Disclaimer: El Potterverso es de Rowling, míos sólo son la trama y un par de OC's.


Capítulo 2.

Maldita Elsa. Maldita fuera su compañera y su afán por hacerle parecer atractiva porque, según ella, vale que no quieras nada con él, pero un polvo es un polvo. Y maldita fuera también ella misma y su poca fuerza para decir que no. Siempre se dejaba liar. Y ahora estaba llegando tarde por culpa de la maldita morena, con un vestido más corto de la cuenta y un maquillaje le hacía sentir muy incómoda. Además, daba igual cómo se vistiese, entre ella y Bill no iba a pasar nada. Sólo eran amigos, única y exclusivamente amigos. Siempre lo habían sido, o casi siempre. Habían tenido un pequeño desliz, uno diminuto, pero ya está. Se dijeron que nunca más, y tampoco es que alguno de los dos lo quisiera. Sólo fue eso, un desliz sin más.

Ocurrió el primer verano d.C. que, en este caso, significaba después de Charlie. Llevaba casi un año entero sin verle y, contra todo pronóstico, no, no lo había superado. Se sentía más sola que nunca. Su mejor amigo… bueno, digamos simplemente que ya no estaba. Bill, otro de sus grandes amigos, le escribía de vez en cuando, pero tampoco estaba allí. Con las chicas de su curso nunca había acabado de entenderse y tampoco podía pasarse por La Madriguera, porque todo le traía recuerdos. Buenos, demasiado buenos. Sus nuevos compañeros la trataban bien, pero se sentía incapaz de conocer a fondo gente nueva, era como si estuviese traicionando a los antiguos, o algo así. Llevaba un tiempo viviendo en su propio piso y se sentía más sola que nunca. Cada tarde, llegaba a casa desde la Escuela de Sanadores, se sentaba en el sofá con algo de comida precocinada y se ahogaba en sus propios recuerdos. Las lágrimas las reservaba para las noches en vela. Había perdido la cuenta de cuantas noches se había pasado llorando, o despertándose a medianoche por culpa de las pesadillas. O, más bien, la pesadilla, porque siempre era la misma: Se veía a sí misma en medio de una gran colina, con Charlie a un par de metros, pero cuando ella intentaba acercarse (y siempre lo intentaba) él le decía que se fuera, que no la quería ver más, que ya no la quería. Luego, se subía a lomos de un dragón verde, acompañado de una rubia despampanante y ella caía en un pozo negro, ahí era cuando se despertaba. Vamos, que por aquel entonces, Val daba pena.

Sus padres estaban preocupados, cada vez que iba a verles tenía unas ojeras más pronunciadas. Cada vez perdía más peso, mucho peso, tanto que la ropa había empezado a quedarle grande. Por eso dejó de ir a verles, no quería que se preocupasen por nada, prefería seguir aislada. En realidad, ella no quería que todo eso acabara. No es que le gustara el dolor en sí, pero sí le gustaba. Le gustaba porque era la prueba palpable de que había sido real, de que había existido. No había sido un sueño, ni su imaginación, no. Charlie había estado ahí, la había querido, y aunque ahora no estuviera, siempre le quedarían sus recuerdos. Le corroían por dentro, pero no le importaba pagar ese precio si lo último que veía antes de que la venciera el sueño era la cara de Charlie sonriendo. No era capaz de superar su ruptura, aun le quería, le quería muchísimo. Le quería tanto que él cuando recibió esa beca para irse a Rumanía, ella sólo pudo pintarse su mejor sonrisa y darle la enhorabuena, porque se lo merecía. Por mucho que le doliese, no iba a ser ella quien acabase con los sueños del chico, no, nunca se lo habría perdonado a sí misma. Por eso, prácticamente un año después, el dolor de una herida mal curada le seguía atormentando.

Cada día era idéntico al anterior, sin ninguna variación. Hasta que apareció. Pocas veces se lo decía, pero de no ser por él, su Sol, todavía seguiría atrapada en los recuerdos.

Aquel día, en concreto, había decidido volver andando a casa. Era un día caluroso de junio, el curso estaba en la recta final y, aunque los exámenes estaban al caer, no estaba para nada agobiada. Era fácil para ella, le salía solo, natural. Tardó más que apareciéndose, pero el paseo a casa fue gratificante. La luz del sol en la cara, la sensación de calor sobre su piel… Pocas veces esos días se permitía alejarse así de todo. Y cuál fue su sorpresa al encontrar a un pelirrojo en su puerta. Llevaba el pelo largo, recogido en una coleta, un colmillo a modo de pendiente y podría haber pasado perfectamente por un muggle rockero, de no ser por las botas, que Val reconoció hechas de piel de dragón. William Weasley.

─ Hola Val, te estaba esperando ─ le dijo llanamente, con una sonrisa.

─ Hola Bill. No sabía que venías, pensaba que aún te quedaban un par de semanas en Egipto.

─ En realidad era así, pero acabamos antes de lo que pensábamos y me he escapado. Ya tenía ganas de ver a la familia.

─ ¿Están todos bien? Hace tiempo que no me paso por La Madriguera…

─ Sí, están bien ─ le contestó. Su semblante se había tornado más serio ─ Mamá me dijo que te insistiera para que la visites más a menudo. Dice que entre que Charlie y yo nos hemos marchado y que tú ya nunca les haces visitas, la casa se le hace enorme.

─ Es que la casa es enorme.

Pese al tono duro y seco que había empleado, Bill soltó una pequeña carcajada, un poco forzada, quizá.

─ Aunque si cuando vayas vas a tener esa cara, será mejor que te prepares. Mi madre no te dejará salir en días ─ se burló el chico.

─ Siempre he tenido esta cara y nunca le ha importado ─ le espetó ella, algo molesta por el comentario.

─ Mentirosa.

Val hizo un mohín de disgusto antes de responder. No tenía ganas de que nadie se compadeciese de ella, mucho menos un Weasley, aunque fuera Bill.

─ ¿Querías algo, Bill?

─ Quería ver cómo estabas.

─ Pues ya ves que estoy bien, así que, si eso es todo…

Bill la interrumpió otra vez, con una nueva carcajada.

─ ¿Me tomas el pelo? Sólo hay que mirarte a la cara para saber que no estás bien.

─ Sí que lo estoy.

─ ¿Crees que estoy ciego? ─ le preguntó con sorna.

─ No.

─ Ah, vale. Entonces crees que soy tonto.

─ Déjalo, Bill. No estoy de humor.

Dicho esto, Val intentó entrar al portal de su edificio, pero una mano la aferró con dureza, impidiéndole seguir con su camino.

─ Si crees que voy a permitir que pases de mí así como así lo llevas claro ─ cualquier tipo de burla había desaparecido de su voz al pronunciar estas palabras ─. Déjame ayudarte, Val.

─ No lo entiendes, Bill ─ le espetó ella, furiosa, deshaciéndose de la sujeción ─. Yo no necesito ayuda, no quiero tu ayuda.

Sacó las llaves de su bolsillo e intentó meterlas en el paño. Debería haber supuesto que el chico no se rendiría tan fácilmente, porque cuando al fin consiguió entrar en su portal, él la siguió hasta dentro.

─ ¿Por qué dejas que mi hermano te haga esto?

─ No me está haciendo nada ─ le contestó sin mirarle. No quería hablar de Charlie, no quería hablar de lo que había pasado ni de lo que sentía. Prefería estar sola, prefería regodearse en el dolor.

─ ¿Ah, no? Entonces ¿Por qué parece que no hayas dormido durante meses? ¿Por qué te está tan grande la ropa? Eh, Val. ¿Por qué?

─ Eso es problema mío... ─ susurró, incapaz de mirar a los ojos al joven pelirrojo. Notaba las lágrimas a punto de salir de sus ojos, pero no, no podía permitirlo, él no iba a verla llorar. Empezó a subir las escaleras, rápidamente, pero Bill no dejó de perseguirla.

─ Val, no quiero discutir. Cuando mi madre me dijo que no te reconocía creí que estaba exagerando, pero ahora que te he visto…

─ ¿Tu madre te dijo que no me reconocía?

─ Sí. Por lo visto fue a buscarte a la escuela, pero se asustó al ver tu aspecto y prefirió que hablase yo contigo ─ Val no respondió. La señora Weasley era casi como su segunda madre y la idea de que no la reconociese la entristecía increíblemente. ─ El caso es, Val, que sólo queremos ayudarte. Aunque Charlie… se haya ido, no estás sola ¿Vale? Me tienes a mí, a mí y a mis padres. No queremos que lo pases mal.

Ya habían llegado al cuarto rellano y estaban los dos parados frente a la puerta del piso.

─ ¿Y si no quiero dejar de pasarlo mal? ─ Preguntó la chica con la voz entrecortada.

─ Tienes que ser valiente, tienes que ser una Gryffindor. Por mucho que llores, o por mucho que te acuerdes de él, no va a volver. Charlie no va a volver.

Aquella constatación de la realidad fue demasiado para Val, que se desplomó allí mismo, en el suelo. Las lágrimas caían de sus ojos, ya de forma inevitable. Rápidamente, y antes de que cayera del todo, Bill la recogió entre sus brazos. Abrió la puerta del piso como pudo, y una vez dentro, la ayudó a llegar hasta el sofá del salón, donde se sentaron los dos. La rodeó delicadamente con sus brazos y ella apoyó la cabeza en su hombro. Después de un buen rato, y algo más tranquila, levantó la cabeza y le miró a los ojos por primera vez.

─ Le echo de menos. Le echo tanto de menos… ─ dijo con voz rota. ─ Le echo tanto de menos que no puedo soportarlo. A veces creo que el pecho me va a estallar de lo que me duele. Y me siento tan sola… No hay nadie, nadie a mi lado. ¿Qué soy yo sin Charlie, Bill?

─ Eres una chica fuerte, que no se va a dejar hundir por nada. La vida a veces es complicada, pero tienes que aprender a llevar este tipo de cosas. Ya ha pasado un año y yo sé que tú puedes con esto.

─ Era mi mejor amigo… Mi único amigo.

─ Eso no es verdad. Yo también soy tu amigo, Val. No puedes permitirte este nivel de dependencia hacia nadie, y tú lo sabes. Y también sabes que si fueras tú misma ante los demás tendrías montones de amigos.

─ Yo no estoy tan segura de eso…

─ Te lo prometo.

La chica suspiró y dirigió la mirada al suelo. Si se sinceraba consigo misma, sabía que hacía demasiado tiempo que debería haber tenido una conversación como esta con alguien, que necesitaba que alguien la empujase fuera del agujero. Pero eso no era nada fácil cuando rehuía a todo aquel que intentaba acercársele.

─ ¿No te ha escrito? ─ preguntó Bill, después de unos minutos de silencio.

─ Sí, sí me ha escrito. Me escribe dos veces por semana.

─ Eso está bien. ─ Bill se retorcía las manos y tenía la mirada fija en ellas. Por primera vez aquella tarde, parecía nervioso, parecía no saber qué decir.

Sin hacer un comentario, Val se levantó del sofá y se dirigió al baño, donde se lavó la cara con agua fría, buscando despejarse. Cuando levantó la cabeza, vio el reflejo de Bill en el espejo, apoyado en el marco de la puerta.

─ Me preguntaba si te apetecería salir a cenar, para celebrar que vas a volver a ser la Valeria de siempre. ─ Bill dibujó en su rostro una sonrisa, muy parecida a la sonrisa de travesuras de Charlie y ella, no pudo decirle que no. Se dio una ducha rápida y se vistió con lo poco que tenía en su armario que no le quedaba dos tallas grandes. Unos vaqueros pitillo que habían sido de su prima Dominique y una blusa blanca con botones en el escote, escogió además los tacones negros que le había regalado su madre en su último cumpleaños, pero que aún no había tenido la oportunidad de estrenar y se recogió el pelo en una coleta alta. Se miró al espejo, pensando en maquillarse, pero desechó la idea enseguida. No se le daba nada bien y, de todas formas, el flequillo le tapaba la mayor parte de la cara, tendría que cortarlo pronto.

Se decidieron a cenar en un garito muggle, a pocas manzanas del piso. Val lo conocía bien, era allí a donde iba con sus padres cuando le visitaban. La velada fue amena y entretenida y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, Val logró olvidarse por unas horas de Charlie. Al acabar de cenar, Bill insistió en ir a tomar una copa. Según él, acababan de abrir un nuevo pub en el Callejón Diagón y había que estrenarlo.

─ No entiendo muy bien por qué si soy yo la que vive aquí, eres tú el que sabe que han abierto un nuevo pub.

─ Bueno, es simple, mi querida Valeria. Yo no soy un antisocial depresivo.

La chica intentó fingir una mueca de enfado, pero por primera vez aquel año estaba feliz, así que no le salió nada bien.

─ Lo que eres es un idiota, William Weasley.

Acabaron pasando la noche en aquel local: Bebieron y bailaron, sobretodo lo primero, y cuando la hora se acercaba más al amanecer que al anochecer, Bill insistió a acompañarla a casa. Fueron andando porque, para qué negarlo, ninguno de los dos estaba en condiciones de aparecerse. Por mucho que Val había pensado sobre ello un tiempo después, nunca había llegado a comprender por qué dijo lo que dijo, por qué le hizo esa proposición. Pero en cuanto pronunció esas palabras, ¿Te apetece subir a tomar la última?, ambos supieron que estaban perdidos.

Gracias a Merlín, Val no tenía clase al día siguiente, por lo que se despertó cuando el sol ya estaba en lo alto del cielo. Se notaba cansada y le dolía la cabeza horrores. Se dispuso a desperezarse, para apartar el sueño, cuando notó algo caliente a su lado en la cama. Más bien, a alguien. El grito que soltó en aquel instante, lo pudieron oír hasta en lo más profundo de la China. De un salto, Val había bajado de la cama y tenía la espalda apoyada contra una de las paredes de la habitación, mientras que con las manos intentaba tapar su desnudez. Bill la mirada con la confusión plasmada en el rostro desde la cama, varita en mano. Aquel grito le había asustado de verdad.

─ ¿Qué… qué? ─ tartamudeó Val, mientras en su mente intentaba encontrar una explicación lógica y razonable al hecho de que Bill estuviera desnudo, en su cama.

─ Bueno, no me acuerdo demasiado bien, pero parece obvio. ¿No? ─ Le respondió él, mirándola divertido.

─ Merlín, Bill. ¿Qué hemos hecho? ─ preguntó Val angustiada. No se podía creer que ella y Bill… Bueno, eso.

─ Me ofende un poco que lo encuentres tan espantoso ¿Sabes? Vas a hacer que se resienta mi ego ─ Intentó bromear.

─ No tiene gracia, Bill. Yo… yo… ─ La angustia había crecido hasta formarle un nudo en la garganta. ¿Por qué había hecho eso? A ella no le gustaba Bill, a ella le gustaba Charlie. ¡Charlie! ¿Qué pensaría Charlie cuando se enterara? Bill pareció leerle los pensamientos.

─ Lo que no sepa no le hará daño, Val. Somos adultos, bebimos un poco más de la cuenta y nos acostamos. No le des más vueltas.

─ Pero… Pero… ─ Volvió a tartamudear.

─ Tranquila ─ le dijo, alargando la i ─. Sé que no sientes nada por mí, y espero que sepas que yo tampoco siento nada más que amistad. Sólo ha sido un desliz, le puede pasar a cualquiera.

─ Un desliz, sólo un desliz ─ Valeria parecía estar a punto de tener un ataque de histeria, se sentía apunto de tener un ataque de histeria. Un desliz, un simple desliz, se repetía a sí misma en la cabeza.

─ Será mejor que te des una ducha para calmarte, Val. Voy a preparar algo de desayuno.

Mientras caminaba por una de las aceras del Londres muggle, Val sonrió recordando lo nerviosa que se había puesto aquel día. Ahora podía reírse, pero en aquel momento se le había venido el mundo encima. Curiosamente, a partir de aquel desliz, las cosas habían ido mejor. Bill empezó a escribirle mucho más, y aunque seguía pensando en Charlie muy a menudo, ya no tenía esa obsesión enfermiza de antaño. El hecho de sentir que tenía alguien a su lado, aunque fuera a kilómetros, le hacía sentir bien. Su mejora se hacía cada vez más visible, e incluso empezó a relacionarse con sus compañeros de clase. Y todo se lo debía a Bill, la única persona que consiguió sacarla del pozo. Aun ese día, después de cuatro años, seguía estándole profundamente agradecida.

Aunque siempre era grato recordar esos momentos, no podía olvidar el por qué estaba quedando esa tarde con Bill. Hacía un par de semanas que había vuelto de Egipto, esta vez para quedarse. Había solicitado un puesto de oficinista, en Londres, y así podría colaborar con la Orden. La maldita guerra había sido lo que había traído a su amigo de vuelta a casa… Aunque no había vuelto exactamente a su casa, los Weasley ahora vivían en el cuartel general, el número 12 de Grimmauld Place. Una casa tétrica y oscura, que a Val le daba un poco de miedo. Por eso había preferido que se vieran en un bar, donde había luz y, sobretodo, no tenía que preocuparse por si un bicho extraño salía de repente de un armario.

Llegó poco después a su destino, con varios minutos de retraso. Maldijo interiormente a Elsa y se acercó en silencio a un pelirrojo con coleta, que estaba apoyado en la barra de espaldas a la puerta. Pensó en asustarle, pero con los tiempos que corrían, no quería arriesgarse a recibir un hechizo aturdidor.

William ─ Saludó a su amigo desde atrás, burlándose de él.

─ ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames William, cara huevo? ─ Lo primero que vio de él al girarse fue su gran sonrisa.

─ ¿Cara huevo? Ya podrías ser un poquito más original… ─ Le respondió ella, sacándole la lengua.

─ Anda, ven aquí ─ Dijo mientras extendía los brazos para que se acercara. Llevaban un par de meses sin verse y se habían echado de menos ─. ¿Cómo estás?

─ Bien, bueno, agotada. Entre la Orden y que hace dos días que acabé los exámenes estoy que no paro.

─ Esta noche hay reunión ¿Vendrás?

─ ¡Pues claro! ─ Le respondió ella. No es que le entusiasmaran las reuniones, la casa le daba miedo, Ojoloco aún más y además estaba Snape, que no le caía nada, pero que nada bien. ─ ¿Y tú qué tal? ¿Te gusta el nuevo trabajo?

─ Bueno, echo de menos las tumbas, pero tiene sus cosas buenas ─ Le contestó, esbozando esa sonrisa de medio lado, que tanto le recordaba a Charlie y que ya sabía reconocer como una sonrisa pícara.

─ Ajá, vale ¿Y cómo se llama ella?

Bill rió sonoramente ante la pregunta.

─ Fleur. Es francesa ─ Aclaró el chico ante la expresión de desconcierto de su amiga ─. Ha aceptado un puesto en Gringotts para perfeccionar su inglés.

─ Ah, y a ver si lo adivino, el benevolente Bill se ha ofrecido para darle clases de refuerzo ¿No es así? ─ Se burló, mientras le hacía ojitos.

─ No te rías ─ contestó él, dándole un puñetazo cariñoso en el hombro ─. Me gusta.

─ Espero que sea una arpía asquerosa y presumida.

─ ¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? ─ Le preguntó Bill, mientras la miraba divertido.

─ Porque quiero seguir siendo la favorita de Molly…

Ambos rieron ante el comentario. Era totalmente cierto que Molly siempre le había tenido un cariño especial, la consideraba una más de la familia, aunque desde que Charlie se marchó a Rumanía ya no pasaran tanto tiempo juntas.

─ Oh, no te preocupes por eso ─ le dijo, todavía entre risas ─. Mi madre sigue encabezonada en que tú y Charlie tenéis que acabar juntos. Si no se lo dice en todas sus cartas no se lo dice en ninguna.

Valeria se rió pero no dijo nada, quizá porque en su interior sabía que no le importaría acabar con Charlie, que deseaba acabar con Charlie. Aunque eso no podía decirlo en alto. Siguieron hablando tranquilamente, de cosas banales en su mayoría, poniéndose al día y recordando buenos momentos.

─ ¿Te acuerdas de cómo nos conocimos? ─ preguntó Val, después de dos o tres cervezas, con un ligero rubor en las mejillas.

─ ¡Pues claro que me acuerdo! Eras la no-novia de mi hermano pequeño, ¿Cómo no acordarme?

─ ¿No-novia? ─ preguntó, soltando después una risita.

─ Sí, mis amigos y yo te llamábamos así.

─ ¿Y qué significa eso si puede saberse? ─ le disgustaba el término, seguro que era algo para reírse de ella.

─ Pues significa que mi hermano era como tu novio pero sin comerse un rosco ─ Bill empezó a reír por su propio chiste y arrastró a Val consigo, aunque semejante estupidez no habría resultado graciosa en ningún otro contexto ─. Me acuerdo de que un idiota de Slytherin os estaba molestando ¿Cómo se llamaba?

─ Peakles. ─ ese idiota se había esforzado por hacerle la vida imposible en sus días de colegio.

─ Ah, sí, Peakles. Le di un buen susto ¿Eh? ─ Añadió riendo.

─ Y tanto. Cuando apareciste de la nada y le dijiste: El que no va a tener nada que hacer vas a ser tú si le pones un dedo encima a mi hermano o a su amiga, Peakles, se hizo caquita en los pantalones.

─ Joder, Val. Sí que te acuerdas bien, sí.

─ Cómo olvidarlo… ─ suspiró. Aunque la charla con Bill la había animado, no podía evitar estar melancólica aquel día. ─ Sabes, creo que por aquel entonces ya me gustaba Charlie.

─ Val, no…

─ No, no. No voy a ponerme triste ni nada. Es sólo que, bueno, he estado recordando esta mañana y me he dado cuenta de que… No sé, no sabría decir en qué momento empezó a gustarme. En casi todos los recuerdos que tengo con él ya sentía ese cosquilleo en el estómago…

─ Déjalo, Val. Pensar en esas cosas no te hace ningún bien ─ Bill tenía razón, ella lo sabía, pero aun así era incapaz de apartarlo de su mente. Ese día no ─. Yo me acuerdo de la cara de gilipollas que puso Charlie cuando apareciste uno de los veranos, creo que ibais a empezar quinto.

─ ¿Qué pasó ese verano? ─ no tenía ni la más absoluta idea de a qué se refería.

─ Bueno, fue el verano en que creciste un montón, y crecieron otras cosas… ¡Au! ─ Val le acababa de pegar un puñetazo ─ Es verdad y lo sabes. El pequeño Charlie se la pelaba como un mono pensan…

─ ¡WILLIAM WEASLEY! ─ le gritó Val con la cara tan roja que parecía a punto de reventar. ─ No sigas por ahí.

─ Sabes que es la verdad.

─ Me da igual, prefiero no hablar sobre eso. ─ el rojo había disminuido un poco, pero todavía estaba muy avergonzada por el comentario.

─ Oh, vamos, no me vengas ahora de puritana. ¿Tengo que recordarte cierto desliz?

─ William.

─ Vale, vale. Pero estoy seguro de que mi hermano y tú hacíais cosas ¿Por qué te avergüenzas tanto? ─ le dijo con intención de burlarse un poco de ella.

─ ¡Pues porque no son cosas para hablar en público! ─ le reprendió ella, retomando el rojo inicial.

─ Ah, vale. Ya lo pillo. El morboso era mi hermanito. Seguro que os pasasteis séptimo entero haciendo guarradas en los pasillos oscuros ─ esta vez, Bill había conseguido apartarse antes de recibir un nuevo puñetazo ─. Y además los dos prefectos… Eso no está bien, Val ─ el chico se esforzaba por contener la risa mientras ella adquiría un tono de rojo más intenso con cada segundo que pasaba.

─ Cállate ─ le ordenó, apretando mucho los labios.

─ ¿Qué pasa? ¿Te molesta que diga que te follabas a mi hermano? ¿No debería ser al revés?

─ Bill, en serio, cállate.

─ ¿Y qué más hacíais aparte de follar? Cuéntaselo a tío Billy.

Todavía con la tez de un rojo intenso, se acercó a su amigo hasta quedar a un par de centímetros de distancia. Entonces se inclinó y se aproximó a su oreja, dispuesta a susurrarle algo.

─ Como no te calles, William Weasley, pienso averiguar quién es esa tal Fleur y contarle con todo detalle las muchas noches que hemos pasado de "sexo desenfrenado". Te juro por lo que más quieras que no querrá acercarse ni a cinco metros de ti. Avisado estás.

─ Vale, vale. Está bien, tú ganas ─ dijo el pelirrojo, levantando las manos en señal de derrota ─. Ya dejo el tema. Por cierto, Val. Tengo que contarte una cosa, y no sé si te va a hacer mucha gracia…


Vale, vale, ya. No me matéis. Sé que esto va sobre Charlie y no ha parecido casi nada de momento, pero paciencia, ya aparecerá.

Bueno, el caso es que tengo que daros una pequeña explicación porque no estoy segura de que se entienda muy bien. Estamos en el verano de 1995, es decir, en el verano en que empieza Harry Potter y la Orden del Fénix. Por tanto, Charlie y Valeria tienen 22 años (el cumplirá los 23 en diciembre y ella un poco antes, en octubre). Al principio del capítulo, ella recuerda el desliz con Bill, que sucedió un año después de que se marchara Charlie, en verano, es decir, cuando ella tiene 18 y Bill 20, porque hay que recordar que Bill nace en noviembre. No sé si eso os habrá ayudado a situar la historia u os habrá liado más, pero fin.

Otra cosa que quería comentar es que en el ahora de la historia (1995) Bill y Val tienen una relación muy similar a la que solían tener Charlie y Val. O sea, que Val considera a Bill su mejor amigo porque fue él quien le ayudó a seguir adelante. He querido que recordasen cómo se conocieron porque no quiero que parezca que se hicieron amigos por despecho, si no que eran amigos desde mucho antes, aunque no tan íntimos. Al ser la mejor amiga de Charlie, Val había pasado mucho tiempo con la familia de este, así que Bill y Val ya mantenían una buena relación mucho antes.

Creo que eso es todo, si tenéis cualquier duda o lo que sea, me podéis enviar un PM que estaré encantada de responderos. Quería darle las gracias también a BlauerDrache que me dejó un review en el capítulo anterior y la verdad es que me alegró mucho. No sé si me he aclarado mucho con lo de los puntos, las mayúsculas y los guiones, pero espero que haya quedado todo bien.

Lo último (y esto ya sí que es lo último de verdad): Si ya te has tragado la parrafada ¿Qué cuesta un review pequeñito?

Un besito en la nariz.