Awake III: Victorious Dream
Era el día más esperado por aquellos entes supremos. El día en que, finalmente, su comandante, el rey de reyes, ascendería a su trono, nuevamente. Tantos siglos de dormir, confinados, dejando el mundo en manos de una diosa incompetente, como solía decir Hera. Aquel día marcaba el principio del dominio de los dioses.
Chipre.
Seiya permaneció inmóvil, con los ojos muy abiertos, por la sorpresa. Esos seis individuos no eran para nada ordinarios, no, porque sus presencias eran tan imponentes que el joven casi se sentía intimidado. No era para nada como estar al lado de Saori que, a pesar de ser una diosa, no despedía esa inmensa energía, como si el mismísimo universo estuviera dentro de ella. Lo más interesante era que, a pesar del gran poder que era obvio poseían, vestía ropas civiles y se veían bastante "normales". Pegaso intentó preguntar por sus identidades, pero de su boca no salieron más que balbuceos sin sentido.
– He esperado tanto tiempo el volverte a ver, hermano mío, – dijo entonces una mujer, la de cabello castaño rojizo. La mujer dio un paso adelante y tomó la mano de Seiya, quien no pudo reaccionar – amado esposo.
– Y-Yo… n-no – balbuceó Pegaso.
– Es normal que no nos recuerdes, padre – dijo un muchacho, de cabello azulado – Después de todo, parte de tu espíritu aún se encuentra cautivo dentro del báculo de Athena.
– Oh, gran comandante nuestro – dijo una joven rubia – Me apena verlo así, tan débil, tan vulnerable, atrapado dentro de esa impura consciencia humana.
Seiya sacudió la cabeza un par de veces, tratando de enfocarse en la situación en la que se encontraba. Se soltó bruscamente del agarre de Seika y se colocó en guardia. Finalmente, parecía que Pegaso despertaba de su letargo.
– Ustedes… ¡¿quiénes son? – preguntó con voz potente.
– Por favor, acepte esto, mi señor – dijo entonces una chica de cabellera plateada, presentando ante Seiya un gran cofre de oro y plata, con el símbolo de un relámpago.
En cuanto Seiya posó sus ojos en el cofre que yacía ante él, éste se abrió y, en un instante, las piezas de una brillante armadura volaron y rodearon el cuerpo del Pegaso. Estaban hechas de oro, de un oro mil veces más resplandeciente que el de las armaduras de los santos dorados de Athena. En su espalda aparecieron unas inmensas alas de oro y plata, su cabello castaño creció hasta más abajo de sus hombros y en su mano izquierda sostenía un relámpago blanco. Seiya abrió los ojos, que brillaron con intensidad y, entonces, un dejo de astucia se pudo percibir. Su capa ondeó cuando dio un par de pasos para acostumbrarse al gran peso de su Kamei.
– Señor Zeus… – dijo Daichi, el joven de cabello verde, cuya verdadera identidad era la del dios herrero, Hefesto.
– ¡Idiotas! – exclamó Seiya, con voz potente, dejando sentir el poder de su cosmos – Ya dejen de comportarse como si fueran simples humanos. No es momento de perder el tiempo, es hora de regresar al Olimpo.
Los seis jóvenes se miraron y sonrieron. Sus propias armaduras sagradas cubrieron sus cuerpos. Seiya entonces se dio cuenta de que, de pronto, no podía controlar el peso de su Kamei, pues cayó de rodillas al suelo, sintiéndose mareado.
– La consciencia de este chico…
– Ese santo de Athena… – dijo Deméter, frunciendo el ceño – no puedo creer que Zeus aún no sea capaz de controlar ese cuerpo por completo.
– Recuerden que el inmenso espíritu de Zeus no pudo ser sellado sólo dentro de su Kamei – explicó Afrodita – Una pequeña porción de su alma quedó dentro del báculo de Niké, que le fue entregado a Athena cuando dejó el Olimpo.
– Athena, esa mocosa impertinente… – espetó Hera, apretando los puños.
– No te pongas así, Hera – dijo Seiya, con una sonrisa perversa – Mi pequeña hija aún puede sernos de utilidad – la tomó por el mentón – Será mejor que regresemos a nuestro hogar, ya que tenemos mucho que hacer – y la besó – ¡Regresemos al Olimpo y reencontrémonos con nuestros hermanos, los Grandes Olímpicos!
Y dicho esto, los siete desaparecieron de la isla, elevándose hacia el cielo como si se tratara de estrellas fugaces.
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Grecia
Star Hill. Aquel sitio sagrado, reservado para el Patriarca, aquel sitio donde Shion había perdido su vida a manos de Saga. La suave brisa de la noche griega acariciaba el rostro de los caballeros dorados, reunidos en la colina, precedidos por Dohko y Shion, que contemplaban atentamente el cielo, como esperando que algo aconteciera.
– ¿Qué estamos haciendo aquí? – preguntó Aioria a su hermano mayor. Pero antes de que Aioros pudiera responder, un fuerte viento sopló en la colina, y entonces Dohko dijo:
– Está a punto de suceder.
Un remolino dorado se formó enfrente de ellos y la figura de una mujer empezó a materializarse, de forma translúcida. Tenía el aspecto de una mujer madura, de largo cabello púrpura, lacio. Sus ojos azules estaban llenos de calor y, para sorpresa de todos, vestía la imponente sagrada armadura de Athena.
– Tal parece que yo no era la persona que esperaban – habló la mujer, con voz firme.
– En realidad… es usted, no hay duda – dijo Shion, arrodillándose ante la mujer; lo mismo hizo Dohko. La mujer sonrió y miró a los demás santos.
– Este lugar no ha cambiado nada – volvió a hablar ella – Lamentablemente, en mi época combatiendo, este recinto sagrado también estaba destrozado – todos guardaron silencio – Hace 400 años pensé que, con nuestros sacrificios, la paz en la tierra sería eterna, sin embargo, fui ingenua, es por eso que de nueva cuenta mis reencarnaciones han tenido que sufrir tanto.
– ¿Qué… has dicho? – balbuceó Milo – ¿Quién…? Esa armadura sagrada… – la mujer sonrió.
– Lo lamento, aún no me he presentado. Yo soy la Diosa de la Guerra y la Sabiduría, soy Athena.
– ¿A-Athena? – repitió Aldebarán – Imposible… esa apariencia… Tú no…
– Es cierto, santo de Tauro – la mujer avanzó hacia Aldebarán – no me parezco a la diosa que ustedes protegen, porque yo soy la diosa Athena de la guerra santa de hace más de 400 años.
– Pero, ¿cómo puede ser esto posible? – la interrogó Shura – Athena ha reencarnado nuevamente en esta era, entonces, ¿cómo es que…? – ella sonrió tenuemente.
– Ella y yo somos, en esencia, el mismo ente. Si bien es cierto que somos de épocas diferentes, tanto yo, como Sasha en su época y ahora la señorita Saori Kido, todas llevamos en nuestro interior la esencia sagrada de la diosa guerrera Athena. Ahora, se preguntarán, ¿por qué es que yo estoy aquí, en lugar de la diosa que ustedes conocen? Es muy simple; la consciencia de la Athena que ustedes conocen se encuentra encerrada en el Olimpo; ella misma, por voluntad propia, regresó a la morada de los dioses, donde no les será posible alcanzarla. Sin embargo, el deber de Athena como protectora de la tierra no ha dejado descansar nuestro espíritu, por lo que he venido para advertirles: Zeus ha renacido y…
Entonces, un relámpago alcanzó el cuerpo translúcido de Athena, haciéndola desaparecer al instante.
– ¡Athena! – exclamaron todos, al unísono.
El cielo retumbó con fuerza, las nubes se abrieron y comenzó a tronar con violencia, al tiempo que un centenar de relámpagos caían sobre la tierra, convirtiendo en cenizas todo lo que tocaban. Una imponente voz resonó en todo el Santuario:
– ¡Athena, qué absurdo! – una risa maligna se dejó escuchar – ¿Acaso creíste que podías escapar de mí? ¡Tonterías! No ganas nada advirtiéndole a tus caballeros, ya que pronto este mundo será destruido, para dar nacimiento a un nuevo mundo, dominado por nosotros, ¡los dioses!
– ¡Maldición! – gritó Dohko, golpeando el suelo con un puño – Zeus…
– Jamás seremos capaces de derrotar a Zeus y los demás olímpicos – agregó un abatido Afrodita de Piscis.
– ¡¿Qué has dicho, imbécil? – le gritó Saga, sujetándolo del cuello.
– Cálmate, Saga – dijo Aioros, colocando su mano en el hombro del geminiano – No ganamos nada desesperándonos.
– Sé realista, Aioros – añadió Máscara de Muerte – Ni siquiera tenemos nuestras armaduras y ahora Athena también nos ha abandonado. ¿Acaso queda esperanza para nosotros?
– Por supuesto que sí.
Los demás se voltearon y se encontraron con Hyoga, Shiryu e Ikki.
– Ustedes… – empezó Mu.
– La Athena de hace 400 años también se presentó ante nosotros – dijo Shiryu – Es hora de prepararnos para la batalla final contra Zeus y sus ejércitos.
En ese momento, Dohko comenzó a reír. Los dorados lo miraron, extrañados. El maestro de Libra se acercó a su discípulo y dijo a sus compañeros:
– Debería darnos vergüenza, en cuanto escuchamos las palabras de Zeus nos acobardamos. Estos jóvenes han regresado al santuario con la firme convicción de luchar para proteger este planeta, en cambio nosotros…
– Hemos actuado cobardemente – agregó Camus, con una tenue sonrisa.
– Un momento… ¿dónde están los demás? – preguntó Shaka, percatándose de la ausencia de dos de los santos de bronce. Hyoga, Shiryu e Ikki se miraron mutuamente.
– Seiya… desapareció hace siete años – dijo Hyoga – Y no sabemos nada de él desde entonces. Hemos intentado localizarlo varias veces, sin embargo, no hemos tenido éxito.
– En cuanto a mi hermano Shun… – Ikki bajó la mirada – Nos separamos hace cinco años y desde entonces no sé nada de él. Tengo un mal presentimiento acerca de esto.
– ¿Crees que Shun…? – comenzó Milo.
– ¡Ni siquiera te atrevas a pensarlo! – exclamó Ikki, enfadado.
– ¡Cálmense, este no es momento para pelear entre nosotros! – los detuvo Shion, colocándose entre ambos caballeros – ¿No se dan cuenta de que…?
De repente, una gran cantidad de nubes cubrieron el firmamento y comenzó a llover copiosamente. A continuación, la tierra tembló con gran fuerza. Los edificios que aún se mantenían de pie en el santuario comenzaron a derrumbarse, dejándolo todo, completamente todo, reducido a escombros. Zeus acababa de entrar en su morada sagrada.
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Olimpo.
El Olimpo, la morada de los dioses. Se trataba de un enorme complejo, compuesto por una serie de edificios, palacios, plazas y jardines magníficos. Eran la más extraordinaria muestra de la arquitectura olímpica, la cual inspiró a los antiguos griegos para la construcción de sus edificaciones más destacadas. Los olímpicos finalmente habían regresado a su hogar. Ahora, todos se habían quitado sus armaduras sagradas y vestían elegantes túnicas griegas, además de espléndidas joyas de oro.
Zeus entró en el salón principal, a la cabeza de los Olímpicos. Cuando las puertas de oro se abrieron de par en par, dos dioses aparecieron ante él, reverenciándolo. Cuando el dios supremo entró en la estancia, ambos dioses se pusieron de pie y exclamaron:
– ¡Bienvenido sea, gran Zeus!
Seiya, convertido en el dios supremo, Zeus, sonrió ampliamente, complacido al ver que casi todos los Olímpicos se habían reunido.
– Artemisa, siempre tan hermosa – dijo Zeus – Pero mira nada más, no me esperaba que reencarnaras en la mujer a quien ese caballero de Athena, el Fénix amó con tanta intensidad: Esmeralda.
– Le pido, gran Zeus, que no se dirija a mí con ese desagradable nombre mortal – el dios sólo sonrió y se dirigió al hombre que estaba al lado de la diosa de la Caza.
– Suikyo de Crateris – el hombre, de cabello negro azulado, frunció el ceño – O debería decir, Apolo, dios del sol.
– Díganme, ¿dónde están Poseidón y Hades? – espetó Apolo, cruzándose de brazos.
– Es una buena pregunta – dijo Zeus – Han de estar en sus reinos, sin embargo, para estar seguros, quiero hacerles una visita, después de restaurar mis poderes por completo, claro está. Ahora, si me disculpan, iré a ver a mi hija, Athena.
Zeus salió de aquella habitación, dejando atrás a los demás dioses. Los hermanos, Artemisa y Apolo se miraron mutuamente, para después mirar a los otros olímpicos.
– ¿Están seguros de que esto está bien? – preguntó entonces Artemisa – Ese hombre algún día fue un caballero de Athena.
– Ese es un argumento válido, Artemisa, estás en todo tu derecho de dudar – respondió Hera – Sin embargo, ¿te has puesto a pensar de dónde venimos nosotros? Apolo, por ejemplo, también fue un caballero de Athena.
– Lo sé, pero mi hermano Apolo ya…
– Sé que Suikyo de Crateris ya falleció – replicó Hera – Pero, sabes que, aún después de muertos, los caballeros siempre son fieles a su señor, ¿curioso, no? Son como perros fieles.
– Vaya forma de expresarse la de la gran señora de los cielos – intervino Apolo, con gesto burlón – Como sea, no tengo nada más que hacer aquí en este momento, así que me retiro – Apolo dio media vuelta y salió del salón, dirigiéndose a su Templo del Sol.
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Olimpo. Templo de Athena.
Nadie podía dudar que Athena fuera la hija favorita de Zeus; pues su templo en el Olimpo era el más impresionante y hermoso, después del templo del mismísimo Zeus. El Templo de la Tierra era el segundo templo más grande del Olimpo, espléndidamente decorado, con una enorme estatua de oro, con la imagen de la diosa, además de una enorme reserva de espadas y escudos, las armas preferidas de la diosa guerrera. El templo de Athena era también el único que se conectaba con el observatorio privado de Zeus.
Zeus entró en el templo de su hija y se dirigió hacia la habitación principal, donde yacía la estatua de su hija, justo detrás del trono de otro. Athena no se encontraba allí, pero el dios podía sentir el cosmos de su hija, creciendo poco a poco, dentro de su templo. Al lado del trono, descansaba el báculo de Niké, Diosa de la Victoria e inseparable compañera de Athena, desde la época del mito. Zeus acercó la mano para tomar el báculo, pero en cuanto lo tocó se quemó su mano. Sonrió tenuemente y dijo:
– Así que aún te niegas a pertenecerme, Niké. No quería llegar a esto, pero tú así lo has querido. ¡Es hora de despertar, guerreros de Zeus!
Doce figuras se aparecieron entonces, rodeando a Zeus y arrodillándose ante el soberano. Eran doce varones, que iban ataviados con armaduras brillantes e impecables como el diamante, con enormes alas en sus espaldas y antifaces cubriendo parte de sus rostros. Los doce hombres levantaron la cabeza y exclamaron, con voz potente:
– ¡Salve, gran Zeus, dueño del mundo! ¡Ordene y nosotros, los Olimpiacos, obedeceremos!
De derecha a izquierda, los Olimpiacos se presentaron:
Sergei de Ganimedes, de cabello largo y liso, de color rubio oscuro y unos penetrantes ojos azules; Alessandro de Pólux y su hermano gemelo, Andrea de Cástor, ambos de cabello castaño claro, largo hasta los hombros, y ojos verde jade; Dieter de Odiseo, cabello corto, negro intenso y ojos violeta; Andriy de Perseo, de cabello azul marino, ondulado y corto, y ojos negros; Dominique de Aquiles, de cabellera plateada, larga y lisa, y ojos color miel; Wolfgang de Ío, de rubio cabello rizado, y ojos verdes azulados; Konstantinos de Orión, de piel bronceada, cabello castaño sujeto en una cola alta y ojos azules; Davi de Hércules, moreno, de cabello negro azulado, sujeto en una trenza, y ojos cafés; Kalu de Europa, de piel trigueña, cabello rubio y corto de ojos celestes; Zhou de Calisto, el más joven de los doce, de ojos y cabello negros sujetos en una coleta baja; Masamune de Adonis, de cabello castaño y lacio, y ojos platinados.
– ¡Dominique! – exclamó Zeus. El aludido se puso de pie de inmediato y, sabiendo a la perfección lo que quería decir la mirada de su señor, avanzó hasta donde estaba el báculo de Niké – Recuerda que Niké es una diosa escurridiza, no la dejes escapar.
– Sí, señor – respondió Aquiles.
El peliplateado sujetó firmemente el báculo que reposaba al lado del trono de Athena. Una intensa luz envolvió la habitación y en ese momento los once olimpiacos restantes se pusieron de pie y rodearon a Zeus. La figura de una mujer se materializó ante ellos, pero sin poder distinguir de quién se trataba, desapareció del Templo de la Tierra, junto con Zeus y sus Olimpiacos.
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Mientras Zeus se apoderaba de su báculo, que contenía el alma de su eterna compañera, Niké y parte del poderoso espíritu de Zeus, Athena yacía en su habitación, profundamente dormida sobre las delicadas sábanas blancas, completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.
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Zeus salió del Templo de la Tierra, luciendo aún más imponente y con un cosmos mil veces más poderoso que el de antes. Vestía su brillante Kamei de oro y plata y sus ojos se habían vuelto del color azul más puro. El dios entró en su salón del trono, donde ya lo esperaban sus hermanos Olímpicos. Detrás de Zeus iban sus poderosos guerreros, los Olimpiacos.
Zeus chasqueó los dedos y en la tierra se dejó sentir un terrible terremoto, aún mayor que el que se había sentido en Grecia anteriormente, cuando él había entrado en sus dominios. El terremoto derrumbó edificios y causó que el mar inundara las ciudades costeras de todo el mundo. La lluvia, que no se había detenido, cayó con más fuerza, desde la lejana Antártida, hasta las costas de Japón. El mundo se vio sumido en un completo caos; la destrucción reinaba en la tierra. Para los habitantes del planeta azul, era el Apocalipsis, el día del Juicio Final había llegado.
Los caballeros de oro y bronce, reunidos en Star Hill, supieron entonces que el momento de la batalla final había llegado. En ese momento, el cielo se despejó y un rayo de luz descendió del cielo, cruzando el mundo de polo a polo, llevando un mensaje terrible, el ultimátum de Zeus a la humanidad.
– Habitantes de la Tierra, les habla el todopoderoso Zeus, el gobernante absoluto del universo. Como pueden ver, mi poder es absoluto, ilimitado. Esta es sólo una pequeña muestra de mi castigo divino. Ha llegado el momento de limpiar la suciedad de este mundo e iniciar una nueva era, nuestra era, la era de los Olímpicos. ¡El mundo ideal!
Los caballeros protectores de la tierra se miraron mutuamente, abrumados por el inmenso poder de Zeus.
– ¡No creas que nos rendiremos, Zeus! – gritó Dohko, con voz potente.
– ¡Iremos por ti, maldito! – exclamo a su vez Hyoga.
