Todos los personajes pertenecen a Hiro Mashima-sama.

Natsu terminó de leer la nota y la estrujó entre sus dedos. Genial. ¿Cuándo aprendería su padre a no meterse en su vida sexual? Desde los quince años le había comprado innumerables esclavas y él las había rechazado a todas con una sola cosa en mente. Que Lissanna Strauss no se llevase una mala opinión de él.

Suspiró y miró a la chica que dormía sobre su cama. Tenía dos opciones, despertarla para que presa del miedo ella misma saliera de su cama o meterse en la cama con ella dentro. La posibilidad de ser él el que durmiese en la alfombra estaba totalmente descartada.

Decidió decantarse por la primera y se acercó a ella, la cogió por el brazo y empezó a moverla suavemente. No se despertó. La movió un poco más bruscamente pero siguió sin haber ninguna señal de despereza miento por su parte. Caray, sí que tenía el sueño pesado esa chica. Decidió decantarse por el método más extremo. Chillarle.

Natsu se acercó para que el grito fuera más eficaz, pero al hacerlo vio las marcas de cansancio en el rostro de la chica. Tenía unas ojeras bastante grandes y era más que obvio que habían tenido que lavarla antes de traerla. A pesar de eso, Natsu se dio cuenta de que la chica era muy bonita. Su rubio cabello caía por su cara y le llegaba hasta más allá de los hombros. También se fijó en sus grandes pechos ¿Claro, era un hombre! Tuvo que ejercer todo su auto control para no decantarse mejor por la segunda opción. No, él no era de esos. Jamás le había gustado la forma en que la gente trataba a sus esclavos. Así que, muy a su pesar, cogió una de las almohadas de su cama y se tumbó en la alfombra.

Mañana iba a ser un largo día.

Erza se despertó bastante temprano esa mañana, o más bien se levantó de la cama, ya que no había dormido nada en toda la noche. Anoche a sus padres se les ocurrió la brillante idea de que hoy le presentarían al prometido que le habían acordado cuando era niña.

Mientras se vestía e intentaba allegar-o domar-su abundante cabellera roja, no dejaba de pensar en un deseo, Que sea él, que sea él. Exacto, Erza Scarlet ya tenía al hombre perfecto de su vida, sin embargo, sus padres no habían querido decirle quien era hasta ese día. Solamente le habían dicho que era un hombre muy importante ¡¿Y quien más importante que el –prácticamente- heredero al trono?! Él era casi tan importante como Natsu en la corte del Califa y estaba completamente segura de que sus padres no podrían entregarle a nadie que no fuera él ¿Verdad?

Se abrió la puerta y por ella entró Milliana, su dama de compañía y mejor amiga de toda la vida.

-Erza, tu prometido ha llegado-dijo con una media sonrisa que hizo que a Erza se le dispararan las alarmas. Milliana sabía bien lo que Erza sentía por él por lo que esa sonrusa solo podía significar una cosa…

Erza bajó hasta el salón de su casa y…sus ilusiones se rompieron en mil pedazos.

-Erza-comenzó su madre-éste es Simón, tu prometido.

Gajeel caminaba por los pasillos de aquel lujoso palacio que parecían ser interminables. Espere en el despacho del señor. Le habían dicho. No le costará encontrarlo. Le habían dicho. En sus manos llevaba la espada que le habían encargado para el cumpleaños de el heredero de los Dragneel. Puf, a su hermana se le había ocurrido la brillante idea de inventarse el "servicio a domicilio" de la herrería solamente para estar un rato más con el chico de los Fullbuster.

Cada día le parecía más molesta aquella fijación de su hermana por el moreno.

-¿Estás perdido?-preguntó una voz a sus espaldas.

Gajeel se dio la vuelta para encontrarse con una chica varios palmos más baja que él, de pelo azulado y sujeto con una cinta. Llevaba algunos libros en la mano.

-¿Tengo pinta de estar perdido enana?-preguntó con todo el orgullo que fue capaz de reinir. No iba a permitir que una enana se diese cuenta de que no tenía el más mínimo sentido de la orientación.

-Si te lo pregunto es precisamente porque tienes pinta de estar perdido. Y me llamo Levy.-dijo visiblemente de mal humor.

-Oi, oi, enana, no te enfades-dijo Gajeel con una sonrisa-¿sabes dónde está el cuarto del señorito de la casa?

Levy sonrió ante la denominación que el moreno le había hecho a su amigo.

-Sígueme.

Gajeel siguió a la peli azul por los grandes pasillos. Caray, no le extrañaba nada no encontrar la habitación, aquel lugar era enorme.

Llegaron hasta una puerta grande y ornamentada, Levy entró sin llamar a la puerta.

-Natsu…-pero nada más empezar a hablar se calló, su amigo estaba durmiendo encima de la alfombra mientras una rubia descansaba en su cama.

Gajeel miró por encima de su hombro al ver que Levy se cohibía.

-Guau-silbó-sí que se lo mota bien el Salamander este.

-Bueno, ya está bien-Levy se dio la vuelta e intentó alejar a Gajeel de la puerta, cosa que si él no hubiera permitido, le habría sido imposible-mejor me dejas el encargo y yo se lo doy cuando se despierte.

-Está bien-dijo entregándole la espada envuelta en una fina tela-ten cuidado no te vayas a cortar.

Levy infló los cachetes de indignación.

-Gehe. Gajeel.

-¿Cómo?-preguntó Levy.

-Me llamo Gajeel, enana-dijo revolviéndole el pelo-adiós.

Y dicho esto se alejó de allí confiando en no necesitar pedirle ayuda a nadie más para salir de aquel palacio.

Mientras tanto, en la herrería Phantom Lord, Juvia trataba por todos los medios de complacer a su querido Gray-sama.

-¿Está seguro de que no quiere algo de beber?-dijo mientras trasteaba en la cocina-Gajeel-kun aún tardará un rato en volver.

Gray esbozó una sonrisa forzada. Aquella mujer le daba algo de repelús, si no fuese porque su familia hacía las mejores espadas de toda Magnolia jamás se le hubiera ocurrido entrar en aquella tienda.

-No, tranquila.

Juvia se sentó frente a Gray y empezó a observarle, tenía que recordar todos los detalles de su rostro si quería que el hechizo que le había vendido aquella mujer funcionara.

Mientras tanto, Gray intentaba mantener el mínimo contacto visual posible. Por alguna extraña razón, en los ojos de aquella mujer se veía soledad y eso hacía que a Gray le dieran ganas de consolarla. Se reprendió mentalmente por eso. Aquella mujer asustaba y no había más que hablar.

-Será mejor que me vaya-dijo levantándose-si tu hermano se retrasa tanto como pienso, creo que no podré hacer mis quehaceres-y dicho esto salió corriendo como alma que lleva el diablo.

-Gray-sama no quiere estar en el mismo ligar que lluvia-dijo esta cabizbaja-seguro que Juvia lo ofendió.

-Y no olvides que para mantener el feng shui las cajas de cítricos van arriba a la derecha y las de pan abajo a la izquierda-repetía una y otra vez Makarov mientras Laxus las cargaba de un lado a otro del almacén.

-Sí, abuelo.

-No me digas abuelo con ese tono jovencito.-grito poniéndose morado-Gildarts, Gildarts. Creo que me está dando otro infarto.

-No me vengas con esas abuelo, el pelirrojo no está así que no puedes amenazarme con llamarlo.

Makarov sabía que si alguien podía poner en cintura a Laxus ese era el pelirrojo, por tanto, no dudaba en llamarlo cada vez que el rubio no hacía lo que él quería.

Se abrió la puerta y por ella apareció Cana con una gran olla de estofado humeante.

-Viejo, esto se está llenando, será mejor que me ayudéis o acabaré asesinando a los pervertidos de Macao y Wakaba.-dijo con una sonrisa.

Ambos hombres se levantaron y la siguieron. Mientras que Cana se metió en la cocina, Makarov y Laxus no paraban de servir comidas. Este último mucho más malhumorado que el otro.

De repente, la puerta del lugar se abrió, dejando ver a un hombre moreno y medio desnudo. El silencio se apoderó de la posada mientras el hombre se acercaba a la barra.

-Necesito un vaso de algo fuerte urgentemente-dijo sentándose en uno de los taburetes.

Cana salió de la cocina y miró al hombre con diversión contenida.

-Gray, tu ropa.

-¿Cuándo?-preguntó Gray mirando a todos lados en busca de su ropa. Cana rió.

-¿Otra vez escapando de la hermana del herrero?

-Sí, no sabes esa chica me da repelús.

-Yo creo que te gusta-dijo sirviéndole un vaso-Si no, ¿por qué sigues yendo allí con todas las herrerías que hay?

-Ya hemos tenido esta conversación un montón de veces. No me gusta-sentenció.

Lucy se despertó y se desperezó. Abrió los ojos para darse cuenta de que estaba en una habitación que no era la suya y en una cama que, definitivamente, tampoco era la suya.

Se sentó en la cama y la sabana se le resbaló por el pecho, fue entonces cuando se dio cuenta de su estado de casi desnudez. Se sonrojó y se tapó con las sábanas a la vez que recorría la habitación con la vista hasta que, sus ojos se posaron el una cabellera rosa que yacía a su lado, en la cama.

-¡Kya!-gritó Lucy.

Ese grito sobresaltó a Natsu e hizo que se despertara, quien, al darse cuenta de que estaba en la misma cama que la rubia se apartó.

-¿Se puede saber que estás haciendo?-preguntó Lucy fuera de sí.

-Pues levantarme, ¿no lo ves?-preguntó Natsu aun confundido.

-¿Qué hacías en la cama conmigo?

-No, no yo me acosté en el suelo para no despertarte pero al pareces tendrías frio con esa ropa y buscaste algo de calor-terminó con una sonrisa triunfal.

Ninguno de los dos sabía que, Levy, al ver a Natsu en ese estado pensó que se había caído de la cama y les pidió a los criados que lo volvieran a colocar en su lugar.

-¿Pero tu quien te crees que soy? Yo soy Lucy Heartfillia…

-Exacto, no sé quien eres y, por lo tanto, no sé como tratarte, mi padre te trajo aquí para que me hiciese un hombre y si no cierras esa bocaza y dejas de gritar ahora maimo te juro por Kami-sama que lo haré.

Lucy enmudeció al instante, nunca nadie la había hablado de esa manera y vaya si se había asustado.

Natsu se dio cuenta de que se había pasado con la chica, al fin y al cabo, no la conocía de nada y no dejaba muy buena impresión que lo primero que hubiese hecho fuera gritarle.

Lucy se levantó, aún con la sabana en su cuerpo y se encerró en el baño de Natsu sin siquiera dirigirle una mirada.

Genial. Ahora sí que la había hecho buena.

En uno de los grandes palacios de Magnolia un peli azul recorría rápidamente los pasillos del palacio. Llegó hasta una lujosa puerta y entró sin llamar.

-Mystogan, necesito tu ayuda.-el hombre que estaba dentro de la habitación se dio la vuelta revelando un rostro idéntico al del hombre que había entrado en la habitación. Ellos eran los hijos gemelos de la familia Fernández, propietarios del casino más rico de Magnolia, el "Torre del paraíso".

-Cálmate Jerall, ¿qué es lo que ha pasado?-preguntó el gemelo más calmado.

-Erza, he descubierto el nombre de su prometido.

-Y no eres tú ¿verdad?

-No.-dijo tomándose el rostro entre las manos-han elegido a Simón Mikazuchi.

-¿Quieres que te deje solo?-preguntó Mystogan un tanto cohibido por ver a su hermanos en ese estado.

-Por favor…

Mystogan abandonó la habitación sin decir una palabra y silenciosamente agradecido por haberse ahorrado ese mal trago.

Jerall se acercó a la terraza y se dispuso a mirar al cielo. ¿Por qué? Tenía todo lo que los padres de Erza querían en el futuro marido de su hija. Tenía una buena posición económica, era lo suficientemente joven para darles herederos, ¡Maldita sea, ni siquiera se le había conocido nunca un maldito escándalo! ¿Qué debía hacer para gustarles a sus padres?

Se apoyó en la barandilla de la ventana mientras continuaba mirando las estrellas.

-Erza…-susurró, y se quedó dormido.

Hola! Siento muchísimo no haber podido actualizar en todo éste tiempo pero ésque justo me fui de viaje de fin de curso y me llevaron a un lugar alejado del internet.

Mándenme tomatazos, amenazas de muerte, ánimos…lo que quieran pero pir favor dejen un review.