El escándalo de la Cenicienta
Capítulo Uno
En medio de los relámpagos que iluminaban de forma intermitente el cielo, y el retumbar de los truenos, una manta de fría lluvia de enero caía sobre la campiña de
Los Hampton, y al pie del acantilado sobre el cual se alzaba la mansión Crofthaven rompían con furia las olas. No era desde luego una noche para salir de casa, pero cuando Henry Mills convocaba a los suyos para una reunión de familia, todos acudían sin falta.
A salvo de las inclemencias del tiempo en su mercedes benz convertible plateado, Regina Mills, su segunda hija, se dirigía hacia allí en esos momentos. Sentada al volante con la suave música de Adele y el ruido de los limpiaparabrisas de fondo, la hermosa morena iba dándole vueltas a los problemas del largo y ajetreado día que había tenido. Después de haber logrado, tras interminables discusiones, llegar a un acuerdo con los abogados de Blanchard, una empresa papelera húngara que era uno de los clientes más importantes de Mills & Co., y que el representante del señor Blanchard hubiera firmado el nuevo contrato, agradecía poder relajarse un poco con aquel corto trayecto de treinta minutos entre su casa y la de su padre.
Un trayecto que estaba a punto de concluir, se dijo mientras detenía el vehículo frente a las altas puertas de hierro negro forjado. Dejando escapar un suspiro, alcanzó el mando a distancia que había sobre la guantera, y lo accionó, observando cómo la verja se abría lentamente. Un nuevo relámpago iluminó la fachada de la mansión de estilo georgiano al final del camino. Edificada en la década de 1890 por su tatarabuelo, Ryan Mills, la casa había sido construida con sólidos materiales para sobrevivir al paso del tiempo, y ese mismo concepto de solidez trasladado a los principios e inculcado de generación en generación era lo que mantenía unidos a los Mills.
Regina aparcó el coche entre dos de las tres limusinas de la familia, apagó el motor, y se quedó sentado un instante, escuchando el golpeteo de la lluvia en los cristales y el techo del coche. Aquella noche su padre esperaba que todo el clan Mills le ofreciese su apoyo cuando les anunciase oficialmente su intención de presentarse a senador, y así sería sin duda, porque los Mills iban todos a una.
Se bajó del vehículo y corrió hasta el pórtico de entrada en medio de la incesante lluvia. Llamó al timbre, y una mujer mayor fue a abrir.
- ¡Señorita Regina! – Exclamó Grannys, haciéndose a un lado para dejarlo pasar – ya estaba empezando a preocuparme por usted. ¡Mire qué mojada viene! Ande, deme el abrigo.
El suelo del vestíbulo era de mármol blanco, y sobre una mesita al pie de la majestuosa escalera había un jarrón de cristal con rosas rojas, cuyo delicado perfume inundaba el ambiente.
- Estoy bien, Grannys – tranquilizó Regina al ama de llaves, que llevaba al servicio de su familia desde antes de su nacimiento, veintiocho años atrás – tenía que dejar unos asuntos de la oficina arreglados antes de venir, eso es todo.
- Están todos en el saloncito azul. Martin está sirviéndoles unas bebidas y aperitivos – le dijo mientras le ayudaba a quitarse el abrigo – su padre está hablando por teléfono en su estudio, pero le avisaré de que ha llegado.
- Gracias.
Soltándose un dos botones de su camisa de seda negra, Regina se dirigió al saloncito azul, deteniéndose en el umbral de la puerta entreabierta. Sus hermanos, Killian y Zelena, estaban de pie junto a la chimenea con su primo Eric, hablando sin duda de la cadena de cafeterías M&M que habían abierto en distintos puntos del estado. Al lado del bar estaba su hermano menor, Neal, el abogado de la familia, que en ese momento se encontraba enzarzado en una discusión jurídica con su tío Albert y su primo James, acerca de algo relativo a los derechos del abastecimiento de agua en el rancho del segundo.
Regina pensó en su madre, y deseó que pudiera estar allí en ese momento para ver a sus hijos convertidos en adultos. Aunque ella sólo había contado ocho años cuando había muerto, recordaba cosas como lo mucho que le gustaba cocinar para la familia y dar fiestas. De niños, agazapados tras la barandilla de la escalera, Killian y ella habían observado docenas de veces a los invitados vestidos con elegantes ropas, riendo, comiendo, y bailando, y nunca olvidaría la noche de la fiesta del cumpleaños de su madre, cuando la había visto bailar un vals con su padre, mirándose a los ojos con tanto amor como si fueran un par de recién casados. Había fallecido a la semana siguiente, y desde entonces su padre no había vuelto a ser el mismo. Ninguno de ellos había vuelto a ser el mismo.
- ¡Regina! – exclamó su hermana Belle, interrumpiendo la conversación que estaba teniendo con su prima Kathryn, y yendo hacia ella – ¿ya has vuelto a olvidarte el paraguas? Estás hecha una sopa.
- ¡Regina!, ya creíamos que no venías – la saludó Eric, levantando su copa en su dirección.
- Regina le devolvió el saludo con un gesto de la mano y una Sonrisa – y la tía Milah? – le preguntó a Belle mientras ésta se ponía de puntillas y la besaba en la mejilla.
- Ha subido a acostar a Dylan – respondió ella. El hijo de James, con sólo tres años, era el juguete de la familia – tenías que ver lo entusiasmado que está con el álbum de los peces que he estado fotografiando y estudiando en la isla las últimas semanas. No ha parado hasta convencerme de que le dejara llevárselo para mirarlo en vez de que su abuela le leyera un cuento antes de dormirse.
- Como nos descuidemos tendremos otro biólogo marino en la familia – bromeó Regina.
- Pues silo hubieras escuchado antes tocando el piano cambiarías de idea –replicó Belle – estará en el Carnegie Hall cuando cumpla los diez años.
- Si de mi dinero depende, será a los ocho – intervino Kathryn, acercándose a ellas y poniendo un martini en la mano de Regina – Hola, prima
- Ah, la orgullosa tía – dijo Regina sonriéndole y besándola en la mejilla – ¿Cómo va el mundo de las inversiones bancarias?
- No podía ir mejor: mis acciones no han dejado de subir en los últimos tres meses. Tienes los botones suelto, cielo – dijo, abrochándole los botones el que unos instantes antes la morena había soltado – hay que cuidar los pequeños detalles. Las apariencias son muy importantes. Y hablando de apariencias... ¿dónde has dejado a Robín? Pensé que lo traerías: hacen una pareja tan encantadora...
- No tengo ni idea de dónde está – contestó la morena con cierta aspereza – probablemente de jugando golf con sus amigos.
No había visto a Robín desde hacía cuatro meses... gracias a Dios. Lo cierto era que había estado muy ocupada dejando resueltos todos los asuntos posibles en Mills & Co. Para poder tomarse libres unas semanas y ayudar a su padre a montar la sede para la campaña, y durante ese tiempo no había salido con nadie. Claro que tampoco era algo que hubiese echado en falta. En lo que se refería a hombres y mujeres, parecía ser un imán que atrajese a todos los caza fortunas de New York. Por lo general, en cuanto la persona que frecuentaba se enteraba de que era la hija de Henry Mills, que era la presidenta de la compañía de transporte de mercancías Mills & Co., y de que vivía en un lujoso ático, empezaba a colmarla de halagos, o a reírse de todo lo que decía, o a coquetear descaradamente con ella, o, peor aún, las tres cosas al mismo tiempo.
- Por fin has llegado, Regina.
- El sonido de la profunda voz de su padre la hizo volverse. Nicola Granville, la directora de su campaña estaba junto a él – hola, papá. ¿Qué hay, Nicola? – los saludo a ambos
- Hola, Regina. Me alegra volver a verte – respondió Nicola.
Regina, que había conocido a la alta pelirroja la semana anterior, y antes había hablado por teléfono un par de veces con ella, estaba seguro de que formaría un magnífico equipo con su padre. A sus treinta y siete años podía presumir de un considerable prestigio en el mundo de la política en su calidad de asesora. Y, además de atractiva, tenía una apabullante confianza en sí misma y era muy trabajadora. Su padre no podría haber contratado a nadie mejor.
Por otra parte, Regina estaba segura de que el encanto personal de su progenitor le proporcionaría un buen número de votos femeninos. Y es que, a sus cincuenta y cinco años, no había perdido su atractivo. Las canas habían invadido su cabello castaño oscuro, pero sus ojos marrones habían ganado en profundidad, se mantenía en buena forma física, y contaba con un arma infalible en su arsenal: la famosa sonrisa de los Mills.
- Un momento de atención todo el mundo, por favor – dijo su padre. Sus familiares interrumpieron sus conversaciones y se volvieron hacia él – Quiero presentaros a la que será mi directora de campaña, Nicola Granville. Después de cenar, con su ayuda os presentaré un bosquejo de lo que va a ser la campaña, los eventos que llevaremos a cabo, y les dará unas directrices básicas de... «Protocolo familiar» de cara a la prensa.
- Mientras Nicola saludaba a unos y otros, Regina se acercó a su primo Eric – ¿Dónde está August?
- En un viaje de negocios – contestó Eric – O eso dice; ya conoces a August – añadió enarcando una ceja y sonriendo con malicia.
Regina sonrió también. August Book había sido compañero de cuarto de Jake en la universidad, pero para los Fabray era casi de la familia. A pesar de su reputación de donjuán, Regina sabía que no habría faltado a aquella cita si no le hubiera resultado imposible acudir.
- Eric tomó un canapé de la bandeja con la que Martin, el mayordomo, se estaba paseando por el salón – he oído que has encontrado un edificio en Manhattan para alquilarlo como centro de operaciones de la campaña.
- Sólo el piso de abajo – respondió Regina dando un sorbo a su vaso de Martini – he quedado en ir allí mañana para que David Swan, el propietario, me lo enseñe por dentro y me dé la llave. También es dueño del edificio contiguo, donde tiene un negocio, la Panadería Castillo Swan.
- Ah, sí – dijo Eric, asintiendo con la cabeza – he oído hablar de ese sitio. Tiene fama de hacer una panadería excelente. De hecho, estaba pensando acercarme algún día para comprobarlo por mí mismo. Podrían convertirse en proveedores de nuestras cafeterías. Además, creo que las tres hijas del dueño también son bastante apetitosas – añadió inclinándose hacia ella y moviendo una ceja.
- Te veo muy interesado – dijo Regina sonriendo divertida – si quieres puedes ocuparte tú de ir a negociar el arrendamiento con el señor Swan y montar la oficina para la campaña
- ¿Y privarte de toda la diversión? – contestó Eric, plantándole la mano a su prima en el hombro – ¿Cómo podría hacerte algo así?
Antes de que Regina pudiera responder, entró Joyce para anunciar que la cena estaba servida, y mientras todos salían y se dirigían por el amplio vestíbulo hasta el comedor, su padre se unió a ellos, y la conversación dio un giro hacia las estrategias y los objetivos de la campaña. A un año escaso de las elecciones, se dijo Regina, los siguientes meses iban a ser una locura.
Emma Swan adoraba los días en que todo iba como la seda: los días en que no quemaba una sola barra de pan ni una bandeja entera de cruasanes; los días en que su hermana Elsa no tenía una crisis porque algún hombre le hubiera roto el corazón y cumplía con su turno de tarde; los días en que su otra hermana, Ana, no se encerraba en el despacho de la trastienda, escondiéndose tras la pantalla del ordenador y los libros de cuentas. Pero, sobre todo, adoraba los raros días en que su madre, Mary, no se entrometía en su vida y la de sus hermanas. Aquél, sin embargo, no era uno de esos días.
- Anoche Elsa volvió a ir a una de esas salas de fiestas – estaba mascullando su madre en ese momento, mientras preparaba un pedido telefónico de tres docenas de magdalenas de chocolate – y no regresó hasta las dos de la madrugada. ¡Las dos! – La negra melena lisa, que siempre llevaba en un recogido lazo, la nariz recta, y la firme mandíbula, delataban su origen europeo, y le daban un aíre distinguido – ¿Y se molestó siquiera en llamar a casa? No, por supuesto que no – continuó quejándose.
Emma suspiró, poniendo los ojos en blanco, y ajustó el cierre de la caja de plástico que acababa de llenar de magdalenas. La mañana estaba siendo muy ajetreada y, aparte de su madre, sólo estaban Kristoff, el auxiliar que se encargaba de la caja, y ella para ocuparse de todo. Con clientes a los que atender, pedidos que preparar, y estantes que reponer, lo último que necesitaba en ese momento era escuchar a su madre quejarse del comportamiento de su hija mayor.
- Mamá, ¿te has olvidado del anuncio que pusiste en el periódico pidiendo un ayudante? – le dijo, señalando con la cabeza a dos jóvenes sentados en una mesita en una esquina de la panadería. El del pelo negro y vaqueros gastados parecía aburrido, mientras que el de la camisa de manga corta y pantalones negros estaba leyendo un libro – ¿Tienes pensamiento de entrevistarlos?
- Como si no la hubiera oído, Mary señaló su cara – mira qué ojos tengo esta mañana. Estas ojeras son por haberme quedado levantada esperando a tu hermana.
- Emma suspiró y entregó la caja de magdalenas a la clienta a la que estaba atendiendo – Elsa tiene veintiocho años, mamá – le dijo, armándose de paciencia – No tienes que esperarla.
- Su madre se volvió hacia la clienta – ¿cómo se supone que puedo dormir cuando mi hija está por ahí a esas horas de la noche? – le preguntó exasperada buscando su apoyo.
- Es verdad – asintió la mujer, mientras rebuscaba en su monedero para darle a Rachel el precio exacto – tengan ocho o veintiocho años, una madre no puede evitar preocuparse por sus hijos. Más de una noche me pasé yo esperando a mi Eleanor hasta que llegaba a casa. Gracias a Dios que por fin se casó y sentó la cabeza. ¿Les he enseñado las fotos de mis tres nietos?
"Sólo media docena de veces", estuvo a punto de decir Emma, pero se mordió la lengua. Se limitó a sonreír mientras la mujer sacaba toda una ristra de fotografías de su cartera.
- Ah, qué envidia me da – suspiró Mary – yo, a este paso, me temo que nunca seré abuela. Elsa pasa de un novio a otro como quien se cambia de camisa, y ninguno le dura más de un mes; Ana es un ratón de biblioteca y tímida como una amapola; y mi Emma – añadió, dándole un pellizco en la mejilla – no es más que una niña.
"¡Por amor de Dios, tengo veinticuatro años!", pensó Emma, apretando los dientes. Por ser la menor de las tres, su madre la seguía tratando como si fuera un bebé, y seguiría tratándola igual aunque pasasen diez años. Claro que, tampoco supondría demasiada diferencia que cambiase su actitud. Estaba convencida de que jamás recibiría una proposición de matrimonio, porque ningún hombre en sus cabales querría entrar a formar parte de su familia. No era que no los quisiera. Quería a sus dos hermanas, sus padres, y su tía Ingrid con toda su alma, pero a veces pensaba que su vida sería más sencilla con una familia un poco más… normal.
Su padre parecía un capo de la mafia. Con una mirada David Swan era capaz de ahuyentar a cualquier hombre que se acercara a sus hermanas o a ella y, a los que no lograba asustar, su madre les cortaba las alas, haciéndoles un interminable interrogatorio acerca de su situación laboral, su familia..., y finalmente la pregunta que les hacía salir corriendo como alma que lleva el diablo: "¿te gustan los niños?".
Emma atendió al siguiente cliente mientras su madre dejaba de exclamar cosas como "¡oh, qué rico!", y "¡qué encanto de criatura!" a cada foto que le enseñaba la clienta anterior. Cuando finalmente la mujer se había marchado, Mary se desabrochó el delantal y fue por su bolso.
- Mañana hay un desayuno oficial en la Cámara de Comercio y nos han pedido catorce docenas de panecillos suizos y diez de bayonesas – le dijo a su hija mientras se ponía la chaqueta – me voy volando al mercado a comprar pecanas y arándanos.
- Emma lanzó una mirada a los dos jóvenes sentados en la mesita de la esquina – pero se supone que tienes que entrevistar a los aspirantes...
- Lo sé, lo sé, pero tengo mucha prisa. Sé buena chica y hazlo por mí, ¿quieres? – le dijo su madre, dándole unas palmaditas en la mejilla.
- Pero...
- Oh, y mañana tienes que estar aquí temprano, cariño – añadió Mary – tenemos un montón de pedidos que preparar, y a tu padre y a mí nos vendría muy bien tu ayuda. ¡Hasta luego!
Y con un gesto de despedida desapareció tras la puerta que conducía a la trastienda y la salida trasera. Emma suspiró. En fin, tampoco tenía ningún motivo para no poder madrugar al día siguiente. Su «plan» para aquella noche era cuidar el apartamento de su tía Ingrid, que estaría fuera de la ciudad las tres semanas siguientes, y su única compañía el perro labrador de su tía y una copia alquilada de una película romántica de Meg Ryan y Tom Hank.
- Siento llegar tarde, Em – se excusó su hermana Elsa, entrando en ese momento en la tienda como una exhalación – tuve que pararme a echar gasolina y me rompí una uña al desenroscar el tapón del depósito, imagínate, así que por supuesto tuve que acercarme corriendo a mi manicura.
Bastó una mirada a Elsa, que iba vestida con una falda de cuero negro, un suéter de punto con cuello en uve, y botas altas, para que los dos aspirantes se irguieran en sus asientos. La hija mayor de David Swan, que el día anterior se había dado mechas platino en la peluquería para dar una imagen más moderna a su rubio cabello, les sonrió, y los dos jóvenes encogieron el estómago y sacaron pecho.
- Emma miró a su hermana con el ceño fruncido mientras ésta rodeaba el mostrador – ¿Tienes que torturar a cada hombre que ves?
- Soy yo la que vivo en una tortura constante – replicó Elsa con una sonrisa maliciosa – tantos hombres y tan poco tiempo...
Emma puso los ojos en blanco. Aunque fueran hermanas, Elsa, Ana, y ella no podían ser más distintas. Elsa, la devoran los hombres, era una belleza exuberante, rubia y de ojos azules; Ana era una bonita castaña de ojos azules también, tímida como una florecilla; y luego estaba ella, rubia como su padre, pero de ojos verdes y físicas de su madre. Era la hija lista, la hija sensata, y, aquella era la etiqueta que más detestaba, la hija responsable. Aunque lo que en realidad detestaba era que era cierto.
- Voy al baño a arreglarme el maquillaje – dijo Elsa – debo estar hecha un desastre.
- ¿Y todo lo que hay que hacer qué? – resoplo Emma, poniendo los brazos en jarras.
- Sólo será un minuto, mujer – dijo su hermana, pasando por detrás de ella hacia la puerta que daba a la trastienda – además, tengo que contarle a Ana un chisme buenísimo que he oído esta mañana.
- ¡Elsa! – protestó Emma, pero su hermana ya había desaparecido tras la puerta. En fin, se dijo con un suspiro, lo mejor sería entrevistar a los dos aspirantes cuanto antes para quitarse eso de encima.
Mientras se quitaba el delantal, sus ojos se posaron brevemente en Kristoff, que estaba apilando unas cajas de bizcochos. El auxiliar de veintiséis años tenía un encanto innegable con ese alborotado cabello rubio oscuro, aquellos profundos ojos azules, y esa constitución atlética. Las adolescentes y las mujeres jóvenes tenían una tendencia a prorrumpir en risitas bobas y a pestañear con coquetería cuando las atendía, e incluso algunas mujeres de cierta edad parecían ponerse nerviosas por su apostura.
Pero Kristoff, para disgusto de Emma, sólo tenía ojos para una mujer. Con otro suspiro, obligó a su mente a centrarse en el trabajo, y llamó al aspirante de los vaqueros gastados para que la siguiera al despacho de su padre en la trastienda.
Regina se detuvo frente al cartel de se alquila, y escudriñó a través del cristal el local vacío. Tenía las dimensiones perfectas, el precio del alquiler era razonable, y el hecho de que fuera una calle muy transitada y que hubiera un aparcamiento público a dos manzanas de allí eran la cereza del pastel.
Y hablando de pasteles se dijo lanzando una mirada al edificio contiguo, ¡qué aromas emanaban de la panadería de David Swan! Antes de que acabara el día, tenía intención de tener la llave y empezar a hacer gestiones para montar el centro de operaciones de la campaña, así que, sin más demora, entró en la tienda.
Una campanilla sonó sobre su cabeza cuando empujó la puerta de roble y cristal, y le dio la bienvenida un olor a canela, chocolate y pan recién horneado. Regina posó la mirada en las vitrinas del mostrador, repletas de pastas de té, pastelitos, panecillos, y notó que la boca se le hacía agua. El lugar tenía una decoración que recordaba al Viejo Mundo, con el suelo de piedra, una armadura en un rincón, fotografías enmarcadas de castillos europeos en las paredes. Junto a los ventanales había mesitas redondas con la superficie de cristal y sillas de hierro forjado, para que los clientes pudieran sentarse a degustar los productos de la panadería, pero en ese momento sólo había dos ocupadas. En una había un hombre con una taza de café delante, tomando un donut mientras hablaba por su teléfono móvil, y en la otra un universitario con la nariz metida en un libro de física.
Regina se acercó al mostrador, poniéndose detrás de una pareja de ancianos, pero al ver que éstos no se decidían entre los buñuelos de crema o las tartaletas de manzana, levantó la mano para atraer la atención del auxiliar.
- Disculpe... he venido porque el anuncio del señor Swan referente al...
- Pase a su despacho – le contestó el dependiente sin dejarle terminar, señalando con un pulgar la puerta tras el mostrador – tercera puerta a la izquierda, justo enfrente de Merlín.
¿Merlín?, Regina se encogió de hombros mentalmente y rodeó el mostrador para entrar por la puerta de vaivén que llevaba a la trastienda. Siguió el pasillo pasando dos puertas, y al llegar a la tercera se encontró con una estatua de madera a tamaño natural del mago de la corte del rey Arturo, con larga barba, túnica, y gorro picudo, cuya varita señalaba hacia un cartel que indicaba a los clientes dónde estaban los lavabos. Regina esbozó una sonrisa divertida antes de llamar a la puerta.
- Un momento, por favor – respondió una voz femenina desde dentro.
Regina se cruzó de brazos y se apoyó en la pared. La puerta se abrió al cabo de unos instantes, y salió un adolescente con unos vaqueros gastados y una camiseta.
- El horario apesta – farfulló el joven
Enarcando una ceja, Regina lo vio alejarse por el pasillo, y se volvió hacia la puerta entreabierta, asomando la cabeza por el hueco. Tras la mesa de metal del pequeño despacho, había sentada una joven con una blusa blanca de manga larga y cabello rubio claro recogido en una coleta. Estaba inclinada hacia delante, con la cabeza agachada sobre unos papeles, tomando notas
- Um... estaba buscando a… – comenzó Regina.
- Un segundo – lo cortó ella sin mirarla, haciéndole un gesto con la mano izquierda – pase y cierre la puerta, ¿quiere?
Regina entró, cerró la puerta tras ella, y como no podía ver el rostro de la joven, se fijo en sus manos. La piel era tersa, y las uñas estaban limpias y bien recortadas, pero no estaban pintadas, y los dedos no lucían anillo alguno.
- Antes de darle el formulario para que lo rellene – Emma le dijo aún sin mirarla – quisiera hacerle…
Justo entonces la rubia levantó la cabeza. Llevaba puestas unas gafas algo anticuadas, y Regina pensó que nunca había visto una mujer tan hermosa en toda su vida. Su piel parecía de porcelana, y tenía unos pómulos elevados, y unos ojos grandes y expresivos, de un color verde claro. Las comisuras de sus labios, que se habían quedado entreabiertos, se curvaron ligeramente hacia arriba.
- Unas preguntas – Emma terminó la frase – Soy Emma Swan – dijo irguiéndose y tendiéndole la mano – gracias por venir.
El corazón le dio un vuelco a la rubia cuando la otra mujer le estrechó la mano. Debía medir más de un metro setenta, y a juzgar por el modo en que le caían los vaqueros, el suéter gris claro, y la chaqueta de color tierra que llevaba, esta muy bien ejercitada. «Guapa» era un adjetivo que se quedaba corto, se dijo. Aquellos ojos tan marrones la habían dejado literalmente sin aliento, y la barbilla perfilada y los finos pero sensuales labios habían hecho que se le disparara el pulso. Claro que tampoco ayudaba demasiado el hecho de que su mano estuviese todavía estrechada en la suya. La soltó, y le hizo con ella un gesto para que se sentara en la silla frente a ella. Aunque estaba convencida de que no había visto antes a aquella chica, le resultaba extrañamente familiar.
En cualquier caso no podía contratarla, se dijo. Sería una distracción demasiado grande para los clientes. Aunque no podía decirle eso, por supuesto. Lo mejor sería conducir la entrevista de manera que ella acabara concluyendo por sí sola que ese empleo no le favorecía. Empezaría con algunas preguntas básicas, para despistar, y luego le haría una descripción lo más desalentadora posible del trabajo.
- Bien, señorita… – comenzó, percatándose de que no le había preguntado su nombre.
- Regina Mills – terminó la frase por ella – pero llámeme Regina, por favor
- El apellido le sonaba, se dijo Emma, pero no sabía de qué. Lo escribió en la parte superior del formulario – de acuerdo… eh... Regina – dijo subiéndose las gafas con el índice – ¿Le cuesta madrugar?
- Regina frunció el ceño confundida, y tardó un instante en contestar – no, normalmente no.
- Tiene alguna enfermedad que le impida levantar peso o hacer esfuerzos físicos importantes?
Regina entornó los ojos.
- No.
- Emma anotó en el impreso que estaba en buenas condiciones físicas. Cómo si no lo hubiera notado al primer vistazo... Pasó a la siguiente pregunta – tiene alguna experiencia en ventas o manejando una caja registradora?
Regina se quedó mirándola fijamente un buen rato, y una de las comisuras de sus labios se arqueó hacia arriba lentamente. Aquella media sonrisa le provocó una extraña sensación a Emma en el estómago que le resultó bastante irritante. Ya no era una colegiala, por amor de Dios.
- Bueno, tengo experiencia en ventas, desde luego – dijo Regina asintiendo con la cabeza – y nunca he manejado una caja registradora, pero aprendo rápido.
"Apuesto a que sí", estuvo a punto de decir Emma. Y tampoco dudaba que sería una buena vendedora. A ella desde luego le costaría negarse a comprarle lo que intentase venderle. En ese momento cayó en la cuenta de que no habían hablado del salario. Aunque lo que se ganaba con el empleo estaba bien para un adolescente o un universitario, pero no daba para vivir.
- ¿Le parece bien el salario por hora que ofrecemos en el anuncio que pusimos en el periódico?
- Regina se inclinó hacia delante para mirarla a los ojos y, al hacerlo, el olor de su perfume le inundó las fosas nasales, haciendo que los latidos de su corazón resonaran como golpes de tambor en sus oídos – si le digo que el salario es irrelevante – le dijo con un tono divertido – ¿me contrataría?
- El primer impulso de Emma fue decirle que sí, pero sería cruel darle falsas esperanzas, o prolongar aquella entrevista – No.
- ¿Por qué no?
- Porque… – respondió ella vacilante –...bueno, por una parte, es usted algo mayor...
Regina entornó los ojos, irritada.
- ¿Mayor?
- Bueno, no digo que sea mayor para mí – balbució la rubia – Quiero decir... para el trabajo, para el trabajo – se apresuró a corregirse. Diablos, estaba haciéndose un lío, y además había leyes en contra de la discriminación por la edad – Es sólo que... en fin, normalmente solemos contratar a adolescentes y universitarios, eso es todo.
- De modo que no me contrataría porque no soy una adolescente ni un universitaria – dijo Regina cruzándose de brazos y echándose hacia atrás en el asiento – ¿Qué más problemas me encuentra?
- No es que haya ningún problema con usted – replico Emma mordiéndose el labio inferior – exactamente.
Regina enarcó una ceja.
- ¿Exactamente?
- Bien, es que... verá... no queremos que los clientes se distraigan con su atractivo
- Así que piensa que soy demasiado mayor y demasiado atractiva para el trabajo – dijo la morena ásperamente – ¿Qué más?
- Dicho así sonaba totalmente estúpido. Emma se maldijo por no haberle dado un formulario para rellenar y mandarla a su casa diciéndole que ya la llamarían – bueno, es que... su preparación está por encima de este puesto. No estaría haciéndole un favor. Puede encontrar algo mejor.
- ¿Cómo sabe eso?
- Pues… no sé. Habla usted bien, rebosa confianza en sí misma, y parece que hubiera salido de la portada de una de esas revistas sobre las mayores fortunas del país o...
De pronto fue como, si una bombilla se encendiera en su cerebro. Mills... De los Mills de New York… Magnates del mundo del transporte de mercancías... grandes propiedades... montones y montones de dinero… rumores de que Henry Mills, el patriarca, iba a presentarse a las elecciones del Senado...
Todos los que vivían en New York y la mayoría de los que no vivían allí habían oído hablar de la familia Mills. Incapaz de articular palabra, Emma siguió mirándola con los ojos abiertos como platos. Por eso Regina le había resultado tan familiar, porque había visto su cara en la portada de una revista de negocios que había estado en la bandeja de prensa de la panadería las dos últimas semanas.
- Usted... – balbució con voz entrecortada –...usted es la hija de...
- Henry Mills – concluyó la morena, tendiéndole de nuevo la mano…
DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: ni Once Upon a Time ni sus personajes me pertenecen. Al igual que las canciones que puedan aparecer en esta historia.
Se aceptan comentarios buenos, malos, pero no sean tan rudos por favor
Pagina de Facebook: Miss Writer 05
