Sinceramente creo que este capítulo se salva por los últimos párrafos xdddd debería reescribirlo, lo he pensado pero... me dio demasiada pereza. Soy lo peor XD.


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My Queen

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III. Juventud

Era muy joven. Quizá era por eso que estaba tan hermosa. Arthur mantuvo un semblante sereno durante toda la ceremonia, observando los pasos, ya conocidos, escuchando cada frase… A pesar de que, por dentro, a cada palabra su alma temblaba como la cuerda de un instrumento de emoción contenida.

Elizabeth trató de mirarlo en más de una ocasión, se dio cuenta, y cuando sus miradas se cruzaban él, con la misma severidad que en su educación y la misma amabilidad, la indicaba que prestase atención. Era su coronación, no debía distraerse mirando a otros lados.

Era una ceremonia ostentosa, llena de joyas, bonitas ropas y palabras ceremoniales, pero así debía ser. No siempre se coronaba a un rey, o a una reina. Y era cierto… sus habitantes hablaban de ello durante semanas, meses, tanto antes como después, estuviesen presentes o no, su emoción era casi palpable, y aún cuando él ya llevaba tantas a sus espaldas y tantas por venir, seguía emocionándole como la primera vez.

Sin embargo en aquella ocasión tenía un sabor aún más dulce que el habitual.

Sabía por qué era: era ella. A ella estaba destinada aquella corona y aquella capa que acompañaba la coronación. Hablar con María y con Eduardo lo habían dejado frío, hacerlo con Elizabeth era diferente. Dejando de prestar atención pensó en aquello, ¿había algún motivo más que el sentir que la corona era para ella? Alguna clase de implicación… Cualquier país era consciente de que no debía encariñarse demasiado… Todos tenían a sus favoritos, por supuesto, el día a día hacía que, aunque viviesen poco en comparación a ellos, se formasen lazos, vínculos. Pero había que tener presente que, tarde o temprano, tendrían que acudir a su funeral. ¿Cómo entonces permitirte apreciar de más a alguien?

Se dijo que no, no era el caso. Elizabeth era importante, pensó observando su sonrisa radiante, escuchando de fondo su discurso. Pero no era el caso.

Y por fin acabó. La grandilocuencia de las palabras y los tonos dorados y brillantes se fueron disipando. La ceremonia había terminado y, aunque ahora venía la comida, el ambiente comenzaba a descargarse.

Como ya esperaba Elizabeth se acercó a él en cuanto pudo. Con una sonrisa en los ojos le besó la mano con delicadeza.

-Habéis estado radiante –la alabó.

Ella rió como una niña. Por supuesto, aún era joven. Se podía apreciar en sus ojos, en su piel aún tersa…

-Que cosas me decís…

-La verdad –eso la hizo sonreír más. Era una mujer modesta gracias a su vida lejos de la corte, pero los halagos de Arthur seguían siendo importantes. Más de lo que daba a entender solo con una sonrisa.

Ella le observó. Recordó cuando había descubierto quién, qué, era realmente Arthur. Inglaterra. Nuestro país… Le había costado comprender la idea pero la había creído, de inmediato. Explicaba ese aspecto imponente, reverencial, que emitía Arthur sin darse cuenta. De alguna forma cuando descubrió se dio cuenta de que no podía ser otra cosa.

Mirando a su alrededor se planteó cuánto implicaba aquello. ¿Había visto como coronaban a su padre, a su abuelo, a todos sus predecesores? Por supuesto. ¿Les había hablado de la misma forma que a ella, explicandoles? ¿Cómo habían reaccionado al darse cuenta? Le observó de nuevo de reojo, como tantas veces. Tantos años a sus espaldas, tantos nombres. Y, sin embargo, un ojo poco atento ni se daría cuenta de que no era uno más, incluso podrían haberse preguntando qué hacía allí, por qué se arrodillaban ante él. Le trataban de lord pero ¿cuál era su titulo? Ninguno de los esperados, algo mucho mayor.

Ahora soy la reina, pensó Elizabeth. ¿Dónde me coloca eso? ¿Por encima de él o inmediatamente debajo? Era algo que muchos antes que ella debían de haberse planteado. Rió para sí misma, bebiendo un poco más. Arthur la adoraba, se daba cuenta, pero el sentimiento era mutuo. Él era su pueblo, era todas las personas bajo su mando… Tanto campesinos como pescadores, como condes y lores… Ah, cuánto era aquello… Tembló al imaginarse lo que sería hacer algo sin su aprobación, ¿sería capaz alguien? Si se empeñaba podía hacerlo, era la reina… Él no podía detenerla, estaba segura pero el solo imaginarlo la hacía temblar.

Por primera vez dio gracias a la buena relación que habían tenido desde el principio.