Resident evil no me pertenece. Ninguna lírica utilizada tampoco es mía.
AN: ¡Regresé! Ahora sí, quince páginas de drama y humor para compensar mi ausencia de casi cuatro semanas. Por otro lado son las ocho de la mañana y… no, no madrugué para escribirlo. Dije: sólo un renglón… y cuando me di cuenta ya había salido el sol.
Jill despertó sintiendo una fatiga que iba más allá de lo físico. Una vez que abrió los ojos, advirtió que la habitación donde se encontraba, yacía lo suficientemente oscura como para que la iluminación no fuese capaz de lastimarle la vista. Aun así, dirigió su mano hecha puño hasta sus ojos y comenzó a frotárselos en un aire pesaroso.
Finalmente, se incorporó de donde estaba recostada. Curiosamente, se había quedado dormida sobre un mullido sofá de cuero blanco, en el cuál, había utilizado el reposabrazos como una almohada improvisada. Agudizando la mirada, discernió a una escasa distancia, una cama matrimonial de dosel, cubierta por sábanas negras que contrastaban contra los muros blancos de la enorme habitación.
Era una recámara, una de dimensiones extensas y una decoración de buen gusto.
No, no era su propia casa, pero ella sabía a quién pertenecía la habitación.
Casi contra su propia voluntad, Jill se puso de pie. Se estremeció ligeramente ante el contacto de la piel desnuda de las plantas de sus pies contra los tablones de madera que conformaban el piso. Después agachó el rostro, para contemplar el suelo, y no pudo evitar sorprenderse ante su atuendo indiscreto.
Jill portaba una camisa blanca, mal abotonada, tan grande que se le resbalaba por los hombros, dejando a la vista una marcada clavícula. De inmediato, dio una breve ojeada a la habitación, buscando un bulto de ropa que le correspondiese. Rápidamente se topó con unos pantalones que yacían tirados en el suelo. Resignada, fue hasta ellos y se los subió precipitadamente.
Reconoció los pantalones como suyos, cuando estos se ajustaron a las curvas de sus piernas a la perfección.
Una vez que consideró que estaba vestida de una forma que resultaba casi decente, se retiró de la habitación, y recorrió los pasillos de la enorme casa, hasta que se topó con una escalera que conducía a una planta baja. Jill descendió los peldaños parsimoniosamente.
Prosiguió su recorrido hasta arribar a una estancia bien iluminada. El nuevo espacio al que había llegado, disponía de un muro de vidrio que brindaba de una atractiva vista hacia un jardín muy cuidado; sin embargo, no fue el paisaje, ni la buena decoración, lo que llamó su atención.
En el mero centro de la habitación, estaba colocado estratégicamente, un piano. Tras el piano, sentado sobre un largo banco, yacía Wesker.
Él le devolvió la mirada a Jill, instintivamente.
—Hola—saludó Jill, quedamente, a sabiendas de que gracias al silencio de la estancia, él podría escucharla.
Wesker asintió con la cabeza, como si le llamara implícitamente. Jill obedeció, y avanzó hacia él. Posteriormente, con los ojos clavados en el suelo, tomó asiento junto a Wesker, tras el piano.
—No sabía que tocaras el piano—admitió Jill, tras un largo silencio.
Jill observó como Wesker, que con aspecto ausente, deslizaba la punta de sus largos dedos por encima de las teclas de marfil, apenas rozándolas, sin poner presión en ellas, de modo que no surgió ninguna melodía.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, Jill.
Jill alzó el rostro y lo contempló, advirtiendo que Wesker resultaba más atractivo despeinado. Que lucía mejor cuando no portaba sus gafas oscuras, y cuando en vez de portar su característico mohín inexpresivo, sonreía un poco.
—Soy quien te conoce mejor—aseguró Jill, al mismo tiempo que posicionaba su mano sobre la de Wesker, cuidadosa de no presionar ninguna tecla más de lo debido.
Ante su respuesta, Wesker soltó una pequeña carcajada ronca, provocando en Jill un estrujón confortante en el fondo de su estómago. Existían raras ocasiones, como esta, donde Jill podía asegurar que sentía que pertenecía junto a él.
Pero también ocurrían otros momentos, en los cuales se cuestionaba si realmente era ella quien disfrutaba de su compañía. Y luego reflexionaba acerca de lo mucho que Wesker había influido en su persona. En cierto modo, al principio de su relación, solían complementarse.
Después se habían vuelto una sola persona. Un mismo ser. Pasar tanto tiempo con él, había provocado cierto desequilibrio en ella. Su manera de pensar, su hablar, hasta su físico, habían cambiado significativamente. Y a veces, más seguido de lo que ella quisiera, se preguntaba si estaba haciendo lo correcto.
Al fondo de la habitación había un espejo. Jill no trastabilló, ni siquiera se permitió vacilar, mientras se dirigía hasta el objeto. Caminó tan ausente, que no notó que Wesker le seguía los pasos.
Frente al espejo, una mujer le devolvió la mirada con frívolos ojos azules. Esa no era la clase de ojeada que una niña de quince años podía dar. Tampoco se topó con una cabellera tonalidad chocolate, por el contrario, sólo encontró un rubio pálido, tan similar como el del muchacho que yacía de pie junto a ella.
Recordaba el cómo Wesker había insinuado que cambiara el color de su cabello por uno más claro.
Jill inclusive podía asegurar que sus posturas eran similares.
De súbito, todo sentimiento que Jill podía procesar, era una infinita incomodidad.
—Tengo que irme—farfulló, Jill, alejándose precipitadamente de aquella persona que la había cambiado.
Más que su pareja, él era su mentor. Quien le había dado todo su ser, y al mismo tiempo le había quitado tanto.
Wesker no dijo nada cuando Jill se retiró de su casa. No refutó su decisión cuando escuchó la puerta, ni la persiguió por el jardín una vez que se percató de su soledad.
No, él no hacía esa clase de cosas.
Wesker nunca había rogado en su vida, y no iba a comenzar en ese preciso instante.
…
Chris cerró la puerta tras de sí, con cuidado de no hacer ruido alguno. Después, se dirigió sigilosamente hasta la cocina. Dejó un par de bolsas de papel encima de la mesa cuadrada que yacía al fondo de la estancia.
— ¡Claire, ya llegué! —gritó Chris, aún consciente de que con las pequeñas dimensiones de la casa donde vivían, no era necesario gritar para que se escucharan, aún en caso de encontrarse en distintos cuartos.
Tras un par de minutos, donde no recibió respuesta alguna, Chris comenzó por desesperarse. Una vez que tuvo asegurado que no obtendría una réplica, avanzó hasta la puerta que conllevaba a la habitación de su hermana.
Normalmente, Chris respetaba el espacio personal de su hermana, lo cual implicaba no poner un pie dentro del reducido espacio que le correspondía. No obstante, tras una larga y extenuante jornada de trabajo, lo único que quería con sinceridad, era tener una cena común y corriente con su hermana.
Antes de tomar lo que Chris consideraba como "medidas desesperadas para casos desesperados", llamó a la puerta, pegándole levemente a la madera con los nudillos.
—Tú no duermes temprano, así que no me engañas. Aparte compré hamburguesas, tu comida favorita —. Nuevamente, Chris no se regocijó con una respuesta de su hermana, solamente le contestó el silencio.
Soltando un bufido de mera conformismo, y algo que Chris no reconocería como desesperación, abrió la puerta y penetró en la habitación de su hermana.
Pero Claire no estaba dentro.
—Maldita sea.
…
Bajo sus manos, Steve estrujó con más fuerza el volante de su automóvil. Le significaba un vasto esfuerzo el no distraerse, el no desviar la mirada del cristal frontal y observar a su acompañante en el asiento del copiloto.
"—¿Por qué no sales conmigo? Puedo ir por ti a tu casa y después te llevo a un sitio genial".
La primera vez que lo había sugerido, Claire se había negado. Steve no había podido culparla, pues apenas se conocían por dos días.
Pero Steve decidió ser persistente, y al tercer día le preguntó nuevamente si saldría con él. En esa ocasión, ella le regaló un breve gesto, que más bien daba la apariencia de que ella sentía lástima por él.
"—Apenas te conozco. Vamos, no soy tan fácil."
"—No insinué que lo fueras. Por otro lado, si te invito a salir es porque quiero conocerte mejor. Contexto de amigos. Nada romántico."
Claire había reído por lo bajo. Después había aceptado.
Steve había conducido hasta su casa, que estaba situada en el extremo opuesto de la ciudad. No fue hasta que ella abordó su automóvil, que Steve creyó enmudecer. Si Claire era capaz de lucir sumamente bonita en un lugar tan hostil como la escuela, el verla relajada en la comodidad de su propio coche resultó indescriptible.
Claire tuvo que decir "hola" al menos tres veces, para que Steve abruptamente despertara de su aturdimiento y respondiese. Luego mientras manejaba su automóvil, Steve se maldijo incontables veces por su escasa capacidad para socializar propiamente.
Steve se sentía tan inquieto que optó por permanecer callado por un largo rato. Lo último que ansiaba era abrir la boca de más y decir algo inadecuado.
— ¿A dónde vamos? —inquirió Claire, una vez que Steve se detuvo tras un semáforo en rojo.
—Es secreto—y antes de que ella pudiese replicar, él la interrumpió. —No te preocupes, estoy seguro de que te gustará.
…
Steve aparcó frente a una casa de dos plantas, que parecía demasiado común para los estándares de Claire. Pero antes de anticipar lo peor, Steve le abrió educadamente la portezuela del coche. Mientras se abrían paso, lado a lado, por la acera, él no intentó tomarle de la mano, por el contrario, zambulló sus puños de inmediato en los bolsillos de sus pantalones.
—Dime que no estamos en tu casa—farfulló Claire, en un tono de clara molestia.
Steve se limitó a negar con la cabeza, al mismo tiempo que se mordía el labio inferior para omitir cualquier broma sin gracia que pudiese escapar de su boca. Posteriormente, para sorpresa de Claire, no se dirigió hasta la puerta principal de la casa, sino que caminó hasta detenerse frente al cobertizo, que permanecía cerrado.
— ¡Abran el garaje, soy Steve! —exclamó, golpeando con poca fuerza el portón de metal.
Tras un par de instantes en los que no obtuvieron respuesta alguna, Claire cruzó los brazos a la altura del pecho y comenzó a frotarse los antebrazos nerviosamente.
—Esto es demasiado extraño… ya no estoy tan segura de querer…
Como si sus palabras hubiesen sido alguna clase insólita de invocación, el gran portón se abrió hacia arriba automáticamente. Claire parpadeó repetidas veces, atónita. Pero todo rastro de irritación se desvaneció tan pronto como entraron al garaje.
Era una estancia lo suficientemente grande como para resguardar dos automóviles, sin embargo, no había nada relacionado a la industria automotriz a la vista. Ni siquiera un par de objetos de jardinería colgados a los muros pintados de un deslavado gris. Al fondo de la habitación, yacía una batería, detrás de ésta, había un muchacho que balanceaba diestramente las baquetas de madera entre sus dedos. Junto a él, una chica de facciones asiáticas sostenía un bajo.
Otro chico, que parecía el más joven en la estancia, jugueteaba suavemente con las cuerdas de su guitarra eléctrica, y finalmente, al centro y con una fuerte mano empuñada en torno al pedestal de un micrófono, un joven les miraba gravemente.
Los cuatro juntos, tenían una pinta de ser una banda de rock, o al menos que aspiraban a serlo.
—Steve, ¿quiénes son? —preguntó Claire, enarcando una ceja.
—Un Grupo.
—Eso está más que claro—masculló con sarcasmo, para después soltar un suspiro.
—No, no, así se llaman. —Ante el mohín de desconcierto de Claire, Steve se vio forzado a continuar hablando. — Vamos, se tomaran su tiempo para tocar para nosotros dos, primero escuchemos y luego te los presento, ¿te parece?
Claire asintió con la cabeza débilmente. Consecutivamente, el joven encargado de la batería comenzó por un brevísimo solo, que fue secundado por el rugir de la guitarra. Conforme la melodía se desarrollaba, Claire se sintió más confortable con la canción, ya que no se mostraron tan ruidosos como ella temía que serían.
Entonces, el cantante acercó su boca hasta el micrófono, y una voz grave, casi como un gruñido suave, resonó en la estancia.
"Ya no puedo esperar en el auto, recogerte para nuestra primera cita, ¿está bien si tomo tu mano?"
Claire sofocó una carcajada ante la lírica de la canción, pero no pudo contenerse cuando atisbó por el rabillo del ojo como Steve tensaba la mandíbula, en un claro signo de incomodidad.
—Esto no estaba planeado, ¡Claire no lo escuches! —murmuró Steve. Dicho esto se arrojó sobre ella, dispuesto a cubrirle los oídos con lo que le fuese posible.
"¿Te gusta mi estúpido cabello?"
Steve soltó un bramido de inconformidad, y se dio por vencido una vez que Claire, entre risas, le sostuvo de las muñecas, para que no intentase interrumpir la interferencia de la canción nuevamente.
"¿Podrías adivinar que no sabía que vestir? Estoy asustado de lo que pienses sobre mí. Me pones tan nervioso, que no puedo comer."
El agradable sonido de las carcajadas de Claire, aún reducidas a un suave murmullo gracias a la música, terminó por relajar a Steve, y cuando fue capaz de percatarse, Claire ya había alterado su agarre, de modo que en vez de tomarlo por el antebrazo, se aferraba con suavidad de su mano. De súbito, Steve sintió todo el calor de su cuerpo ascender hasta sus mejillas, y mientras disimuladamente desviaba el rostro para que ella no advirtiese su sonrojo, le brindó un efímero apretón.
"Vamos, no esperes, que la noche casi termina. Honestamente, hagamos que la noche dure por siempre."
...
Jill se sobresaltó cuando escuchó como llamaban a la puerta. Se cuestionó quién podría estar a su puerta a un horario tan inapropiado, ya que eran las ocho de la noche y era entresemana, por lo cual había escuela al día siguiente. Aparte de Leon, no tenía ninguna otra sospecha, y él mismo quedaba descartado de los posibles visitantes, pues él había aclarado que "temía ahogarse en su tarea de Física".
—Buenas noches, Jill.
Wesker se apoyó ociosamente contra el marco de madera. Aún con el exterior oscurecido por la bruma de la noche, él continuaba portando sus gafas negras de aviador.
—Pensaba que te habías rendido—admitió Jill, tras recordar que Wesker no le había hablado desde su aparatoso encuentro del primer día de clases.
— Sólo estás tomando el papel de la "difícil" —replicó Wesker, después prosiguió. —Pero no vine hasta tu casa para hablar sobre tu resistencia. Más bien, estuve pensando hoy en lo mucho que extraño verte con el cabello rubio.
Jill frunció el entrecejo, e intentando ignorar el nudo que se había formado en su garganta, optó por responderle bruscamente.
—Sé que no vienes aquí para hablarme sobre los errores de mi pasado. Ve al punto.
…
Una vez que la canción terminó, Claire soltó precipitadamente la mano de Steve para esbozar un símbolo de los cuernos con los dedos. Una extraña euforia le corría por el cuerpo, un instinto que le impedía dejar de sonreír.
— ¡Eres un idiota, Kevin! ¡De seguro fue tu idea! —amonestó Steve en una octava más alta, avanzando a zancadas al guitarrista, que despreocupado, sólo se apartó del rostro el flequillo castaño con el dorso de la mano.
—David me apoyó desde el principio.
El alto muchacho que yacía de pie tras el micrófono, no se inmutó cuando Steve se dirigió hacia él.
—Se supone que tú controlas a Kevin en sus ataques de estupidez…—pero antes de que Steve pudiese continuar despotricando a cada uno de los presentes, Claire le interrumpió, tomándole del brazo con sus dos manos y atrayéndolo hacia ella.
—Vamos, no estuvo mal. A mí me gustó la canción—señaló Claire, mientras entrecerraba los ojos en un gesto de picardía. — ¿Por qué no me los presentas?
Steve refunfuñó por lo bajo, y después puso todo su empeño en enfocarse en la calidez que le provocaba la cercanía de Claire. Una vez que estuvo más sereno, apuntó su dedo índice al joven que se encargaba de la batería. Su rubio cabello rizado contrastaba contra su tez oscura.
—Jim, el baterista pesimista—bromeó Steve, con una mueca de autosuficiencia que mostraba su orgullo absurdo por su juego de palabras.
Kevin se carcajeó tan violentamente que tuvo que abrazarse los costados.
—Por gente como tú, Steve, mi vida es una mierda—musitó Jim, ganándose una ojeada desaprobatoria por parte de David.
—Ella es Yoko—la chica del bajo asintió con la cabeza y luego sonrió amigablemente. —Y supongo que ya sabes quiénes son Kevin y David.
Claire se limitó a estudiarlos brevemente. Kevin, con su atractivo rostro, parecía un estereotipo de protagonista de comedia romántica, y David lucía como su opuesto total. Él, bien, podría ser el personaje misterioso. Su mera presencia resultaba casi imponente.
—Por cierto, Steve mencionó que se llamaban… ¿Un Grupo? —expresó Claire, algo insegura.
—Sí, idea de Kevin. Un nombre muy creativo si me preguntas—replicó Jim, socarrón.
Nuevamente la única persona que se desternilló de la risa, fue Kevin.
…
— ¿No crees que sería mejor si me invitaras a pasar? —insinuó Wesker, dando un paso al frente. Cuando se encontraba a una distancia escasa de Jill, con el dorso de su mano, se dedicó a acariciarle la mejilla ausentemente. Después se acercó a su oído y susurró, provocando que su aliento golpeteara contra su pálido cuello: — ¿O temes que tu cuerpo te traicione?
Jill retrocedió ágilmente, al mismo tiempo que apartaba la mano de Wesker de un manotazo. No obstante, las palabras de Wesker la habían dejado tan turbada que no pudo contestarle de inmediato.
—Justo como en los viejos tiempos, ¿te imaginas? Después de todo, no te culparía si extrañaras esa faceta de nuestra relación. Tengo entendido que soy muy bueno en la…
— ¡Basta! Sólo cállate por un momento…—y tan pronto como lo dijo, Jill se sintió sumamente arrepentida.
No. Arrepentimiento era un término sumamente erróneo.
Aterrorizada.
Casi podía ver la furia llamear en sus ojos. Casi podía atisbar sus pupilas, contrayéndose en diminutos puntitos, mientras el halo casi transparente de su iris azul comenzaba por expandirse. Pero no era necesario que lo observara. Jill podía sentirlo. Un odio tan palpable que casi le cortaba la respiración.
Antes de que pudiese cerrarle la puerta en las narices, Wesker se abría paso a su casa, impulsivamente, mientras que su mano derecha se aferraba bruscamente al brazo de Jill, atrapándolo en un agarre doloroso.
—Nadie me calla. Nadie—repitió Wesker, con su voz impasible. —Ni siquiera tú.
Y la dejó ir.
—Vete, Wesker—ordenó Jill, acariciando con su otra mano, el brazo lesionado. Probablemente obtendría un par de hematomas extras para la colección. —Por favor, retírate.
—Antes de que me retire, quiero que aceptes esto de vuelta.
Wesker extendió su mano hacia ella, con un rectángulo dentro de su puño.
—El modelo que actualmente cargas contigo, no es digno de ti—opinó Wesker, el tono empleado resultaba tan frívolo como de costumbre. Era como si nunca hubiese intentado agredirla.
—No quiero nada que me recuerde a ti—replicó Jill, reconociendo su antiguo Smartphone en las manos de Wesker.
—No me iré hasta que lo aceptes.
Jill se encontraba tan desesperada por la retirada de Wesker, que no tuvo más opción que aceptar su obsequio.
…
Charlaron por lo que pareció una eternidad. Conforme los minutos pasaban, las bromas aumentaban, y Claire cada vez se sentía más cómoda en presencia de los amigos de Steve. No fue hasta que fueron las diez y media que Steve se excusó, diciendo que se dormía temprano en días de escuela, que ambos tuvieron que retirarse.
—En realidad, nunca duermo temprano—admitió Steve, cuando le abrió la portezuela del automóvil.
— ¿Me llevarás a casa? —preguntó Claire, decepcionada.
Steve negó con la cabeza y aceleró el automóvil.
…
No la llevó a su casa. Pero tampoco la invitó a ningún sitio en específico.
Primero, condujo al autoservicio de un restaurante de comida rápida, dónde compró dos malteadas grandes. Una de vainilla para él, una de fresa para ella. Después, manejó por un largo trayecto, sin detenerse en ningún lugar.
Entonces, platicaron. Hablaron sobre gustos, sobre pasatiempos. Cosas banales. Cosas sin importancia que a Steve le interesaban y que a Claire no le venía mal hablar sobre.
Steve le contó de su afición por el pilotaje de aviones, Claire le habló sobre su pasión por las motos. Steve le contó sobre sus planes para el futuro. Ella le habló de su pasado. A pesar de ser un conductor responsable, Steve escuchó atentamente la mayoría de sus palabras.
Al final, cuando las calles de la ciudad quedaron desiertas y el único coche que se desplazaba por las avenidas era el de Steve, se sumergieron en un silencio cómodo. Claire sacó cuidadosamente la cabeza por la ventanilla y volteando hacia arriba, contemplando el cielo oscuro, bebió los últimos tragos su malteada.
—Realmente, me la he pasado muy bien, Steve. Muy, muy bien—admitió Claire, una vez que estuvo posicionada correctamente en el asiento de copiloto.
Steve se giró brevemente para verla y asintió.
—Hubieron un par de sorpresas desagradables…
Claire le sonrió cálidamente, al mismo tiempo que dirigía su mano hasta el cabello de Steve, y lo acarició con la punta de los dedos.
—Por cierto, tu cabello no es estúpido. De hecho, creo que me gusta.
…
Claire cerró silenciosamente la puerta principal tras de sí. La casa yacía sumida en penumbras, así que cuando la primera habitación de la casa se iluminó con su paso y la silueta de su hermano fue más que visible, no pudo omitir un grito de sorpresa.
— ¿Dónde has estado? —preguntó Chris, frívolamente.
De súbito, tan pronto como Claire había asumido que no podría salir por una eternidad o que sería amenazada con una vida consagrada junto a unas monjas, Chris perdió la compostura y comenzó a carcajearse violentamente.
—Lo siento—farfulló Chris entrecortadamente. —Siempre había querido hacer eso.
Claire suspiró, aliviada.
—Pero, no has contestado mi pregunta.
En esta ocasión, ella giró los ojos.
—No es de tu incumbencia—replicó Claire, por alguna extraña razón, se sintió atacada. Lo último que necesitaba era una pelea con su hermano, pero le resultaba imposible detenerse.
—Sí que lo es. Te esperé por una eternidad a que regresaras. Hasta compré hamburguesas, para que cenáramos juntos
—Hubieras invitado a Jessica, entonces. ¿O ella, como el resto de tus plásticas ex-novias, tampoco come? —inquirió con sorna.
Chris pareció perder su apariencia del mejor hermano del mundo en una milésima de segundo. Era como si hubiese cambiado de papeles, para tornarse en un ser amenazador, que la observaba con desprecio.
—No tienes por qué ser tan ruda. ¿O te has estado sintiendo tan sola que te escapas con cualquiera que te lo ofrezca?
— ¿Disculpa? ¿Acabas de insinuar que ando acostándome con muchachos por ahí?
Chris asintió con la cabeza, y Claire le observó penetrante.
—Eres una malagradecida…
— ¡Y tú no tienes derecho a juzgarme! —gruñó Claire, mientras se acercaba a Chris lo suficiente como para ser capaz de alcanzarlo. Después le dio un breve empujón. — ¡No tienes derecho a saber a dónde voy! ¡Ni a decirme todas esas cosas rudas! ¡No eres papá! ¡Papá está muerto y tú nunca, nunca, podrás ser capaz de tomar su lugar!
Cuando Claire fue consciente de las lágrimas que corrían por sus empalidecidas mejillas, advirtió que no podía dejar de balbucear incoherencias, todo gracias al nudo doloroso que se había formado en el fondo de su estómago. Incapaz de detener las lágrimas, y sintiéndose impotente, se precipitó hasta su habitación, no sin antes darle un empujón de hombros a Chris, quién permaneció estático, y con la mirada fija en el piso por un largo rato.
— ¡Y tal vez tengas razón! —exclamó Claire, antes de entrar a su cuarto. — ¡No soy virgen! ¡Tal vez si sea una cualquiera!
…
A pesar del intenso calor, Claire tomó su sábana y se cubrió completamente. Normalmente hacía eso cuando no quería continuar escuchando a Chris llamando a su puerta.
Solo que en esta ocasión, ella estaba completamente segura de que no escucharía unos nudillos golpeando contra la madera.
…
El jueves los hermanos Redfield no asistieron a ninguna de sus clases, y tanto Jill como Steve, guardaron su consternación para sí mismos. Leon tan sólo pareció atento a la mesa de los populares durante todo el receso. Como si Claire fuese a aparecer mágicamente en su asiento.
…
El viernes, ante la mirada atónita de Leon, Claire llegó al instituto con Steve.
Chris arribó en su propia camioneta, solo.
— ¿Qué demonios hace Steve con ella? —masculló Leon, para Jill.
Jill negó con la cabeza.
—Pensé que la odiabas.
—La odio.
Jill contempló a lo lejos como Chris desplazaba a Jessica, y se adentraba al edificio, solo, de nuevo.
—Entonces, ¿qué es lo que te molesta? —preguntó Jill, una vez que Chris desapareció de su campo de visión. —Creía que tú habías alentado a Steve para que se le acercara.
Su aparición había sido un alivio, uno tan grande, como el que suponía el permanecer un largo rato bajo el agua y después sacar la cabeza para tomar una fuerte bocanada de oxígeno.
Sí, Jill podía llegar a considerar a Chris como su propio oxígeno.
—No debía resultar así. Se suponía que ella debía ignorarlo…
—Los Redfield son totalmente impredecibles, Leon.
…
En el cambio de clases, Jill se dirigía hacia el aula de Lógica I cuando se cruzó con Chris. Él le dedicó la mirada más desdeñosa que jamás le había regalado, y se retiró.
Jill permaneció paralizada unos instantes.
A veces no comprendía cómo alguien podía expresar tanto desprecio en un simple vistazo.
…
Para la hora de salida, Leon parecía haberse olvidado de que Claire existía. Apoyado, con la espalda contra su Aveo negro, mientras Ada Wong coqueteaba descaradamente con él, no creía que pudiese existir un placer más grande en la vida.
Ada apoyó su esbelto cuerpo contra el de Leon, de modo que él quedó atrapado contra su propio automóvil y la única mujer que era capaz de inquietarlo. Su respiración se irregularizó, y se permitió cerrar los ojos, al mismo tiempo que se permitía replantear la posibilidad de algo más satisfactorio que la presencia de Ada.
Claro que existía. Ella misma se lo había mostrado el verano pasado.
—Te extrañé, guapo—entonces deslizó una mano por su pecho, descendiendo hasta su abdomen bajo.
Leon inmediatamente sintió su cuerpo tensarse.
—No en un lugar público.
Ada en respuesta clavó sus grises ojos entrecerrados en los de él. Después, como si fuera posible, apegó más su cuerpo contra el de Leon, arrancándole un gruñido ronco.
—No pareces muy dispuesto a detenerme—ronroneó Ada, muy cerca de sus labios. Su cálido aliento golpeteó contra su boca.
—No me provoques, Ada.
Ada soltó una brevísima carcajada, antes de pegar sus labios a los de Leon. Ella le besó con una desesperación que resultaba abrumadora, que consumía los sentidos. Era un sentimiento que ambos conocían muy bien. Era el deseo que les abrasaba con fuerza. Leon le correspondió, disfrutando de todas esas sensaciones que sólo Ada era capaz de causar en su cuerpo. Como los estremecimientos de placer que sólo su hábil boca podía provocar.
De súbito, la mano de Ada descendió más de lo que se podía considerar como permitido en un lugar público, y soltando un quejido, Leon se apartó.
—Si tú no quieres está bien—admitió Ada, sobreactuando su decepción.
—No es que no quiera. No debemos.
—Siempre siguiendo las reglas y siendo el chico bueno—protestó ella, hablando lentamente, en su usual tono sensual. —Eso es lo que me gustó de ti. Estuve tan sorprendida el verano cuando me admitiste que no eras virgen. Juraría que eras la clase de chico que respetaba tanto a sus chicas, que no les permitías ir muy lejos.
En esta ocasión, Leon acortó las distancias con Ada, y tomándola de la cintura, la atrajo hacia él, y le dio un corto beso en los labios.
—Puedo sorprenderte de otras maneras.
—Luego habrá tiempo—acortó ella, posicionando sus manos sobre los anchos hombros de Leon. Apretó sus dedos contra la tela azul de su camisa, arrugándola con su fricción. Él suspiró por lo bajo, claramente ansiando más. —Por ahora, necesito un pequeño favor.
—Dime—exigió Leon, casi sin aliento.
Ada se apartó del agarre de Leon, y por un momento, aun aunque fuesen amigos con derechos, Leon recordó lo fuera de alcance que Ada estaba para él. Ada se apoyó cuidadosamente contra el coche, en una pose ligeramente sugestiva.
—Tengo un pequeño pendiente y necesito transporte. Me preguntaba si tu serías tan amable de…—Leon sintió algo agitarse dentro de sí. Por supuesto que él la llevaría a donde necesitase. —… ¿Prestarme tu auto el fin de semana?
…
Jill se abrochó el cinturón de seguridad, con cuidado de no estirar mucho el brazo que tenía lesionado. Cualquiera podía llegar a la conclusión de que estaba exagerando, pero nadie era capaz de observar bajo la tela de la manga larga de su camiseta y contemplar el enorme verdugón que resaltaba contra la palidez de su piel.
En realidad Wesker era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
Pero por otro lado, Jill era una persona propensa a sufrir de hematomas.
En los últimos dos días, el acoso por parte de Excella había continuado. Aunque se había limitado toda la semana a los insultos verbales. No fue hasta el viernes que Excella se percató de su actitud minuciosa en todo cuanto suponía tener algún contacto físico con su brazo izquierdo.
Después la había acorralado en un pasillo solitario y la había empujado contra un casillero, asegurándose que toda la fuerza del impacto, la recibiera con su brazo ya herido.
Jill no le había dicho nada.
Nunca lo hacía.
Lo único que lograba animarla era la idea del fin de semana. Finalmente descansaría de Excella y su abuso. De Chris y su odio parcial. Aunque lo que menos deseaba era enfrentarse a la soledad de su casa, no tenía otra opción viable.
De súbito, unos toquecitos contra el vidrio de su camioneta le desconcertaron, sacándola del estupor que implicaban sus pensamientos.
Jill giró el rostro, y del otro lado del cristal, contempló el rostro irritado de su mejor amigo. Ella le hizo un gesto con la mano, y Leon se adentró a la camioneta, ocupando el asiento del copiloto.
— ¿Puedo ir a tu casa? Ya sabes, podemos jugar videojuegos toda la tarde…
— ¿Ada te quitó el coche otra vez?
— ¿Cómo supiste?
Jill le movió a la palanca de los cambios, maniobrando con el volante, hasta que su camioneta salió del sitio donde yacía aparcada.
—Nunca le dices que no.
Traduje la canción porque si la ponía en inglés no iba a lucir tan bien. La canción es First date de Blink 182, creo que era apropiada para la ocasión. Escúchenla, la van a reconocer al instante, salió en muchas pelis y en los simpsons.
Perdón por mi ausencia, me fui de vacaciones y sufrí un bloqueo terrible. Así que gracias a quienes esperaron la actualización, I love you so much. Mencionaré a Claire Kennedy por su review anónimo que no puedo responder.
Sobre el fic. Hay demasiadas pistas por todos lados en todo el capítulo. Haría mis preguntas del día, pero me limitaré a poner sólo una: ¿conclusiones, alguien?
