Disclaimer: Los personajes de Twilight no me pertenecen a mí sino a su creadora Stephanie Meyer. Yo solo los tomo prestados por diversión para mí historia, la cuál completamente mía.
Capítulo 3
Las horas pasaban lentamente para Bella que en vez de fijarse que estaba cenando buscaba algo con la mirada. O más bien a alguien. Los murmullos y risas de sus compañeros de trabajo iban y venían en la mesa. Estaban tan absortos en sí mismos que ni cuenta se habían dado de que ella no participaba en la conversación. Mejor así, pensó divertida.
Por nada del mundo quería que descubrieran a quien buscaba con la mirada y por qué. En esa empresa nadie sabía guardar secretos. Excepto por Jesica, quien le había demostrado que era una persona confiable y prudente. Sin embargo, no quería arriesgarse.
—¿Bella?
—¿Sí? —volteó.
—¿Crees que podrías acompañarme al baño? —preguntó Tanya McKinley, su compañera de piso, y otra de sus buenas amigas.
—Claro —sonrió Bella.
Se levantó con elegancia hasta donde estaban los sanitarios, y ahí, cerca de una de las mesas donde cenaban los ejecutivos más importantes lo encontró. Edward estaba en la última mesa del lado izquierdo acompañado por un montón de empresarios a su alrededor. Había una mujer muy hermosa que lo acompañaba a su lado, y que parecía ser su madre por la edad que le calculaba. Tal vez tenía unos cuarenta o cincuenta y tantos. Al otro lado había otra mujer muy pegada a él que parecía ser su pareja, o al menos su amante, pero Bella sabía que una de las dos cosas debía ser. Suspiró con decepción.
—¿Qué sucede? —inquirió Tanya.
—Nada —masculló—. Solo intentaba localizar el tocador.
—Ahí está —resopló la otra—. Ya te lo había señalado.
—Disculpa —masculló Bella.
—Ya —sonrió tranquilizadoramente restándole importancia al asunto—. ¿Ya visto que guapo es el jefe? —Bella abrió los ojos de golpe, sorprendida.
—Eh, sí... creo.
—¿Qué significa eso?
—¿Qué cosa?
—Como que crees que es apuesto —dijo Tanya—. ¿Nunca lo has visto? Es hermoso —suspiró endiosada.
—Sip. Lo he visto, pero no me parece la gran cosa, quiero decir que si es muy guapo, pero no creo que sea mi tipo —enarcó una ceja—. Además tiene dinero y yo no.
—Eso que importa, Edward no se fija en la clase social de las personas —refutó.
—¿Edward? —dijo Bella—. ¿Desde cuando tienes tanta confianza como para llamarlo por su nombre? —Bromeó Bella, sin embargo Tanya se puso algo pálida.
—Eh yo, solo lo llamo como me es más corto —dijo—. Por supuesto que cuando estoy delante de él lo llamo Señor Cullen.
—Claro.
Lejos de allí, Edward estaba intentándo no dormirse al oír hablar a los hombres que tenía enfrente, llevaban más de una hora hablando de contratos, negocios y planificaciones. Si oía aunque sea una vez más sobre números o estadisticas iba a explotar.
—Creo que serán una buena opción. ¿No lo crees, Ed?
—¿Hmm?
—Hablabamos de la exportación a México a Estados Unidos, ¿recuerdas? —dijo su madre—. Lo del azúcar.
—Ah, sí. Claro.
Siguió buscándo con la mirada algo en qué posar su atención, peo no encontró nada hasta que captó a lo lejos un vestido color morado muy atractivo ¿De quién se trataba?
—Enseguida vuelvo —dijo levantándose de su asiento para contemplar mejor a la muchacha que llevaba ese vestido, se centró en varias personas que lo saludaron y les devolvió el saludo con cordialidad forzada, su objetivo era encontrar a aquella chica, y de ser posible, averiguar quién era. Porque no recordaba haberla visto en las instalaciones de su empresa Caminó en dirección recta hacía los tocadores donde la había visto salir acompañada de una rubia que le pareció conocida, y a la cual ignoró completamente.
La rubia se desapareció de pronto dejándola sola en medio de la pista, se le había caído uno de sus pendientes y ahora estaba recogiéndolo.
—Hola —dijo cuando estuvo cerca de ella, la muchacha, que hasta ese entonces había estado absorta en su pendiente se volvió para mirarlo, y casi se le para el corazón al saber a quién tenía adelante suyo. Edward lo notó y sonrió de lado con satisfacción—. Seguro eres hija de algún empresario importante, pues nunca te había visto aquí —le tendió la mano como todo un caballero—. Soy Edward Cullen.
—I-isabella Swann.
—¿Swann? —torció la boca—. No conosco ese apellido.
—Es que no soy hija de ningún empresario —explicó—. Soy secretaria de su empresa. Trabajo en el primer piso, en el sector B.
—¿Sector B? Pero, sí —todo pareció tener sentido de pronto—Tu..., ¿de donde saliste?
—Un amigo me consiguió el empleo.
—¿Un amigo? ¿Que clase de amigo? —inquirió.
—No lo conoce —dijo Bella—. Señor Cullen, p-para mí es un placer ayudarlo —susurró nerviosa—. D-de veras, sé que es el hijo del dueño. Y el futuro presidente y...
—Así es —dijo Edward.
—Felicidades —dijo mirándolo a los ojos—, espero que todo salga bien en las votaciones. Todos hablan de su capacidad para dirigir esta empresa, es impresionante. Es usted todo un prodígio.
—Muchas gracias, Isabella.
—De nada, tengo que irme, con su permiso...
—Espera —la detuvo. Bella miró esa mano masculina de finos dedos largos que se cerraban alrededor de su brazo, estaba segura que se desmayaría cuando la soltara—. ¿Porqué nunca te he visto antes?
—No lo sé —dijo—. Tal vez no encontraba nada interesante por lo que mirarme.
—No lo creo —sonrió seductoramente—. Porque esta noche acabo de encontrar lo más interesante que puede a ver —la ojeó descaradamente de arriba a abajo, y Bella sintió que todos los vellos de su cuerpo se erizaban.
—Señor Cullen —murmuró—. Es usted muy amable —estaba segura de que su sonrojo ahora debía estar pasando de rosado a rojo vivo—. Muchas gracias.
—A tí —respondió Edward.
—¿A mí?
—Por haber asistido —asintió—, hiciste de esta noche la menos aburrida que he tenido en años.
—¿Es en serio?
—Solo espero verte de nuevo y pronto —sonrió—. Adiós.
—Adiós —farfulló atonita. Miró su ancha espalda alejarse, preguntándose si lo que acababa de pasar no era un sueño. Luego de caminar hasta la mesa sus amigos la recibieron con una sonrisa, todos excepto Tanya que de pronto se había vuelto más huraña que de costumbre, y no tenía ni idea de porqué.
Edward vigilaba a Bella a la distancia, como esperándo el momento justo para volver a acercarse. Su atractivo lo había llamado a lo lejos, sin saber como ya se encontraba siguiéndola y leyéndo sus gestos corporales como si de un libro se tratara. Por lo que podía ver, ella se estaba por ir, porque se había levantado y estaba saludando a cada uno de su compañeros en la mesa.
—Creo que no estoy sintiéndome muy bien —dijo de pronto levantándose de su mesa—. ¿Te importa si me retiro antes? estoy algo cansado —le pidió a su madre en tono de súplica, Esme solo negó con la cabeza.
—¿Quieres que yo me encargue de todos? —inquirió. Edward asintió con un puchero.
—Sé que podrás hacerlo —pegó sus manos a mano de súplica—. Por favor —murmuró poniéndo los ojos de cachorrito que hacía de niño. Y que siempre lograban convencerla.
—Ash de acuerdo —resopló—. Ya sé de quién aprendiste esos trucos.
—De tí —saltó una ronca y pesada voz masculina—. ¿De quién más sino?
—Padre —contestó Edward—. Bienvenido.
Carlisles Cullen era un hombre de unos cincuenta y tres años, alto, rubio y esbelto. Tenía un atractivo singular, el cuál claramente había heredado su hijo.
—¿Cómo has estado? —preguntó a su hijo.
—Muy bien, ¿y tú?
—Excelente —sonrió—. Esme.
—Carlisle —saludó atenta—. Gusto en verte, ¿estás de viaje de negocios?
—No realmente. Me tomé una especie de vacaciones ahora que veo lo que Edward está haciéndo con mi empresa —dijo—. Lo cual es un trabajo estupendo.
—Muchas gracias, papá.
—De nada hijo, te lo has ganado —dirigió su vista a la mujer mayor que era su ex esposa—. Que tal si nos ponemos al día sobre nuestro hijo, Esme —extendió su gracil y elegante mano invitándola a bailar, a lo cuál Esme aceptó gustosa.
—Me parece estupendo —aceptó su mano. Edward vio que sus padres se alejaban hacía la pista de baile, cosa que aprovechó para escabullirse y salir del hotel para ir tras Isabella, estuvo a punto de lograrlo hasta que alguien lo interceptó cortándo su paso.
—¡Eddy! —era Irina—. ¿Piénsas dejarme aquí, sola? —hizo un puchero infantil ¡Maldición!
—Estarás con mamá —sugirió.
—¡Eso no es lo mismo! —protestó enojada—. ¡¿Porque siempre te vas y me dejas plantada?!
—Cierra la maldita boca, Irina —susurró con los dientes apretados—. No hagas un escándalo.
—¿Un escándalo? ¡Hablo en serio! ¿Tienes a alguien más en tu apartamento? Eso ¿verdad? —Edward se sobó las sienes.
—Si fuera así no tienes nada que objetar —dijo Edward—. Me voy y nos vas a impedírmelo.
Sin más se fue de ahí dejándo a la colérica mujer con la palabra en la boca, buscó a Isabella con la mirada, pero no la encontró. De seguro había cogido un taxy y ya estaba de camino a su casa.
—Maldición —masculló enojado. Salió y buscó a Bella con la mirada, pero no la encontró ni en la salida ni en la autopista. Caminó con paso apresurado. Debía encontrarla, sino solo Dios sabía cuando volvería a verla.
La vio a la orilla de la acera del frente e hizo ademán de cruzar la calle, ella pareció reconocerlo luego de achicar la mirada un poco y hacerle seña al chofer de que esperara.
—¿Señor Cullen? —
—Quería preguntarte si —susurró, buscándo las palabras correctas—, querías que te llevara. Digo, para... que no pagues un taxy.
—Ah, no pago. Es la limusina de mi tía —dudó un momento sin saber que más decir—. Pero creo que podría dejar que me alcanzara de todos modos...
—Genial —le hizo seña al conductor explicándole la situación. Este no pareció muy convencido ya que tenía ordenes específicas de su jefa de traer sana y salva a Bella, pero al observar su cara sonrojada no pudo negarse—. Vamos —animó.
Al poco tiempo de que la limusina se marchara un joven de nomás de veintiun años se acercó para entregarle en las manos las llaves de su fabuloso Laborghini Murciélago Tuning color negro. Bella se quedó boquiabierta, era un auto extremadamente lujoso e increíble.
—Te ayudo a subir —dijo al ver la estupefacción de la chica.
—Guau —susurró Bella—. Es... hermoso.
—Lo sé —sonrió—. Es mi bebé favorito.
Arrancó el poderoso motor con un chirrido y entró en la autopista. Luego llegaron a un cruce donde habían varios semaforos, y en lo que quedaba de espera se pusieron a conversar. La charla se alargó tanto que sólo notó que la luz había cambiado de rojo a verde cuando un auto de atrás le tocó el cláxon para que avanzara.
La charla estaba resultando de lo más amena, al menos para Bella que se veía bastante animada y paraba de conversar, Edward no recordaba cuando fue la última vez que se rio de esa manera con alguna mujer. Las únicas veces que recordaba eran los momentos felices que había vivido con su esposa, pero luego de eso todo eran imagenes borrosas.
Ahora que estaba ahí, con una muchacha que solo conocía de nombre, y que no sabía absolutamente nada de él ni él de ella, aun así se dio cuenta de que tal vez nunca volvió a reírse sinceramente con nadie después de la tragédia de su esposa. En donde no pensó que realmente volvería a sonreír.
—Sí —Cerró los ojos como recordándo algo—. Fue delicioso.
—Muy delicioso —sonrió.
—Tanto, que me chupé los dedos luego —rio—. Amo el chocolate.
—Yo también —confesó él.
—¿Y la crema le gusta? —preguntó.
—Mucho. Y las fresas.
—¡Oh! Las fresas son mi debilidad. Estoy segura de nada me hace más feliz que comerme un buen tazón de fresas con cremas.
—¿Es en serio?
—Sip —dijo—. Aunque si me dan a escoger entre las fresas o la Lasaña elijo rotundamente la Lasaña.
—Estamos iguales —dijo Edward.
—Tiene usted muy buenos chefs. Jamás olvidaré la comida que sirvieron esta noche —sonrió emocionada—. Gracias por invitarme a la fiesta. La pasé de maravilla.
—De nada, pero yo no te intivité —ella parpadeó confusa y él se explicó—. No directamente. Mi secretaria fue la que envió las invitaciones a orden de uno de nuestros principales socios.
—Sí, eso lo sabía —murmuró—. Gracias de todos modos.
—No hay de qué.
Se paró en una gasolinería a cargar combustible y compró dos latas de cerveza para el camino de regreso. Le pasó una a ella que terminó aceptándola más por educación que por otra cosa. El silencio reinó dentro del coche por largos minutos, pero no era un silencio desagradable. Aunque prefería oírla hablar de sus cosas personales y anécdotas, pensó. La comtempló por el rabillo del ojo, miraba atenta las luces por la ventanilla, como buscándo algo en particular, sin embargo no sabía que podía ser.
—Gracias por el paseo también —murmuró—. Ha sido una velada completa.
—Me alegra que te gustara. Tal vez podríamos salir en otro momento. Ya sabes, sin nada que tenga que ver con trabajo —ella parpadeó incrédula. ¿Había oído bien? ¿Su jefe el increíble Adonis que le encantaba la estaba invitándo a salir? ¡Debía ser una broma!
—¿Es en serio, señor?
—Si. Y dime Edward.
—Edward —dijo dudosa. Abrió la puerta del auto luego de que él quitara el seguro—. Espero verlo pronto —comentó.
—Este es mi número —le extendió una pequeña tarjeta plateada donde estaba su número de teléfono con el nombre de la empresa. Bella la tomó con dedos temblorosos—. Que descanses, Isabella. Fue un placer compartir este momento.
—Igual —le regaló una tímida sonrisa, Caminó hasta la entrada de la mansión y tocó el portero eléctrico para que le abrieran las rejas. Si lo que acababa de pasar era un sueño Bella no quería despertar nunca.
Y tal vez si empezaba a nacer un arco iris al final del camino.
Holis! Tercer capítulo, es tooodo para ustedes por ser tan buenas conmigo. Mil gracias por los hermosos reviews (me puse re feliz cuando los leí) y gracias a los favorites y follows. Nos leemos mañana con el capítulo 4.
Sip, actualizaré súper pronto porque estoy muy agradecida con ustedes
Hasta mañana ;P
LadyWriterMine
