¡Hola! =D

Tengo una buena excusa para no subir el capítulo antes pero no pienso ponerme a escribirlas.

¡Espero que les guste!

Pd: Todas las canciones (y en general cualquier cosa) a la que haga referencia en los capítulos estarán en mi perfil c:


Advertencias:

Omegaverse. Mpreg.


Capítulo III

La mesa te tambaleó un poco y el sonido de un golpe hizo a todos respingar. Armin detuvo su explicación de las graficas, los demás miraron hacia nosotros y lo único que pude hacer fue tragarme el grito que quería soltar. El dolor en la espinilla casi me hizo gemir de dolor mientras contenía el aliento, sintiendo aquel malestar subir y bajar por la zona que había sido golpeada por el infalible tacón de Mikasa. Sin siquiera mirar su rostro supe que ella fingía una cara de consternación ante el ruido que ella misma provocó pero tuve que mirarla con la esperanza de que me dijera qué demonios le pasaba. Solté el aire en silencio al sólo conseguir que me barriera con la mirada. Dirigí la mirada al pequeño beta rubio que esperaba una señal para seguir con lo suyo, hice un gesto con la mano intentando hacer como si nada hubiese pasado y él volvió a hablar en menos de un segundo. Luego de ello las miradas sobre la parte de la mesa donde me encontraba se volvieron hacia él y me di la oportunidad de suspirar para dejar salir el dolor. Sentí una mano colarse a mi rodilla con un tacto suave, tranquilizador, que hizo a mi mente olvidarse del golpe tras unos pocos segundos.

Entonces lo entendí, Mikasa había olido mi aroma en Eren. Habíamos pasado tanto tiempo juntos las últimas semanas que eventualmente él comenzó a oler a mí. Incluso habíamos pasado mi celo juntos -al menos hasta que Bartolomeo decidió gruñirme-, seguramente ya muchos se habían dado cuenta de que había comenzado a cortejarlo y claramente a Mikasa no le había gustado la idea de que lo hiciera. Como alfa tenía un cierto instinto de protección hacia Eren, pues tenían una relación muy cercana más parecida a la de un par de hermanos. A ella no le gustaba si un alfa se acercaba a Eren, a ella no le gustaba si un beta se acercaba a Eren, a ella le agradaba que su olor fuese tan sutil. Mikasa odiaba a quienes podían olerlo. Yo podía olerlo sin problemas, yo era un alfa, yo me había acercado a él. Yo había dejado mi olor en él. Seguramente esperaría la oportunidad perfecta para molestarme en cualquier momento, como hace un momento, pero no me alejaría de Eren. Porque él me había dejado entrar a su vida y ella lo respetaba. Aún así, volvería a darme otro golpe igual cada vez que le surgiera la gana. Volvería a tirar el café cerca de mí y seguramente la próxima vez se aseguraría de que no lo esquivara.

Acaricié la mano de Eren en mi rodilla, haciendo pequeños círculos en ella mientras escuchaba los informes atentamente. Mikasa ni siquiera debería estar en la junta. Era asunto del Departamento Creativo y ella se encargaba de asuntos completamente ajenos a nosotros. Pero, por supuesto, es que nosotros éramos el asunto que le importaba. Una vez dada por terminada la junta ella salió disparada jalando del brazo a Eren y yo me limité a pensar en el yogur para niños que aún había en el congelador. Las ganas de robarlo me hacían agua la boca mientras me decidía entre ir por él o simplemente ir directamente a mi oficina. Lo pensé sólo por un mísero segundo y volví algunos pasos hasta la cocina, sacando inmediatamente el yogur pero al momento de querer abrirlo fue arrebatado de mis manos.

—No, no, no, no, Jean. No pienso darte el último maldito yogur— advirtió Eren abriéndolo antes de que yo pudiese reaccionar.

—Oh, vamos— me quejé acercándome para quitárselo—. Primero me haces adicto a estas cosas y luego me niegas el vicio.

—No me importa, el vicio ya lo tenía yo antes— volvió a alejarlo de mí, pero yo no desistí.

—Eren, acabo de sufrir un ataque de Mikasa, no seas así— me excusé, comenzando a divertirme con la situación.

—Eso es tu culpa por dejarme tu olor— rió él girándose hacia mí mientras su brazo se alargaba lo mayor posible hacia atrás para alejar el yogur de mí.

De pronto quedamos muy juntitos, con nuestras respiraciones mezclándose entre sí. Me encantaba cuando sucedía. Sonreí de lado, disfrutando de su sutil olor aún presente con el mío superpuesto, aunque de cierta manera ambos aromas eran sutiles por igual y lo agradecía porque así me daba el gusto de disfrutarlo sin tener la nariz irritada todo el tiempo. Me encantaba olerme en él. Quizás no le había marcado, quizás no existía un lazo formal. Quizás Eren y yo no estábamos en una relación aún. Pero con el tiempo comenzaba a sentir que era más y más nuestra confianza, que nuestro lazo no formalizado se fortalecía sin verse ante el mundo con una marca en su cuello. Ése lazo que con tan sólo mirarnos un segundo nos hacía entender que lo nuestro funcionaría y pronto mi mente comenzaba a idear un bonito futuro color de rosa. Él mordió su labio inferior levemente mientras miraba a mis propios labios y casi sentí que podría besarlo por primera vez, cuando menos un roce suave roce.

—Ni aunque me sonrías así te daré el yogur— hundió una cuchara en el yogur congelado y sacó un pedacito con una facilidad que me pareció imposible.

—Tal vez lo que esperaba era un beso— me atreví a decir, sintiendo las mejillas acaloradas.

Eren sonrió pero no me besó. En su lugar me ofreció la cuchara con el trocito de yogur congelado. No dudé en aceptarlo, riéndome. Sabía perfectamente que no pensaba besarme, que aún no pensaba pasar a un punto más allá. Aunque ambos lo anhelábamos por igual -y lo sabía porque su mirada se desviaba hacia mis labios continuamente mientras estábamos cerca el uno del otro-, aún teníamos muy presente la idea de querernos por algo más que instinto en un acuerdo silencioso, cada quien en su pequeño infierno, por sus propias razones. Pero es que desde que me olía a mí mismo en él las ganas de besarlo se habían vuelto tan intensas.

—Estaba pensando— habló él—. Que podríamos ir a correr el domingo por la mañana.

—De acuerdo— sonreí, dejando de lado el cosquilleo que mi alfa provocaba al querer liberarse para ir sobre sus labios—. Vayamos a correr.

—¿No interrumpo tu mañana de iglesia?

—Tengo tantos años sin pisar una que siento que mi alma se quemará en el infierno— reí ante su ocurrencia.

—Te llevaré a una un día y absolveré todos tus pecados— prometió casi con seriedad pero siguiendo con el contexto humorístico—. Le pediré al exorcista que sea suave contigo sólo por ser tú.

—Oh, vaya. Que considerado— carcajeé.

Un par de tacones hicieron ruido en el piso acercándose a nosotros y Eren se separó de mí para poder ver de quien se trataba. Annie nos examinó por un momento con su vestido negro pegándose a su figura y las agujas de los tacones clavadas en el piso, haciéndole ver mucho más alta de lo que realmente era. Alzó su taza con desinterés y vació en ella café que la cafetera mantenía caliente. Dejó su bebida por un momento mientras se estiraba en busca de la azúcar y sentí a Eren abrazarme, recargando su cabeza en mi hombro. Ambos mirábamos a la rubia atentamente, sin decir nada. Ella tiró dos cucharadas de la sustancia a su bebida y, luego de revolver haciendo sonar la cuchara en la taza varias veces, nos miró fijamente de nuevo. No habló por largo tiempo e incluso dejó tiempo a Eren de separarse de mí solo para buscar una posición en la que pudiese comer su yogur pegándose incluso más a mí. Pasé una mano a su cinturón y volví a acariciarlo con los dedos, encantado de tenerlo tan pegadito a mí.

—¿Puedo amenazarlo con esto para que me dé un ascenso o me suba el salario, jefe?— cuestionó en un tono de broma que no creí que ella pudiera usar—. Porque oí que habían despedido a alguien de un puesto importante, con un salario que le agrada a mis bolsillos, y este rumor sobre ustedes me lo sé al derecho y al revés.

—¿Mikasa te lo contó?— rió Eren.

—Mikasa fue a gritármelo a mi oficina— corrigió—. Está furiosa… ¿Tendré mi ascenso o no?

—En realidad me encantaría que todos supieran que estoy cortejando a Eren— aclaré mientras ella bebía del humeante café y asentía.

Annie era otra omega exitosa, una omega que había pasado por encima de todo y todos con la misma habilidad que Eren, abriéndose paso en medio de alfas que no pensaban en otra cosa además de marcarla. La diferencia entre ambos era que Annie siempre desprendía un olor a omega que ciertamente me irritaba la nariz y que claramente tenía una tendencia por las faldas y los tacones. Ambos se entendían de cierta manera y como omegas se mantenían al tanto el uno del otro. Miré el cuello descubierto de Annie, revelando su marca blanquecina y cómo la frotaba de vez en cuando. Seguramente estaría sintiendo el disgusto de Mikasa arderle y probablemente sabía que yo estaba cortejando a Eren desde el mismo momento que la alfa se había enterado. Tenían ya unos años juntas pero la marca no tenía ni un año en su cuello. La mostraba contenta, casi orgullosa, dejando al descubierto su cuello y su olor mezclado con el de Mikasa, pues recientemente había dejado los supresores, algo que escuché por medio de Eren el otro día. Al parecer tenían planeado todo.

—Me alegra— confesó antes de dar otro largo sorbo al café.

Antes de que dijésemos algo en respuesta volvió a hacer sonar sus tacones y pronto desapareció con la taza blanca aún humeando. Sentí unos labios pegarse a mi mejilla y unos brazos apretarme más. Resultaba de cierta manera inusual estar tan juntitos pero no me quejaba, de hecho me hacía sentir cómodo, además de que lograba hacer que la irritación de mi nariz por el reciente aroma de Annie desapareciera lentamente.

—Bien, tema de hoy— habló de pronto, olisqueándome—. Qué sería ideal tener.

—Sería ideal tener un beso tuyo— bromeé.

—Sería ideal que me regalaras un Ferrari— bromeó también—. Rojo, por favor.

—Lo siento, sólo hay disponibles en color gris— sonreí escuchando su risita—. Sería ideal no tener a mis padres preguntándome cada semana cuándo les daré nietos.

—¿No quieres tener hijos?

—Quiero tenerlos, pero no por la presión de mis padres— expliqué, sincero—. El momento llegará.

Eren se mordió los labios por un momento, mirándome a los ojos con un leve brillo en su rostro y la sonrisita tímida se estiraba en sus labios con un deje precioso de felicidad.

—Sería ideal…— lo pensó por algunos segundos—, tener un canguro.

—Sería ideal que esta no sea tu lista de regalos de cumpleaños.

—Tienes ocho meses para conseguirlo Jean, Ferrari rojo y canguro australiano— sentenció Eren y caminó hacia su oficina con una risa que volvió a enamorarme no una, sino mil veces más.

¿Cómo es que Eren podía ser tan perfecto y tan humano a la vez? O quizás era simplemente que lo tenía en alta estima o que lo idealizaba debido al enamoramiento. Pero a la mierda la lógica por un rato. Eren era ése ser que podía hacerme débil con una mirada, era ésa persona que no necesitaba de un sinfín de curiosidades para llamar mi atención porque él mismo ya era una curiosidad de por sí. Porque él era un mundo en el infinito, uno cuyas lunas se habían cansado de juzgar. Sencillamente un planeta con una órbita sin la necesidad de un rumbo fijo.

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El sábado por la mañana me levanté con el tono de llamada que había asignado especialmente a mi madre zumbando en mi cabeza. Realmente sentía mi cuerpo pesado y los ojos volvían a cerrárseme involuntariamente. Contesté como pude, deslizado torpemente los dedos en el teléfono. Al ponerlo sobre mi oído la escuché preguntarme cuándo demonios iría a visitarla y mi voz adormilada contestó que no iría hasta navidad, aunque sinceramente no tenía ganas de ir a que me preguntaran lo mismo que cada diciembre. De pronto mi cansancio aumentó al pensar que debía ir, aguantar la misma pregunta mil veces toda la noche y contestar con alguna excusa estúpida cada vez, porque ya no se tragaban la misma. Mi madre repitió la hora que el reloj marcaba en la pared, diciéndome que era muy tarde para estar dormido como si aún fuera un chico de secundaria pero lo ignoré. Joder, ya sabía que era tarde. Pero es que había llegado por la madrugada a casa a seguir terminando trabajo y no pensaba desaprovechar uno de mis malditos días libres. A veces uno necesita recuperar el sueño y ese día era precisamente ese sábado.

—¿Jean?

—¿Sí, mamá?

—¿Vas a traer un omega en navidad?— cuestionó despreocupada.

No. Ésa era la respuesta que quería darle. Pero a cambio contesté un escueto no lo sé. Para ser honesto no quería ni pensar en llevar a Eren a casa de mis padres en navidad sin importar lo mucho que llegásemos a avanzar en los cinco meses que faltaban para ésa fecha. Seguramente sería como llevar un nuevo perro de raza símbolo de estatus y lo que menos quería era que mis padres lo vieran de esa forma. Si llegaba con una marca en el cuello sería visto de esa manera y si no sería una raza por domar. Sencillamente mis padres veían todo en el concepto estatus.

—Hijo, ya no tienes quince años— repitió ella su argumento de toda la vida.

—¿Entonces por qué sigues intentando controlar mi vida?

Y corté la llamada.

No sentía culpa por usar esas palabras con mi madre, ni qué decir del tono, estaba tan cansado que si mi cuerpo pudiese gritar por su cuenta me diría que descansara y punto. Sin la necesidad de oírlo le hice caso y hundí mi cuerpo en las sábanas, cayendo en un sueño profundo de inmediato. Soñé con nada, o tal vez soñé con algo y no lo recuerdo. Sin embargo estaba tranquilo, sin preocupaciones, sintiéndome ligero, descansado. Para cuando desperté ya era medio día pero me sentía relajado, me sentía muy bien. A penas me levanté entré a la ducha, sintiendo el agua tibia darme energías. Mientras comía algo rápido revisé las llamadas perdidas que tenía y respondí un par de mensajes sin dignarme a regresar las llamadas de mi madre. Sin sentir remordimiento por nada.

El teléfono sonó en mi mano y estuve a nada de rechazar la llamada hasta que encontré el nombre Eren Jaeger en la pantalla. Deslicé mis dedos en la pantalla para contestar, dejé el aparato a un lado y activé el altavoz, soltando un suave saludo. Él se limitó a preguntarme si no me había despertado, porque era consciente del inconveniente que me había hecho volver a la oficina por la noche. Hablamos sobre ello por un rato, tomando un tono medianamente serio por un momento hasta que terminamos riendo por una broma estúpida que se le ocurrió a él.

—Mi madre quiere que te lleve en navidad— suspiré luego de dejar de reír—. Bueno, no exactamente llevarte a ti, más bien quiere que lleve un omega pero sabes que tú eres el único.

—¿Qué hay de malo en ello? Conoceré a tus padres si me llevas.

—No quiero, Eren… mis padres son muy superficiales— él se quedó callado por un segundo—. No quiero que te traten como un concepto de estatus social.

—Eso es algo que me gusta de ti— su sonrisa se coló en sus palabras—. Piensas tanto en mis sentimientos. Debo confesar que es un alivio.

Reí, queriendo estirar el brazo para acariciar la mejilla de su inexistente presencia. ¿Cómo podría no pensar en sus sentimientos cuando era lo único que me hacía dar vueltas en la cama cada noche? Eren había sido la única persona capaz de hacerme pensar todo el tiempo en una sola persona. Había hecho que me preocupara por él y que procurara su bienestar sobre todo. De cierto modo, lo admito, el egoísmo que te llega al ser saturado de atenciones sólo por tener un estatus de alfa también formó parte de mi vida diaria. No me molestaba en pensar en los demás, ni me molestaba siquiera en pensar que los demás podían tener problemas también. Pero Eren había chasqueado los dedos frente a mí para llevarme a la realidad en cuanto lo conocí, haciéndome ver tantas cosas que jamás habría visto por mi cuenta. Eren tenía bien puestos los pies sobre la tierra mientras miraba más allá del horizonte y había clavado mis pies al suelo de una manera tan sorprendentemente rápida, por no decir brusca, que me había hecho caer de bruces al mismo tiempo.

—Jean, ¿podemos ir a un lugar juntos? Mañana.

—Por supuesto, ¿quieres ir luego de correr?

Rió con un tono suave.

—No, en lugar de correr— corrigió—. La verdad es que odio salir a correr por las mañanas.

—También yo— declaré.

—Pasaré por ti a las once— anunció y luego de una pausa en la que creí diría algo, se despidió—. Hasta mañana, Jean.

—Hasta mañana— murmuré, sintiendo sus palabras acariciar mis oídos.

El resto de la tarde hice realmente nada. A veces picoteaba alguna botana y veía un programa pero no siempre completo porque la programación era demasiado aburrida como para quedarme embobado con la televisión todo el tiempo. Por ahí de las seis de la tarde decidí encender la PlayStation2 mientras escogía entre los juegos que tenía. Terminé iniciando una vez más la segunda entrega de Hitman, sin poder resistirme al título. Realmente me gustaba ése juego, podría jugarlo horas enteras durante días enteros, aunque me encantaría tener a Eren a un lado diciéndome tonterías como la última vez que jugamos juntos un videojuego.

—Padre Vittorio, creo que todos estamos de acuerdo con que dos personas en un auto como ése no van a confesarse a una iglesia— me quejé al ver el comienzo del juego, en la parte en la que secuestran al personaje.

Pasé las primeras misiones sin problemas, concentrado en ser sigiloso cada vez hasta que me dio por hacer un escándalo a media misión, justo cuando todo parecía ir perfecto. No fue una sorpresa que terminara siendo asesinado en medio de un tiroteo, por supuesto. El resto de las veces lo hice de nuevo, sin importarme las veces que Diana me advertía el peligro que corría al hacer alborotos.

Para cuando me di cuenta ya casi eran las tres de la madrugada, así que dejé de lado la consola y me quité la ropa hasta quedar en bóxers. Dejé la ropa tirada a media habitación dispuesto a ir a dormir pero mi estómago sonó y tuve que ir a revisar si en el refrigerador había comida. Por suerte encontré sobras de lo que había comido ayer, lo calenté y comí sin prisas. También saboreé una cucharada del bote de helado de vainilla que Eren dejó el otro día y después fui a lavarme los dientes. Después fui a tirarme a la cama recordando que los primeros meses viviendo solo hacía algo parecido: jugaba toda la tarde, comía botanas, hacía tontería y media en los juegos, comía sobras del día anterior -o si no iba a comprar algo a una tienda veinticuatro horas abierta-, después iba a la cama sólo en ropa interior y dormía de esa manera hasta que el despertador me hacía levantarme para ir a la universidad. El gusto de esos días no me duró mucho porque el segundo semestre de universidad fue un poco demasiado para seguir con ése estilo de vida y estaba lo suficientemente pegado a la realidad como para entenderlo y corregirlo. Sin embargo los fines de semana a veces me gustaba desvelarme jugando un poco, debo admitirlo.

La alarma sonó en la mesita de noche, demasiado ruidosa para el gusto de cualquiera que se haya desvelado la noche anterior. Azoté la mano contra el aparato varias veces hasta que se cayó y apenas me levanté entré a tomar una ducha, sin preocuparme al salir prácticamente desnudo a vestirme. La ducha me había despabilado un poco pero eso no me impedía bostezar mientras desayunaba un omelette de jamón y queso. Revisé más de una vez en el espejo que no tuviera ojeras, porque cada que tenía en mente una salida con Eren lo primero que saltaba a mi cabeza era mi apariencia. Cuando decidí que me veía bien ante el espejo, y luego de hacer cientos de muecas a mi reflejo, me senté a hacer zapping con la asquerosa programación de los fines de semana. Al final dejé Buscando a Nemo porque me recordó a la vez en la que la vimos juntos con Eren mientras nos repartíamos los diálogos. Había sido tan divertido ver a Eren intentando imitar la voz de Dory que terminé dejando pasar varios de mis diálogos. Cuando casi terminaba la película el timbre de mi teléfono sonó con un mensaje de Eren diciendo que se encontraba fuera de mi casa. Subí al auto rápidamente y en un segundo ya andábamos entre calles.

—Tema de hoy: nuestros padres— sentenció—. Sólo nuestros padres por ahora. No hermanos, no tíos, no primos o cualquier otro pariente.

Asentí recordando a mis padres.

—Empiezas tú.

—Bien— lo pensé un momento buscando qué decir—. Ambos son betas, de esos que por alguna razón logran tener un hijo. La única ascendencia alfa que tienen es muy lejana así que se alegraron de que yo lo fuera. Me colmaron de estudios y desde que presenté se relacionan con gente de alto estatus, así que están obsesionados con ello.

Poco a poco le conté sobre mi relación con mis padres y lo presionado que me habían tenido tantos años. Que me habían obligado a conocer a chicas omegas de toda nacionalidad y que aún ahora me programaban algunos encuentros aún sabiendo que ellas tenían incluso diez años menos que yo. Porque las omegas para los veinte años generalmente ya tenían una pareja, ni imaginar que encontrara una de veintisiete. Por supuesto siempre esperaban que escogiera a una chica. Otra razón por la cual no me gustaba la idea de llevar a Eren con mis padres, quería evitarle cualquier tipo de disgusto por parte de mis padres. Después recordé en voz alta que en uno de esos encuentros acordados había decidido hacer como que me confundían de persona y luego de hacerle creer a la chica que estaba loca había ido a jugar Pacman a una maquinita en un centro de juegos por horas.

—Si me hubieran obligado a conocerte a ti, te habría llevado a jugar conmigo— sonreí, sabiendo cuánto le gustaba jugar Pacman.

—¿Me habrías dejado jugar a mí primero?

—Tú sabes que sí.

Sonrió y poco después llegamos a una catedral que jamás había visitado. Lo miré extrañado pero él sólo suspiró antes de bajar. Me di cuenta de que era su turno de hablar y que tenía algo importante que decir, así que me volví todo oídos. Me jaló de la mano hasta la parte trasera de la catedral y entramos a un pasillo hasta que topamos con una grande puerta que inusualmente no hizo ruido cuando entramos.

Habría bromeado sobre el exorcismo que me había prometido el viernes pero al ver las criptas alzarse ante nosotros contuve la respiración. ¿Qué hacíamos en un lugar así? Eren caminó sin tapujos, ignorando a la poca gente que había por ahí, jalándome con él. Al detenernos eché un vistazo a los espacios de cripta que habían frente a nosotros y leí las placas hasta que encontré una específica Carla Jaeger. Miré a Eren, sin pedir explicaciones, había entendido todo en un instante. De nuevo me había hecho caer de bruces al suelo sin decir una sola palabra. Eren apretó mi mano mirando la placa fijamente un momento, justo antes de hablar.

—Mi madre murió cuando tenía nueve años— comenzó—. Y no he visto a mi padre desde el día que recibí sus cenizas.

Tragué saliva.

—Como ves no tengo mucho que decir sobre ellos.

—Lo siento mucho— murmuré con la voz ahogada.

—Está bien— me miró con una sonrisita—. Es cierto que jamás podré superar la muerte de mi madre pero las cosas suceden por algo… O eso me gusta pensar a mí.

Dejé el silencio apoderarse del ambiente, aunque no era uno especialmente incómodo, no sabía que decir al respecto.

—Mi madre hacía el mejor pay de queso del mundo— comentó.

—¿Cómo era ella?— me atreví a preguntar.

—Era muy cariñosa— revolvió su bolsillo un segundo hasta que sacó una pequeña foto de ella, con un parecido enorme al de Eren y sus ojos eran idénticos—. Como la madre omega que era me sobreprotegía y admito que a veces peleaba con ella por ello pero siempre que soltaba un poco mi mano yo me aferraba más a la de ella. La quería muchísimo... La quiero muchísimo.

—… Ahora me siento mal por estar frente a tu madre, en una iglesia, luego de haber jugado Hitman hasta las tres de la madrugada— admití, realmente culpable.

Eren no contuvo su risa y me abrazó, acomodando su cabeza en mi pecho.

—Mamá, este es Jean. Es la persona a la que quiero— dijo en voz alta, mirando hacia el pequeño lugar donde estaría su madre—. Puedes estar tranquila, sé que lo que menos querías tu era que estuviera solo y ahora he encontrado a ése alguien.

Sonreí, abrazándolo suavemente también.

—¿Crees que le hubiera agradado?

—Claro, a ella le encantaban los caballos.

Y reí. Lo único que pude hacer fue reír al compás de sus dulces carcajadas.

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Tiré un poco más de agua sobre Bartolomeo, enjuagando el jabón que aún había sobre su lomo mientras él movía la cola gustoso de darse un baño. Eren le tallaba suavemente las patas delanteras una por una, limpiándole la tierra que había quedado en sus patas luego de correr por tanto tiempo. Incluso nosotros habíamos terminado llenos de tierra pero eso importaba nada con lo divertida que había sido la tarde entera. Luego de pasar tiempo en las criptas hablando con las cenizas de la madre de Eren habíamos decidido volver, ir a casa de Eren y sacar a Bartolomeo a pasear a un parque algo alejado de la ciudad, donde podía correr todo lo que quisiera mientras perseguía a los pájaros que había por ahí o, en su defecto, a las ardillas. Habíamos jugado con él y cuando Bartolomeo se distrajo con otra ardilla Eren y yo estuvimos correteándonos un rato, aunque siempre nos dejábamos atrapar a propósito.

—¡Bartolomeo!— se quejó Eren a carcajadas cuando el perro se sacudió entre nosotros.

En cuanto Eren le escurrió el corto pelaje y estuvo ya sólo húmedo, Bartolomeo salió corriendo directo a restregarse en la alfombra de la sala. Una vez se sintió satisfecho corrió a recostarse en su enorme y mullido cojín, donde dormía cada noche. Nosotros nos secamos lo poco que habíamos terminado mojados y nos dejamos los zapatos descalzos. Eren se acercó al estéreo, donde conectó el teléfono y escogió algunas canciones. Pronto comenzó a sonar una que reconocí con una sonrisa. A Eren le gustaba mucho un cantautor sueco que escribió muchas de sus canciones entre los cincuentas y los setentas. Su nombre era Olle Adolphson y ciertamente sus canciones eran muy buenas. Trubbel, que se escuchaba ahora en la voz del sueco, hablaba de los problemas de los hombres, sus decepciones y derrotas. Simplemente eso. Aunque no le quitaba el buen gusto que tenía a la versión.

—Bailemos, Jean— murmuró acercándose a mí.

Tomé su cintura con una mano, él posó una de las suyas en mi hombro y las manos sobrantes las entrelazamos. Entonces comenzamos a dar vueltas por el salón, sintiendo la alfombra cosquillearnos los pies en cada paso. Nuestra mirada fija en los ojos del otro, una sonrisita de enamorados compartida, un sinfín de cosas que nos decíamos únicamente con estar juntos. Una burbuja que se convertía en un mundo mientras ambos estuviésemos juntos, un mundo perfecto, en el que podíamos ser los dos tontos enamorados que para entonces ya éramos. Las canciones seguían y seguían entre versos en sueco, los instrumentos acompañando la voz de Adolphson y nuestros pasos torpes seguidos por nuestra concentración sobre el otro. Los ojos verdes de Eren se iluminaban felices. Había aprendido a leerlos y eran lo más bello que había leído alguna vez. Incluso estaba seguro de que sería lo más bello que leería jamás sin importar qué más pudiere presentárseme.

—Te quiero, Jean— murmuró en cierto punto, deteniéndose para acercarme con los brazos en mi cuello.

—Y yo te quiero a ti, Eren— contesté con el mismo tono, con nuestras narices pegadas la una a la otra.

Sonreímos, nos acercamos como si toda la vida lo hubiésemos hecho de la misma manera y nuestros labios se juntaron en un beso. Suave, cariñoso, con preciosos sentimientos de por medio.

Un beso perfecto.


¿Qué tal? ¿Les gustó? ¿Sí? ¿No?

¡Espero que sí! c:

Realmente muchas gracias a quienes quienes han leído la historia, dejado favs, follows y comentarios. Si eres alguien que ha hecho algo de eso entonces eres de esas personitas que siempre me animan a seguir escribiendo cada vez más aún si eres un lector fantasma.

De nuevo, muchas gracias a todos.

Mis mejores deseos,

ChickenBrown.