Hinata tiene un problema. De los gordos, de esos que son como un chicle que inflas y sabes que en algún momento va a explotar y, posiblemente, arrolle a todos a su paso -o se le quede pegado en toda la cara-. Pero no, no va a estallar nada porque no lo va a permitir, sólo necesita salir con cuidado de allí, deslizar un pie fuera, luego el hombro, después medio cuerpo y así hasta huir de la cárcel improvisada que había creado Kageyama al quedarse sopa encima de él horas durante la noche.

Media hora llevaba en esa cómoda posición -porque para qué negarlo, a él no le molestaba sentir cómo sus huesos se alinean y el pecho de su amigo subía y bajaba calentándole el estómago-, meditando qué hacer para huir directo al baño y refrescarse. Debajo de casi dos metros de masa muscular y cerebro de chorlito; sintiendo la respiración constante y profunda en su cuello, haciéndole cosquillas que viajan en tren bala hasta el sur, donde se detiene y toca la bocina. Dios, llévame ya, porque yo no tengo fuerza, ni creo querer encontrarlas tampoco. Tiene el cuerpo enfebrecido por culpa de esa nariz que juega a veces con la piel que une el hombro con el cuello y por esa mano que aprieta la tela de su espalda entre los dedos y porque es su amigo, del que le pierden hasta los enfados y lo tiene encima, cuando nunca habían estado tan cerca.

–Justicia divina, ¿eh? –Susurra, mirando con dedicación como la mejilla se hunde debajo de su dedo índice. Blanda, suave, mullida. Quién podría decirle que esos adjetivos encajaban con Kageyama, bueno, con algo de él.

En un intento fallido por de sacar una pierna, el otro chico se mueve contra él y enlaza sus piernas a las del pelirrojo, deslizando su cuerpo hacia arriba. Cara con cara.

–Hinata –Murmura, con los ojos cerrados y media cara hundida en el cojín del sofá. –Quita el mando de en medio, molesta.

Claro, el mando.

–Msí, sí, ya voy. –Pero no lo hace, más que nada porque es anatómicamente imposible que se arranque de cuajo el mando. Le encantaría decirle que lo quite él, que pruebe a ver si puede o si, por el contrario, le gusta la experiencia eso de tocar ciertos botones, o si así se despierta de una buena vez del susto.

La noche anterior se habían zampado la sexta temporada de Juego de tronos enterita. De cabo a rabo. Discutiendo sobre que Arya debería buscar de una buena vez a su hermana Sansa y dejarse de venganzas estúpidas o que Danearys ha terminado con la población masculina por fin y acabará junto a la hija de las Islas del Hierro. Aunque, eso sí, la batalla de los bastardos había logrado que ambos saltaran del sillón entre gritos eufóricos como ¡Bwah! ¿Has visto eso Kageyama? Puedo sentir la sangre en la cara y otros ¿Qué dices, idiota? Ya te gustaría a ti ser parte del ejército de Meñique. Después acabaron discutiendo sobre quién era mejor, Meñique por tener redes en todos lados y estar presente en cada guerra o Jon Snow, quien tiene toda la pinta por acabar siendo el Rey de los siete reinos. No llegaron a nada y poco tiempo después el sueño les venció.

Encima no había visto nada raro en toda la noche. Ni un simple sonrojo, y eso que se había esmerado por mostrarse incluso más cariñoso de lo normal, de la forma más sutil posible, claro, coger una manta para los dos y taparlos hasta el cuello y usar de almohada su hombro. O jugar a las cosquillas hasta quedar tan cerca que ni un alfiler cabría entre ambos. Nada, absolutamente nada.

Tobio a su puta bola, con sus Eres un pesado de mierda y Como sigas voy patearte el culo, digno dentro de la ignorancia. Estaba comenzando a pensar que en realidad sabía sus intenciones, pero las pasaba por alto como el campeón olímpico en imitar a una piedra, inerte, sin vida; por lo menos podría decírselo de frente y mandar a tomar por culo su plan para reconocer el terreno (que cada vez estaba más inestable y lleno de minas). Aunque también podía no estar captando absolutamente nada -que, en realidad, era lo más probable. A veces era más Hufflepuff que Luna Lovegood viendo Billywig cuando esos sólo existían en Australia- y tuviese que insistir el doble para que su cerebro unineuronal hiciera sinapsis consigo misma.

–Hay ocasiones en las que me caes mal, Tontoyama –Había alejado tanto la cadera del cuerpo de su amigo que sentía el abismo del sofá a sus espaldas. La culpa la tenía el armador, por no parar de moverse contra él y si no quieres sentir el maldito mando tampoco lo busques, idiota.

Harto de esperar se tira hacia atrás. Total, era parqué y el golpe sería mucho mejor que la ínfima posibilidad de que Kageyama tuviese un tercer encuentro. No, eso sí que no.

–¿Hinata? –Ve una mano tantear el sofá desde el suelo.

Qué frio está.

–Qué.

–Vuelve arriba, patoso. –Gruñe, con la voz opacada por -posiblemente- algún cojín.

–Mejor no. –Mejor no, aunque me encantaría subir y quitarte las legañas a besos. Mejor no, porque serías tú el que me echaría del sofá a patadas. Mejor no, el suelo helado ayuda a bajar lo que tú y el Karma han subido sin querer. –Son casi las cuatro, Bakeyama, y tengo hambre. Me voy a comer el trozo de pizza que no te comiste anoche, flojo.

Como si le acabara de pinchar un enjambre entero de abejas, con el aguijón más grande del universo, se levanta y lo mira como un perro mira a alguien que quiere quitarle la comida. Sólo le faltaría gruñir.

–Ni se te ocurra. –Mastica las palabras, con la lengua pegajosa después de dormir demasiadas horas seguidas. –Es mía.

Al pelirrojo no le da tiempo de levantarse cuando su amigo lo evita con los pies y camina casi trotando hasta la cocina. Sonámbulo, ajeno al chico sonrojado que abraza el suelo como un bebe se aferra al dedo de su madre; frustrado hasta la última célula que sintetiza su ARN mensajero por hacerle pensar en lo atractivo que se ve recién levantado a pesar de que la herida está más que cicatrizada y sólo debe echarse un bálsamo de vez en cuando para que la marca no se enrojezca por el sol.

Vuelve arriba, patoso.

Qué injusto, Kageyama. Con sólo tres palabras puedes poner su universo patas arriba y volverlo a color, sin pararse a pensar un segundo en lo que hace o dice y si ha tenido un efecto mariposa o en cambio ha vuelto del revés Narnia, donde la nieve suele cubrir el pasto, pero ahora el sol quema las plantas.

–Tonto.

–¿Has dicho algo? –Se asoma por la puerta de la cocina con la boca llena y el pelo hecho un desastre.

–¡Que eres tonto! ¡Eso es lo que he dicho! –Grita, sentándose con las piernas cruzadas cuando la presión del pantalón ya es mínima. Mirando con rabia al trozo mordido de pizza.

Kageyama sonríe con sueño, de esa forma tan espeluznante que sólo él es capaz de hacer, y se jacta volviendo a morder un trozo de esa masa fría y acartonada. –Y no hay más.

Jódete. Lo dice con los ojos y con su postura relajada, apoyado en el marco y mirándolo como un rey.

–¿De verdad que no queda nada?

La va usar. La Mirada.

Esa que lleva aplicando desde que se conocen para conseguir todo lo que se le antoja a su gusto y, a pesar de los tres años de amistad que llevan, él es incapaz de crear las defensas suficientes para paliar sus caprichos. Tobio lo sabe, lo intuye, lo huele con sólo apreciar cómo Shouyou se levanta tranquilamente del suelo y camina hacia él a pasos cortos. –No, no queda nada. –Traga, en seco, con medio cacho de pizza en la mano que sabe a gloria después de mediodía sin comer, aún medio dormido y aturdido por haberse levantado demasiado rápido.

Es tan inicuo que su cerebro desconecte automáticamente cuando él abre los ojos con las pestañas kilométricas adornando una mirada lastimera, o cuando la boca se tuerce en un mohín chiquitito mientras le tiembla la barbilla y frunce el ceño. Descontento, triste, ternero degollado.

Eres un jodido mimado.

–¿Y no me vas a dar ni siquiera un poquitín? Mira, aún te queda. –La mano está peligrosamente cerca de la comida, de su mano y, por ende, de él. No obstante, Hinata parece haberlo hecho caer en un mar de miel, lleno de trozos derretidos de chocolate y sirope de caramelo; dulce, empalagoso, diabético. Podría quedarse ahí parado como un pasmarote una eternidad hasta que esos ojos se diluyan en agua o desaparezcan con el sol. –¿Me dejas que coja un trozo?

–Mhm –Rezonga, sin percatarse que la mano pequeña ha rodeado sus dedos y ahora dirige la pizza hacia su boca.

Tobio lo ve todo a cámara lenta, con una nube de vapor creciéndole en el pecho. Es como en las películas para adultos que una vez le puso Tanaka en su casa, cuando estaban estudiando para los finales, y las connotaciones sexuales era más que vigentes por cada segundo que pasaba de ese vídeo amateur guardado en una carpeta bajo el nombre de Ajedrez. Observa, con los dientes apretados y la saliva en la lengua, cómo Shouyou lleva la última porción -es bastante pequeña- hasta sus labios. La muerde, dejando un rastro húmedo en sus dedos que en cualquier otra ocasión le daría tanto asco como si acabara de aplastar una cucaracha y pudiera ver ese liquidillo semitransparente saliendo de su cuerpo espachurrado. Pero lo que siente está lejos de ser repulsivo, irritante o despreciable, está muy lejos de querer limpiarse los dedos ahora vacíos, de pegarle a Hinata por robarle la comida de las manos o de llamarse idiota hasta que la palabra no tenga sentido.

Tiene ansias por probar esas migas pegadas en el labio inferior, morderlo hasta quitarle el último rastro de harina que le ha usurpado y hacerle entender por qué está mal hipnotizar a alguien como una sirena haría con un marinero para luego dejarlo sediento y moribundo. Le encantaría meterle la lengua en la boca, a pesar de no tener ninguna experiencia en ello, y saborear el queso, la salsa de tomate y el orégano; repasar la fila de dientes con la punta y dejarle sin respiración. Amaría escuchar cómo su garganta se cierra y pierde voz si lo besara ahí, contra el marco de la puerta y con una erección mañanera rozándole el muslo.

Pero es que eso no va a pasar ni en sus mejores sueños así que no entiende, ni ve, ni respira los motivos totalmente razonables por los que su amigo lo mira con las pupilas dilatadas hasta el infinito y más allá mientras se come un mísero trozo de pizza.

A cuento de qué venía esa escenita que eriza cada pelo del cuerpo y ruboriza la nuca. ¿Qué piensas Hinata? Porque no te comprendo. Estaría bien decírselo, sin más, ya que su corazón parece estar haciendo las maletas para instalarse en la garganta, mientras entiende que ya no es bienvenido en su refugio y las cuerdas vocales lo tratarán con cariño. Sin habla, con la lengua nadando en mar de dudas y los oídos tamponados por el humo que antes se acumulaba en el pecho.

A qué coño viene.

–Ka… Kageyama. Ka-Ka-Kageyama, ¡no me pegues! –Suplica, dando tres pasos hacia atrás y mirando en todas las direcciones.

–Qué. –Acorta un paso en su dirección y huye, como un cobarde, a refugiarse entre los cojines.

–¡Estás poniendo esa cara! –Qué cara, de qué mierdas hablas. Aquí el único que pone caritas ñoñas eres tú. –¡Vas a matarme por quitarte el último trozo de pizza! No pensé que sería tan fácil engañarte, Iluso-yama.

Llega al sofá, donde Hinata ha hecho un fuerte entre la manta y las almohadas y lo mira sonriendo, tapándose la boca como un niño chico.

–¿Cómo me has llamado?

–I-LU-SO-YA-MA –Canta, sacando un poco la cabeza para mirarlo mejor tras la muralla.

–¿Quieres que te mate aquí mismo? Creeme tengo mucha imaginación, puedo pensar múltiples formas de tortura, empezando por las cosquillas. –Coge un almohadón y lo tira. –Luego podría, quizás, hacerte comer brócoli hasta que te entren arcadas. –Cae otro cojín verde oliva al suelo. –Es más, también podría ponerle mostaza, como te gusta tanto. –Sólo queda la manta de peluche alrededor del pelirrojo, quien parece E.T. el extraterrestre, temblando ante la idea de comerse esa infame verdura.

–¡No me hagas comer eso, Kageyama! Te compraré algún dulce luego, ¿Sí?, ¿Sí? –Ruega, llorando y haciendo su mejor puchero. –Sólo era una broma.

Broma mis cojones. Te voy a romper las costillas por burlarte de mí tan temprano.

–¿Me puedes explicar qué ha sido eso? –Suelta, lo deja caer, como un globo lleno de agua desde una azotea en pleno verano. Y, sinceramente, espera que le caiga a él y lo enfríe de golpe.

–¿El qué? –No me mires con esos ojos, saltones e inocentes, porque no lo eres. Me acabas de chupar los dedos mientras te comías una mierda de pedazo cuando hay pan de sándwich en la despensa y has logrado que me ponga a la temperatura del sol. Eso es lo que has hecho. –¿Quitarte la pizza? Vamos, no quedaba nada. Solo ha sido algo así de pequeño. –Saca dos manos de la manta y hace un gesto entre los dedos. –¡Venga, no me pegues!

No debería ser tan blando, ni sentir que el enfado hecho nudo en su estómago se libera con total destreza ante la débil súplica de su amigo. El muy capullo le sonríe como diciendo Lo sé, ya te tengo ganado, no sigas por ahí y mira el móvil contestando algún mensaje de su tan larga lista de contactos.

–¡Ey! –Un cojín había rebotado justo en su cara. –¿A qué viene eso?

No, a que vienes tú, capullo.

–Vístete, vamos al cine.

–¡¿Al cine?! –Brinca Hinata, contento, dejando en el olvido el asunto de la almohada, de la pizza y cualquier otra idea extraña que pudo volar entre sus pensamientos. –¿Qué vamos a ver?

Kageyama prefiere ignorar la segunda pregunta y gritarle Vistete de una puñetera vez mientras se mete en el baño. Necesita urgentemente darse una ducha, de agua que venga del polo Norte.


La idea de jugar al voleibol ronda sus cabezas un par de veces. Ambos lo saben y también lo necesitan. Llevan más de un mes sin jugar juntos después de estar tres años quedando día sí y día también durante tres o cuatro horas para practicar lanzamientos, remates, saques y bloqueos; no es natural en ellos estar desconectados por un tiempo tan largo y mucho más sin saber cómo se mueve el otro después de esas semanas de ausencia.

Los obsesivos del voleibol, la pareja rara.

Es extraño, porque ninguno dice nada, a pesar de saber que el otro está deseando jugar. Hinata salta demasiado mientras camina, como queriendo darle a entender a Kageyama que tiene energía suficiente para estar todo el día recibiendo su pelota y golpeándola contra el suelo; Tobio esta insufriblemente atento a todo lo que hace su amigo, desde que saca un pie del portal de su piso hasta cómo se mueve entre la gente, cualquier cosa es motivo para interceptarlo y conocer su posición.

Sienten ese cosquilleo extraño recorrerles las palmas de las manos que siempre surge antes de un partido, esa euforia momentánea que les embarga cuando consiguen hacer uno de sus movimientos rápidos. Sube la bilirrubina, que descompone la sangre y los deja ciegos ante las ansias por entrar en una cancha y darlo todo y un poquito más. –Kageyama.

–Qué.

–Mañana, antes de que me vaya, ¿jugaremos? –Dice, mirándole de reojo entre la multitud de la calle.

Él lo mira y masculla Tú que crees, zoquete, tú que crees.

No hablan mucho más hasta llegar al centro comercial. Unas cinco calles por encima de su piso. Esta vez Hinata no tiene la valentía de tomarle de la mano sin volver a mentirle diciéndole que tiene frío -cuando lleva un abrigo largo con peluche en el gorro-, pero sí caminan muy juntos, porque hay gente alrededor y él puede perderse en cualquier momento, claro.

–¡Buah! Es enorme, ¿lo has visto? ¡Qué genial! –Comenta, jugando de un lado a otro, mirando cada tienda que los rodea y deseando entrar a comprarse cada objeto brillante que encuentre. Como ese libro naranja con letras doradas de Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

–¿Acaso eres un niño? Quédate quietecito. –Una mano se cierne sobre la cabeza, hundiendo los dedos largos en el pelo y la sien, mientras el pelirrojo trata de liberarse de la presión.

–Jopé, ¡Eres un aburrido! ¿No ves que mola un montón?

–Lo único que veo es a un niño correteando de un lado para otro cuando es mayor que yo y tiene dieciocho años.

Las cejas naranjas se tocan entre sí, mientras infla las mejillas hasta que duelen. –Déjame en paz. –Dice sin soltar el aire. La boca de piñón. Normalmente suele tener connotaciones graciosas que se porte de esa forma, muy a pesar que él lo contrarreste con mala uva y expresión seria, pero es que desde ayer tiene los nervios a flor de piel y estar rodeados de tanta gente podría no estar ayudando en nada a mejorar su estado de ánimo.

–Qué pasa con esa cara de culo, tío, ¿debería haberte traído una tilita? A mí no me vayas a fastidiar la peli. –Nada más escucharlo sabe que es Yuu quien le ha rodeado con el brazo el hombro y se destensa. –Supongo que tú lo conocerás mejor que yo, Hinata ¿verdad? Encantado, tío, yo soy Yuu. Pero lleva un par de días que no se tira un pedo y todo por dentro tiene que estar apestando, a que sí, bro.

Shouyou ve con cierto alivio cómo Kageyama se deshace del abrazo de colegas que le había dado ese rubiales tan alto. ¿Cuánto podía medir? ¿Dos metros? Probablemente le llegue con dificultad al hombro, pero tiene claro que el pobre seguramente necesitará muchas veces agacharse para pasar por las puertas o hacer para atrás los sillones del coche para sentirse cómodo, ser tan condenadamente alto debe ser igual de complicado que ser bajito. Parece simpático, eso sí, pero hay un hilo invisible que le tira desde el estómago cuando sonríe abiertamente y lo saluda.

–Es que Kageyama no entiende lo emocionante que puede ser para mí un centro comercial. –Dice, interponiéndose entre los dos. –Creo que es mi cuarta vez, como mucho.

–Vaya, ahora viéndote de cerca, sí que eres pequeño. –Mueve la mano entre su cabeza llena de rastas y la anaranjada de Hinata, creando una regla de medida inexistente. –¿Y eres bloqueador central? Qué interesante.

O tú eres una jirafa andante.

No quiere llevarse mal con él, pero siempre ha odiado que se metan con su altura. –Puedo saltar, mucho.

–Me gustaría verlo. –Sonríe, alegre, sin ninguna malicia. –Tiene que ser muy divertido. Yo soy libero. Supongo que Kags no se ha molestado en hablarte de mí, aunque soy muy presumible.

Kags.

–No le he hablado de ti porque no ha hecho falta nombrarte, pesado del monte –Responde Tobio haciendo a un lado a Shouyou y golpeándole la frente al más alto de los tres. –¿Dónde está Arata?

–Por ahí, mirando tías y arrastrando a Ushiwaka a mirar peluches. Al parecer le gustan. –Contesta con desanimo. –Yo quiero comprar algo, tíos, me muero de hambre. ¿Mcdonald´s?

Aunque la idea entra por los oídos de los dos y llega a sus estómagos vacíos, el sobrenombre del antiguo Capitán del Shiratorisawa los ha dejado pasmados en su sitio. Hechos piedra.

–¿Has invitado a Ushijima?

–¿Japón está por aquí?

Hablan a la vez, como si fueran marionetas o estuviesen un espectáculo bien ensayado. Uno con los ojos abiertos y sonriente; el otro con el ceño fruncido y la boca hecha una línea.

–¿Lo conoces, Hinata? Ese hombre tiene que ser difícil de olvidar. –Ríe mientras esta vez le pasa el brazo al pelirrojo. –Eres más cómodo que Kags, dude, serás mi nuevo reposabrazos. ¡Tienes la altura perfecta para una novia! Flipo en colores contigo, mira qué monada de mofletes.

Yuu amolda las mejillas del pequeño entre sus dedos mientras sigue abrazándolo, Ahora tú y yo también somos colegas, dice satisfecho.

Lo que le faltaba, que esos dos fueran amigos íntimos y caminaran por ahí de manitas -era lo más probable viendo que para Shouyou era de lo más normal acabar de conocer a alguien y dejar que lo toque y lo abrace y lo mime como si nada-, seguramente acabarían por provocarle que el apéndice le explotara.

Tampoco es que el bicho verde de los celos le esté ayudando demasiado, ya había pasado por ello cuando Kenma entró en la vida del pelirrojo y lo acaparó por completo, aunque eso era un eufemismo pues al final acabó viviendo con él, mira tú por dónde. No es que Tobio necesitara su completa atención, que va, después de un mes sin verle ya se había acostumbrado a recibir cierta dosis por mensajes que aplacaban sus ganas de ir a Kyoto y decirle unas cuantas verdades, de esas que duelen y pueden hacer girar tu mundo 360 grados; no obstante, para un puñetero fin de semana que tenían juntos esperaba ser su epicentro por unas horas.

No es mucho pedir.

–¡Kageyama! ¡Mira, es Japón! –Señala, sonriendo.

Si lo sé, cállate.

Ve con desánimo como corre hasta el mastodonte cuadriculado que tiene como compañero de equipo, lo saluda con cara seria y con un fuerte apretón de manos. Intuye, por cómo va la conversación, que también se llevará de maravilla con Arata, quién como Yuu, lleva rastas (pero azules) y un aspecto más ochentero. Lo que comúnmente se denomina un hípster algo hippie.

–Deberías cambiarte la camiseta. –Comenta el medio americano con cierta preocupación. –Está toda manchada.

No hay nada, salvo el logotipo de Linterna Verde en relieve.

–¿Has tomado algo antes de venir? Porque viniendo de ti me lo creo.

–Hablaba de la baba, como sigas así hasta Ushiwaka se dará cuenta. –El muy capullo le sonríe de lado a sabiendas de que acaba de ganar la conversación.

Se muerde el interior de la mejilla. –Un día de estos te vas a llevar una paliza, y posiblemente te la dé yo.

–¿Quieres que hablemos del tema? Te he pillado al vuelo, tío, no sé cómo el pequeñajo no se ha dado cuenta ya. Te salen chiribitas de los ojos –Con el puño le da un golpe suave en el pecho. –Qué bonito, Kags enamorado. Por eso no mirabas a ninguna tía cuando salíamos por ahí, ni tíos ahora que lo pienso…

–Cállate.

–¿Eres Hinatasexual? ¿Sólo te van bajitos, monos y pelirrojos?

–Te la vas a llevar, Yuu. –Gruñe, mirando de reojo cómo Arata gesticula con los brazos, simulando un saque. Están hablando de vóley, por lo menos estarán entretenidos los suficientes minutos para no echarlos de menos mientras lo descuartiza en el baño. Con treinta tendría de sobra.

–¿Cuándo pensabas decírmelo? Bro, me decepcionas, pensé que habíamos llegado a ser grandes amigos. Así no se puede, ¿no le habrás saltado encima nada más meterlo en tu casa? Así no van las cosas. –Vuelve a reírse e ignora la mirada de Orco de Mordor que tiene ahora mismo Kageyama. Si lo hiciera algo en el cerebro se le encendería, posiblemente en el hipotálamo donde se recogen los miedos y los traumas, o quizás una bombilla como a Mickey Mouse cada vez que se le ocurría una idea, y vería que el peligro está tan cerca como las moscas del estiércol –Mira, para la próxima quedamos antes y te doy un par de consejos.

Tú flipas, ¿verdad? Flipas de lo lindo.

El golpe llega, le da y la marca de su mano se queda roja en el cuello. A ver si así aprende de una buena vez a no reírse de él tan abiertamente.


En la sala de cine podrían caber dos casas como la suya, la de Miyagi, no la de Kyoto, y posiblemente el piso de Kageyama también. Es terriblemente espaciosa, por primera vez puede estirar sus pies sin chocar con el respaldo de la fila delantera y en los asientos abarcarían dos como él; todo está limpio, ni una gota de CocaCola ni palomitas manchan el suelo, ni chicles oscurecidos por los años pegados en las escaleras, no hay bolsas en los huecos del sillón ni la tela está roída por ninguna parte.

¿Lo limpiaran entre sesión y sesión?

Hinata está al corriente más o menos de lo que va la película, Kuroo la fue a ver dos semanas atrás y, al parecer, salió llorando como un bebé por lo bonita que era. Además, después de un par de bromas por parte de Iñaqui en las que la burla general era lo sentimental que podía llegar a ser su otro compañero de piso, tenía una animación que rozaba el realismo. No es que a él le gustara ver películas muy románticas, aunque tampoco las evitaba del todo, por ejemplo, 10 razones para odiarte, le había gustado tanto que acabó memorizando la canción Can take my eyes off you. Y qué más da, era muy divertida.

–Japón, ¿a ti te van esta clase de películas? –Pregunta mientras sube y baja el reposabrazos.

–¿Qué clase?

–Románticas.

–Supongo que me da igual. –Responde, sin mucho interés, observando a la pantalla ennegrecida.

Ushijima no parece haber cambiado nada en todos esos años. Habla poco, pero escucha mucho. A lo sumo está bastante más fuerte y ancho que antes, natural que La Selección Japonesa lo haya reclutado desde que cumplió los 17, es imposible romper su imagen solemne incluso en un ambiente tan cotidiano como el cine. Le tiene envidia por ser él quien recibe los lanzamientos precisos de Kageyama, está seguro que ni siquiera se para a festejar una buena jugada o agradecerle que apunte tan bien al verlo saltar; tiene claro que, posiblemente, no habrán conversado más allá de un par de jugadas y, además, seguramente es Yuu el intermediario de todo en el equipo, porque hay que ser muy burro para no darse cuenta de que en la hora que llevan juntos apenas se han dirigido un par de frase poco elocuentes y miradas apáticas.

Todo perfecto.

Eso es lo que había dicho el muy idiota, cuando en realidad no hay más que un engranaje sujetando a ese par de locos por el vóley hasta que se rompan. Debe admitir que se siente estúpidamente feliz al comprobar que Ushijima no le ha quitado el puesto, si bien jugando serán dos monstruos sobre la cancha, no comparten el sentimiento de compañerismo profundo y eso es mucho más de lo que su corazón puede pedir.

Está ahí, sentado como un pasmarote, haciendo un ruido de lo más irritante al sorber del batido de fresa que se ha pedido y que puede medir tres metros, bueno tres metros no pero seguramente le sobre para toda la semana. Apoyado en el sillón, en su dirección, y mirando el móvil. A veces la pregunta le pica en la lengua, la cual quiere deslizarse por sus labios y ser escuchada en voz alta: Cómo he acabado enamorándome de este tío.

–¿Qué dicen por el grupo? –Cotillea, sentado de rodillas en su butaca.

–Nada interesante, la verdad. Hablan de la próxima quedada, en dos semanas. ¡Ah! Y no sé qué de que Nishinoya no se habla con Asashi. –Bebe un poco más y guarda el móvil.

Ya –Asiente, grave. –Es que tú anoche no viste la conversación, claro, al parecer comparó a Tanaka con su hermana.

–¿Y por qué se enfadaría Nishinoya y no Tanaka?

Hinata abre, distraído, la bolsa repleta de golosinas que ha cogido en la sección a granel de la dulcería y se mete en la boca una nube rosa. Tendiéndole el amasijo de dulces por si quiere moras negras, de esas que él odia, pero Kageyama se come a pares.

–Está claro, porque Noya adora a Tanaka-san, ya sabes, es como uno más en la familia.

–Fuerte chorrada, es verdad que se parecen. –Reconoce, cruzándose de brazos después de guardar el vaso en el hueco del sillón y coger todas esas bolitas negras –Tampoco es nada malo, digo yo, tener rasgos de una chica es mejor, ¿no? Tú los tienes.

Las luces comienzan a bajar de tono hasta oscurecer por completo la sala y con ello desaparece el murmuro constante el cual había permanecido hasta ahora producido por los subgrupos repartidos en las butacas.

–Ah, ¿Sí? –Como Kageyama es más alto, incluso sentado, tiene que alongarse* hasta su oído. –¿Por qué?

El sonido de su voz entra como un rayo por el oído de Tobio, encestando y consiguiendo un triple o un cuádruple, porque por cinco segundos ha dejado de respirar y su corazón no ha bombeado sangre a ningún sitio. Ya empezamos, ni rodeados de gente tiene descanso. Lo mira, de frente, girando la cara a una velocidad pasmosa -puede escuchar el crujido de su cuello rebotar en la sala-, a poca distancia y con sólo la luz de los anuncios interminables de fondo.

Porque tienes los labios demasiado rosas y besables como para ser los de un chico. Porque siempre tienes la piel brillante, tersa y suave, incluso cuando te tiro de la nariz o de los mofletes. Porque tus ojos, demasiado grandes como para quedarle bien a cualquier chico, tienen unas pestañas que se ondulan hasta la luna y enmarcan a la perfección esa mirada tuya que parece ver el mundo con ilusión, como si aún quedaran cosas inocentes en el mundo, como si yo te pudiera mostrar esas cosas. Cuando lo único que yo he encontrado así eres tú.

–Te pareces a tu hermana, ¿No lo has notado? Sois una copia el uno del otro. –Susurra, tratando de no mirarle la boca. Eliminando la increíble, estúpida, intransigente idea de comérselo a besos entre sus amigos, aunque le encantaría obviar esa segunda parte y hacer la primera, con el estómago hecho un nudo y tenso hasta el último de los dedos de los pies; doblados, dentro de unos zapatos algos viejos, debido la intensa pulsión* por inclinar la cara y hacer a-saber-qué. La pura posibilidad de que todos esos jueguecitos que se ha estado trayendo Hinata desde ayer -o desde antes de ayer, con la foto- sea porque de repente ha sentido la necesidad imperiosa de mandar a tomar por culo su amistad y ha visto en él algo más que un amigo, hace que Kageyama quiera mandar a los confines de la Tierra esa farsa bien hilada, hecha con cariño, en un año entero para mantenerse bajo control y no soltarle un Te quiero cada vez que lo ve.

Está ahí, demasiado lejos como para sentir su respiración, demasiado cerca como para cortarle el riego sanguíneo si decide inclinarse y besarlo. Un segundo, quizás menos, tan sólo cerrar esa ínfima distancia la cual nadie ve mientras la música tararea de fondo un anuncio de Oreos.

–I-ma-gi-na, dar una oreo, al lobo feroz será-el-cuento-igual –El sonido no sale de los altavoces, sino de la voz grave y ronca de Ushiwaka que canta, moviendo el pie derecho al ritmo de la canción. –Soplará y soplará, o de los cerditos colegas se hará. Imagina-dar-una-oreo.

La situación es tan rara y cómica que a Hinata se le escapa la risa floja, una carcajada limpia, en medio de un cine lleno a reventar.

–No sabía que te gustara tanto las oreos, Ushiwaka –Dice Arata, pasándole unas con crema doble de chocolate. –Toma, te las has ganado.

Acepta. Coge tres.


Llevan media hora de película, ni más ni menos. Lo sabe porque ha mirado el reloj de Yuu un par de veces y porque tiene los números de un fluorescente verde y se podrían ver en China. Treinta minutos en los cuales Hinata lo ha torturado pidiéndole que levante el posa brazos y le deje más hueco, cuando tiene un montón en el suyo porque es tan pequeño como un niño y podría caber entre sus piernas; treinta minutos en los cuales el pelirrojo le pide que le haga cosquillas en el brazos, Venga, anda, sólo será un ratito, extendiéndole el antebrazo después de ponerle las piernas encima y acomodarse a su gusto en la butaca.

Será capullo. Comodón.

Lo peor es saber que, como están en el cine y los pueden echar, no va a montar una escenita y, además, no están solos, así que las posibilidades de mandarlo al carajo se reducen a cero. En una de estas, cuando vuelve a buscar hueco entre sus piernas y el sillón, se le acerca, le hace señas como si quisiera contarle el mayor secreto del mundo y le habla en murmullos.

–¿Tú lo harías?

–¿El qué?

–Pues tocarte los pechos. –Dice, como si fuera obvio, señalando a la pantalla donde una chica se relame ante el tacto esponjo de los nuevos bultos bajo la camiseta.

–No lo sé. No me parece demasiado interesante.

Hinata come palomitas y también golosina. Las mezcla, tiene la mala costumbre de experimentar con comida basura.

–¿No? A mí me picaría la curiosidad. Creo. Aunque también lo haría si estuviera en el cuerpo de otro chico.

Le duele la espalda de estar inclinado, tratando de no tocar a Hinata en ninguna parte ni apoyar su mano cerca de su cuerpo, pero volver a la posición anterior supondría no escuchar la mitad de lo que dice. No puedes callarte ni debajo del agua.

–Supongo que sí, si hablamos de investigar ya es diferente.

–¿Y no te gustaría llevar falda? –Sonríe, mirando cómo el chico de la pantalla trata de explicarles a sus amigos -fallidamente- que no recuerda haber viajado con ellos a ningún lado.

–Qué.

–Creo que me quedaría bien, soy como una chica, ¿no? –Sugiere, irguiéndose en su sitio y tocándose las piernas enguantadas en un pantalón vaquero pitillo. –Tengo buenas piernas, ¿no crees?

A Kageyama le gustaría preguntarle porqué está hablando de sus piernas, cuando sabe que están perfectas después de años de entrenamientos y de no parar la pata* ni un segundo, pero se queda callado. Mudo. La garganta vuelve a ser hogar de su corazón y por su cabeza pasa la imagen fugaz de Hinata en falda, sin nada más, quizás con las rodilleras que siempre le han quedado al dedillo y parecen definir mejor la curva de sus muslos.

–¡Oye, estaba cómodo!

–Pues yo no.

Deja el tema zanjado bajando el reposabrazos y mirando con intensidad como el cometa se acerca a una velocidad sorprendente sobre los ojos de la chica. En su imaginación Shouyou es esa bola de luz, implacable, con la fuerza arrolladora para destruir toda una ciudad o, en este caso, a él.


–¡Ha sido una completa pasada! ¿A que sí, Arata? –Grita Yuu, estirando los brazos y la espalda mientras caminan por el pasillo del cine, ese con una alfombra roja y ahuecada, decorado con los posters de las películas que han salido y saldrán en este año.

–Un flipe, dude, ¿Has visto cuando Ushiwaka ha llorado? Esa fue la mejor parte. –Ríe el chico de rastas azules, dándole un codazo al más grande de los cinco.

–Llorar no tiene nada de malo. –Contesta, parco, pero aún con los ojos aguados y la nariz roja.

Quién le iba a decir a Tobio que vería al estoico ex-capitán del Shiratorisawa doblegarse ante una bonita película romántica que jugaba débilmente con los viajes en el tiempo. Nadie, y si se lo hubieran dicho tampoco le habría creído.

Mira de reojo a Hinata, él sí que había llorado a mares después del bombazo final. No había parado desde los últimos veinte minutos y, como buen idiota que es, no había sabido consolarlo, más que nada porque no entendía a qué venía esa llorera, ni tampoco qué bicho le había entrado a su amigo y ahora lo consumía en un absoluto silencio. A él, su mejor amigo, la carnada definitiva, al sol del Karasuno, la personificación de energía desbordante y sonrisas blancas en anuncios de dentífricos con olor a menta.

–¡Eh! –Sus costados se rozan, mientras mira a los demás hablando entre sí. –¿Estás bien?

Lo dice bajito, quizás porque antes había sido demasiado brusco y, aunque no quiere pedirle perdón, sabe que se pasó tres pueblos al comportarse como un tonto por una simple broma; o, quizás, porque tiene las mejillas rojas y la nariz colorada, por culpa de las lágrimas, y prefiero ser él el que le vea y no Yuu, quien le daría un abrazo para animarlo.

El pelirrojo lo mira, simulando una de sus mejores sonrisas y chocando su hombro con el brazo.

–No sé qué me ha pasado. Al principio me parecía divertida, pero luego, con lo del accidente y el hilo rojo, no sé, me ha recordado a algo.

–A qué.

Me recuerda ti. A nosotros y en qué hubiese pasado si no nos hubiéramos conocido. En si algo o alguien nos hubiese juntado con el tiempo y hubiéramos aprendido a crecer por separado, pero no a vivir sin el otro. Me he puesto triste porque no soy capaz de imaginármelo, ni tampoco quiero obligarme a hacerlo porque me duele horrores recrear una vida en la que no existas y no vaya a poder verte sonreír una vez más, aunque sea de esa forma tan extraña y original que tienes de hacerlo.

–Ey, si no quieres decírmelo está bien. –Un dedo, el meñique, roza con timidez el suyo. –Pero estoy aquí.

–Lo sé. –Sonríe, esta vez de verdad.

Por unos instantes, en los que el mundo parece no tener tiempo, y que las voces del centro comercial huyen en todas direcciones menos en la suya, los dedos se hacen amigos. Mientras caminan y hablan a una distancia prudencial del trío alegre; comentan lo mucho que se parece el pueblo de la película a Miyagi y el hambre que le había dado esos dulces que la protagonista parecía zamparse de tres en tres.

En ese tiempo sin tiempo, Hinata medita la cantidad de veces en el cual pensó que Kageyama era un rey egoísta cuando lo conoció, en lo difícil que se le hacía congeniar con su carácter de ogro y lo imposible que sería jugar junto a él cuando eran enemigos perjurados. Todo cambió poco a poco, cuando comprendió que ese chico de mirada malhumorada, tenía más corazón que sonrisa y aún no sabía cómo enseñárselo al mundo. Justo tal cual, en ese momento, en el que no tiene ni idea porqué se ha echado a llorar y aun así lo trata de animar como mejor puede, con un cariño disfrazado entre movimientos de robot y voz forzada.

No me lo merezco, Kageyama, no cuando yo no hago más que molestarte para que me mires de más y me eches de menos.

–¿Qué harán ahora, tíos? –Comenta Arata, tras despedir a Ushijima en los aparcamientos. Tiene un examen en dos días y no puede tomarse la libertad de estar toda la tarde vagueando como ellos, palabras textuales, vagueando. –Son sólo las ocho. He comido hasta reventar ahí dentro, pero podríamos, no sé, echarnos una partida al billar.

–Yo me apunto, bro. ¡Que siga la fiesta! Y estos dos también, no tienen nada que hacer, ¿verdad?

Yuu les ha pasado el brazo a ambos por encima, en un abrazo de tres, y los apretuja como haría una abuela con los mofletes de su nieto tras una semana sin verlo, queriendo decir No tienen otra opción que seguirme el ritmo y los arrastra hasta la sección de juegos y bolera. Repleta de gente y con tanto ruido que hasta un sordo podría quejarse.

Juegan cinco partidas, Hinata es demasiado competitivo como para dejarse ganar a pesar de que es su primera vez, y quiere aprender, así que le hace la pelota a Arata llamándolo senpai hasta ser colegas de bola ocho y volverse en contra del armador y del libero. Son una piña madura caída entre los árboles que puede recibir cualquier balazo. Una más, había dicho con su voz aguda y las pupilas dilatadas, buscando la manera normal de no levantar de más el taco y golpear la bola blanca con la entereza suficiente para no meter la negra y si las bicolor.

Kageyama disfruta como un niño las dos primeras rondas, porque por primera vez en años él destaca en algo que no sea voleibol y puede ganarle a Shouyou abiertamente -quien, muy a su pesar, parece ser un experto por culpa de Kenma en todo tipo de juegos de consolas-. La siguiente ya le sabe a carbón quemado y manzana pasada, Yuu no acierta ni una y los otros dos parecen estar teniendo una racha besada por ángeles. Por poco y no les dejan tirar en cinco turnos. Al igual que la cuarta, en la cual de repente Hinata es un experto y hace saltar la bola para meterlas a su gusto. La quintan la ganan porque Arata mete -sin querer, queriendo- la bola número ocho antes de tiempo, por tonto y chulo, sólo a él se le ocurre coger el palo del revés y darle como si fuera el último zombi en la tierra a la blanca con el mango gordo.

Terminan 3-2 a pesar de la insistencia del pelirrojo de jugar una más, según él no es justo ni ético dejar en el aire que han perdido por un simple desliz.

–La próxima vez que vengas juega un partido con nosotros, pequeñajo, debe ser un flipe esos saltos tuyos. –Yuu le revuelve el pelo rizado y naranja, mientras se despiden en un cruce gigantes de cuatro pasos de peatón.

–Eso, Kags, la próxima vez les avisamos a todos. ¡Será la hostia! –Arata los despide con una mano mientras se mete un Chupa Chups del tamaño de su cara en la boca.

Dan tres pasos, luego otros cinco. Pasan por una gasolinera donde dos Toyota, un Prius y Land Cruiser, parecen a punto de salir de una competición. No es hasta que tuercen la segunda esquina, y pasan por una tienda muy extraña, decorada con disfraces de Halloween e instrumentos de Tarot, que hablan.

–Aquí todos te dicen Kags.

–No es por libre elección, créeme.

Son más de las doce de la noche, apenas hay personas en la acera, esta vez no tienen excusas para caminar cerca ni tocarse.

–A mí me gusta cómo suena, ¿te importaría si te llamara así? –Inquiere, mirándose con atención los guantes negros que su madre le tejió el año pasado y ya están algo roídos en la punta del índice. –Kags.

En su voz suena más dulce, más a Estás en casa y puedes sentirte cómodo, quitarte esos zapatos e ir descalzo. Produce que todo su cuerpo se vuelva mantequilla derretida, convirtiendo huesos, músculos y órganos en plumas que vuelan, livianas. Origina un subidón de azúcar que le enfría las venas, empezando por los pies y hundiéndose en el pecho; lo corroe por dentro, como el veneno más refinado y puro del mundo, que sólo borra lo malo y enmarca lo bueno.

Di mi nombre y te doy el universo entero.

–Mejor no.

Shouyou está apunto de preguntarle por qué no puede, cuando nota la piel de su cuello más roja de lo normal, justo ahí, donde ahora se rasca con las uñas bien cortadas y los dedos normalmente vendados y sonríe, saltando, porque puede y quizás ese extraño rubor signifique algo. Porque le quiere, y ha sido un gran día, y mañana le va a doler en el alma separarse de él otras dos semanas.

Definitivamente lo volveré a usar, Kags.


Son las dos de la mañana y los refrescos y el Monster que compartieron en la sala de juegos parece que han producido una bomba de electrolitos en el interior de sus cuerpos quintándoles el sueño y manteniéndolos en vilo como si fueran las doce de la mañana. No hay sueño, pero tampoco hay ganas de hacer nada ni tomarse las molestias en buscar una serie o película en Pordede* porque eso supondría pasar una hora discutiendo entre Naruto, Boku no Hero, Big Bang Theory, Cómo conocí a vuestra madre, Friends, alguna película de Disney o Guillermo del Toro. Y como ver un partido antiguo de voleibol acabaría por motivarlos a salir a la intemperie para jugar, con la posibilidad de cogerse una neumonía, lo descartan de inmediato.

No hay ganas ni fuerzas para discutir así que dejan de fondo el Tarot de Rappel, en español, y con subtítulos en inglés. Hace dos semanas Iñaqui lo encontró en un canal, que ni la propia productora debía saber que existía, y de vez en cuando lo pone para echarse unas risas mientras se queja de que así va España teniendo como vidente a un hombre tan feo, Si fuera más guapo quizás uno se perdería admirándole, pero así no hay quien le crea con las sandeces que echa por esa boca arrugada, había dicho con la boca llena de Cheetos.

-¿Entonces, siguen sin hablarse? ¿Nada de nada? [02:15]

-Kenma, no me dejes en visto otra vez. [02:15]

-Esto es serio. [02:15]

Hinata aún teme que Kenma le esté ocultado algo verdaderamente malo, y se encierre como aquella vez que perdió al Mario Car y no comió en dos días.

-Si, Shou, mejor así. No tengo ganas de hablarle. [02:15]

Empuja el pie un poco, mientras piensa que quizás todo eso de que Kuroo le haya esperado no uno sino dos años para ir juntos a la universidad podría haberles pasado factura.

-Bueno, pero Iñaqui te habrá estado tomando el pelo todo el rato. ¿Has comido algo? [02:15]

Kageyama se mueve en el sillón, leyendo un artículo sobre la Constitución de la Paz y cuando se formó.

-Cereales, en su mayoría. [02:16]

Está cerrado en banda, no va a soltar prenda hasta que lo vea en persona y le cuestione de qué fue la discusión y por qué estaba más apático de lo normal.

-Creo que me quedan barritas de chocolate negro en la despensa, cógeme si quieres. [02:16]

-Come algo más, anda. Dile a Iñaqui que te haga esa ensaladilla rusa tan buena que hizo el miércoles. [02:16]

-Te comiste tres platos. [02:17]

Empuja las plantas de los pies contra los de Kageyama, que son mucho más grandes que los suyos, por lo menos 3 tallas más, y trata de moverlo del sillón. Llevan así una hora, a ver quién aguanta más recostado, con las piernas en alto y empujando al otro; no parecía que ningún fuera a dar el brazo a torcer.

–¿Vas a seguir?

–¿Vas a seguir tú? A mí aún me queda para un milenio más. –Puede ver los ojos azules de refilón sobre sus apuntes, mirándolo con una intensidad que destruiría a un diamante, Hulk y posiblemente también al martillo de Thor. –Voy a ganar.

Claro que sí, Hinata sabe cuan competitivo puede llegar a ser, lo lleva sufriendo tres años seguidos. Aunque claro, él tiene en las venas fuego por sangre, ese con el que se enciende la antorcha de las Olimpiadas, cargada con sudor y lágrimas de todas esas personas que la llevaron de país en país hasta llegar a su destino. Estira la rodilla derecha hacia delante, haciendo una reacción en cadena, empujando todo el cuerpo de Tobio. Su muslo izquierdo queda sobre el estómago.

–Podría estar toda la noche en vela tratando de cansarte, Kags.

Haciendo el qué.

–Inténtalo. –Lo reta, con la garganta seca y el corazón hinchado, cansado de leerse ese pseudoartículo mal planteado sobre la renuncia del derecho a la guerra que figura en el artículo 9 de la Constitución Japonesa, dejando caer los papeles sobre la mesa negra que decora el salón, mirando como Hinata manda un último mensaje para luego hacer lo propio con el móvil. –Te dije que no me llamaras así.

–Te llamaré como me dé la gana, Tontoyama. Nos conocemos desde hace más de un par de años y, aunque he recibido un par de golpes por ponerte motes eso, no me ha amedrentado. –Sonríe, poniendo ambas manos en sus rodillas y ayudándose para hacer fuerza. –¿Cómo te gustaría que te llamara mientras te hago sudar toda la noche?

Pero, vamos a ver, ¿acaso se ha caído la luna y yo he estado en Babia?

–Deja de inventarte excusas para distraerme, soy más alto que tú. No vas a ganar en esto.

–¿Seguro, Kageyama? ¿Qué me darás si gano?

Mira entre pestañas pelirrojas, con las pupilas contraídas como un gato antes de atacar a su presa y las mejillas pintadas de carmín por el juego previo. A veces, cuando no habla, se muerde el labio inferior, donde se desdibuja un lunar casi del mismo tono de su piel y hay que estar muy cerca para comprobarlo.

Darte una paliza, eso tenlo claro, porque no soporto que estés jugando a la gallina ciega. Picando donde te da la gana, sin ton ni son, y esperando que yo me desangre a gusto sólo por estas repentinas ganas que te han dado de tirarme los trastos.

O, quizás, descubrir la distancia que separa la clavícula del hombro con la lengua. Conocer a qué sabe su piel, si a sudor después de estar todo el día fuera o es de esas personas que se echa crema de almendras después de la ducha. Lamerle la nuca, ahora más descubierta por el corte de pelo tan rasurado al inicio del cuello. Lleva toda la noche viéndosela mientras se agacha y la camiseta azul marina se mueve cuando coge el taco y golpea alguna de las bolas de billar. Sólo quiere morderlo ahí, donde la carne es débil, y pueden dejarte dormido con un golpe, o abrirte de par en par cada célula del cuerpo, poniéndole los pelos de punta. A lo mejor le entran ganas de mostrarle que tan buenas piernas tiene, o lo bien que le sentaría esa falda que preguntó antes, pasando su mano con haraganería desde el tobillo -que con lo pequeño que es seguramente le cabe en el puño-, ascendiendo por la cara interior de la pierna, acunando el hueco de su rodilla, para luego apretar el muslo, la línea del músculo bajo la piel, y besar, ahí, donde termina el pantalón de su pijama de franela.

Kageyama gana terreno, impulsándose con todo el cuerpo y dejándolo hecho bola contra el brazo del sillón.

–No te voy a dar nada, tonto del culo, porque no vas a ganar nada. A este paso olerás mis pies y, créeme, no están perfumados.

–¡Kageyama, duele!

–¿Sí? ¿Dónde duele? –Aprieta un poco más. –Ríndete.

Ni en tus mejores sueños.

Lleva haciéndose un rato el quejica, para ver hasta donde sería capaz de molerle los pies con tal de ganar esa estúpida apuesta -una sin premio-. Hinata reconoce que se está esforzando como un condenado, pero, vamos a ver, ¿Quién de los dos recorre una cancha de cabo a rabo para saltar más alto y llegar a los bloqueos? ¿Quién, sino él, se ha pateado a bicicleta todos los días desde su casa hasta el instituto durante tres años seguidos? Así que, sin dejarle un segundo más de esa falsa gloria, empuja y lo desarma por completo.

–Soy la carnada definitiva, Tontoyama. Tú me has enseñado que esa es una posición favorable, ¿no? –Sonríe, de oreja a oreja, con el pelo muy desordenado y la respiración agitada. –Qué esperabas.

Porque Shouyou espera muchas cosas, ahora con los pies de su amigo en ambas manos, apresado bajo su mirada de doble filo, espera que se dé cuenta, después todas sus indirectas, que las cosas no van a ser como antes y no se va a rendir fácilmente; que están en la universidad y se siente un poquito más adulto como para ser valiente y arrepentirse luego si las cosas salen mal. Que le da igual el qué dirán incluso antes de tiempo. Puede que sólo haya tenido un par de citas en su vida y no sepa besar como un experto, pero en su imaginación se deslizan múltiples fantasías que acaban bien, algo torpes y avergonzados hasta la punta de los dedos, pero confía que su maña mejore con la práctica y no con teorías baratas de cuentos de hadas.

Estoy aquí, Kageyama. Estoy aquí y no voy a moverme.

Ninguno se mueve por un instante. Cambiar de posición supone muchas cosas y quizás no están preparados para ello puesto que no saben qué piensa el otro de lo que sea que está pasando entre ellos. A Tobio le brillan los ojos, es una noche estrellada de verano sin luz artificial, y sonríe, como pocas veces hace pero que cuando logra sacar a relucir su brillante armadura, es capaz de conquistar al mundo entero, a los príncipes convertidos en sapos y las princesas de cabello largo que esperan en su torre compungidas por el miedo. Una sonrisa que llena la habitación entera de una melodía excesivamente dulce, suave. Es iridiscente, como las auroras boleares en Islandia, que nunca se apagan. Es inmarcesible, como las leyendas urbanas o los cuentos de terror; como el amor de una abuela que se acerca a escondidas y te dice Toma este dinero, pero no se lo digas a tu padre.

Es casi como aquel día, en un mar de ruido y alegría, de festejos y aplauso después de un momento silencioso en el cual el balón rebotó contra la cancha del otro equipo marcando punto de partido y ganando el último set. El último de los últimos. El de las nacionales.

Acababan de ganar y si no fuera porque todo los demás estaban llorando, rojos como tomates, saltando unos sobre otros y gritando ¡Es que somos los mejores! Hinata no se lo habría creído. Necesitó el acopio de toda su fuerza -esa que parecía haber huido de su cuerpo tras un partido de cinco sets- para separarse de la red y mirar a sus compañeros. Y verlo, allí parado, con el uniforme negro y naranja, con el 9 marcado en el pecho, los ojos oscuros nublados por toda la adrenalina, mirándole sólo a él. Y sonriendo, de forma genuina, sin dar miedo, que calmaba el corazón como el mejor bálsamo creado por un genio.

Lo supo nada más cruzar una mirada con él, que estaba perdido de pies a cabezas, que jamás lo volvería a ver como un amigo o un simple compañero, que estaba enamorado de Kageyama hasta el último suspiro y que acababan de ganar las nacionales, juntos, siendo sólo unos niños de quince años.

Corrió, porque joder, mierda, acababan de ganar y no había algo más primitivo e innato en Hinata que correr para conseguir el balón. Corrió, sin apartar la mirada de esos ojos media noche. Corrió, aun cuando cada músculo de su cuerpo parecía dispuesto a quebrarse cada vez que se contraían. Corrió hasta colapsar contra un cuerpo cálido y fuerte, rodeando con sus brazos el cuello ajeno, y con sus piernas la cintura.

–Me gusta cuando sonríes así. –Suelta, sincero, dejando que el aire corra entre ambos y los grillos dejen de sonar de fondo. Vuelta a la realidad, tres años después de ese encuentra tan casual y efímero que pasó desapercibido para todos en aquel recinto menos para el pelirrojo.

Las mejillas de Kageyama se vuelven rosadas y se levanta del sofá, entre carraspeos y murmullos ininteligibles Bien… Vale... Perfecto mientras se rasca la nuca. Sin entender muy bien qué intenta su amigo, el que está sentado de rodillas sobre su sofá, sonriendo como si fuera el niño más bueno del universo y diciéndole cosas que lo descolocan hasta la última fibra que dispone su cuerpo; entre bonitas y te quiero comer la boca. Porque a él no se le olvidan todas esas frasecitas la mar de curiosas sobre dejarlo despierto toda la noche, sudando, y Cómo quieres que te llame, Kageyama.

–Deberíamos irnos a dormir, mañana te vas temprano, ¿no? –Comenta, cuando el agua fría a helado sus músculos y se ha llevado el rubor de las mejillas. En medio de la cocina donde Hinata se prepara leche con Nesquick, sí, de madrugada. Le va a sentar de fábula.

–Ajam. –Sorbe un poco, al sacar el batido del microondas echando humo en su taza de Iron Man -es el favorito de Tobio desde hace un año cuando, porque culpa de Nishinoya, quien hizo un maratón sobre Marvel y parecía haberle abierto el universo- con la forma del traje robótico bastante conseguido. –En realidad, me planteé si venir o no cuando pasó todo lo de Kenma y Kuroo. Es una lata que sean tan cabezotas como para ni siquiera hablar del problema y Kenma tiende a no comer cuando está nervioso. –Se apoya en la encimera. –Todo el mundo piensa que como es poco expresivo, que le da igual la mayoría de lo que pasa a su alrededor. ¡Pero no es así! –Exclama, levantando el dedo índice, marcando un compás con los gestos. –Casi le da un infarto cuando, en un partido de prueba, me dieron en la cara y me quedé tieso en el suelo.

–Es una mala costumbre que tienes, todos lo sabemos. –Asiente, más para sí mismo que para todo lo que está soltando Hinata. Las paredes blancas tienen un tono amarillo por la luz, la única encendida en ese piso a oscuras.

–Bueno. –Remarca, con los ojos casi cerrados, como un chino sospechando. Ese comentario podrías habértelo guardado, ¿no? –El caso es que acabó dos días deprimido porque, según él, era su culpa. Su alimentación se basaba en un par de cereales -por un par digo, un puño pequeñito, sin leche ni nada- y algún que otro zumo que Kuroo le colaba mientras jugaba a la play. –Kageyama está más cerca que antes, es su culpa, lo sabe, está hablando a una velocidad vertiginosa y tratando de defender un caso delante del juez más duro de mundo. Esperando de corazón que no esté enfadado por no recibir sus tiros, aunque quiere, mucho, mucho más que mucho y muchísimo más que más, pero le ha entrado la ansiedad al ver que Kenma cada vez contesta menos y necesita saber que está bien. –Pero ahora no está Kuroo para decirle que hacer, o qué decir, o cómo. Y aunque a mí me haga la mitad del caso tengo que ir allí, con Iñaqui, para amordazarlo y hacer que se trague un filete de tres kilos. Incluso, a lo mejor una tarrina….

Le pinza la nariz, con tanta fuerza que duele. Con el dedo índice y el pulgar, apretándole la punta para que aguante la respiración un poco, coja aire por la boca, después de soltar un monólogo propio de un doctorado. A su manera, Kageyama está diciendo que no importa, que da igual, que respirar es más importarte que una despedida.

Da igual, yo también estoy aquí y no voy a marcharme. Esperándote.

–Me hubiese gustado jugar hasta acabar en el suelo sin poder mover un solo hueso más. –Añora, con voz nasal, aún con la nariz presa de unos dedos ajenos.

–Lo sé. A mí también, Hinata-idiota.

Es curioso, porque Shouyou no se da cuenta hasta ese momento, al escuchar su apellido adornado con un insulto, que no le ha llamado así en todo el fin de semana. No ha usado ese apodo tan suyo para echarle la bronca, o indicarle qué hacer porque tampoco ha mangoneado mucho; y, ahora, cuando lo suelta es como si las palabras se pudieran lamer y tuviese el mejor sabor que un cheff puede preparar en su cocina. Y a él le entran ganas nuevas y refrescantes de besarlo, como cada vez que lo mira más de un segundo a los ojos, o cuando está lleno de sudor después de que cumpla sus caprichos y le lance la pelota, alta, precisa, por quincuagésima vez.

Una vocecilla le cuestiona cómo serían sus labios, si más bien duros, si más bien tiernos. Le pregunta cuánto tiempo tardaría Kageyama en apartarle o en dejar que le mordiera la nuez, que ahora sube y baja cuando traga saliva y le tienta, sin querer, con inocencia; discute consigo mismo sobre la curva generosa de su mandíbula, sobre lamerla de forma perezosa hasta llegar a su oreja. Podría comérselo a besos, total, qué más da, él no parece muy tenso jugando con su nariz a las tres de la mañana; posiblemente el sueño ya ha dormido a la bestia y sólo está en modo zombi. Debería besarlo, en su nariz pequeña y el hueco estrecho que hay hasta su labio superior.

–Kageyama.

Hay otra pregunta que aclama por subir desde su estómago hasta la garganta. Que le pica en la punta de la lengua y en su nariz, cuando por fin la deja libre.

Alguien debería pararme.

–Qué. –Ronco, grave, a tres segundos de distancia.

Si lo suelto quizás no tenga excusas después para salvaguardar nuestra amistad, y posiblemente tú tampoco.

Hinata.

Y cae, la bomba, la granada sin hebilla de seguro. Aparece el vértigo y las ganas de vomitar. Conoce a la perfección como sabe el hierro, la pólvora y la plata.

¿Te gustaría que te besara?


*Pordede: es una pagina en la que se pueden ver series y películas online

*Alogarse: inclinarse

*Pulsión: impulso

*No parar la pata: no estarse quieto

Hola cocodrilos, hoy ha sido mi cumple y quería subirlo a primera hora pero no pude. Una se pierde entre tartas y clases y trabajos y no sabe cómo complementar todo, pero bueno más o menos he llegado. Espero que el capítulo no haya sido muy apabullante, porque lo he tenido que revisar unas cinco mil veces y siempre acaba añadiendo algo más y no quiero hacerlos demasiado largos porque no sé podré seguir este ritmo en dos semanas, cuando me empiecen los exámenes en la uni, ya quizás en verano sea otro cantar. Al meollo, ¿qué piensan que dirá Kageyama? Más o menos Hinata ha sido claro, sin serlo porque es tonto y una parte de él teme perder a ese gran amigo que ha ganado con los años. ¿Qué piensan de Ushiwaka? ¿no es mono? Por favor, coméntenme lo que quieran, yo siempre contesto.

Rockie Liz: me alegro de estar dejándote con ganas de más y que esperes mis actualizaciones, fuiste mi primer comentario y siempre estarás en mi corazón de hojalata. Espero no haberte decepcionado mucho en este capítulo. Muchísimas gracias por comentar, por leer, eres un sol.

Mo Brown: a ti ya te contesté, pero como dije copiaré mi contestación como lo propio. Sabes que ya te adoro 3

¡Hola Mo Brown! Con migrañas pero saliendo de ellas /o/ ¿Tú qué tal? Muchisisisisimas gracias por este pedazo de comentario, y dedicarle su tiempo a escribirlo ^-^ Directamente te hablé por aquí, aunque también subiré la contestación en el siguiente capítulo (es una manía). Primero, a lo primero, sí, conozco Confeti Rosa y he conocido a Janet Cab en persona, somos de la misma isla. Ciertamente si se parece, porque gracias a ella entendí que una historia cotidiana puede ser increíblemente interesante y, también, fue que me decidí a cambiar un poco mi forma de escribir, bueno no del todo, sino a atreverme y soltar un par de tacos, hablar de cosas más europeas, tirar del humor sarcástico (tengo dos historias más-en otra plataforma- y si alguna vez tienes la oportunidad de echarles un vistazo comprobarás que todo es mucho más neutral, tirando al drama y aquí quiero conseguir justo lo contrario) así que es natural que te recuerden un poco, no obstante no quiero dar a entender que voy a copiarla ni mucho menos, admiro demasiado cómo escribe como para ensuciar así su trabajo. Digamos que ella ahora mismo es la escritora que a mi me gustaría ser (con mis particularidades claro). Aunque es un Kagehina también será un HinaKage, cuando entré en este mundillo (hace relativamente poco, desde enero) no entendía que eso era por las posiciones seme/uke, así que espero que te lleves algunas sorpresas por esa parte.
Mi idea principal es mostrar lo que pasa cuando vas creciendo y te equivocas y te enamoras, cuán importantes son los amigos, que fácil es no ver lo que le pasa al otro por la cabeza. Es decir, lo que te puede pasar a ti o a mi, es más muchas de las anécdotas son plagio de mi vida real, de momentos que me pasan con mis compañeros de piso, o de amigos que están un poco locos; siempre tratando, por supuesto, que no se salgan demasiado de los personajes que son.
Me he extendido como una persiana, madre mía willy, perdón por el textaco pero eres tan simpática/o (no quiero caer en el error) y me has cebado a dulces en tu comentario que te mereces el triple sólo por ello :3 Me encantaría seguir en contacto, por supuesto, y me encantaría volver a leerte entre los comentarios de Chicle de Naranja o privado, como quieras. En facebook soy Jane Smith, aunque en mi portada pone CallmeJane, así que si quieres agregarme estaré atenta a ver si te veo entre las solicitudes 3 Un bezaso enorme desde las islas Canarias que espero que te lleguen allí donde estés, hasta pronto O.O :3

Guest: no sé quién serás, pero mil gracias por comentar, tampoco sé por qué ya no me aparece tu comentario, en el caso de que lo borraras o sea un error del sistema, por favor, no seas tímido/a, me encanta leer lo que piensan. El Daisuga es vida, amor, paz y familia, y habrá cosillas de ellos dos con el tiempo créme ^_^ Espero que el capítulo te haya gustado, gracias también por leer.