¡Vale, vale! ¡Pegédame!¡Pero en la cara no por favor! Esta vez no tengo excusas, no escribía porque me daba pereza, que no era porque no supiera que hacer, porque el capítulo sí que lo tenía planeado. Así que comprendo el cabreo de los posibles lectores qe tenga. No sé si serán muchos pero bueno. No voy a poner aclaraciones al final, porque pudiendo ponerlas ahora no lo voy a hacer dos veces. Por ahí aparece El Antiguo Egipto, osease, la madre del Egipto actual, por si alguien no la reconoce... No se me ocurre que más decir... *carita de buena (a ver si consigo que no me maten)*
¡Ale! Podeis empezar a leer, no os molesto más.
P.D. Cualquier error, fallo, incomprensión, un review, que yo los contesto todos :)
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Capítulo 3.
Después de recibir la desagradable noticia, Lovina se mantuvo ausente y despistada el resto de la clase. De vez en cuando, Antonio le pasaba la mano por delante de los ojos, y cuando ella reaccionaba, le mandaba una mirada furibunda y agresiva que hacía que el chico se estuviera quietecito.
El profesor continuó con su interminable lista de alumnos. Joder… cuanta gente había. El último de la clase era un chico con aspecto del norte, pero muy bajito. Normalmente los norteños solían ser altos, pero ese no pasaría del metro seseinta. Bueno, sería la excepción esa que siempre confirma la regla. Era rubio y fruncía el ceño mientras se tiraba de las mangas del jersey azul. Cuando Gerard le dio la habitación, el chico empezó a gritar y a quejarse golpeando la mesa. No parecía muy contento con la habitación que le había tocado. ¡Pero ese que se pensaba! ¡Es que creía que podía ir por ahí gritando y con mala leche! Con ese carácter no conseguiría muchos amigos.
-"What's the matter with you!" – Lovina se levantó con brusquedad, y el pobre chico que estaba a su lado (que estaba jugando con una tortuguita de plástico que solo Dios sabía de donde había sacado), dio un brinco de la impresión – ¡¿Es que crees que todos estamos contentos con la habitación que nos ha tocado? – vale, estaba levantando un poco la voz, pero ese chico no tenía motivos para quejarse. Por lo menos el no tenía que estar cerca de un francés pervertido y de un español acosador – ¡A mi no me gusta la mía y mira, me aguanto y me jodo!
-Oye señoritinga, ¿por qué no te metes en tus propios asuntos? – el rubio la miró con unos profundos ojos turquesas y cargaditos de mala hostia.
-¡Ey! ¡Yo me meto donde me da la gana!
-¡Donde quieras excepto en mis quejas!
Antes de que la discusión fuera a más, Gerard se acerco a la mesa del chico y cogiéndolo del cuello de la camisa lo arrastró por la clase hacia la puerta.
-¡Hey! ¡¿Pero qué estás haciendo? - soltó el chavalín.
-Hijo, salgo a las 15:00 y son las 14:55. No tengo tiempo para oir insultos en medio de la clase. Si quereis pegaros, salid fuera. Señorita Vargas, usted también.
Antes de que Lovina pudiera quejarse, Felicia se levantó del sitio y cabizbaja se dirigió hacia la salida. La clase se quedó en silencio, incluso el rubio dejo de soltar improperios contra el profesor.
-Feli… Em… Creo que el profesor no se refería a ti. – apuntó Ludwig subiéndose las gafas con el dedo índice.
-¡Y tú quien te crees que eres para llamarla por ese nombre!- Gritó la mayor desde la otra punta de la clase – ¡Para ti ella es Felicia!
-Lovina Vargas… Fuera. De. Clase.- Biermann ya estaba perdiendo la paciencia.
Lovina, lo más dignamente que pudo, se dirigió hacia la salida, con la cabeza alta y la mirada al frente. Pasó por el lado de su hermana, que volvía a sonreir estúpidamente. La menor estaba volviendo a su sitio, cerca del bastardo ese. Tenía cara de bueno y serio. Todo lo que un suegro podía desear. Su padre estaría contento si él y Feli salieran juntos, pero ella sabía que era pura fachada... A ella no la engañaba. Lo fulminó con la mirada durante unos segundos esperando que con eso le hubiera causado dolor de cabeza y salió por la puerta, pero chocó contra alguien. Era chica bastante delgada, con unos enormes ojos verdes y un lacito morado. Le recordaba terriblemente al chico rubio... Vash Zwingli, había dicho el profesor. Se disculpó y la ayudó a levantarse. La chica le sonrió y le dio las gracias y un "Don't worry, I'm OK". Después se fue corriendo pasillo arriba. Lovina se despidió de la chica y se fue hacia la pared más cercana a la puerta, justo al lado del de la mala leche.
Vash estaba sonrojado y con una mano se tocaba la mejilla. Miró el suelo, encontrándose con sus zapatos negros recién comprados, y suspiró. Lovina se puso a su lado y intentó empezar una conversación que no terminara con sangre y comentarios afilados.
-¿La conoces?- preguntó como de manera casual y desviando la mirada.
-Por supuesto – contestó este mirándose todavía los pies, juraría que tenía una mancha de barro en el cuero de los zapatos- Es mi hermana.
-¿Tu hermana?
-Bueno, no-no exactamente eso, es mi hermanastra, es decir la hija de mi padre. Bueno, no es mi padre biológico, pero se podría decir que sí. Él marido de mi madre para ser más exactos, bueno, el nuevo marido.- Vash hablaba atropelladamente y quien lo escuchara podría jurar que necesitaba contárselo a alguien, porque al terminar tomo aire por la nariz y lo soltó formando un suspiro largo.
-Ahhh... Parece maja- comentó, entonces le tendió la mano y se presentó como debía, aunque en el fondo todavía se sitiera dolida por lo dicho anteriormente. Si la hubiera visto su madre, le habría dado de abrazos y besos hasta asfixiarla. Siempre le había gustado que ella hiciera nuevos amigos. Pero su madre ya no estaba – Lovina Vargas, Italia.- le sonrió
-Vash Zwingli, Suiza.- el chico le dio la mano. Bueno, habían empezado con mal pie, pero eso no significaba que no se pudiera arreglar.
Gerard se asomó por la puerta de madera oscura de entrada al aula pellizcándose el puente de la nariz. ¡Qué desastre de clase! Y encima era el tutor, como si no tuviera suficiente dándoles física y química. Por lo menos estaba el Ludwig ese, ese si que parecía un chico aplicado y serio, uno de esos chicos a los que sí que daba gusto dar clase, por los que valía la pena ser profesor. Aunque mientras le pagaran, realmente le daba igual quien estuviera ahí. Retuvo a la chica italiana que ya estaba a punto de salir, y le recordó que debía quedarse para recibir su horario. A Heracles no hizo falta decirle nada. Ya lo había retenido la mesa, que en estos momentos le aguantaba la cabeza. Debería hablar con su madre. No era normal que un adolescente pasara más tiempo dormido que despierto. Llamó la atención a la segunda chica, la que estaba fuera.
-Señorita Vargas, pase a recibir su horario.
Lovina entró en el aula y se colocó junto a Feli, que estaba pellizcando al bello durmiente. Vash recogió su mochila y se fue con una "Bye" un poco más natural que su acostumbrado tono.
-¡Loviiii! ¡¿Has visto esto? ¡Le pellizco y ni se mueve! - gritó emocionada la más pequeña.
Heracles le apartó la mano de un manotazo y suspiro largo y profundamente. Bostezó y se separó de la mesa, recostándose en el respaldo de la silla. Rodó los hombros y el cuello haciendo crujir las vértebras y se estiró. Se quedó quieto en el sitio, sin moverse ni hablar y devolviendo la mirada a las tres personas que en esos momentos la estaban mirando.
-¡Ala! - se sorprendió Feli – ¡Qué parsimonía!
-Ostras, Feli. El nuevo instituto te ha cambiado.- ¿de dónde había sacado esa palabra?
-¿Tú crees? - dio una vuelta sobre si misma – Bueno, la verdad es que creo que he adelgazado un poco, pero no creo que sea por el instituto.
Gerard se tranquilizó mentalmente. Menos mal que pronto acabaría el horario. Venga, cinco minutitos más y te puedes ir casa. Se acabará el sufrimiento. Podrás sentarte en el sofá y leer tu novela favorita.
-¡Ejem ejem! Si os parece bien, os doy los horarios y nos vamos ¿vale?
-Señor Biermann, yo que usted iría a que le miraran la garganta, que una vez vi una película en la que un hombre que tosía mucho al final se moría porque escupía sangre.- dijo Felicia preocupada.
-Eh... Sí, haré como si no hubiera oído nada – murmuró
Repartió los horarios que constaban de dos hojas cada uno. Una para las clases y otro con las normas del colegio y las horas permitidas para salir. Les advirtió acerca de llegar tarde otra vez y le comentó a Heracles que quería hablar con su madre. El chico asintió y recogió sus cosas. Las dos chicas lo esperaban fuera.
¡Adiós señor Biermann! ¡Nos vemos el lunes! - gritó la italiana castaña clara.
-Sí sí. Ala. Vete. Venga. - contestó con un movimiento de manos.
Cerró la puerta sin mucho cuidado y suspiró, sí, otra vez. Rutina del día a día en un instituto donde no solía pasar casi nada, por no decir nada, interesante. Guardó la libreta de tutorías en la maleta de piel oscura que su madre le había regalado por aprobar la universidad. Ya estaba un poco vieja y las correas estaban tan recosidas que se notaba a la legua que cada vez usaba un hilo de diferente color.
Borró la pizarra con prisas y bajó las persianas de la habitación hasta que solo quedó una fina línea de luz. Se puso la bufanda azul marino y cogió la maleta y la chaqueta negra de la silla. Al salir cerró la puerta con satisfacción y se dirigió hacia el "despacho del dire" como lo llamaban los alumnos. Siguió recto el pasillo, pasando por los retratos de algunos de los reyes más importantes de la historia europea y por los laboratorios Física y Química. Giró a la derecha i subió las escaleras de mármol principales. Se resbaló a mitad camino y apuntó mentalmente que debían comprar nuevas señales de "¡Peligro! Suelo húmedo". Con un poco de suerte encontraba una en la tienda de chinos que había cerca de la boca del metro. Ya le encargaría la cuenta al inepto del director. Al llegar a la puerta oscura de la sala la aporreó dos veces y entró sin esperar a que contestaran.
-Romarioni, necesito hablar contigo unos minutos.
El señor director, que se encontraba de espaldas a él y en frente del escritorio del ordenador, se giró sorprendido y a la vez sonrojado. Se sentía descubierto en una situación no demasiado cómoda. Carraspeó y sonrió para aligerar un poco la tensión. Entonces Biermann vio la faena que estaba realizando el tan ilustre director de la escuela. La profesora de historia, una mujer de tez bastante morena, pelo negro y rasgos africanos, salió de entre los brazos del italiano, se arregló la falda y saludó al de Física y Química con una casi imperceptible inclinación de cabeza y un buenos días, para después salir del aula .
-Eh... ¡Hola Geri! ¿Qué querías decirme? - se arremangó las mangas de la camisa y se terminó de quitar la corbata mal atada que llevaba.
-Espero que sepas lo que haces... Y para ti soy Biermann. - puntualizó.
-Vamos, no me seas estirado que ya hace tiempo que nos conocemos.
-A veces desearía que no fuera así – dejó la chaqueta sobre el respaldo del sillón y la cartera en el suelo.
-Ya sabes que la confianza da asco- apuntó Romarioni dándole la vuelta al escritorio y sentándose en su silla de patas de león. Era bastante anticuada y vieja, pero siempre le daba al despacho un aspecto más elegante y con clase. Apoyó los codos en la mesa y encaró los ojos de su predilecto profesor de Ciencias.- Dime, de que quieres hablar.
-Hay un par de chicas nuevas italianas en mi clase.- empezó
-Lo sé, lo sé. Conozco a su madre y tiene unas caderas perfectas para pari... -Biermann arqueó una ceja al ver que el director empezaba a irse por las ramas, algo bastante común en él, a decir verdad -Quiero decir, ehem, que me avisó por correo de que este curso vendrían a estudiar aquí, a Londres. ¿Qué pasa con ellas?
-Bueno, hoy han llegado tarde a clase, pero parece ser que estaban en la infermería, y la mayor parece un poco...- busco una palabra menos directa para explicarlo- descarrilada.
-¿Descarrilada? No lo entiendo.
-Grita en clase cuando nadie está hablando y parece ser bastante quisquillosa a la hora de escoger compañero de pupitre.
-Ahh... Creía que era algo peor.- Suspiró aliviado César.
-Sí que es malo.- Gerard estaba sorprendido. Ese tipo de cosas podían conllevar ciertos problema en el equilibrio de la clase.
-No lo es. Es italiana, eso es normal.- sentenció con una sonrisa.
-No, no lo es. Yo soy alemán y no tengo un látigo y unas esposas en el armario.
-Bueno, eso no sabría decirte si es cierto- susurró por lo bajo
-¿Qué? - le había parecido oir algo que realmente no deseaba escuchar
-No nada. No te preocupes. - aseguró entre un par de risas mal disimuladas- No te preocupes por ellas. Si vienen de Roma, como tengo entendido, no tendrán demasiados problemas con la gente. Ay~ mi Roma...-ya estaba divagando.
Biermann aceptó el razonamiento de su superior, aunque no estaba del todo convencido. Comentó algo sobre la otra hermana, Felicia, la que parecía un poco tonta. Le resultaba extraño que una chica así estuviera en el curso en el que estaba, pero al comprobar el expediente de la italiana decidió que sería mejor esperar a ver como le iba en los exámenes, porque de tonta no tenía un pelo, no había suspendido ninguna en el curso anterior, es más, tenía incluso un par de sobresalientes.
Se despidió con un saludo y dejó al director solo en la habitación. Saludó a Rose que terminaba de teclear una serie de cosas en su ventanilla de la secretaría. La mujer, como si tuviera un muelle en el culo se levantó y le dedicó unos rápidos parpadeos desde detrás de las gafas. A levantarse, su enorme, viejo y caído busto, le provocó jaquecas para el resto de la semana, y el parpadeo la imagen más horrorosa del día. ¡Puajj!
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Lovina, Feli y Heracles llegaron sin complicaciones al edifico de las residencias. Seguía manteniendo el mismo encanto que el resto del complejo, pero seguramente por la mano de la gente joven que vivía en él, tenía un aspecto más desenfadado y optimista que el edificio central. Se accedía a él por el mismo pasillo de baldosas que había a la entrada, pero este se bifurcaba en la fuente y se colaba entre los abetos que había a ambos lados del camino del camino principal. No había que caminar mucho y llegabas a las zona residencial. Con mucha más gente gritando, cotorreando, fastidiando, jodiendo. Vamos, una preciosidad. Algunas chicas que charlaban en grupos, seguramente sobre a que lugar se irían esa noche a emborracharse y a lucir palmito, callaban cuando pasaban por su lado. Miraban con una envidia bastante evidente a las dos sureñas que caminaban tan contentamente junto al hijo de la enfermera. Ese griego macizorro que con 16 años ja tenía un pequeño club de fans que lo espiaban cuando dormía en la hierba. Heracles les contó a las dos italianas que una vez descubrió a una chica intentando robarle los zapatos justó cuando se despertaba de la siesta.
-¡Ala! ¿Y tu qué hiciste?- Preguntó entusiasmada por la anécdota Feli.
-Pues... Se los di- dijo tranquilamente.
Lovina lo miró un poco bastante sorprendida. ¿Que había hecho qué? Ese chico no era normal. Es más, pensó que ninguna de las personas que la rodeaban era normal. Iba a ser muy difícil no perder la cabeza en un lugar como ese. Justo en frente de la puerta de acceso al lugar había una pizarra de corcho de las de toda la vida, con chinchetas multicolores y algunas con forma de corazón. ¡Que monas~! Debajo de la pizarra había una serie de sillones. Parecían muy cómodos y retubo las ganas de tirarse encima. Feli no lo hizó. Fue un salto alucinante y bastantes de las personas presentes seguro que vieron su ropa interior, de color verde por cierto, al dar un impulso un poco demasiado fuerte. Lovina apartó la vista y se espero un par de minutos hasta que su hermana dejara de gritarle a la gente que los probaran, que estaban super cómodos y eran gratis y entonces se acercó a la pizarra. Había algunos papeles con tiras de números de teléfono de diferentes cursillos extraescolares, algunas fotos de viajes de fin de curso y un mapa con la distribución del centro, las habitaciones y las zonas de ocio. Vamos, un mapa completito, completito. La forma más directa de llegar hasta su cuarto era subir por la tercera escalera contando desde la puerta. La de su hermana no estaba muy lejos de la suya así que no tenían porque separarse. Mejor. No se fiaba de los desesperados esos. Junto a los sillones había un pequeño jardín de rocas de estos de interior y una escalera con las barandillas pulidas. Heracles se despidió de ellas y empezó a subirlas, pero antes de que hubiera subido tres escalones, Feli le cogió del brazo y le hizo prometer que se verían luego. Lovina, mientras tanto se sentó sin que nadie lo notase en uno de los sillones. No podía eitar la tentación de probarlos. Heracles dijo un entrecortado "I-I'll promise" y se fue un bastante aturdido, tanto que chocó con una maceta con un pequeño árbol y se disculpó con la planta. Feli bajó feliz los pocos escalones que había subido y se paró en frente de su hermana gemela.
-Andiamo?- preguntó con una sonrisa.
Suspiró y se levantó del glorioso sillón. "Andiamo" dijo ella. Y juntas continuaron caminando por el corredor del piso inferior.
