Semanas más tarde, las muertes parecían haber cesado por lo que Akira cada vez dudaba más de la ciencia. Habían habido varios casos más de muerte, pero ningún sobresalto antemortem, término que había acuñado el doctor para describir aquellos comportamientos anormales. Se quemaban a diario varias mujeres acusadas de brujería hasta convertirse en algo casi normal.

El doctor seguía con sus investigaciones y Takahashi Hana lo visitaba continuamente ayudándolo incluso en la creación de medicamentos. Había seguido la creencia científica del doctor y había dejado atrás la locura del misticismo. Sin embargo, el pueblo no parecía entrar en razón.

Pasaron meses y Akira comenzó a tener una relación con Hana, se había ganado el corazón de la mujer y el de su hijo.

El pueblo sufrió un déficit de población provocado tanto por la quema de mujeres como por la muerte de estas. La gran mayoría era masculina y las mujeres escaseaban en la población. El número de habitantes se había reducido de miles a cientos.

La situación empeoró, Akira no lograba encontrar causa a las muertes y el desprecio hacia su persona crecía, así como los insultos por parte de los pueblerinos.

Los más jóvenes habían sido internados en el instituto, protegiéndolos de la locura.

Un día mientras examinaba junto con Hana el último cadáver, la mujer se empezó a encontrar mal. Su vista se perdía y cayó de bruces contra el suelo. Akira dejó el bisturí y corrió hacia ella. Esta yacía en el suelo, con la tez blanca tornándose rápidamente a un amarillo bien conocido por el doctor. Sabía lo que se avecinaba.

La depositó sobre una camilla apresuradamente, inyectando le medicinas y vitaminas, así como ungüentos, pero no mejoraba. Mientras este rebuscaba entre la despensa algo que pudiese salvar a su amada se escuchó un golpe que provenía de la camilla. Akira se giró atónito y vio a Hana contorsionada mirándole a él directamente.

El doctor se acercó a ella, sin saber cómo reaccionar, había visto ya demasiadas muertes para saber qué venía ahora:

-A...kira. Son más jóvenes- y después de decir esto sonrió mostrando sus dientes y cayó en la camilla.

El doctor se acercó a ella, temblando, no pensaba que esto podía estar pasándole. La había perdido. Había perdido a su único amor, a la única persona que confiaba en él. Estaba perdido.

Al poco tiempo el pueblo se enteró de la muerte de la mujer y culparon al doctor.

¡Él es el culpable de todo!

Siempre mueren cuando él está presente

¡Es un brujo!¿ No veis todos esos mejunjes que tiene?

¡Merece morir!¡Así acabarán las muertes

El doctor, aterrado, huyó a su clínica tomando lo necesario para salir de allí, de aquella locura de pueblo. Llevando consigo al pequeño Takahashi Yuki.

Días más tarde se encontraban en medio del bosque que separa la Villa del pueblo más cercano.

Las muertes en el pueblo aumentaban cada vez más y llevaba más rápido a los hombres que quedaban a la locura, juzgándose unos a otros. La raza femenina estaba casi exista sin contar las jóvenes internadas en el instituto, aquellas que no intentaron huir.

El doctor y Yuki llegaron a otro pueblo donde llegaban noticias de la supuesta plaga ocasionada por las brujas del pueblo vecino y no tardó en quedar desierto. Akira seguía escondido en una pequeña casa de aquel pueblo fantasma hasta que un día alguien llamó a la puerta.

El joven Yuki corrió a abrir la puerta mientras Akira le gritaba que no lo hiciera. Todo fue en vano: este presenció cómo le clavaban un puñal al pequeño dejando su cuerpo son vida sobre la madera. Lo siguiente que pasó sucedió muy rápido.

Años más tarde no quedaba nadie vivo en aquella villa, siquiera en los alrededores. Todo se había inundado de un silencio aterrador. Los cuerpos de los antiguos habitantes yacían sin vida sobre la tierra, la madera, la hierba. Estaban por todas partes. La putrefacción y el olor a sangre contaminaban el aire.

El silencio, de pronto, se vio irrumpido por varias pisadas despreocupadas. Sonaban a tierra mojada por la sangre.

-Vaya destrozo hemos ocasionado-Profirió una voz juguetona.

-Sin duda, esto no le va a gustar a Padre- añadió otra tras un leve bostezo.

-Deberíamos abandonar la zona, antes de que vengan a por nosotros- Propuso una tercera voz, más sería y sensata.

-Vaya, yo que me estaba divirtiendo- se quejó otra voz más suave, casi en un susurro- Nos hemos quedado sin diversión.

-Quizás aún siga la fiesta- Añadió la primera voz dirigiéndose hacia una casa aparentemente vacía.

-¡Que siga la caza!- aventaron dos o tres a la vez.

Eran varias voces. Varias pisadas que se dirigían hacia la casa. Aún quedaba vida ahí. Intentado protegerse. Intentando no respirar. Pero los latidos del corazón podían ser escuchados por todo el campo de batalla.