Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenece.
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¡Hola a todos/as! ¿Cómo están? Espero que bien. Y, como siempre, he aquí el capítulo de hoy que espero les guste. Pero, para no perder la sana costumbre, y porque lo creo únicamente justo para ustedes, quisiera decirles gracias por leer mi historia y haberle dado y seguirle dando una oportunidad. Especialmente gracias a aquellas personas que se tomaron la molestia y el tiempo para hacerme saber su opinión. ¡Muchas gracias! A: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa (gracias por tu review y la correción, ese se me pasó, intentaré corregirlo =) y no te preocupes por la longitud de lo que escribes. Por poquito que sea, me anima), Lucia991, inowe, Darkrukia4 (qué bueno que te haya hecho reír, era la idea, así que me siento realizada =P), Rukia Kurosaki-chan, fandita-eromena (qué bueno que te haya gustado la personalidad de Fuery porque siempre se me hace que es una de las más difíciles =)), Andyhaikufma (me alegra tenerte por aquí y que te haya gustado el toque humorístico, de verdad =D)y Guest, por sus alentadores comentarios. Ojalá que éste capítulo les guste también. ¡Nos vemos y besitos!
Crisis de la mediana edad
III
"Alternando conversaciones amenas"
Dando media vuelta y caminando hasta su escritorio, se inclinó sobre la bolsa de cartón que su teniente primera había depositado allí, curioseando el interior. Como siempre, reconoció los caracteres Xingnenses trazados a modo de pinceladas rojas delante de la bolsa, y el agradable aroma familiar a comida caliente proviniendo del interior. Igual que siempre, también, había dos pequeñas cajas de cartón dentro de dicha bolsa. Dos órdenes de una porción cada una, para llevar, con sus respectivos pares de palillos. Y una pequeña bolsa con varias galletas de la fortuna. Inhalando, sonrió. Era una fortuna tener una teniente primera tan eficiente. Empezaba a tener hambre.
—Traje lo que me ordenó, general. Una orden de fideos de trigo con carne de cerdo, como siempre —aseguró, cruzándose de brazos, viéndolo curiosear.
Su superior se enderezó —Excelente, teniente. Empezaba a desfallecer.
Riza negó calmamente con la cabeza, atravesando la oficina también y caminando hasta donde se encontraba la bolsa, removiendo la primera de las cajitas de cartón y depositándola sobre el escritorio. Retrayendo la segunda, repitió el proceso. Dejándola junto a la primera. No obstante, dedicó una mirada reprobatoria a su superior cuando éste fue a tomar la suya —¿Asumo que estoy olvidando algo...?
Espiró —Así es, general. Por favor lávese las manos.
—Pero moriré de hambre, teniente —objetó—. Y estoy seguro de que no es positivo para mi ambición si lo hago.
—Está siendo melodramático, general. No morirá de hambre —replicó, dedicándole una mirada escéptica. Su superior tendía a ser algo exagerado, en ocasiones. Ésta siendo una de ésas.
—No estoy seguro, teniente. Bien podría hacerlo —insistió.
Riza tomó la caja correspondiente a su superior y la retiró de su inmediato alcance, dejándola en el otro extremo del escritorio, alejándola de las manos de él. Entonces, se cruzó de brazos. Expresión de clara amonestación —General, apreciaría que no me obligue a repetirme. Si no se percató, yo también tengo hambre. Dado que aún estoy aquí con usted. Y preferiría comer antes de finalizada la jornada laboral.
Roy asintió, resignado. Una Hawkeye hambrienta era una Hawkeye irritada, aunque generalmente se molestaba en disimularlo y actuar controlada cuando había otros en el cuarto que no fueran ellos dos. Pero ésta vez solo eran ellos, como otras tantas noches, y Hawkeye no era tan indulgente con su persona cuando no solo la retenía a altas horas de la noche para hacer papeleo sino que encima prolongaba su tortura fastidiándola y deteniéndola de comer. Eso era, sin mencionar, que tenía una mala manía de presionar sus botones y trabajar sus nervios solo por diversión —Entiendo, teniente. Regresaré en un minuto.
Su teniente primera hizo un gesto afirmativo con la cabeza a modo de respuesta —Usted haga eso, general. Yo tendré todo listo cuando regrese. Incluido su papeleo.
El moreno colgó la cabeza, rendido, ya de camino a la puerta —Temí que dijera eso, teniente —antes de salir y dirigirse al baño privado que poseía la oficina exterior que compartía con todos sus subordinados.
Una vez estuvo fuera de la vista, ella negó con la cabeza, calmamente. Las comisuras de sus labios curvándose a duras penas hacia arriba, en un atisbo de tenue sonrisa. Su superior podía actuar considerablemente infantil, en ocasiones. Por lo que no era realmente una sorpresa que a ella la creyeran su niñera, en el cuartel general. No lo era. Seguro, en ocasiones tenía que estarle encima para que realizara su papeleo y recordarle las fechas tope y límite. Y señalarle lo que debía ser corregido. Sin embargo, no lo hacía porque el general de brigada fuese incapaz de realizar su trabajo. Porque no lo era. De hecho, era sumamente capaz. Pero parecía tener una particular aversión a la realización de trabajo burocrático. Resultando en su habitual mala costumbre de procrastinación y holgazanería.
No obstante, con el incentivo adecuado, la persuasión correcta o al menos una compensación aceptable, su superior era perfectamente capaz de encontrar la energía y motivación suficiente para realizar su trabajo adecuadamente. Era algo arduo, no lo negaría. Dado que éste tendía a ser manipulador e intentaba, constantemente, negociar su trabajo para evitar hacerlo. Negociar su salida temprana. Y era allí donde entraba ella. Manteniéndolo en línea, concentrado, y vigilándolo para que no escaqueara de sus obligaciones. Y aún así, Riza no se quejaba. Si, lidiar con el general de brigada era un trabajo arduo, pero era el trabajo que ella había escogido. La promesa que había hecho, de aceptar ser su ayudante y mantenerlo centrado y en su camino a la cima, y lo hacía gustosamente. Así tuviera, en ocasiones, que sacrificar comodidades o tiempo libre o incluso anteponer su trabajo a su vida personal por dicha tarea. Hawkeye lo hacía eficientemente y sin quejarse.
Tomando las dos tazas de café que había preparado, las llevó a la pequeña mesa de café entre los sofás y las acomodó una frente a la otra. Con una respectiva caja de cartón de comida Xingnense y los correspondientes palillos para comer. En medio, apilado y completamente organizado, se encontraba el papeleo del general. Que en ese preciso instante entraba por la puerta, toalla en manos, aún librándose del exceso de agua. Al ver las cosas dispuestas como era costumbre, sonrió —Veo que no me zafaré de ésta, ¿no es así, teniente?
Riza negó con calma, sentándose en uno de los sofás. Espalda erguida, postura perfecta —Me temo que no, general. Como dije, tendrá que hacer su papeleo.
Él asintió, tomando asiento en el sofá de enfrente al de ella. Y tomando su caja de comida —No, supongo que no. Aún así, admito que hacer mi papeleo de esta forma no es tan malo —abrió la caja, tomando los palillos. Sonrisa arrogante de lado—, siempre es mejor la compañía de una mujer a comer solo.
Ella lo imitó, tomando sus palillos y su propia cajita en manos, la cual abrió con destreza, deslizando las puntas de dichos palillos de madera en el interior —No sea adulador, general. No le servirá para que haga su trabajo por usted.
Roy atrapó unos fideos entre los palillos y los llevó a la boca, sorbiendo con calma. Sonrisa aún en los labios —No intentaba serlo, teniente. Estaba siendo honesto, de hecho.
Riza tragó, enarcando una ceja en dirección de su superior —Con todo respeto, general. Es difícil saber, con usted. Dado que tiene la costumbre de halagar indiscriminadamente.
Frunció el entrecejo, deteniendo los palillos en el aire —Me ofende, teniente. No a todo el mundo.
Ella cerró los ojos con calma y se llevó unos cuantos fideos de arroz, atrapados entre los palillos, a la boca, con suma destreza. Tragó —Mis disculpas, general. Tiene razón. Sólo halaga a básicamente el 98% de la población femenina de Amestris.
Roy enarcó una ceja, sonriendo con satisfacción —¿Oigo un trasfondo de celos, teniente?
Riza le dedicó una mirada de amonestación. Como si la sola idea fuera burlesca —No sea ridículo, general. Simplemente estaba estableciendo un hecho.
Encogiéndose de hombros, introdujo los palillos y retrajo algunos fideos, que con calma llevó a sus labios. Sorbió y tragó —Si usted dice, teniente...
Cerró los ojos con suavidad —Así es, general —imitando a su superior.
Tomando la taza por la asidera, se la llevó a los labios. Bebiendo un buen trago. Estaba caliente. Y aunque no era lo más óptimo para acompañar la comida, era lo que había. Además, le serviría para mantenerse activo y alerta, para realizar su trabajo —¿Tiene frío, teniente? —el calefactor estaba demorando un poco en calentar la oficina. Después de todo, se trataba de un espacio grande.
—Solo un poco, general. Pero pronto terminará de calentar el ambiente y estaré perfectamente —aseguró, alzando la vista de su comida. Palillos en mano.
Roy dejó la taza en la mesita de café en medio de ambos y volvió a tomar la caja de cartón —Si quiere, puede venir aquí, teniente —gesticuló, con los palillos, señalando el lugar junto a él.
Riza soltó un bufido paciente —Me temo que eso no funcionará conmigo, general. Además, recuerde que tiene trabajo que hacer, por favor.
—¿Sabe, teniente? No estaba sugiriendo nada inapropiado. Salvo acurrucarnos en un espacio reducido para mantener el calor corporal —replicó, con una sonrisa soberbia. Palillos revolviendo el interior de la cajita de comida.
—Eso es la definición de inapropiado, general. Además, dudo que con usted fuera sólo eso.
Él enarcó ambas cejas, entretenido, evidentemente —¿Está sugiriendo, teniente, que me propasaría de tenerla cerca?
—No, general. No lo estoy sugiriendo. Pensé que había sido considerablemente directa al respecto —retrucó, con cierta acidez moderada.
—Soy un caballero cuando deseo serlo, Hawkeye —objetó, volviendo a gesticular con los palillos en mano. Ciertamente él no era tan diestro como su teniente primera con éstos. De hecho, en ocasiones, se quedaba instantes ensimismado sólo observándola obrar con los palillos entre sus largos y esbeltos dedos, intentando atrapar fideos, y llevárselos a los labios con igual calma y habilidad. Él era desprolijo, y torpe. Y en ocasiones tenía que pescar los fideos en el interior del cartón, dos o tres veces, antes de poder llevárselos a la boca. Ella no. Ella era hábil, diestra y certera. Como en todo lo que hacía. En ocasiones, se preguntaba si no había nada que hiciera mal. O al menos ligeramente desprolijo o sin tanta habilidad, como el resto de la humanidad. Hawkeye lo hacía sentir más inútil que la lluvia.
—No lo dudo, general —confirmó—. Solo dudo que en ocasiones tenga deseos de serlo.
—Admito que no tengo respuesta para eso —replicó, sonriendo con arrogancia.
Riza asintió —Es bueno ver que al menos admite ciertos aspectos de su personalidad.
—Solo a usted, teniente —concedió. Dejando la caja de cartón y tomando la taza de humeante café por la asidera. Dejando la taza, tomó el primer papel, y comenzó a leerlo. Por unos instantes, ambos permanecieron en completo silencio. Él escaneando la página con sus ojos carbón. Y ella aguardando, taza de café propia en la mano. Generalmente prefería el té, al café. Desgraciadamente, el primero la ayudaba a relajarse y dormirse, mientras que el segundo a permanecer activa y alerta. Y, desgraciadamente también, eso era exactamente lo que necesitaba. Mantenerse despierta, activa, para ayudar al general de brigada con el papeleo referente a Ishbal. De hecho, se había vuelto algo así como una costumbre. Cuando éstos se acumulaban, como aquel día, ella silenciosamente accedía a permanecer con él después de horas. Ambos trabajando en todo lo referente al proyecto de Ishbal. Después de todo, era su propio proyecto privado, en cierta forma. De ella y de él. El lugar en que había comenzado todo. Y sabía que Hawkeye sentía igual devoción y compromiso y deuda hacia el proyecto. Hacia el pueblo que ellos mismos habían ayudado a masacrar, con sus propias manos.
Así que simplemente acordaban, sin necesidad de palabras, permanecer después de horas, una vez se hubiera marchado el resto. Y entonces Hawkeye se marchaba al restaurante Xingnense que quedaba a una cuadra del cuartel general, en Central. El mismo que había sugerido una vez el teniente segundo Breda, y ordenaba lo mismo de siempre. Dos órdenes para llevar; una de fideos de trigo con puerco, y la otra de fideos de arroz con pollo y verduras para ella. Y los traía de regreso a la oficina, donde preparaba una taza de café para cada uno y se sentaba a asistirlo con dicho papeleo. Alternando conversaciones amenas y posibles indirectas inapropiadas de parte de él que ella inmediatamente cortaba con un tono seco y tajante. No esperaba menos de la siempre obediente y correcta, Hawkeye, de todas formas.
Aún así, no podía sacarse de la cabeza que eso era lo más próximo al tipo de cosas que los hombres hacían con sus respectivas novias que él haría. Ordenar comida Xingnense para llevar y comerla en compañía de su teniente primera en la soledad y el vacío de su propia amplia oficina privada en el cuartel general de Central. Nunca había mencionado dicha ocurrencia en voz alta, por supuesto. Hawkeye le dispararía, quizá no literal pero sí figurativamente por ello, una mirada de reprobación. Y posiblemente diría que estaba alimentando su excesivamente activa imaginación pensando en ello también. Para luego ponerse de pie, excusarse y marcharse, asegurando que lo vería al día siguiente. Y nunca más repetir la rutina. Y él empezaba a acostumbrarse a la rutina. A gustarle. De hecho, no estaba seguro si la cambiaría por una cita trivial con una mujer con la que sí pudiera acostarse, y a la que sí pudiera cortejar y besar, al menos, al final de la cita. Solo que en su mente reemplazaba el café aguado del cuartel por una botella de vino tinto. Seco y de sabor intenso, como sabía le gustaba a ella. A diferencia de la mayoría de las mujeres que solía frecuentar, que preferían los vinos livianos, dulces y con tonos frutales.
—Esta es una hoja de solicitud de mayores provisiones para Ishbal, teniente. Revísela, por favor.
Ella extendió la mano por encima de la mesa y la tomó, con calma. Empezó a leerla —Así es, general. Específicamente medicinas solicitadas por el Doctor Marcoh —se la devolvió y él la apoyó sobre la mesa y la firmó rápidamente, con un ligero trazo.
Volvió a entregársela a su teniente primera —Archívela, por favor, teniente. Mañana a primera hora la entregaremos a quien corresponda. Yo mismo veré que el cargamento sea entregado, de ser necesario.
Riza la aceptó y la guardó en el interior de una carpeta —Si, señor.
Roy tomó el siguiente papel y lo revisó. Y luego el siguiente. Se trataba mayoritariamente de finalizaciones de proyectos y construcciones, que necesitaban su corroboración y aprobación, para ya ser entregadas a los altos cargos. Así como también una notificación del éxito de las cosechas de trigo de ese año. Y unas pocas partidas de nacimiento. Partidas de nacimiento de los primeros Ishbalitas nacidos en libertad, lejos de los centros de confinamiento o la clandestinidad, de los primeros nacidos en su Tierra Santa. Un logro del que estaban orgullosos. Las cosas estaban resultando relativamente bien.
Atrapando unos fideos entre los palillos los llevó a su boca, sorbiéndolos y tragando con calma —Recuérdeme agradecerle al teniente segundo Breda por la sugerencia del restaurante, teniente.
Ella sonrió con calma, tenuemente —Lo haré, general. El teniente segundo parece tener buen gusto para la comida —concedió.
Roy asintió, atrapando un trozo de cerdo. El cual masticó y tragó igualmente, siempre con la boca cerrada, por supuesto —Debería. Con todo lo que come.
Frunció el entrecejo —No debería comer tanto cerdo, general. Le hará daño a su corazón. Así como lo hará la bebida.
—Con todo respeto, teniente. Sólo los hombres mayores deben preocuparse por ese estilo de cosas. Mi corazón está perfectamente.
—Sin ánimos de ofender, general. Pero si mal no recuerda, cumplirá 36 este año. Debería comenzar a atender a su salud más cuidadosamente.
Inevitablemente, torció el gesto. No solo su teniente primera había cometido una blasfemia diciendo su edad en voz alta, sino que lo había tratado de "hombre mayor". Sin quererlo, quebró los palillos en dos, con un suave "crack", de tanto apretar los dedos —Sólo a mitad de año, teniente —mandíbula tensa—. Y, como afirmé, mi salud se encuentra perfectamente.
—Su hígado no durará demasiado, general. Si continúa bebiendo como lo hizo anoche.
Suspiró, tomando un par de palillos nuevos —Si prometo no volver a beber de esa forma, teniente, ¿dejará en paz el tema de la edad?
—Solo si promete cuidarse con más esmero, general —objetó, seria. En ocasiones, se preguntaba como alguien de la edad del general de brigada podía mantener el estilo de vida que llevaba. Comiendo inadecuadamente, debido a su soltería y al hecho de que la mayor parte del tiempo cenaba afuera, bebiendo en excesos. Y eso era, sin mencionar, su estilo de vida libertino. Ciertamente no podía ser sano. Y no quería perder todo su trabajo de vigilar su espalda solo para que muriera a la edad de 35 de una afección al corazón, o una enfermedad de dudoso origen. Algo de lo que, evidentemente, no podía protegerlo.
Volvió a espirar, deslizando los palillos al interior de la caja de cartón —Entiendo, teniente. Seré más cuidadoso, ¿satisfecha?
Su expresión se suavizó ligeramente —Así es, general —llevándose una propia tanda de fideos a los labios—. Muchas gracias.
Roy se detuvo de continuar hurgando en su cartón por fideos, palillos en mano y puntas dentro de la caja. Alzó la mirada a ella —Y hablando de agradecimientos, teniente. Usted fue quien me llevó a casa anoche, ¿no es así?
Por un instante, se tensó. Sin embargo, se relajó segundos después. Cerró los ojos con calma —Así es, general. Barry me llamó y fui hasta el bar a recogerlo.
Hizo una pausa, dubitativo —Ah... No cometí... ninguna idiotez, ¿no es así, teniente? Me refiero...
Negó secamente con la cabeza. Cortándolo, tajante y al instante —No, general. No cometió ninguna idiotez, salvo su usual comportamiento de verbalizar pensamientos inapropiados.
—Es un alivio —concedió, finalmente atrapando fideos y llevándoselos a la boca.
Riza asintió, ojos clavados en el interior de la caja de comida Xingnense en su mano. Labios finamente tensados en una línea —Así es, general. Un alivio...
No tenía sentido informarle de aquello, de todas maneras. Nunca lo hacía, y Riza sabía que de esa forma era más seguro. De lo contrario, sabía que su superior se vería alentado a intentar perseguir una relación con ella, fuera del tipo que fuera, inapropiada. Algo que, por razones más que evidentes, se encontraba fuera de sus posibilidades. De las de él y de las de ella. Después de todo, las relaciones entre miembros de la milicia dentro de la misma cadena de comando estaban terminantemente prohibidas en la milicia. No solo prohibidas, sino también severamente sancionadas y una relación de dicha naturaleza podría poner en riesgo la posición del general de brigada en el ejército, y la suya propia. De hecho, podía poner en riesgo también la ambición de su superior y el sueño de ambos de garantizar a las siguientes generaciones un futuro brillante. Y eso era algo que no podían arriesgar. No tenían derecho de hacerlo tampoco, de hipotecar el futuro de millones de ciudadanos en Amestris, más aún cuando habían cometido las atrocidades que habían cometido en Ishbal, por sus propios deseos personales. Por sus propios deseos egoístas.
Suspiró —Realmente se lo agradezco, teniente.
Ella alzó la mirada y asintió, con suavidad —Lo se, general. No tiene que insistir en ello. Solo... por favor no vuelva a beber de esa forma.
Asintió —No lo haré —sonriendo una vez más. Bajando la mirada, observó el interior de la caja, sólo para percatarse de que acababa de terminarse los fideos. Y únicamente quedaban los trozos de carne de cerdo en el fondo de cartón. Extendiendo la mano, le mostró el contenido de su caja—. Y para que vea una muestra de mi buena fe, teniente. No comeré la carne de cerdo. Llévesela a Black Hayate.
Riza asintió, aceptando la caja de cartón —Es bueno saberlo. Y lo haré —hizo una pausa, pensando en su pobre Shiba Inu esperándola lealmente en su casa. Seguramente con hambre. Seguramente cansado de aguardar a que su ama regresara—. Estoy segura de que apreciará el gesto, general. Gracias.
Roy tomó la bolsa de cartón y retiró del interior las galletas de la fortuna —De nada, teniente. Todo sea por satisfacer a mi más leal subordinado —. Ese que trabajaba sin exigirle salario a cambio. Pero, al ver que ella le dedicaba una mirada de reprobación, añadió, rápidamente—. Después de usted, teniente. Por supuesto.
Se cruzó de brazos, entrecejo fruncido —Apreciaría que no me compare con mi perro, general.
—No lo hacía, teniente. Simplemente quería enfatizar en cuánto aprecio su leal subordinación y ayuda —improvisó, al ver que había cometido el error de, de hecho, hacerlo. Despojando rápidamente de la pequeña bolsa a las galletas de la fortuna, le entregó una a su teniente—. ¿No quiere ver qué le deparará la fortuna, teniente?
Hawkeye aceptó la galleta en su mano, pero no hizo ademán alguno de abrirla —Sabe perfectamente que no creo en cosas como la fortuna y la suerte, general.
—No tiene que tomárselo en serio, teniente. Es solo un entretenimiento —sonriendo, quebró la galleta, retrayendo el papelito del interior. Arriba, en rojo, se encontraba escrita una frase en Xingnense. Abajo, se encontraba la traducción. La leyó en voz alta, satisfecho—. "Serás promovido en tu trabajo debido a tus logros y capacidades". ¿No serían ésas buenas noticias?
Ella espiró —Lo serían, general. Simplemente no creo que vaya a suceder porque una galleta lo dice.
—Evidentemente que no, teniente. Como dice, será gracias a mis logros y capacidades —replicó, arrogantemente.
—Lo sería, general —asintió—, si realizara su trabajo correctamente. De otra forma no veo cómo los altos cargos puedan reconocer sus capacidades.
Él frunció el entrecejo —Lea la suya, teniente.
Asintió, quebrándola y estirando el pequeño papelito blanco —Si, coronel —tomó aire—. "Seguirá a un hombre irresponsable, procrastinador e imprudente y deberá ser forzada a tolerar sus constantes y repetidos acosos sexuales y actitudes negligentes".
—No dice eso —objetó.
Las comisuras de ella se curvaron a duras penas hacia arriba, en una tenue y suave sonrisa —No, general. No lo hace. Dice algo completamente genérico y estándar.
Él le arrebató el papel. Leía: "Eres una persona capaz, competente, creativa y cuidadosa". Enarcó una ceja —Es bastante acertado, ¿no cree, teniente?
—Creo que solo es cuestión de azar, general. Eso es todo —suspiró, comiendo la galleta. Y observando, con una ceja enarcada, cómo su superior se guardaba un pequeño papelito en el bolsillo del pantalón del uniforme militar—. Si me permite, preguntar, señor, ¿qué hace?
Mustang sonrió de lado y se puso de pie, sacudiéndose las migas del pantalón —Si no le molesta, teniente, preferiría conservar éste.
Riza frunció el entrecejo, imitándolo y poniéndose de pie, mas no dijo nada. Él comenzó a recoger los papeles de la mesita de café, acomodándolos prolijamente en una pila —¿Acaso no quiere saber qué dice éste en particular, teniente?
Ella le dedicó una mirada estoica, asistiéndolo en acomodar el resto de la oficina —No realmente, general. Pero imagino que me lo dirá de todas formas.
—De hecho, teniente. No lo haré —se colocó los documentos bajo el brazo. La sonrisa de complacencia ensanchándose aún más a medida que se dirigía a la salida de la oficina. Su teniente primera, tras él, llevaba el resto de los documentos e informes y la bolsa con las cajas de cartón vacías y los demás restos de la comida.
—Bien, general. No lo haga —aseguró, con calma. Conociendo al general de brigada, seguramente se trataba de una tontería y nada más. Algo que carecía de interés para ella. De hecho, estaba casi segura de que se trataba de algo de esa naturaleza.
Él se detuvo, mirándola por encima del hombro —¿No le da curiosidad, teniente?
Expresión neutral —No, general —aseguró.
Enarcó ambas cejas —¿Ni siquiera un poco?
—Ni siquiera un poco, general. Como dije, puede no decírmelo si así lo prefiere. No es asunto mío.
Espiró, negando con la cabeza —En verdad no es una persona curiosa, ¿no es así?
—¿Acaso debería? —retrucó, con calma.
Volvió a hacer un gesto negativo con la cabeza —No, supongo que no. Por cierto, teniente. ¿Sabía que los productos basados en trigo son predominantes de Xing del Norte y los basados en arroz de Xing del Sur?
Ella no manifestó nada en absoluto, sino que comenzó a descartar la caja vacía y la bolsa y los restos de las galletas de la fortuna, conservando solo la caja del general de brigada con los restos de carne de cerdo para llevar a Black Hayate; mientras que su superior se encontraba acomodando los papeles en su escritorio. Ambos ya en la oficina conjunta —No, general. No sabía.
Se enderezó, cruzándose de brazos. Ambas cejas enarcadas —Es difícil de impresionar, ¿no es así, teniente? Muchas mujeres con que he salido encontrarían dicha información interesante.
Le devolvió otra expresión neutral —Supongo que soy difícil de impresionar, general —concedió—. Además, estoy segura de que muchas mujeres con que salió solo fingieron encontrarla interesante.
—¿Está insinuando que no soy realmente interesante, teniente, sino que las mujeres fingen para complacerme?
Ella suspiró con paciencia, larga y tendidamente —No, coronel. No dije tal cosa. En cuanto a lo segundo, estoy segura de que lo hacen por otras razones que nada tienen que ver con complacerlo a usted.
—¿Cómo...?
Negó con la cabeza. A veces su superior podía ser algo lento siguiéndola —Como las mismas intenciones que tiene usted para con ellas, general. Aunque apreciaría no tener que clarificárselo, si aún no comprendió.
Sonrió de lado —¿Está insinuando, teniente, que todas esas mujeres fingieron encontrarme interesante para llevarme a la cama?
Si hubiera sido otra persona, Hawkeye se hubiera horrorizado o, al menos, sonrojado por las palabras crudas de su superior. Dado que no lo era, dado que era una teniente primera enlistada en el ejército, veterana de Ishbal y entrenada por demasiados años rodeada de hombres. Y dado que el general de brigada era el general de brigada. El infame Alquimista de la Flama, Roy Mustang, al que estaba acostumbrada desde hacía años. No lo hizo. En vez de ello, replicó, lo más fácticamente posible —Lamento decepcionarlo, coronel, si creía ser único. Pero me temo que las mujeres también lo hacen —asintió.
—¿Y usted, teniente, lo hace? —inquirió, con curiosidad.
—No, coronel. Personalmente prefiero ser sincera si encuentro a un hombre interesante o no —aseguró, con calma. Caminando hasta tomar su abrigo. Él la observó, en silencio.
Y finalmente sonrió. Esperable de Hawkeye —Ya veo, teniente. ¿Algún hombre en su vida?
—Solo Black Hayate, general. Y, de todas formas, no es asunto suyo —descolgó su abrigo y lo plegó sobre su antebrazo. Se volteó al interior de la oficina—. Buenas noches.
—Espere, teniente —la detuvo—. Necesito su confiable opinión respecto a algo más. Y luego yo mismo la llevaré a su casa.
Espiró —No es necesario, general. Caminaré.
—Aún así. Insisto. Después de todo, fue por mi negligencia que debió quedarse hasta tarde.
Una leve curvatura suave apareció en sus labios —Supongo que lo fue, general —volvió a colgar el abrigo en el perchero y caminó hasta donde se encontraba su superior, a la entrada de su oficina privada. Una vez se detuvo a su lado, él volvió a hablar.
—¿Qué piensa de pintar la oficina, teniente? —examinando el interior de la misma. Las paredes eran sosas, color crema de la mitad para arriba y revestidas de madera lustrosa de la mitad para abajo. Su idea, pintar la mitad pintada para ver si ayudaba a hacer el espacio más confortante y permitirle olvidar la sensación de que el general de brigada Hughes entraría en cualquier momento por la puerta. Pero quería la opinión de su teniente primera.
—Pienso que necesita permiso de la milicia, general, para cambiar el color de las paredes.
Roy frunció el entrecejo —Suponga que lo obtenemos, teniente. ¿Qué le parece pintarlas de ocre?
—No, general. Creo que un color oscuro sería más apropiado. Eso es, si obtiene la aprobación de sus superiores para pintarla.
Asintió, observándola de reojo, con una sonrisa —Si, creo que si, teniente. Si logro obtener la aprobación, le confiaré la tarea.
Espiró, con paciencia. Cómo si no tuvieran ya suficiente trabajo entre manos como para andar añadiéndose ellos mismos tareas a la lista —Bien, general. Si obtiene el permiso, yo misma seleccionaré la tonalidad. Ahora, si no le molesta, preferiría retirarme a mi casa.
Extendió la mano y bajó el interruptor, apagando la luz de su oficina y comenzando a cerrar la puerta de la misma con llave —Si, teniente. Por supuesto. Vamos.
Asintiendo, dio media vuelta y caminó en dirección al perchero una vez más, descolgando su abrigo y el de su superior. Y aguardando junto a la puerta de la oficina, afuera, a que el general saliera y cerrara con llave la segunda oficina también. Abandonando la habitación, con Hawkeye aguardándolo a su izquierda, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar con calma. Para luego retirarla del agujero y deslizarla en el interior de su bolsillo. Se enderezó.
—Aquí tiene, general —le ofreció su abrigo, con calma. Aguardando a que lo tomara.
Lo hizo, colgándoselo en su propio antebrazo, para consternación de su teniente primera, que no parecía satisfecha —Gracias, teniente.
—De nada, general —inclinó la cabeza—. Pero se lo entregué para que se abrigara —comenzando a ponerse el suyo propio.
Él sonrió y extendió un brazo —Permítame, teniente —posicionándose tras ella y ayudándola a colocarse su abrigo. Sus nudillos rozando la piel desnuda de su nuca cuando retrajo ambas manos del cuello de la prenda negra. Los vellos se le erizaron.
Suspiró, ignorando deliberadamente la incómoda sensación, apartándose y dando media vuelta para enfrentarlo una vez más —Gracias, general. Pero debería hacer lo mismo. Hace frío.
Lo hacía. De hecho, incluso los corredores del cuartel general, mayoritariamente vacíos a aquellas horas de la noche, se encontraban helados. La calefacción central de éstos debía estar apagada, asumió Riza, lo cual era entendible ya que no muchos oficiales permanecían a aquellas horas allí. Y el que la temperatura hubiera descendido considerablemente afuera no ayudaba tampoco. Ya que, inclusive entonces, en el interior del gran edificio, podía ver su respiración a modo de pequeña nube de vapor. Los cristales estaban empapados y empañados debido al frío y la humedad. Espiró, frotándose las manos la una con la otra.
Roy enarcó una ceja —¿Me sermoneará todo el camino hasta el auto si no lo hago, teniente?
—Me temo que alguien tiene que hacerlo, general. De lo contrario se enfermará —replicó, entrecejo fruncido, aún frotándose una palma con la otra.
Él le tomó ambas manos con cuidado, sorprendiéndola, y comenzó a frotarlas entre las anchas y ásperas suyas, cuidadosa y gentilmente. Expresión relajada —Tranquila, teniente. Estaré bien —aseguró, con una sonrisa calma. Observando el semblante tenso de ella. Y la forma en que presionaba sus labios firmemente en una línea, haciendo temblar ligeramente su labio inferior. Aunque, si por el frío o la tensión de mantenerlos presionados, era algo que no podía colegir. De una forma u otra, la hacía lucir atractiva. Allí, de pie, delante suyo, con la piel sumamente pálida contrastando con el dorado de su largo cabello recogido, sus labios rosados pálidos y su expresión que lindaba entre la preocupación y la desaprobación.
Se inclinó, levantando también a duras penas las manos de ella para encontrar su boca con sus nudillos a mitad de camino, y espiró sobre éstos últimos, con suavidad. Ojos negros clavados en sus largos dedos. Hawkeye se tensó —¿General, qué hace?
Alzó la mirada a ella, recuperando la sonrisa arrogante en los labios —¿Qué parece, teniente? Manteniendo sus manos calientes.
Ella intentó retraerlas, pero él las retuvo entre las suyas. Cerrando los ojos con calma, Hawkeye exhaló —Entiendo, general. Y lo agradezco. Pero me temo que no es apropiado de su parte. Menos aún aquí —susurró la última parte. No lo era. No en medio del corredor del cuartel general, donde cualquiera que pasara por allí en aquellos momentos pudiera verlos en aquella situación de dudosa ética profesional.
Roy se inclinó un poco más y presionó sus labios contra los nudillos de ella, finalmente. Apartando solo a duras penas su boca de éstos para hablar —¿No es acaso apropiado cuidar las manos que cuidan de mi espalda, teniente? —replicó, con calma, sonriendo satisfecho. Y examinando cuidadosamente la reacción de su teniente primera. Aún sin liberar sus manos de entre las suyas propias.
Como siempre sucedía cuando intentaba acercarse siquiera un poco a ella, en una forma estrictamente no profesional, Hawkeye lucía tensa y más severa que de costumbre —Yo me encargaré de mis manos, general. Por favor usted aténgase únicamente a las suyas —lo amonestó, retrayéndolas rápidamente. Y dedicándole una mirada de reprobación a cambio. Dio media vuelta, dándole la espalda—. Y abríguese, general. Nos vamos.
Mustang metió ambas manos en los bolsillos y sonrió de lado, comenzando a seguirla un paso más atrás. Mientras Hawkeye caminaba unos pasos delante suyo, espalda erguida y postura rígida —Pensé que era yo quien la llevaría a usted, teniente.
Asintió —Y lo hará, general. Pero me temo que si espero a que usted decida avanzar llegaré a un apartamento congelado, con un perro fallecido de hambre. Y preferiría no tener que enterrar a mi perro hoy.
La sonrisa arrogante se amplió aún más. Ciertamente la había hecho enfadar. Y una Hawkeye enfadada, a diferencia de una Hawkeye hambrienta e irritada, era una atractiva —Si, teniente —replicó, en tono condescendiente.
—Por favor, no me trate condescendientemente, general —lo amonestó, con dureza.
—No sería capaz de tal cosa, teniente —volvió a responder. Sonriendo—. Por cierto, ¿lleva las sobras para su perro?
Riza asintió —Así es, general.
—Bien. Mándele mis saludos a su perro, teniente.
Ella negó con la cabeza —Así lo haga, general. Dudo seriamente que me entienda.
Finalmente la alcanzó, comenzando a caminar junto a ella, y observándola de reojo de vez en vez —Se sorprendería, teniente. Los perros son animales considerablemente inteligentes, aunque no lo parezcan. Mire al teniente segundo Havoc.
Hawkeye torció el gesto —Eso fue cruel, general. El teniente segundo es un buen hombre.
Roy sonrió —No dije que no lo fuera, teniente —ambos abandonando finalmente el cuartel general. Comenzando a descender las escaleras de piedra con calma, uno junto al otro, hasta el auto del general de brigada que se encontraba aparcado junto a la acera. Una vez arribaron a éste, su superior se adelantó para abrirle la puerta.
Suspiró e inclinó la cabeza —Gracias, general. Pero no era necesario —antes de agacharse e ingresar al vehículo, del lado del asiendo de acompañante.
Roy bordeó el auto y se subió, cerrando la puerta —Tonterías, teniente. Era absolutamente necesario —antes de introducir la llave y encender el motor. Bajo ambos, el vehículo comenzó a ronronear, aguardando que alguien lo arrancara—. ¿A dónde siempre, teniente?
Ella enarcó ambas cejas —¿Acaso hay otra opción, general?
La curvatura arrogante regresó a sus labios —En realidad, teniente...
—A mi casa, general —lo cortó, tajantemente—. Por favor. Y absténgase de abrir la boca el resto del viaje.
—¿Es eso una orden, teniente? Porque hasta donde tenía entendido yo era el superior.
—Quizá si se comportara como tal, lo recordaría —replicó, con severidad. Y al ver que iba a acotar algo más, añadió—. Y no general, esta noche seré yo sola en mi apartamento. Como siempre.
Enarcó ambas cejas, estacionando delante del apartamento de ella. El trayecto desde el cuartel era corto, dado que su teniente primera había rentado aquel lugar deliberadamente y por su ubicación próxima a éste. Por esa razón, no habían demorado demasiado. De hecho, ni siquiera tomaba demasiado caminando. Pero la noche era demasiado fría para caminar. Y se rehusaba a permitir que su subordinada debiera volver caminando en soledad por las calles oscuras de Central, así estuviera armada —¿Ni siquiera me ofrecerá una taza de café, por mis amables servicios?
—Bébale solo en su casa, general. Estoy segura de que sabe perfectamente como preparar café —abrió la puerta y descendió una pierna—. Buenas noches.
Suspiró. Ni modo. Sabía que su teniente primera no accedería siquiera a permitirle subir por unos minutos. De hecho, parecía eludir deliberadamente cualquier ocasión que pudiera ponerlos a ambos, solos, en un mismo espacio físico íntimo. No la culpaba, por otro lado. Hawkeye era la de la jugada defensiva, siempre. La que ponía el muro entre ambos, con sensatez, prudencia y, posiblemente, tino. Mientras que él era el agresivo de ambos. Razón por la cual tendía a perder seguido en el ajedrez contra el actual Fuhrer Grumman. Razón por la cual le habían arrebatado todas sus piezas de ajedrez esa vez, con la situación referente a King Bradley. Había sido demasiado agresivo, demasiado arriesgado, y había dejado desprovistos sus puntos débiles. Y se la habían arrebatado. A ella. Su reina —Si, buenas noches, teniente.
Y la puerta golpeó fuertemente, haciéndolo sobresaltar. Una vez Hawkeye estuvo fuera de la vista, presionó su frente contra el volante, antebrazos cruzados encima del mismo. Bufó —Quizá deba actuar prudentemente por un tiempo —concedió, a si mismo. Ser moderado.
Pero jamás podía ser moderado en lo referente a Hawkeye. Y Dios sabía, y todo el mundo también, de hecho, que lo había intentado. Si, lo había intentado. Pero su mesura rara vez funcionaba con ella.
Hawkeye, definitivamente, alteraba su cabeza.
