N.A: Quiero hacer una pequeña aclaración:
El fic está ubicado después de la batalla de las doce casas. Toma en cuenta los sucesos ocurridos antes y durante esa batalla, pero después de eso es, digámoslo así, un AU en el sentido de que no sigue la línea del anime en lo referente a la saga de Asgard. Por otro lado, estoy considerando que los sucesos que vemos en la película "Los caballeros del zodiaco y la leyenda de la manzana de oro" ocurren meses antes de la batalla de las doce casas.
La liebre y el viajero
III
Un regreso inesperado
(parte 2)
La suave y alegre risa de Erii Aizawa se deja oír claramente en el patio de juegos mientras a las puertas del edificio principal del orfanato todos los niños son agasajados con frutas y dulces.
–¿Qué ocurre? –pregunta Hyōga ligeramente desconcertado al mirar a la joven que, sentada a su lado, lo mira sin dejar de reír.
–Perdona, pero no puedo evitarlo –dice ella, esforzándose por controlar el impulso de reír y fracasando completamente–. Deberías ver tu expresión. No ha cambiado un ápice desde que me has mirado. Parece como si al verme hubieras visto a un fantasma… Es muy graciosa.
–Lo siento –dice el rubio, bajando la mirada mientras una sonrisa apenada se dibuja en su rostro–, pero creo que en realidad es así... La verdad es que cuando desapareciste creí que no volveríamos a vernos, así que ha sido toda una sorpresa encontrarte aquí después de tanto tiempo.
Alzando los ojos nuevamente para mirarla, Hyōga agrega:
–¿Por qué te marchaste, Erii?
La súbita pregunta hace que la risa de Erii se apague poco a poco hasta que su semblante adopta una expresión ligeramente seria.
–Yo… –La joven titubea cuando ambas miradas se encuentran, luego se muerde el labio inferior con un fuerte sentimiento de inseguridad carcomiéndole el alma.
Apartando sus ojos negros de los celestes y dejándolos fijos en sus blancas y delicadas manos que, entrelazadas, descansan sobre su falda color verde manzana, Erii piensa para sí "¡Dioses! No creí que resultaría tan difícil contártelo todo…"
Volvió totalmente decidida a contar por qué se había marchado tan repentinamente, y a pedir ayuda porque ya no puede seguir tratando de ponerle solución a su problema sola. Pero, ahora que tiene la oportunidad de hablar, se da cuenta de que no puede soltar la verdad así como así.
No puede decirle a Hyōga que se marchó porque en realidad Eris no había abandonado por completo su cuerpo.
Ocurrió que, antes de abandonar el cuerpo de la joven para hacerse con el suyo propio, la diosa decidió resguardar su alma de la probable destrucción sembrando en Erii una pequeña chispa de su esencia vital. Dicha chispa comenzó a echar raíces en el corazón de la joven en cuanto cayó desmayada a los pies de Eris, haciendo que toda la ira, los celos, la ambición, la envidia, el odio, el resentimiento y el afán de venganza que caracterizaban a la malvada diosa infectaran también el alma de Erii.
Esa esencia no solo se limitó a infectar su alma y su corazón, sino también su mente. La misma noche en que Erii volvió de la isla de Hokkaido, la voz de Eris resonó pequeña pero con total claridad dentro de su cabeza. Así fue como la joven supo que la perversa diosa no la había abandonado por completo, y que esa maligna esencia suya haría todo por fortalecerse y adueñarse de nuevo de su consciencia y su cuerpo hasta doblegarla de nuevo a su voluntad.
Por eso, completamente aterrada, pensando en que no podía exponerlos a todos a emprender una nueva batalla contra Eris si es que ésta lograba tomar fuerza y hacerse con su cuerpo una vez más, Erii decidió marcharse lejos y erradicar esa naciente y feroz chispa por sus propios medios. Acabar con su propia vida fue la opción que consideró más viable y más segura dado que ella había sido elegida como huésped por Eris debido a que había nacido bajo el mismo signo astrológico que la diosa y bajo la misma estrella que anunciaba su resurrección, por lo tanto eso la convirtió en el recipiente único. Así pues, Erii concluyó que si ella moría, la esencia de Eris moriría también.
Sin embargo, quitarse la vida no resultó ser tan sencillo como ella imaginó, pues la esencia de Eris nunca le permitió llegar hasta el final. Esa esencia solo se deleitaba en llevar al extremo el dolor y sufrimiento de la joven. Disfrutaba inmensamente del terror y la angustia que Erii experimentaba antes de cada intento, y posterior a ello se regocijaba con la intensa frustración y la desesperación de la muchacha al ver que ella simplemente no la dejaría morir. Fue así que, después de varios intentos fallidos y mucho sufrimiento, Erii entendió que no podía seguir luchando sola contra la maligna influencia de esa esencia, y optó por luchar de otra manera. Esa otra manera tiene mucho que ver con un joven de origen ruso y ojos de un precioso azul celeste, y con el amor. Y es que, a su modo de ver, el amor es lo único que, por ser todo lo contrario a los sentimientos oscuros que caracterizan a esa esencia, podría minimizarla o hasta erradicarla.
Es por eso que volvió. Erii está convencida de que solo el amor de Hyōga podrá ayudarla a desterrar a Eris de su alma.
Pero, ahora que tiene al rubio delante de ella, es plenamente consciente de que no puede soltarle toda la verdad así como así. Sabe que tiene que ir despacio porque, si bien es cierto que ella se enamoró de él cuando lo conoció, en realidad ellos dos nunca han sido más que amigos.
Así es que cuando Hyōga le pregunta por qué se marchó, ella, después de hacer el balance de la situación, se decide a contarle solo parte de la verdad.
–Me marché porque me sentía muy avergonzada por todo lo que pasó en la isla de Hokkaido… Y muy culpable –explica la joven, apretando nerviosamente entre sus puños la tela de su falda–. Yo no fui capaz de controlar la curiosidad que sentí por seguir la trayectoria de ese cometa y ver más de cerca esa manzana de oro… Tampoco fui capaz de resistirme a la influencia que ejerció en mí cuando la toqué, y por ello terminé permitiendo que Eris se adueñara de mi cuerpo…
Su voz tiembla y se quiebra ligeramente al nombrar a la diosa pero, después de aspirar profundamente, se repone y continúa hablando, tratando de que los nervios que siente no traicionen de nuevo su tono de voz.
–Ella y sus caballeros fantasmas resurgieron y los lastimaron a ustedes y a Athena por causa de mi debilidad. Si al final ustedes no la hubieran detenido, mi culpa y mi vergüenza serían aún mayores porque, gracias a mí, Eris habría logrado sus fines y millones de personas en esta Tierra habrían sido victimas de su impiedad.
Al llegar a este punto, Erii Aizawa levanta la cabeza y mira al frente, hacia la gran mesa tras la que Saori, Tatsumi, Miho, Seiya y Shun siguen entregando frutas y dulces a todos los niños (algunos de los cuales ya están corriendo felices por todo el patio, jugando y persiguiéndose unos a otros mientras se llenan la boca de fruta o caramelos de leche).
–¿Comprendes ahora por qué me marché? Perdona que me haya ido sin siquiera despedirme…, pero es que yo simplemente no podía mirarlos a los ojos sin sentir una gran vergüenza. Necesitaba tiempo para asimilar todo lo que pasó, y poner en su debido lugar mis sentimientos de culpa.
Con ambas manos apoyadas firmemente sobre la banca de madera, Hyōga asiente suavemente.
–Sí, claro que lo comprendo, Erii –añade con sinceridad al tiempo que coloca con mucha calma su mano derecha sobre las de la joven para hacer que ésta deje de arrugar nerviosamente su falda entre ellas.
Es entonces que la rubia gira la cabeza hacia él, y el ruso puede ver la gran sonrisa que comienza a iluminar el rostro de Erii.
Hyōga le obsequia una pequeña sonrisa y de inmediato, con la misma calma con la que se había atrevido a tranquilizar el nervioso agarre de la chica, retira su mano.
–Y no hay nada que perdonar. Me alegra que hayas vuelto.
–A mí también me alegra estar de vuelta.
"Me alegra mucho, Hyōga" piensa para sí la ilusionada joven cuando se pierde en la pequeña sonrisa que el rubio le dedica, una sonrisa que fortalece su esperanza de liberarse de la influencia de Eris a través del amor. "Ahora que estoy junto a ti todo cambiará. Pasaremos tiempo juntos, y entonces tú y yo…"
Los pensamientos de la joven se ven abruptamente interrumpidos cuando el llanto de uno de los niños se deja oír en el patio de juegos.
–¿Qué ocurre? –pregunta Hyōga poniéndose de pie al mirar que Shun está inclinándose junto a Akira quien, caído de rodillas sobre la plancha de cemento, llora a lágrima viva.
Miho y Seiya se han apresurado a llegar junto a ellos mientras Makoto, que está a unos cuantos pasos de Akira y Shun, observa a estos con el ceño fruncido sin dejar de abrazar posesivamente contra su pecho una gran manzana y un par de bolsitas de papel completamente arrugadas.
–Será mejor que vayamos a ver qué pasa –dice Erii levantándose al ver que todos los niños empiezan a formar un corro alrededor de Shun, Akira y Makoto para observar mejor.
–Vamos, niños, vuelvan con la señorita Saori a la mesa –insiste Miho dispersando al curioso grupito de niños que se arremolina en torno a ellos– Anden ya. Todo está bien aquí.
–Los vi desde el otro lado del patio –está explicando Shun a Seiya cuando Hyōga y Erii llegan junto a ellos– Me pareció que discutían. Mientras me acercaba para verificarlo, vi que Makoto tiraba de los dulces de Akira con insistencia para que los soltara. Lo hizo caer cuando él se negó a dárselos.
Seiya, entre sorprendido y decepcionado, se vuelve para mirar al pequeño de ojos marrones.
–Tú no eres así, Makoto –dice– ¿Por qué has hecho eso?
Makoto no dice una sola palabra. Ni siquiera hace por mirar a Seiya. Simplemente permanece tercamente aferrado a su botín.
"Qué extraño" piensa Miho al observar el grosero comportamiento del niño "No entiendo qué le pasa. No solía comportarse así. Y nunca antes había ignorado de esa manera a Seiya, quien es su favorito"
–No seas maleducado, Makoto –lo reprende Miho– Respóndele a Seiya, por favor.
El niño no responde, y no hace por mirarla ni a ella ni a Seiya. Solo sigue mirando a su compañerito caído con molestia sujetando, con más ahínco aún, la manzana y las bolsitas de papel.
Es entonces que los labios de Miho se tensan en un rictus de enojo. Adoptando su típica postura autoritaria, se coloca justo delante de él.
–¡Muy bien, es suficiente de tu mala actitud, jovencito! Escúchame claramente…
Entretanto, Hyōga ni siquiera se entera de que todo eso ocurre porque tiene toda su atención concentrada en Shun, quien está ocupado ayudando y consolando a Akira.
De hecho, desde que el rubio lo vio desde el otro lado del patio, inclinándose para ayudar al pequeño, no pudo apartar los ojos de él pues ahí estaba de nuevo, desplegando una de sus más bellas cualidades: su preocupación por el bienestar de los demás. Cualidad que, dicho sea de paso, Hyōga ama con locura.
–Tranquilo, pequeño –dice Shun, también ajeno a todo lo que está ocurriendo a su alrededor, pues está centrado en ayudar al niño– Estarás bien.
Hyōga ve cómo, cuidadosamente, Shun le sacude el polvo y las piedrecitas que se le han incrustado en ambas manitas y rodillitas, algunas de las cuales al enterrarse con demasiada fuerza en la piel la han hecho sangrar.
–No llores más, por favor –le pide Shun al niño con un tono muy suave mientras, en la palma de su mano, concentra una chispa de su cosmos y lentamente acaricia con ella las manitas y las rodillitas raspadas– Créeme, pronto dejará de doler.
Con ojos sorprendidos, Akira mira el discreto brillo magenta que brota de la mano de Shun, y deja de llorar al sentir cómo ese cálido contacto hace desaparecer el dolor causándole en lugar de ello un hormigueo muy similar a cosquillas. Una gran sonrisa de emoción se forma en su carita cuando levanta la cabeza y mira al chico de ojos verdes quien, a su vez, le sonríe con mucha ternura.
Hyōga está completamente encantado por la manera afectuosa y amable en la que su amigo consuela y ayuda al pequeño, tanto que su mirada celeste se ha quedado prendida de la sonrisa tierna que Shun dirige al niño.
Sintiendo la imperiosa necesidad de acercarse a él, se apresura a inclinarse junto a ellos.
–¿Estás mejor, pequeño?
–Sí, gracias a Shun… ¡Él es maravilloso!, ¿verdad?
–Sí, definitivamente lo es –dice Hyōga sonriendo y mirando a Shun con intensidad.
El chico de ojos verdes no entiende exactamente cómo o por qué pero en ese instante, al escuchar esas palabras y sentir la intensa mirada celeste sobre él, el dolor y el malestar que habían estado apretando duramente su enamorado corazón desde que miró a Erii sonriéndole a su amigo comienzan a disolverse lentamente.
–Gracias… –atina a musitar entonces, ligeramente apenado–, pero no es para tanto.
El rubio por su parte sonríe nuevamente, enterneciéndose ante la modestia de Shun, y de inmediato ese sentimiento dispara en él el anhelo de querer estirar el brazo y tocar esa preciosa sonrisa apenada que le provoca aleteos en el estómago. Desafortunadamente (o afortunadamente) para él su anhelo se frustra cuando ese preciso momento es elegido por Akira para soltar un pequeño suspiro desencantado.
–Ya no duelen –dice el niño deslizando sus manitas sobre sus rodillas–, pero... mis dulces…
–No te preocupes por eso. Mira, yo tengo… –mientras habla, Hyōga acerca el dedo índice a la carita del niño–… este…–toma una gruesa lágrima que está tercamente adherida a su mejilla por culpa de los restos de polvo–… pequeño regalo…
–¡Wow! –exclama Akira cuando ve que, en cuanto Hyōga la toma entre sus dedos, ésta se convierte en una brillante lágrima de hielo.
–…para ti– termina diciendo el ruso entregándole la lágrima hecha hielo.
La sonrisa de Akira vuelve a su rostro al mirar la hermosa y perfecta gotita que brilla sobre su palma derecha como si fuera una pequeña perla blanca.
Shun le sonríe encantado a Hyōga ante el detalle que ha tenido con el pequeño.
–Eso ha sido muy lindo– musita, inclinándose un poco hacía él y rozando con los labios su oreja.
–No más que lo que tú has hecho por él– responde Hyōga, imitando ese suave roce sobre la oreja de su querido amigo, mientras aguanta el estremecimiento que el mismo gesto le causara segundos antes.
En ese momento el rostro de Shun se ilumina con una discreta pero hermosa sonrisa. Ese suave susurro y ese delicioso roce han bastado para que terminen de disolverse por completo el dolor y el malestar que antes lo habían atormentado.
–Ahora, vamos… –dice el ruso al niño– ¡arriba, amiguito!
Cuando ambos ayudan a Akira a ponerse de pie, las manos del rubio no dejan de rozar las de Shun en todo momento, y los ojos verdes de éste no se apartan de los celestes ni un solo instante.
Erii, que ha permanecido en absoluto silencio, solo observando a ambos jóvenes, siente cómo un dolor agudo se clava en su corazón al mirarlos interactuar porque no necesita ser demasiado intuitiva para saber que la forma en la que Hyōga está mirando a Shun es precisamente la forma en la que ella lo ha mirado a él desde el día en que sus caminos se cruzaron; con arrobamiento, de esa manera brillante y luminosa en la que solo un alma enamorada puede mirar.
"No puede ser… Ellos están… Hyōga… Mi querido Hyōga está…"
Le falta el aire y el color de su semblante se pierde completamente. Sumida en un estado de aturdimiento y dolor total, su mente es un mar de confusión en donde las palabras "Hyōga está enamorado de Shun" resuenan con fuerza sin que ella sea capaz de comprenderlas en su totalidad porque, justo en ese instante, Makoto corre a abrazarse fuertemente de sus piernas.
–¡No lo haré! ¡No quiero! ¡No me disculparé! –berrea el niño obstinadamente– Erii, no dejes que me obliguen…
–¿Qué?... –musita con voz rota la desconcertada y aturdida joven, mientras el lloroso niño se aferra aún más a ella– ¿Qué… pasa?
Miho se acerca a ellos sin relajar en absoluto su postura de autoridad.
–Le he explicado que ya tenía su parte correspondiente de frutas y dulces. Y que sí quería más solo tenía que acercarse a la mesa y pedirlo, que no había necesidad de pelear. Le he ordenado que devuelva los dulces de Akira y se disculpe con él inmediatamente. ¡Vamos, Makoto, esta vez no te va a servir escudarte en Erii!
A oídos de Erii, la voz de Miho suena lejana y reverberante. Ella apenas y ha escuchado una que otra palabra, frases inconexas que a duras penas su torturado cerebro comprende. No quiere saber de niños llorosos ni de peleas ni de nada. Todo lo que quiere es marcharse de ahí y no seguir mirando a Hyōga junto a Shun.
Miho, por otra parte, trata de desprender al niño de la rubia sin conseguirlo a pesar de que Makoto se aferra con un solo brazo pues sigue reteniendo tercamente la manzana y las bolsitas de papel con el otro.
–Erii, por favor, ayúdame con él, ¿quieres?... Sabes que no debemos dejar que se comporte así…
Aturdida aún, Erii tiene que hacer un esfuerzo tremendo para contener sus agitados sentimientos.
–Yo… sí, claro… Hablaré con él. Vamos, Makoto…, ven conmigo.
Sin decir más la joven toma al pequeño de la mano y, llevándolo consigo, se aleja rumbo al edificio principal.
Una vez que la puerta corrediza de cristal se ha cerrado tras ellos, Erii lo suelta mientras musita con completa desgana.
–Ve a jugar por ahí.
Sorprendido, Makoto levanta la cabeza para mirarla pues, aunque ya se ha salido con la suya, todavía espera una leve reprimenda por no devolver los dulces y no pedir disculpas. Sin embargo, cuando Erii comienza a temblar de los pies a la cabeza y el niño repara en su semblante tenso y sombrío, pregunta:
–Erii, ¿estás bien?... ¿Qué te…?
–¿No me has oído?... –La voz de Erii es un susurro bajo, quebrado, pero cargado de ira. Y sus ojos negros, llenos de lágrimas, destellan con furia y malevolencia cuando se clavan en los marrones del pequeño– ¡FUERA DE MI VISTA!... ¡AHORA!
Con ojos desorbitados, y completamente asustado, el chiquillo se aleja de ella y echa a correr hacia la sala de juegos cerrando fuertemente la puerta tras de sí.
Es entonces que Erii, respirando con dificultad, se desploma sobre una de las sillas del comedor principal. La imagen que ofrece es bastante parecida a la de un animal herido de muerte en el corazón. Una imagen agonizante. Su pecho sube y baja en rápidos espasmos violentos mientras sus vidriosos ojos negros observan en la distancia, a través de la puerta de cristal, a Hyōga y Shun que siguen de pie uno junto al otro y no dejan de sonreír.
"Ya no… No más… Ya no puedo…"
Entre lágrimas amargas siente cómo su enamorado corazón se encoje de dolor y su esperanza de liberarse de la esencia de Eris queda ahogada por la tristeza, la ira, los celos y la frustración que estallan ahora con toda su fuerza en el centro de su pecho.
Antes, cuando se vio sola, triste, llena de miedo y frustración por no lograr erradicar esa esencia de Eris mediante quitarse la vida, Erii había luchado con todas sus fuerzas contra esa clase de sentimientos oscuros porque sabía que alimentarlos solo serviría para fortalecer esa esencia maldita que la corroe. Pero ahora que se siente tan herida ya no tiene fuerzas para seguir luchando y, sin más, se doblega ante la esencia de Eris dejándole al fin vía libre a la ira, los celos, el odio, el resentimiento, y el afán de venganza que caracterizan a la diosa de la Discordia.
"Al fin dejas de luchar" susurra una sedosa y malévola voz en el fondo de su mente, una voz que se regocija profundamente y vibra llena de exultante emoción "Al fin serás completamente mía de nuevo."
–Siento mucho que hayan tenido que presenciar este incidente –dice Miho, apenada–. Ustedes saben que Makoto es un niño impetuoso y terco, pero muy dulce. No entiendo qué le ocurre…
–Los niños son insolentes y groseros por naturaleza –opina Tatsumi. Mirando a Seiya de reojo, añade: –Hay algunos que gustan de ser bastante tercos, rebeldes y altaneros… Luego crecen y se vuelven unos vagos.
El joven Pegaso, con la espalda recta y las manos en los bolsillos de sus gastados jeans, levanta la cabeza irguiendo el cuello en toda su extensión, y mira a Shun y a Hyōga mientras hace cara de "No sé a quién se refiere este tipo".
–Lo que esos mocosos insolentes necesitan –sigue diciendo Tatsumi, escupiendo saliva y golpeando la palma de su mano con el puño cerrado– es disciplina dura y contundente.
–Lo que necesitan, Tatsumi, es disciplina, sí, pero no a base de golpes salvajes –declara Saori mirando fríamente al mayordomo, recordando los antiguos métodos que el hombre solía utilizar con los niños huérfanos aspirantes a caballeros– Y no quiero volver a oír que te expresas tan mal de los niños ni de Seiya. Discúlpate con él ahora mismo.
–No es necesario que lo haga, Saori –se adelanta a decir Seiya al mirar que Tatsumi aprieta la mandíbula molesto y humillado, pero tiene la decencia de enrojecer, agachar la cabeza y empezar a sudar copiosamente.
–Lo es, Seiya. Tú eres terco y rebelde algunas veces, pero no eres altanero, mucho menos un vago. Y tal parece que Tatsumi ha olvidado muy rápidamente que todos ustedes lucharon, sangraron y estuvieron a punto de morir por salvar mi vida en la batalla de las doce casas. No debe olvidarlo, sino estarles sumamente agradecido tal como yo lo estoy… Tatsumi, ¿qué estás esperando?
–Mi Señora tiene razón –admite muy a su pesar el mayordomo. Inclinando respetuosamente la cabeza ante el joven Pegaso, añade: –Discúlpame, por favor, Seiya.
–No hay problema –dice el moreno, sonriendo y propinándole al hombre una afectuosa palmada en la espalda que lo toma completamente desprevenido y lo lleva a dar de bruces contra el suelo– ¡Hey, lo siento! –se apresura a disculparse y a ayudar al mayordomo a ponerse en pie– No pretendía ser tan impetuoso. Perdona. ¿Estás bien?
Tatsumi murmura un veloz y apenado "Ya, estoy perfectamente" mientras se sacude el polvo y, lo más dignamente que puede, alisa rápidamente las arrugadas solapas de su saco oscuro.
Saori ríe levemente ante la escena. Luego, alzando el rostro, fija sus bellos ojos en Akira que, sentado en la banca de madera que se encuentra debajo del frondoso árbol y rodeado de todos sus compañeritos, sonríe feliz mientras les muestra a cada uno, como si fuera un secreto y preciado tesoro, la pequeña y brillante lágrima de hielo perpetuo que Hyōga le ha obsequiado.
–Lo que esos niños necesitan es cuidado, comprensión y amor –declara con voz suave la encarnación de Athena– Y es nuestro deber dárselos, y nuestra misión enseñarles lo que cada una de esas cualidades puede aportar a sus vidas.
Luego permanece en silencio, pensativa, mientras sigue mirando a los pequeños en la distancia.
–Dime una cosa, Miho… –agrega, después de varios minutos, girándose hacia la muchacha– Dices que Makoto no suele comportarse de esa manera, ¿desde cuando entonces empezó a mostrar esas actitudes egoístas y rebeldes?
–Uhm… pues… –la joven de graciosas coletas frunce el entrecejo tratando de recordar. "¿Cuándo ha sido?... Bueno, Makoto siempre ha mostrado más afinidad con Erii, ella siempre ha sido su preferida. Y desde que ella volvió, él no se aparta de su lado" Los grandes ojos de Miho se dilatan llenos de asombro cuando comprende que la estrecha convivencia de Makoto con Erii es lo que ha influido negativamente en el comportamiento del niño "Pero ¿cómo puede ser?" se pregunta en un instante de duda "Erii es una chica sumamente dulce. Aunque... no puedo negar que desde que volvió ha habido instantes en los que la he notado fría, distante y sombría"– Pues a decir verdad me parece que Makoto empezó a comportarse así desde que…
La frase de la chica queda en suspenso porque en ese preciso momento Saori deja escapar una exclamación ahogada mientras gira bruscamente la cabeza hacia el edificio principal.
–¿Qué ocurre, Saori? –pregunta Seiya inmediatamente, acercándose a ella.
–No…, no es nada –musita, mintiendo– Estoy bien, todo está bien –sonríe recuperando la compostura, pero en su mente hay inquietud y duda.
"¿Qué ha sido eso? Sentí una… presencia. Fue breve, como si una pequeña chispa explosionara. Ocurrió, y luego… se apagó de pronto".
Saori no dice nada de ello a sus caballeros. Esa presencia que ha sentido, esa chispa explosionando de pronto, la intriga e inquieta mucho pero no quiere adelantarse a sacar conclusiones apresuradas y preocuparlos. Y menos ahora que están disfrutando tranquilamente de un momento de paz.
–¿Estás segura?– insiste Seiya, no muy convencido.
–Lo estoy. No te preocupes, por favor.
En ese preciso momento la puerta de cristal del edificio se abre y en el umbral aparece la silueta de Erii Aizawa.
La joven camina hacia ellos luciendo un semblante sereno, en el que no hay rastros de lágrima alguna. Ella sonríe y ninguno de ellos puede imaginar siquiera todo lo que se oculta detrás de su bella sonrisa. Ni Hyōga ni Shun pueden imaginar en ese momento la transformación que ha sufrido el corazón de la joven rubia ni lo que ella siente al mirarlos de pie uno junto al otro.
Cuando ella los mira, una parte de su corazón (esa que aún pertenece a Erii Aizawa, y que sigue latiendo de amor por Hyōga) duele intensamente, como si un hierro candente la atravesara completamente, y palpita llena de celos e ira hacia Shun. Pero esa pequeña parte no es siquiera comparable con el gran resto que ahora es dominado por Eris, cuya esencia sigue siendo una chispa apenas que sigue necesitando fortalecerse y crecer, pero ahora es libre para doblegar la voluntad de Erii a su antojo.
Por eso, para mantener las apariencias mientras crece y se fortalece, Eris mantiene prisionera (y bajo control) el alma y la consciencia de la joven pero hace uso pleno de su cuerpo y personalidad. Es por ello que Saori, aunque ha sentido el estallar de esa chispa, no es capaz de saber qué es lo que ha ocurrido en realidad ni tampoco de ver nada sospechoso en Erii, pues Eris ha sabido cubrir muy bien su presencia parapetándose tras la dulce personalidad de la joven rubia.
–Lamento haber tardado tanto. Estaba hablando con Makoto, explicándole por qué su comportamiento no ha sido bueno. Le he impuesto un castigo, y les aseguro que se disculpará con Akira después de que haya cumplido con él.
Nadie duda de las palabras falsas de la joven. Y Saori, aunque estudia minuciosamente durante unos segundos el semblante y los grandes ojos negros de la rubia, tiene que desistir de su escrutinio al no notar nada extraño.
"Lo has hecho muy bien, mi pequeña… Nadie duda, nadie sospecha. Ni siquiera la estúpida Athena" se burla Eris "Eres taaan dulce que ¿quién puede atreverse a dudar de un ángel como tú?"
–Bien, en ese caso, nosotros nos retiramos –dice Saori. Luego, con una sonrisa, añade: – Seiya… ¿no estás olvidando algo?
–¿Eh?... ¡Ah, sí, claro! –exclama el moreno, tronando sonoramente los dedos cuando recuerda.
Adoptando una expresión seria, Seiya se aclara la voz mientras se planta muy seguro delante de una sorprendida Miho.
–Mañana celebraremos una gala en la mansión. Será una fiesta de beneficencia para recaudar fondos a favor de los niños de este orfanato. Haremos una subasta y… Saori ha dicho que habrá música y mucha comida también –dice Seiya, como si el dato de la comida fuera de vital importancia– ¿Te gustaría venir conmigo?
–¿Qué?... ¿Yo?... –musita la chica de graciosas coletas, más sorprendida aún– Sí…, desde luego –acepta, bastante apenada y sonrojada hasta la raíz del cabello– Me gustaría mucho.
–Fantásti…
–¡Heyyyyyy, Miho y Seiya se gustan! –exclaman a voz de cuello Akira y Tatsuya, quienes se habían acercado sin que nadie los notara y ahora brincotean felices alrededor de ambos jóvenes– ¡Se guuustaaaan! ¡Soooon noviooooos!
–¡¿Qué creeeen que haceeeen aquíiiii?! –exige saber Seiya– ¡Estas son cosas de mayores!
Los niños le hacen muecas graciosas y echan a correr huyendo del indignado chico que, tal como si fuera un niño más, los persigue amenazándolos graciosamente con el puño.
Hyōga y Shun ríen ante la escena, pero la alegría de ambos se esfuma cuando la voz de Saori se deja oír nuevamente.
–Y estoy segura que para Hyōga será todo un placer que tú seas su acompañante, Erii... ¿No es así, Hyōga?
El ruso se congela en su sitio ante la sorpresiva propuesta de Saori. Shun, en cambio, siente un vuelco tremendo en el corazón y su semblante palidece completamente.
–Sí, desde luego… –responde Hyōga, tratando de que su sonrisa no luzca forzada pues no desea herir la sensibilidad de Erii, quien sonríe encantada (y malévolamente en su interior al notar el desencanto de Shun aún cuando éste se esfuerza mucho por disimularlo).
Aunque la sonrisa de Hyōga es sincera, sus palabras son apenas un murmullo resignado. Y es que, desde que supo que se celebraría una gala de beneficencia en la mansión, él había tenido toda la intención de pasarla junto a Shun. Y más ahora, después de haberse demostrado a sí mismo, una vez más, lo enamorado que está de él pues, mientras lo miraba ayudar con tanta ternura al pequeño, no pudo resistirse a estar cerca, a mirarlo y tocarlo. En ese momento supo que no había vuelta atrás y decidió mandar al diablo las amenazas de Ikki pensando en que la noche de la gala sería la ocasión perfecta para hablar con Shun sobre sus sentimientos. Pero este afán de Saori, mismo que no entiende y que lo desespera mucho, ha venido a desmoronar todos sus planes.
Al final del día, cuando la tarde está a punto de morir, todo el mundo comienza a despedirse frente a la reja principal del orfanato. Los niños, uno a uno y luciendo en sus caritas enormes sonrisas, desfilan ante ellos agradeciendo a cada uno la visita y los regalos. Cuando llega el turno de Akira, el niño abraza cariñosamente a Shun, a Hyōga le promete cuidar muy bien de su regalo, a Seiya le hace un guiño burlón, y a Saori y Tatsumi les agradece con una sentida inclinación. Luego, mientras Miho y los niños los despiden agitando sus manitas al aire sin dejar de armar algarabía, Erii contempla con gesto serio a los tres jóvenes y al mayordomo colocarse en parejas a ambos costados de Saori cuando todos echan a andar por la acera rumbo al gran auto negro tipo ejecutivo que aguarda al otro lado de la calle.
–Después de todo, ha sido un día estupendo, ¿verdad, amigos?–dice Seiya, lanzando un suspiro satisfecho, los brazos cruzados despreocupadamente detrás de su cabeza.
Shun, desde el otro extremo, aprieta los labios, gira el rostro hacia la hermosa puesta de sol (mismo que salpica con sus últimas chispas de luz toda la extension visible del mar) y finge que no ha escuchado a Seiya para no tener que responder, pues lleva el corazón dolorido y el estómago hecho un gran nudo. Hyōga, metido en sus propios pensamientos, solo atina a asentir en silencio y sin mucha convicción. Y Saori, mientras Tatsumi se apresura a abrirle la puerta del auto, gira la cabeza hacia ellos.
Mirándolos a ambos tan callados, piensa para sí:
"Siento mucho lastimarlos así pero, ahora más que nunca, presiento que es necesario".
A Hane: Primero que nada, muchas gracias por tu review. Sería genial que consideraras seriamente registrarte, así sabrías por la alerta cuándo se publica un nuevo capítulo ;)
Sobre Flare, pues, como ya he aclarado al inicio, aquí no se sigue la línea de Asgard, así que ella viene a ser irrelevante (además de que en realidad ella estaba interesada en Hagen). En cuanto a June, no se supo nada de ella después de que Shun derrotó a Reda y Spica, así que también queda descartada. No las niego como posibles intereses amorosos en el anime, pero no en esta historia :P
Acerca de la legitimidad de la fábula, uhm, sé que es auténtica, solo que en algunas culturas cambian uno o dos de los tres animales; la liebre es la única constante, igual que el punto de su sacrificio.
Sobre Hyōga y su repentina calentura, verás, en realidad no es algo que él piense "conscientemente", es más bien un impulso, ¿me explico? Ellos son hombres, y adolescentes, es hasta cierto punto lógico que él tenga esa clase de impulsos, ¿no crees? Y más gustándole Shun como le gusta. En todo caso, Hyōga trata de controlarse, no es como si "oh, me gusta, lo quiero enredado en mi cadera YA y eso es todo lo que quiero de él".
Y, por ultimo, lo que señalas sobre Ikki… En realidad en ningún capítulo de los que he publicado hasta ahora ha quedado claro si él conoce o no los sentimientos de su hermano pequeño por Hyōga. Pero "es" Ikki (que cuida de Shun y lo protege y lo conoce como nadie) así que ¿se le puede pasar algo así de importante?... De cualquier manera tengo pensado tocar ese punto en un capítulo posterior, cuando Ikki vuelva ;) *es un tema con mucho jugo y no pienso desaprovecharlo*
Bien, gracias a todos por leer, por los reviews, los favs y los follows. Nos leemos en el siguiente.
