No tengo perdón. Bueno, espero que sí :|
Siento haber tardado tanto en subir este capítulo... ¡pero espero que os guste! :)
CAPÍTULO 3 – PRINCESAS, CUCARACHAS Y SECRETOS
-Narra Liz-
Después del extenuante esfuerzo físico, Joe y yo nos quedamos dormidos sobre una de las camas de nuestra destartalada habitación. Habría que intentar algo para que ambas camas quedaran juntas, de manera que pudiéramos tener suficiente espacio, porque en ese momento Joe estaba aplastándome con su peso. ¿Cuánto músculo había ganado en los últimos meses? De verdad que cada día estaba más grande. Y yo más pequeña.
Abrí los ojos y empecé a mirar cada centímetro de su espalda desnuda, mientras que su cabeza descansaba sobre mi pecho. Tenía el pelo revuelto, y, aunque se lo había cortado, aún me gustaba alborotárselo con mis dedos. Dormía tan profundamente que sólo le faltaba roncar.
Y, justo entonces, mientras admiraba la pequeña curva que se formaba justo antes de donde empezaban sus pantalones, la vi: una cucaracha del tamaño de un hámster recién nacido… por lo menos.
Lo siguiente fue un poco confuso: pegué un grito que, estaba segura habían oído hasta en Texas; me moví bruscamente para levantarme, causando así que Joe diera un salto y cayera al suelo… y con él la cucaracha.
-¿Qué-qué pasa? –exclamó Joe, mirándome alarmado desde el suelo. Corrí a subirme a la cama de nuevo, porque iba descalza y no me apetecía mucho que una cucaracha enorme rozara mis pies.
-Hay… hay una cucaracha ENORME en tu espalda… -balbuceé –o la había. ¡Está ahí, Joseph, ahí!
Señalé a la bestia, que había resbalado de la espalda de mi novio y descansaba tranquilamente al lado de la pata de la cama, como si estuviera observando el caos que ella solita había creado. Joe se giró para mirarla y su mirada se alarmó más aún. No sabía que a él también le asustaban esos bichos.
-No te preocupes, Galletita. Mato dragones a diario, una cucaracha no es nada para mi –corrió a coger una especie de panfleto que descansaba sobre la desvencijada mesa y lo enrolló.
Con soltura, envainó su espada-panfleto y se acercó hacia el dragón-cucaracha. ¿Acababa de ver que su mano temblaba? Contemplé la escena desde la seguridad que me ofrecía la cama. Y, con un golpe certero, ¡BAM!: el mini hámster/cucaracha quedó aplastado en el suelo, que alguna vez estuvo enmoquetado.
-¡Tarán! –exclamó Joe, haciendo una mini reverencia y mirándome. Respiré aliviada. Incluso me permití soltar unas carcajadas y aplaudirle brevemente.
-¡Mi héroe! –bromeé. Joseph sonrió.
Mientras que él recogía el cadáver (no lloraría por él, estaba segura de ello), yo alcancé mi camiseta, que Joe había lanzado impetuosamente hacia la otra cama sin deshacer la noche anterior. Cuando mi novio volvió, yo le esperaba sentada contra la pared, vigilando por si acaso alguna otra amenaza aparecía.
-¿Qué estamos haciendo aquí, Galleta? –me dijo, serio de repente. Se sentó a mi lado, mirándome fijamente.
Me encogí de hombros, con una sonrisa divertida.
-No tengo ni idea –respondí. Era verdad. Desde luego, eso no era lo que me esperaba cuando Joe me dijo que me iba a llevar a Tokio.
-Debería llamar a la embajada Americana, a ver si nos pueden encontrar otro sitio donde quedarnos –dijo él.
-No estaría mal… pero este sitio es demasiado divertido, ¿no crees?
Inmediatamente, alguien empezó a aporrear la puerta. Di un respingo, agarrándome al fuerte brazo de Joe como protección.
-¡Americanos! No podéis hablar durante el día –exclamó alguien con un fuerte acento japonés desde la otra parte –¡mis clientes intentan dormir!
Joe y yo nos reímos silenciosamente.
-El mundo al revés –murmuré –al parecer, las damas de la noche duermen de día.
-Está hecho: voy a llamar a la embajada. Tenemos que salir de aquí cuanto antes –sentenció Joe.
Y quizá tenía razón. No lo decía por el lujo ni nada de eso, sino por la falta de higiene que ese sitio implicaba.
Aunque tenía que admitir que había sido muy divertida nuestra estancia allí.
-Narra April-
A pesar de haber tenido que pelear con la cocina (casi literalmente) había conseguido preparar una cena bastante decente. ¡Incluso había hecho postre! Bueno, en realidad no. Clyde, el portero mayor de nuestra finca, había accedido gustosamente a informarme de un sitio en el que podías encargar postres que te llevaban a domicilio en cuanto quisieras. Y ese había sido el resultado: llené de velas el salón y preparé la mesa con un bonito mantel y platos que había encontrado en uno de los cajones; me había duchado, perfumado, maquillado y vestido con un precioso vestido rojo, no muy decente, la verdad; y, además, había encontrado un CD de Elvis Costello en la maleta de Nick, así que lo puse en repeat en el stereo de la casa. Habían altavoces en todas las habitaciones, así que allá donde fuera, sonaba.
Todo lo que tenía que hacer era esperar a que Nicholas llegara de su importante reunión del día.
Cuando por fin escuché la puerta de la entrada abrirse, corrí emocionada a recibirle. Si seguía así, corría el riesgo de convertirme en un perrito faldero, pero me daba igual. Hacía un día entero que no lo veía y me moría de ganas de darle un abrazo.
Sin embargo, no me esperaba verle llegar acompañado. Una preciosa chica de pelo largo, rojo como el fuego –pero desde luego, no natural- estaba a su lado. Su traje de pantalón y chaqueta me dijo que era una ejecutiva o algo así, además del bolso/maletín de piel que llevaba consigo. Me quedé parada delante de ellos, sin saber muy bien cómo reaccionar.
-Hola, April –dijo mi novio al verme. Sonrió levemente –esta es Angela, la directora de ventas de nuestra productora.
La chica me dirigió una sonrisa exultante. Así que esa había sido "el miembro de la productora" con la que mi prometido había pasado el día… bien, pues.
-Ah… hola, Angela –saludé, acercándome para estrecharle la mano.
-Encantada de conocerte, April. Nick me ha estado hablando todo el día de ti –respondió. Me di cuenta de que lanzó una mirada fugaz a mi anillo de compromiso, pero no duró ni siquiera un segundo –. Enhorabuena por vuestro compromiso.
-Gracias –respondí, fingiendo una sonrisa. Esa tipa no me daba buena espina. Me giré hacia Nick, confundida –. Creía que íbamos a cenar solos esta noche.
No se lo dije a malas, simplemente confusa. Pero él pareció reaccionar mal, poniendo mala cara. Angela intervino rápidamente.
-Sí, no te preocupes, April. Esta noche es todo tuyo –dijo, como si tratara de… ¿calmarme? ¿parecía exaltada? –sólo he venido para recoger unos papeles que necesitaba.
Nick le tendió una carpeta, que estaba allí en la entrada a casa, en un maletín.
-Aquí tienes, Angela –le dijo –. Mañana hablaremos sobre los presupuestos y todo eso, ¿te parece bien?
¿Mañana? ¿Otro día más sin verle? Me quedé callada, observando su conversación.
-Está bien. Buenas noches a los dos –se despidió, por fin, Angela. Me regaló otra de sus sonrisas antes de que Nick cerrara la puerta tras ella.
Y se quedó mirándome fijamente, como si por primera vez en todo el rato hubiera reparado en que yo estaba allí. Me mordí el interior del labio, intentando no explotar en reproches, porque sabía que eso no llevaría a nada bueno.
-Estás preciosa esta noche –me dijo, acercándose para darme un beso.
En silencio, envolví mis brazos alrededor de su cuello y lo abracé, tal y como había querido durante todo el día. Él también me apretó contra sí.
Cuando se apartó, suspiró pesadamente.
-Siento haber tenido que pasar el día fuera, April. Sé que querías que hiciéramos muchas cosas hoy…
-No… importa –mentí. Tendría que acostumbrarme a eso, así que más me valía aprender a tragarme mis opiniones de vez en cuando.
-¿Has preparado la cena? –preguntó, caminando hacia el salón. Le seguí. Como un perrito faldero –. Huele muy bien. Y, ¿es Costello el que suena?
Asentí. Traga, April, tienes que aguantarte.
-¿Te gusta? –le pregunté, refiriéndome a la decoración, las velas, mi vestido, ella…
Nick me miró fijamente.
-Claro que sí. Es perfecto.
Volvió a abrazarme, pero en vez de sentir sus brazos alrededor mía, sólo pude pensar en lo de "mañana hablaremos del presupuesto". Otro día más que no lo tendría para mí.
Y exploté.
-¿Mañana tampoco voy a tenerte? –le pregunté en voz baja, aún con la cabeza sobre su hombro. Sin saber cómo, habíamos empezado a bailar lentamente mientras Little Triggers sonaba de fondo.
-Eso… quería hablarte sobre Angela –dijo él, sin parar de bailar. Quizá era mejor que no nos miráramos a los ojos, porque no quería que él me viera llorar por tal tontería.
Bueno, no estaba llorando, simplemente se me habían aguado los ojos. Pero aún así, no me apetecía que Nick pensara que su futura esposa era una celosa sin remedio, insegura y dependiente, necesitada de su presencia a todas horas para ser feliz.
-Sí, háblame de ella –respondí entre dientes –parece simpática. Y lista. Seguro que hace un buen trabajo.
-Es muy buena en su trabajo –dijo Nick. Paró de repente, para apartarme levemente, sujetándome por los brazos. Me miró fijamente –No tienes de qué preocuparte. Sólo es trabajo.
-Ya… lo sé –murmuré –pero pensaba que estabas de vacaciones. Que estábamos de vacaciones… juntos.
-Lo estamos. Pero incluso así hay cosas de las que me tengo que ocupar yo. Nadie más parece hacerlo.
-¿Y qué hay de tu padre? ¿O de Kevin y Joe? –sentía que estaba hablando demasiado –¿por qué tienes que ser tú siempre el que se encargue de todo? ¡Eres el pequeño!
Nick soltó un suspiro, como si estuviera cansado ya de esa conversación.
-¿Podemos dejar de hablar de esto y empezar a cenar? –dijo.
De verdad que estaba segura de que debía callarme y asentir, como los perritos asentidores, pero no fui capaz. Había explotado y no había vuelta atrás.
-No. Explícame por qué, ni siquiera en vacaciones, puedes relajarte un poco y disfrutar de Nueva York conmigo. Por qué parece que no te apetezca pasar tiempo conmigo, por qué siento que te refugias en el trabajo para no estar a mi lado. ¿De qué tienes miedo?
Nicholas giró la cabeza, no a tiempo de esconder su cara de fastidio. ¿Estaba yendo demasiado lejos?
-Siento no ser lo suficientemente divertido para ti, April –dijo Nick, amargamente.
-¿Qué? –pregunté, completamente en shock.
-No todo es diversión, ¿sabes? Tengo responsabilidades –escupió.
-¡Oh, el señorito ocupado que no tiene tiempo para relajarse! –grité –. no todo tiene por qué ser diversión, pero tampoco todo tiene que ser trabajo.
-Tú no lo entiendes, April. Tú sólo te limitas a seguirme a todas partes y ya está.
Me quedé allí parada, mirándole en estado de shock. ¿Acababa de decir lo que yo creía?
-¿Lo dices en serio? –dije. Él siguió mirándome, serio, sin decir nada. A continuación, Nick fue lentamente hacia el estéreo lo apagó.
-Me voy a dormir. Hoy ha sido un día muy largo –se limitó a decir, aflojándose la corbata y yendo hacia el dormitorio, mientras que yo seguía allí plantada.
De repente, era como si las paredes se estuvieran estrechando, como si el techo se desplomara y me fuera a atrapar allí dentro.
Aún con el ceñido vestido rojo, el maquillaje a saber en qué estado y los tacones, me dirigí hacia la entrada. Mi chaqueta de cuero estaba allí colgada, así que la cogí con un zarpazo. Sin ni siquiera preocuparme de coger las llaves o el móvil, salí de casa dando un portazo.
-Narra Summer-
¿De verdad quería ir a Europa con Kevin? Era arriesgarme demasiado, ¿no? ¿Qué pasaba si descubría mi secreto? Además, París era como el epicentro del caos. Se descubriría todo y yo quedaría como una mentirosa.
Porque lo era.
-¿Emocionada por el viaje? –preguntó Kevin, metiéndose en la cama a mi lado. Había sido un día de no hacer nada, y a la mañana siguiente ya nos íbamos. Le miré, forzando una sonrisa.
-Claro que sí –respondí, intentando que no se notara que estaba nerviosa –. Va a ser genial, tú y yo paseando por los Campos Elíseos, subiendo a la Torre Eiffel…
-¿Has estado alguna vez en París? –me preguntó Kevin, pasándome el brazo por los hombros, abrazándome contra sí.
-Eh… sí, unas cuantas veces –murmuré. Por favor, que no note nada, que no note nada.
-¡Oh, ya veo! –sonrió –entonces serás mi guía.
-Pero tú también has estado allí antes –le dije. Kevin asintió.
-Es cierto. Pero no he podido hacer mucho turismo, ¿sabes? Al menos, no libremente. Siempre hemos tenido que llevar escolta.
-Ya.
Me quedé callada. Y sí, Kevin se tenía que dar cuenta.
-Estás rara, ¿te encuentras bien? –preguntó, mirándome fijamente.
-Bien… sólo es que estoy nerviosa por el avión. No soy una gran fan de los vuelos a larga distancia –dije.
-No te preocupes –me reconfortó –vamos en el avión privado, así que estaremos solos. Puedes dormir durante todo el viaje, si quieres.
-Prefiero dormir ahora –confesé, dándole un beso rápido en los labios y girándome para apoyar la cabeza sobre la almohada –. Buenas noches, Kevin.
El dulce Kevin, en vez de ponerse nervioso y exigirme una explicación, simplemente me abrazó con más fuerza y se recostó a mi lado, preparado para dormir.
-Buenas noches, Sum. Te quiero –susurró en mi oído.
-Narra April-
Estúpida, estúpida, estúpida. ¿En qué patético momento había decidido salir de mi reconfortante nueva casa en Nueva York para poner un pie en la ajetreada calle? La leyenda era cierta: estaba en la ciudad que nunca duerme.
Clyde, el portero viejo, estaba aún allí, hojeando una revista. Dio un salto al verme salir del ascensor, envuelta en mi chaqueta de cuero. Quizá mis ojos hinchados lo alarmaron.
-¿Va todo bien, señorita April? –me preguntó, levantándose a la vez que yo pasaba por delante de su mostrador, dirigiéndome hacia la calle.
-Eh… sí. Sólo necesito salir a tomar un poco el aire –murmuré, distraída.
-¿Necesita que llame a un taxi? –preguntó amablemente. Negué con la cabeza.
-No, muchas gracias, Clyde. Voy a dar un paseo.
Forcé una sonrisa y salí con paso decidido hacia la calle.
Idiota.
Era una idiota.
¿Por qué me había ido? Pero lo que era aún peor, ¿por qué había tenido que estallar de esa forma tan estúpida?
Sin embargo, las palabras de Nick tampoco habían sido lo mejor de la noche. Aún retumbaban en mi cabeza, impidiéndome concentrarme en nada más. Lo único que sabía era que tenía que salir de allí.
Y entonces…
-¡Pero si es la princesita! –exclamó una voz de hombre, delante de mí. Levanté la vista, para encontrarme a Dan, subido a una flamante moto. Yo no era experta en esas cosas, pero creí estar segura de que era una Harley.
Puse mala cara.
-Déjame en paz, Daniel –espeté. No estaba de humor para sus preguntas o sus comentarios sarcásticos.
Empecé a andar en la misma dirección que había seguido esa tarde para ir al supermercado, solo que esta vez no iba a comprar comida. Tuve suerte, porque al parecer ese sitio estaba abierto las 24 horas.
Después de merodear un rato alrededor de la zona de bebidas alcohólicas, me decidí por una botella de vodka. ¿Así que ese era mi gran desahogo? ¿La bebida? Adelante, pues.
Sólo cuando llegué a la caja me acordé de que no había cogido la cartera, y por tanto, estaba allí sin dinero para pagar.
-¿Una mala noche? –me preguntó la dependienta. Era la misma que me había atendido la vez anterior y, al parecer, se acordaba de mí.
-Más o menos –respondí –. Eh, creo que no llevo dinero para pagar esto.
La chica se me quedó mirando, expectante. Estaba segura de que me habría echado ya de no ser porque la tienda estaba vacía.
-Ponlo en mi cuenta, Gertrude –dijo alguien, apareciendo por la puerta y acercándose a la caja en la que estaba.
-Te he dicho que me dejaras en paz –resoplé al ver a Daniel, con una sonrisa de suficiencia.
La cuestión era, ¿qué estaba haciendo él por allí aún? ¿No debería haberse ido a su casa o a dondequiera que pasaba sus noches?
-Está hecho, Dan –contestó la dependienta con una sonrisa bobalicona. Gertrude. Vaya.
Daniel cogió la botella y me la tendió. Puse cara de fastidio.
-Ya no la quiero.
Empecé a caminar hacia la calle de nuevo, dejándolo detrás.
El aire era demasiado fresco de noche, pero por suerte yo llevaba chaqueta. Habría sido ridículo volver a casa congelada en menos de cinco minutos.
-¿Qué ha pasado? –Dan volvió a aparecer a mi lado, aún llevando la botella de vodka.
-Nada. Esfúmate.
Sabía que no debía pagarla con él, porque sólo estaba intentando ser amable. Pero estaba demasiado enfadada.
-¿Problemas en el paraíso? –insistió.
-Si no quieres que te de un puñetazo, vete. ¡Ya! –le grité. Dos o tres personas que pasaban por nuestro lado se giraron, curiosos.
-Sólo quería ayudar… quizá pueda ayudarte a escapar –me dijo, encogiéndose de hombros.
Escapar… no estaría mal. Alcé la vista, justo en el momento en que él estaba a punto de irse.
-¿Qué estabas haciendo delante del edificio? Creía que habías acabado tu turno –le pregunté. Dan sonrió.
-Estaba esperando a que te cansaras de ese idiota y te vinieras conmigo –soltó. Sacudí la cabeza, cansada.
-Ya nos veremos –contesté, harta de la situación.
Dan corrió tras de mí, cogiéndome del brazo.
-Era broma. Se me había olvidado la chaqueta –dijo riéndose. Era cierto: llevaba una chaqueta de cuero negra, casi igual que la mía, pero de hombre.
-¿Y adónde vas ahora? –pregunté.
-A una fiesta. ¿Vienes?
Por una parte, no conocía casi al chico. Además, irme con un tipo en medio de la noche mientras que mi prometido estaba en casa, dormido, no era lo más adecuado. Pero por otro lado, la discusión que había tenido con Nick no era algo que se pudiera olvidar a la ligera, y de verdad que no quería volver a la casa. Tomé una decisión.
-¿Tienes un casco de sobra? –le dije, señalando su moto.
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