Vida Concertada
II
Abrí los ojos rápidamente al oír las voces aceleradas de algunas criadas al otro lado, en el pasillo y no pude reprimir un gemido. Hoy era el día. El día en que me marcharía de mi hogar para siempre, abandonando recuerdos felices y a personas inolvidables.
Hoy debería afrontar mi futuro como una adulta, algo que comenzaba a parecerme cada vez mas complicado.
Apenas habían pasado dos meses y medio desde que mi padre me comunico su decisión, decisión que a cada minuto que pasaba más injusta e innecesaria veía, sin embargo todo había ido deprisa. Tal y como mi padre ordeno mis baúles con mis pertenencias estuvieron preparados en breve, al igual que siete vestidos que mi padre mando hacer a algunas criadas con seda comprada previamente a un mercader de paso.
Según él los vestidos eran para el viaje y la llegada a Londres, porque según su criterio mis sencillos y ligeros vestidos de algodón no eran apropiados para llevarlos en Londres y por lo tanto me eran ya innecesarios. Criterio que no compartía con el por lo que me asegure de esconder algunos de mis vestidos antes de que él los mandase tirar.
Ahora tres, de los nueve vestidos que poseía anteriormente, descansaban bajo mi cama a la espera de ser rescatados.
Deje escapar una sonrisa al pensar lo que diría mi padre si supiese de mi pequeño rescate y me incorpore en la cama, haciendo un lado las sabanas que me cubrían, y sentándome en el filo del lecho.
Mis pies ya rozaban el suelo de madera cuado oí unos golpes en la puerta. Un segundo más tarde la puerta se abrió y Minerva entró apresurada, cerrando la puerta tras ella.
-Veo que ya as despertado- me saludo-Les advertí a esas niñas tontas que no te despertaran con sus charlas- protesto Minerva-Pero tendría que haber sabido que no me harían caso. Están tan ilusionadas con tu futuro viaje que si no lo supiese sospecharía que son ellas las que viajaran en ese velero rumbo a Inglaterra.
-No te preocupes Minerva, ellas no fueron el motivo de mi despertar-mentí posando al fin mis pies sobre el frió suelo.- Simplemente desperté.
Minerva me contemplo con una sonrisa maternal.
-Debería reprenderte por mentir sin embargo dado que es tu ultimo día aquí haré una excepción- comento abriendo de nuevo al puerta, tan solo una rendija, y asomando su rostro por ella.
Puede escuchar como gritaba algunas órdenes en su lengua nativa a las muchachas del servicio.
-Esas niñas están demasiado distraídas- se quejo chasqueando la lengua.
-Simplemente están emocionadas por el viaje-las defendí mientras caminaba hacia el biombo situado en una de las esquinas de la habitación.- Es comprensible.
Escuche como Minerva murmuraba algo incomprensible, seguramente en su lengua natal, y después comenzaba a preparar el vestido que me pondría en este día.
-¿Preferís el azul o el verde?- me pregunto al cabo de unos minutos.
Sinceramente me daba igual pero sabedora de que esa respuesta no era la que ella aguardaba dije:
-El verde, padre dice que resalta mis ojos.
-Y tiene mucha razón, este tono combina con…- unos toques leves en la puerta interrumpieron lo que seguramente seria una larga enumeración de mis virtudes según Minerva.-¿Si? ¡Oh! Dejadlo hay, vamos. Deprisa.
Curiosa asome la cabeza por un extremo del biombo para contemplar como dos muchachas cinco o cuatro años mayores que yo cargaban cada una dos cubo llenos de agua que iban vertiendo en la gran bañera blanca que había sido situada, justo debajo de la única ventana que poseía mi cuarto, por dos muchachos fornidos y de tez morena que yo reconocí rápidamente como los esposos de las jóvenes que con afán rellenaban mi baño.
En Arrival las cosas funcionaban así. Una mujer no podía servir en la casa de otra familia a menos que fuese soltera y su padre diese el consentimiento de ello, y en el caso de que estuviese próxima a casarse o ya lo estuviese su esposo debía trabajar en la misma casa que ella. Así las mantenían siempre vigiladas y se aseguraban de que ningún otro hombre se las arrebatase.
Por ello mismo en casa ahora mismo vivían tres matrimonios de nativos, contando entre ellos a Minerva y su esposo. El cual era el cochero de mi padre.
-Podéis retiraros.
-Si señora Naguie.- respondieron las muchachas al unísono cerrando con delicadeza la puerta tras ellas.
Tan pronto como el sonido de la puerta al cerrarse llego a mis oídos, salí de mi escondite y comprobé con agrado que la bañera estaba rebosante de agua tibia, algunos cubos con agua un tanto mas fría aguardaban al lado para ser utilizados a la hora de enjuagarme y un trozo de jabón había sido dejado sobre mi tocador acompañado de una toalla de aspecto mullido de color blanco.
-Es hora de tomar un baño- dijo Minerva arrastrando con ella el biombo y situándolo enfrente de la ventana abierta, de tal manera que entrase la luz pero yo no fuese vista desde el exterior.
Yo sonreí y alce los brazos para facilitarle la tarea de despojarme de mi camisón.
En mis quince años de vida nunca había tomado un baño sola, al principio Petunia los compartía conmigo poco después, cuando ella se marcho, Minerva comenzó a acompañarme. Ayudándome con mi aseo y haciendo la tarea más amena.
Y ahora, llegado a este momento, no era capaz de tomar un baño sin ver como ella tomaba asiento sobre la butaca de mi tocador o como arreglaba algún vestido mió mientras me contaba algunas trivialidades sucedidas aquella mañana.
Echaría de menos esto, estaba segura. Aunque siempre podía compartir el baño allí también.
La sola idea me hizo ruborizar y trastrabillar con mis pies hacia atrás.
-¿Nerviosa?- pregunto Minerva mientras me ayudaba a entrar en la tina de porcelana.
-Un poco- admití sumergiéndome en el agua cálida y humeante. Apoye el cuerpo en la superficie de la bañera y cerré los ojos avergonzada por lo que iba a decir:- Minerva, ¿Cómo deberé ser?
Pude notar como acariciaba mis cabellos con delicadeza, lavándolos.
Sus manos eran pequeñas y recorrían mi cabeza con experiencia, manejando mis cabellos y arrancándome una sonrisa nerviosa.
-No debes preocuparte por eso, pequeña- dijo retirando con cuidado la espuma que caía por mi frente hacia mis ojos- Solo debes limitarte a ser tal y como eres, estoy segura que con eso bastara y cuando tu prometido te vea se quedara prendado de ti.
Abrí los ojos alzándolos hacia el techo y dejando escapar un quejido.
-No me refería a…eso- me queje- lo que deseo saber es…como…como comportarme cuando… este con él.
Minerva dejo caer sus manos sobre mis hombros y escuche como dejaba escapar el aire ente sus labios carmesíes.
-Eres aun una niña en muchos sentidos, no puedes pretender crecer de golpe pequeña. Nada sabes de los hombres, y así es mejor, cuanto menos sepas de ellos, más sufrimientos y bochornos te ahorraras.
–No puedes seguir protegiéndome siempre, Minerva.- me queje girando mi rostro levemente.
Puedo sentir que mis mejillas arden sin embargo no quiero tomarlas en cuenta. Tampoco quiero admitir el leve temblor de mis manos o mis miedos que van acumulándose en mi mente, preparados para ser explicados con palabras.
Había pensado demasiado en todo esto, había meditado todo concienzudamente y había llegado a una solución. Si, era cierto que no era ni nunca seria tan bella como las mujeres londinenses a las que mi futuro esposo estaría acostumbrado; también era cierto que no seria para él más que una carga e incluso podría a llegar a tomarme cariño, pero no como esposa si no como hermana. Y ese era mi mayor temor, que el me viese como una niña. Lo que realmente era.
Deseaba saber como complacer a mi esposo, que esperar de él. Como reaccionar cuando me quedase sola junto a él. Como conseguir que no me dejase, al igual que mi familia había hecho a lo largo de mi vida.
-Pronto tendré un marido. ¿Debo ser completamente ignorante?
-No...no, claro que no. Pero aun así sigo sin poder contestarte pequeña.- me acaricio el cabello húmedo y se incorporo sacudiendo al falda de su vestido- Yo no soy la más indicada para ello. Deberás esperar a que tu esposo decida enseñarte.
-Y si el no desea enseñarme, y si piensa en mi de otro modo- murmure expresando mis miedos en alto por primera vez- Y si no me ve mas que como un estorbo.
-Mi pequeña. Eso nunca sucederá- me animo Minerva retirando su mano de mis cabellos- El te querrá, no tengas dudas de ello. Tal vez lleve tiempo, pero sucederá- dijo tomando mi mano y depositando sobre mi palma el trozo de jabón.- Y ahora relájate, olvídalo todo. ¿De acuerdo?
Era fácil decirlo pero no tan fácil hacerlo.
Compuse una sonrisa forzada, algo que comenzaba a ser habitual, y acepte el trozo de jabón. Lo moje en el agua y comencé a restregarlo por mi cuerpo mientras veía como Minerva se retiraba para acabar de ultimar los últimos detalles del vestido que me pondría después.
Dos horas más tarde pude decir definitivamente que estaba lista.
Todo mi equipaje había sido cargado en el gran carruaje de cuatro caballos que el señor Crouch tan amablemente le había prestado a mi padre aquella mañana, mi cabello había sido peinado y recogido en una trenza de raíz para otorgarme mas libertad y no sufrir así el calor bochornoso de la isla, que en el mes de mayo ya era un hecho cerciorado. Mis ropas estaban inmaculadas y mis antiguos vestidos, rescatados de la inquisición de mi padre, descansaban ya en la parte mas profunda de uno de mis baúles a la espera de poder ser utilizados.
Yo, por mi parte, me había despedido ya, entre sollozos, de los aldeanos y criados que me habían visto crecer y por lo tanto marchar. Y ahora, sentada en los asientos de terciopelo azul del carruaje del señor Crouch, me dirigía al trote hacia mi destino.
Hacia el pequeño embarcadero de la isla de Arrival.
El carruaje se detuvo poco después de que sus ruedas tocasen el suelo encharcado y sucio del embarcadero; y mi padre bajó, desapareciendo de mi vista y dejándome a solas con Minerva en el interior de aquel sofocante carruaje.
Por la ventanilla del carruaje, al correr las cortinillas, pude comprobar como preguntaba algo a un marinero que se me hacia ligeramente familiar.
Y al fondo de aquella estampa pude contemplar, como en incontables ocasiones hice en mi infancia, el velero de cuatro mástiles del capitán Luke. El navío seguía teniendo la misma belleza que la última vez que tuve la fortuna de verlo, hará ya demasiados años.
Pude contemplar también, no sin cierta desazón, como el capitán Luke bajaba por la pasarela y estrechaba la mano a mi padre. Ambos intercambiaron algunas palabras apresuradas y en dos o tres ocasiones sus miradas se dirigieron hacia el carruaje, mas concretamente hacia la ventanilla por la cual yo los observaba.
-¿Viajare en "La Fugaz"?- pregunte sin desear realmente conocer la respuesta.
-Probablemente- opino Minerva mientras apretaba mi mano cariñosamente- Vuestro padre no os dejaría a manos de un extraño y el capitán Luke es un hombre que ha demostrado ser de confianza.
-Aunque tenga una lengua demasiado suelta- murmure devolviéndole el apretón de manos dejando caer mi mano que sostenía la cortinilla de la ventana.
Inmediatamente la imagen de mi padre y el capitán Luke fue sustituida por un telón de color azul oscuro. Tan oscuro como mí animo en este momento.
-No deseo esto- solloce.
-Lo se pequeña- Minerva me paso uno de sus brazos por los hombros y me acurruco contra su pecho cariñosamente, acariciando mi cabeza con calma - Pero es el deseo de tu padre, ya lo sabes. El desea que tengas un buen futuro…
-El solo desea olvidarme, al igual que desea eliminar el recuerdo y la vergüenza que Petunia le hizo pasar- me queje con voz asfixiada debido al llanto.
-No piense así. El señor Evans tiene sus motivos, y estoy segura que no son motivados por el odio o el rencor- la mano tranquilizadora de Minerva me aparto un mechón rebelde de la frente- Tal vez ahora no puedas llegar a entender esos motivos, pero algún día cuando tengas hijos propios los entenderás.- me aseguro besando mi frente y separándome ligeramente de ella- Te echare realmente de menos pequeña.
Las lágrimas surcaban mi rostro, humedeciéndolo y enrojeciendo mis ojos.
No deseaba marchar.
-Yo también, Minerva.- confesé- Estaré muy sola sin ti.
Minerva pasó su mano por mis mejillas, secando mis lágrimas, y tomando mi rostro con ambas manos me hizo mirarla a los ojos. Unos ojos que no escondían nada, que expresaban demasiado.
-Yo siempre estaré contigo…aquí- me dio un leve toque en el pecho y después volvió a besarme la frente. Maternalmente. Como ella solo sabia hacer.
Porque ella era mi madre, mi segunda madre.
La puerta del carruaje volvió a abrirse y la figura de mi padre penetro en el interior del vehiculo. Su semblante era neutral, sin ningún signo de debilidad o pena. Como siempre.
-El capitán debe reunir a su tripulación, de manera que deberás aguardar una hora hasta que este toda reunida.- su voz sonó tan dura e impasible como el día en el que me dio la grandiosa noticia. Algo que llegados a este punto no llego a sorprenderme demasiado- Ahora bajarán los baúles y los subirán a bordo, por lo tanto si lo deseas podrás instalarte en tu camarote y aguardar allí hasta que partáis
-Preferiría aguardar aquí, junto a Minerva- susurre bajando el rostro para que no notase las lágrimas que seguían fluyendo de mis ojos.
-Eso será imposible- gruño.
Yo alce mi rostro y dirigí mis ojos hacia mi nana la cual me miraba igual de abatida.
-Minerva debe regresar a la casa, tiene tareas que atender y dado que tu ya no eres una de esas tareas no esta obligada a quedarse.- dijo abriendo de nuevo la puerta del carruaje y saliendo- Aguardaras en tu camarote- sentencio- Vamos te acompañare hasta el.
Me extendió una mano y yo vacile. Volví a mirar a Minerva, suplicándole que me ayudase, pero ella se limito a esconder su rostro y negar levemente con la cabeza.
Entonces lo supe.
Estaba sola.
-Lilian- me advirtió mi padre.
Volví a contemplar su mano, extendida hacia mí, invitándome a salir. Ha afrontar mi fututo, mi destino. El cual el había decidido sin mi consentimiento.
¿Qué hacer?
Era sencillo.
-Adiós Minerva.
Acaricie levemente su regazo, sin recibir respuesta por su parte, y acepte la mano de mi padre saliendo así a la luz del sol matutino.
Nada mas tocar el suelo mugriento del embarcadero un fuerte olor a algas, pescado y especias inundo mis sentidos. Era el mismo olor a libertad que tantas veces había experimentado junto a mi hermana y que ahora, años después, me resultaba demasiado repulsivo. No por su combinación, si no por lo que representaba.
Mi reclusión, mi sumisión…mi condena.
Detrás de mi pude escuchar, con demasiada claridad, los quejidos y sollozos de mi nana. Ella sufría por mi, y yo por ambas.
La mano de mi padre soltó la mía y con movimiento rápido cerro la puertezuela del carruaje, ahogando así los gemidos de la única persona que realmente me extrañaría en aquella isla.
-Ten cuidado donde pisas- me advirtió girando sobre si mismo y comenzando a caminar.
Yo pase el puño de encaje de mi vestido por mis ojos, limpiándolos. Me erguí todo lo alta que era, intentando aparentar un orgullo que ya no poseía, y seguí sus pasos. Alce la falda de mi vestido nuevo, intentando que no se manchase demasiado, e intente no pisar ningún charco o tabla suelta que me hiciese caer.
-Lilian, es un placer volver a verte- me saludo el capitán Luke cuando llegue a su altura. A los pies de la pasarela que comunicaba el suelo firme con la cubierta de "La Fugaz"-Tan hermosa como siempre- se inclino y beso mi mano caballerosamente, como siempre hacia para hacerme reír.
En esta ocasión no le seguí la broma, y a pesar de que intente forzar una sonrisa no conseguí ningún resultado. El capitán lo noto, pero no dio señales de ello como buen caballero que era realmente.
-Lilian desea conocer su camarote- dijo mi padre sin ni siquiera dirigirme una mirada.
-Por supuesto, adelante querida- el capitán extendió una mano hacia la pasarela, invitándome a seguir.
-Gracias- fue apenas un murmullo sin embargo el capitán pareció oírlo porque sonrió y se marcho a pos de sus marinos. Los cuales apiñaban en el sucio suelo del embarcadero, sin mucho esfuerzo, todo mi equipaje.
Sentí como una mano de hierro aferraba mi antebrazo y me dirigía, sin mucha delicadeza, hacia la pasarela.
La mano era de mi padre, por su puesto.
-Date prisa- gruño- No es prudente que una mujer permanezca demasiado tiempo contemplando a unos marinos que llevan demasiado tiempo fuera del hogar-Su advertencia caricia de significado para mí sin embargo obedecí y apresure mi paso, subiendo por la estrecha y más que dudable pasarela de madera.
Cuando el primero de mis pies toque la madera descastada por la sal de la cubierta de "La Fugaz" pude sentir como algo dentro de mi se desvanecía dejando paso a la desolación.
Ya no era una sospecha o una simple advertencia, una sencillas palabras dichas una tarde junto al hogar, era un hecho. No era un sueño. Mi condena no era ficticia si no real, tan real que era capaz de palparla.
-¿Qué aguardas Lilian? Vamos.
Parpadee varias veces, y algunas lagrimas volvieron a brotar juguetonas de mis ojos.
Mi padre ya no estaba junto a mí, al lado de la barandilla del barco, si no que había avanzado y se encontraba en la proa de este. Junto a unas escalinatas que daban a una pequeña terraza en la cual se encontraba el timón.
Junto a el, entre las escalinatas que conducían al timón, se encontraba una pequeña puerta de madera tallada.
Mi padre me indico con una de sus mano que me diese prisa y sin pensar realmente en lo que hacia o en parar a pensar en que esta era la primera vez que subía en un barco, me dirigí hacia el sumisamente.
La puerta era estrecha y pequeña, conducía a un pasillo no muy extenso en el cual se podían ver cuatro puertas.
La primera a la derecha tenia unas escaleras de caracol que descendían hacia el interior del casco del barco, seguramente allí se encontraría la cocina. La primera a la izquierda, a su vez, estaba abierta y se podía distinguir una amplia mesa de madera repleta de mapas y utensilios de medición que el capitán Luke ya me había mostrado en incontables ocasiones siendo tan solo una niña. Sin duda aquel era su estudio y quizás también el comedor. La segunda puerta a la izquierda estaba cerrada. Y por ultimo la segunda a la derecha estaba abierta.
Al entrar el olor a especias y salitre que había inundado mis sentidos al salir del carruaje volvió ha hacer estragos en mis sentidos. Adormilándome.
El camarote era pequeño. Una cama estrecha, cuyo cabecero de madera representaba una escena marítima, descansaba justo debajo de una claraboya abierta por la cual entraba la luz del sol. Un pequeño ropero, sujeto al suelo por grandes clavos, permanecía vació junto al camastro. Y finalmente una mesita no muy extensa, que supuse debería utilizar a modo de tocador, aguardaba mi llegada. Sobre ella un trozo de lienzo limpio y una jarra de agua enconchada me dejaron bien claro que mi aseso seria bien escaso durante este fatídico viaje.
Finalmente justo en el extremo opuesto de la puerta un biombo algo viejo, pero no por ello menos hermoso, permanecía plegado a la espera de ser utilizado por primera vez.
-¿Es de tu agrado?- la pregunta me llego de sorpresa.
Después de estos dos últimos meses era la primera vez que mi padre deseaba conocer mi opinión acerca de algo que estuviese relacionado con la decisión que el había tomado por mi.
-No esta mal- conteste en un hilo de voz mientras avanzaba unos pasos más y pasaba mi mano por la superficie del biombo- Es…acogedor- mentí.
Mi padre giro sobre si mismo abarcando con la mirada la estancia. Como midiéndola.
-El capitán insistió en que utilizaras su camarote- me explico mientras pasaba un dedo sobre la superficie de la mesita, comprobando que estuviese limpia- Según su criterio una dama no debe dormir en un agujero de ratas y dado que su camarote era el mas optimo de todo el barco decidió cedértelo temporalmente.
Con que era eso.
¿Y donde dormiría el capitán Luke?
-El me aseguro que si permanecías aquí durante todo el viaje no habría altercados- continuo mi padre mientras se limpiaba los dedos sobre su pantalón negro dejando unas líneas apenas visibles de color gris- Y dado que a el no le importa dormir en cubierta con el resto de su tripulación no me pude negar a tal ofrecimiento.
¿Permanecer encerrada durante todo el viaje?
¿Cuánto tiempo seria eso?
-¿Cundo llegare a mi destino padre?- le pregunte expresando mis dudas.
Mi padre alzo la barbilla, arrogantemente, y me contemplo durante algunos minutos. Como analizándome, midiéndome o comprobando que era realmente digna de ser llamada su hija.
-Tres meses como mucho, quizás menos si el tiempo es favorable.- contesto al fin mientras retomaba el paso y salía del camarote.- Lilian- mi nombre broto de sus labios de manera casi imperceptible. Con el mismo tono que utilizaba cuando era apenas una niña.- Cuídate- fue apenas un murmullo pero aun así fu consciente de el.
Tras pronunciar esa escueta despedida mi padre salio del camarote, cerrando la puerta tras el y dejándome sola por primera vez en quince años.
Por que estaba sola, realmente sola.
