y no pudo evitar palidecer un poco ante la idea.

El joven frunció el ceño al darse cuenta del drástico cambio de color en la piel de la joven, el cual pasó de un divino color carmesí por el sonrojo a un tono blanquecino en cuestión de segundos. Sin duda, algo le preocupaba a la joven.

- ¿Ya has estado en Londres antes? – preguntó despreocupadamente queriendo recuperar la jovialidad de la chica y desaparecer la ansiedad y preocupación que ahora reflejaba su divino rostro.

- Mmm no – contestó vagamente la joven, mientras se retorcía las manos, signo innegable de la inquietud que tenía.

- Bueno pero me imagino que tienes a donde llegar ¿cierto?- presionó el hombre tratando a toda costa de lograr contacto visual con la chica que ahora se abrochaba el cinturón con la cabeza baja, demasiado perdida en sus pensamientos.

- Ahh… sí.

Vaya, con la cortante, pensó el hombre mientras el avión comenzaba con el aterrizaje. La verdad es que no quería que este terminara siendo uno de esos clichés tan comunes en el cual dos extraños tenían un encuentro fortuito en un avión, para después no verse nunca más en la vida. Decididamente quería llegar a conocer más a fondo a la jovencita, motivo por el cual se decidió a expresar sus siguientes palabras.

- Yo me hospedaré en el Hotel Dorchester, si te queda en el camino podríamos compartir un taxi, porque, si sabes que el transporte en Inglaterra es sumamente caro ¿no?- comentó con su sonrisa de medio lado, esa sonrisa que hacía que las jóvenes se derritieran en su presencia. De acuerdo, si era un truco barato recurrir a su físico, pero con un demonio si dejaría que su encuentro terminara ahí.

Elena levantó la cabeza de golpe y sus miradas quedaron nuevamente enganchadas. - ¿El Dorchester? ¿Estas bromeando?- comentó con sorpresa y un dejo de recelo en la mirada.

- No, ¿Por qué? – dijo el mientras procedía a guardar su celular en el bolsillo del pantalón. Habían realizado ya el descenso y todo mundo comenzaba a pararse y aglomerarse para bajar del avión.

- Porque yo también me quedare en ese hotel. – vaya, parecía que la suerte le empezaba a cambiar después de todo.

- ¿En serio?- el joven no pudo evitar mostrar una amplia sonrisa. – Debe ser el destino… si, definitivamente el destino quería que nos conociéramos aquí y termináramos en el mismo hotel para saciar nuestros más bajos instintos por la noche.- el ojiazul terminó la oración guiñándole el ojo justo como lo había hecho con la azafata unas horas antes. Elena puso los ojos en blanco ante tal gesto pero no pudo evitar que una sonrisita traicionera le asomara a los labios.

- Si, bueno no te emociones demasiado, no soy una fan del destino así que dudo mucho que eso suceda, sin embargo, creo si te tomare la palabra en cuanto al taxi ya que al parecer vamos al mismo lugar – replico con una sonrisa la joven.

Elena se levantó de su asiento para abrir el compartimiento superior y bajar su maletita, pero tras un breve ¡Permíteme!, el hombre galantemente procedió a bajar tanto su propia maleta como la de la joven. La joven le agradeció con una sonrisa tímida y ambos recorrieron el pasillo para dirigirse a la salida del avión.

Los jóvenes caminaron la pequeña distancia hasta la zona de recolección de las maletas en un cómodo silencio, dedicándose breves miradas de reojo el uno al otro, cuando ambos creían que el otro no se daba cuenta. Si, definitivamente, el joven a su lado le atraía a Elena, ¿Qué mujer en sus cinco sentidos no se sentiría atraída por este hombre que parecía un actor de cine de ensueño?, y la verdad es que si no estuviera tan preocupada por la cena que tendría lugar esa noche, incluso trataría de sacar sus viejos trucos universitarios para poder salir en una cita con él. Sin duda, el hombre se sabía demasiado atractivo y lo más probable era que ya tuviera una novia o una esposa incluso. Elena dirigió disimuladamente su mirada a la mano izquierda del joven y observo maravillada que no había ningún anillo presente. La joven suspiró aliviada. Descartada la esposa, regresó a sus dos opciones: soltero o con novia…o en el peor de los casos que el joven terminase siendo un mujeriego de lo peor, pero, después de todo se te insinuó ¿no?, pensó Elena sonrojándose de nuevo. Eso quiere decir que como mínimo para una noche de pasión te tomaría en cuenta. Elena sacudió la cabeza tratando de ahuyentar sus locos pensamientos; bien sabía que no era del tipo de chicas que tenían sexo casual o de una noche con un hombre, pero tampoco era una reprimida como el mismo le había llamado. ¡Dios! ¿Por qué me tientas de esta manera?

- Si te estoy tentando demasiado, solo tienes que decirlo, yo siempre soy materia dispuesta corazón. – dijo el con la sonrisa de medio lado, que Elena ya amaba y odiaba por igual y totalmente avergonzada se dio cuenta demasiado tarde que la frase se le había escapado en voz alta sin siquiera percatarse. Maldita costumbre de hablar sola.

- Yo no hablaba contigo- dijo atropelladamente. Ahora era un buen momento para que la tierra se abriera y se la tragase entera.- Oh ahí viene mi maleta.- Elena se agachó para tomar su maleta del carrusel, pero de nuevo el joven se le adelantó tomándola sin esfuerzo.

- Wow, ¿que traes aquí? ¿piedras?- se burló el joven de cabello oscuro poniendo la maleta en el piso, al tiempo que se adelantaba de nuevo para tomar su propia maleta. Elena únicamente alzó los hombros tratando de no darle mayor importancia a su equipaje. La verdad es que siempre había tenido problemas al momento de empacar cosas. Siempre llevaba cosas de más o cosas de menos, pero jamás lo justo para un viaje. Obviamente esta era una de esas ocasiones en que el más se inclinaba en la balanza.

Siguieron su recorrido avanzando hacia una de las salidas de la terminal 3 del concurrido aeropuerto Heathrow, cuando Elena miró su reloj. - ¡Oh diablos!, de casualidad ¿sabes qué hora es? Estoy perdida con esto del cambio de horario - exclamó con los nervios inundándola de nuevo.

- Bueno en Nueva York son la 1:05 de la tarde, por lo tanto aquí deben ser las 6:05. – contestó el con tranquilidad.

- ¡Oh demonios! – exclamó de nuevo Elena- perdona sé que compartiremos el taxi, y en verdad espero no retrasarte, pero ¿será demasiada molestia si hacemos una parada en el baño primero?

- ¿En el baño? Oh ya veo, ¿Decidiste que me encuentras irresistible y siempre si quieres un poco de aventura sexual conmigo?- dijo el levantando sus cejas de ese modo sugestivo que ya le comenzaba a conocer demasiado bien.

- No, claro que no. – resopló Elena; en cualquier otro momento habría encontrado sus insinuaciones un tanto divertidas, pues en el fondo sabía que solo le estaba tomando el pelo; muy en el fondo sabía que no había forma alguna de que en verdad quisiera tener sexo con ella ¿o sí?; el problema es que la cena comenzaría a las 7 de la noche y apenas tendría el tiempo suficiente para llegar derrapando al salón del hotel, eso sin contar que no les tocase tráfico en el camino hacia el lugar. – Tengo que cambiarme, tengo una cena a la que no puedo faltar y no me dará tiempo siquiera de arreglarme en la habitación, así que con cambiarme en un baño en el aeropuerto tendrá que bastar – dijo con dejo de resignación en su voz. Elena hubiera preferido tener todo el tiempo del mundo, o al menos el suficiente para arreglarse y que Stefan la viera en toda su gloria cuando por fin estuvieran cara a cara, pero al parecer el destino no pensaba lo mismo. Malditos retrasos en los vuelos. - ¿Me esperarías? Prometo no tardar demasiado.

El hombre suspiro dramáticamente mientras negaba con la cabeza. - Si eres como todas las mujeres que dicen que estará lista en cinco minutos creo que no llegaras a tu cena, pero anda ve, te esperaré - la verdad es que en ese momento el hombre se dio cuenta que no era capaz de decir que no a esos adorables ojitos cafés, mucho menos cuando le suplicaban con esa mirada de perrito a medio morir.

Un tanto divertido observó a la joven tomar sus maletas y prácticamente correr al baño más cercano. De pronto se dio cuenta que seguía ahí, parado como un idiota en medio del transitado aeropuerto, con una sonrisa de oreja a oreja, mirando hacia la puerta por donde la joven había desaparecido segundos antes y levantando un hombro con resignación se dirigió el mismo hacia el baño de los hombres.

Exactamente quince minutos después Elena salió del baño totalmente transformada. De la joven que había entrado en jeans y converse no quedaba nada, bueno, si, tal vez solo el peinado. Como pudo Elena sacó un vestido de coctel color palo de rosa de la maleta, el único que al parecer no se había arrugado totalmente y unas altas zapatillas del mismo tono pálido. De acuerdo, sin medias tendría que ser y agradeció al cielo el haberse tomado un par de minutos extra en el baño esa mañana para pasar el rastrillo por sus piernas. El vestido de manga corta le llegaba ligeramente por encima de las rodillas y aunque no era un vestido escotado, si era lo bastante ceñido para resaltar sus ligeras curvas. Se había retocado un poco el maquillaje enfatizando en delinear un poco sus ojos y poniendo una capa más de rímel en sus largas pestañas, así como un ligero toque de rubor en sus ya de por si sonrojadas mejillas y un poco de brillo en sus labios. Elena se había visto al espejo antes de salir y aunque hubiese preferido tener el tiempo para hacerse un peinado elaborado, los finos y siempre lacios cabellos tendrían que ser suficientes esta noche. Tras aplicar unos ligeros toques de su perfume favorito en las muñecas y tras la orejas, Elena dio un suspiro y salió del lugar, con sus maletas en mano.

A primera vista Elena no encontró a su joven acompañante de vuelo al salir del baño. ¿Dónde diablos se metió?, pensó un tanto frustrada. ¿Qué parte de tener prisa y estar retrasada no le había quedado claro? La joven volvió a pasar la mirada esta vez con mayor detenimiento por la transitada sala. Como era lógico en un aeropuerto, y uno tan gran como el de Londres, la gente corría de un lado a otro tratando de llegar a tiempo a sus respectivas salas de abordaje o para recoger a algún familiar o amigo que llegaba de algún vuelo. La única figura que sobresalía entre tanto bullicio era la de un hombre recargado tranquilamente contra uno de los pilares unos cuantos metros a su izquierda. El hombre se encontraba de espaldas a ella y al parecer era un hombre alto, enfundando en pantalones de vestir gris oscuro y un saco hecho a la medida del mismo tono, que contrastaban perfectamente con el blanco del cuello de su camisa y de su mismo tono de piel. Su cabello era oscuro, probablemente negro y reluciente bajos las luces artificiales de la sala. La verdad es, que ahora que lo analizaba a consciencia, el hombre era de la misma complexión y altura que….

Elena perdió todo hilo de pensamiento y sentido del habla cuando el hombre volteo hacia ella y se perdió en unos ya familiares e impenetrables ojos azules.

NOTA DE LA AUTORA:

Hola, esto ya va tomando forma y seguro ya todos saben quien es el guapo de ojos azules ¿cierto? Veamos que les depará en el trayecto al hotel... Gracias por los reviews, quienes no lo hayan hecho, comenten, son libres de dar su opinion, es retroalimentación para mi y se los agradecere infinitamente.

atte

Lizzy