Buenas tardes, aquí dejo el tercer oneshot. Esta vez la canción es How to save a life de The Fray. El momento en el que se desarrolla la sería mucho después del final de la serie, sinceramente no creo que lleguemos a ver estas tramas en la serie, pero mi imaginación al escuchar esta canción pensando en el Caskett me llevó hasta aquí.

El link de la canción watch?v=cjVQ36NhbMk

3. How to save a life – The Fray

La noche llevaba horas cayendo sobre Nueva York, cuando el escritor abandonó el hospital con lágrimas en sus ojos. La ira y la frustración guiaban todos sus sentidos. Subió a su mercedes plateado, metió primera y piso a fondo el acelerador. Salió disparado del aparcamiento y perdiéndose en la oscura noche de Manhattan.

Dentro del hospital, en la tercera planta, en la habitación 47, permanecía Kate Beckett junto a su hijo. La cara de la capitana esta bañada por las lágrimas. El pequeño dormía por fin. Beckett se levantó del sillón y se acercó a la ventana a tiempo de ver como su marido subía al coche y abandonaba el hospital. No le culpaba, era ella la que le acababa de gritar hacía apenas 15 minutos que se fuera. Pero eso no evitó que más lágrimas cayeran sobre sus mejillas. Sorbió sus lágrimas en un desesperado intento por calmarse. Oyó como su hijo se movía en la cama y pronunciaba algo inteligible. Se acercó, acarició su frente y comprobó que continuaba dormido. Decidió salir al pasillo a intentar calmarse y a si no despertar a su hijo.

El pasillo estaba poco iluminado, dado la hora que era. Beckett comenzó a pasear pasillo arriba pasillo abajo tratando de aclarar sus pensamientos. No era la primera bronca que había tenido con Castle en aquellos últimos meses. Es más llevaban semanas que lo único que habían hecho era discutir. Ella había pedido dos semanas de permiso en la comisaria y seguramente necesitaría más días. Ahora que ya era capitana, tenía más fácil el ausentarse de comisaria, el único problema era la gran cantidad de trabajo que tenía que llevarse a casa y ahora al hospital. Eran las 12 de la noche, pero aun así decidió llamar a Expósito que estaba de guardia y preguntarle por las novedades. Tal vez así podría despejarse un poco.

El mercedes de Castle recorría la 63 a gran velocidad, girando bruscamente en la Riverside Bulevard bordeando el Hudson. Miro su reflejo en el espejo retrovisor y se dio cuenta de que las lágrimas continuaban recorriendo su cara. Las marcadas ojeras bajo sus ojos, solo le daban un aspecto aún más lamentable. Continúo pisando el acelerador hasta alcanzar los 140 km/h. Continúo recorriendo calles sin rumbo, oyendo como el resto de conductores presionaban sus claxon tratando de hacerle ver el peligro que suponía para el resto del tráfico neoyorkino. Por fin algo hizo clic en su cabeza y decidió a donde podía ir. Frenó bruscamente delante de la biblioteca de Nueva York. Bajo del coche con extremada lentitud, entro sin más en el vestíbulo. Fue cuando se dio cuenta de que dada la hora que era la mayoría de las salas permanecían cerradas, pero eso no evito que paseara por la sala de estudio 24 horas tratando de poner en orden sus pensamientos.

La situación era insostenible eso no podía negarlo. A sus casi 50 años el escritor Richard Castle se encontraba en una de las situaciones más difíciles de su vida, solo comparable con aquellos días en los que pensó que había perdido a Kate tras el tiroteo en el entierro del capitán Montgomery. Pero muchos años habían pasado desde entonces. Ahora Kate y él estaban casados y tenían un hijo, Alexander de 4 años. Alexander el niño de sus ojos, su niño. El niño con los ojos de Kate y la sonrisa de él. Castle no podía pensar en él sin que los ojos se le llenaran de nuevo de lágrimas. ¿Por qué a él? ¿Por qué a ellos? Alexander llevaba enfermo casi un año, y lo que empezó siendo algo que aunque grave tendría cura, se había convertido en una leucemia que poco a poco acababa con su pequeño.

Pero lo que realmente le preocupaba aquella noche era Beckett, no sabía la cantidad de discusiones que habían tenido en los últimos meses. Y las dos últimas semanas habían sido de locos. ¿Cómo se podía pasar de tenerlo todo a perderlo en unos meses?

Recordaba el nacimiento de Alexander y veía a Kate con la mirada más feliz que le había visto nunca. Ellos, Richard Castle y Katherine Beckett, ellos que habían dado tantas vueltas para estar juntos, habían formado una familia. Pero la enfermedad de Alexander estaba acabando con todo. Y no solo con su pequeño, si no con toda su familia. Hacía semanas que no hablaba con Alexis para otra que no fuera su hermano. Martha y Jim estaban ayudando en todo lo que podían, si no fuera por ellos haría tiempo que todo hubiera saltado por los aires.

Entre él y Beckett las cosas no podían estar peor. Él llevaba meses al pie de la cama de Alexander del hospital a casa y de casa al hospital. Sin embargo Kate había continuado trabajando, restándole importancia diciendo que no pasaba nada que se apañarían que Alexander saldría de aquello. Negándose a si misma lo que de verdad ocurría. Pero desde que aquella tarde el doctor había dicho que la única alternativa que le quedaba a su pequeño era un trasplante de médula, parecía haber abierto los ojos y había pedido un largo permiso en la comisaria. Y a lo único que se había dedicado desde entonces había sido a criticar todas y cada uno de sus decisiones.

El novelista decidió abandonar la biblioteca, el guardia de seguridad llevaba varios minutos observándole y Castle se dio cuenta de que su comportamiento no debía parecer ni medio normal. Volvió a subirse al coche, siendo consciente entonces de que lo había dejado tirado en mitad de la calle, suerte que no le hubieran puesto ninguna multa. Era lo que le falta para tener otra discusión con su mujer. Fue entonces cuando se dio cuenta de que eso ya no le importaba, que más daba una más que una menos. Total ella le había echado del hospital, que importa ahora una maldita multa. Condujo hasta la Guarida, cuando se dio cuenta de que tampoco debía ir allí, no si no quería que Kate supiera que pensaba pasarse toda la noche bebiendo. Así que decidió irse al antiguo apartamento de ella, no lo había vendido y Castle sabía que nunca lo haría.

Entro en la casa, no le costó demasiado convencer al portero que le dejará la llave. La casa parecía continuar igual que la última vez que el había estado allí. Pero al llegar al dormitorio se dio cuenta de que Beckett llevaba durmiendo allí los últimos meses. La habitación estaba desordenada, la cama deshecha, su ropa tirada sobre esta y varios álbumes de fotos de cuando Alexander nació reposaban sobre ella. Cerró los ojos en un intento inútil por calmarse. Volvió al salón y se dirigió a la cocina, sacando de uno de los armarios la botella de Vodka esa que Beckett siempre tenía. Bebió el primer vaso casi del tirón, como si aquello fuera hacer que lo que acababa de descubrir doliera menos. No podía creerlo Beckett se había refugiado allí en lugar de haberlo hecho en él. La capitana estaba tan desesperada como él y había decidido guardárselo como siempre.

-¿Por qué, Kate?-gritó con frustración estampando el vaso contra la pared.

No lograba calmarse, aquello iba a acabar con él. Puede que Alexander estuviera muriendo, pero lo que de verdad le mataba era ver como todo se derrumbaba a su alrededor. Kate ya no le quería, ya no confiaba en él. Y aquello solo podía ser culpa suya. Cogió otro vaso y repitió la misma operación apurándolo hasta que el alcohol comenzó a hacer arder su garganta. Se sentó en el sofá con la botella en una mano y el vaso en la otra.

Te lo mereces por mujeriego, por todos aquellos años en los que fuiste un cabrón. Nunca te mereciste la familia que formaste.- se recriminaba mentalmente así mismo. Y aquel era el problema necesitaba un culpable, un maldito culpable, que le permitiera entender porque aquello ocurría.

Cerro los ojos y dejo caer su cabeza sobre el sofá y lo único que vio fue la sonrisa de Alexander aquel día en la playa en el que Castle le había regalado su primer cómic de superhéroes.

Volvió a beber esta vez directamente de la botella, sabía que la resaca al día siguiente no se la iba a quitar nadie, pero que importaba eso ahora.

Permaneció allí durante varias horas, hasta que decidió que cogerse la borrachera del siglo tampoco ayudaría a solucionar nada. Cerró los ojos y se dejó caer sobre el sofá, con un embotamiento en la cabeza que ya le avisaba de la resaca que le esperaba. Se quedó dormido y soñó con ella. Soñó con Kate, no estaban enfadados, soñó con Alexander jugando con ella, correteando delante de ellos por la sala de descanso de la comisaria.

Richard abrió bruscamente los ojos tratando de situarse. Todavía no había amanecido, debían de ser poco más de las 5. Al fin recordó que se encontraba en el apartamento de Kate se puso en pie, confirmando lo que había imaginado pocas horas antes la intensidad de su dolor de cabeza era infinitamente superior al alcohol que había consumido la noche anterior. Maldito vodka si hubiera sido whisky seguro que no tendría ese resacón.

Recordó la bronca con Beckett y como esta le había echado del hospital. Pensó de nuevo en todo aquello y decidió que no quería perderla, bastante duro iba ser perder a Alexander como para perderla a ella también. Era cierto que ambos necesitaban un tiempo, muchas conversaciones y perdonarse mutuamente. Aunque realmente lo único que necesitaran era que Alexander finalmente se recuperara y aquello fuera sólo un mal recuerdo. Y con esa determinación decidió ir al baño y ducharse. Se cambiaría de ropa, todavía tendría allí alguna que otra camisa. La realidad era que nunca se habían mudado de aquella casa. Si lo habían hecho del loft, pero no de allí, aquel piso siempre había sido su refugio. Muchas veces el de ambos, otras solo el de Kate y esta noche había sido el suyo. Salió de la ducha, fue entonces cuando se dio cuenta de que su móvil vibraba sobre la cama parpadeando. Lo desbloqueó y se dio cuenta de que tenía una larga lista de llamadas perdidas. La primera de Expósito, nueve de Alexis, cinco de Jim, dieciséis de su madre y doce de Lanie. El móvil volvió a vibrar entre sus manos. Era su madre. A pesar de saber lo que le esperaba decidió descolgar.

- Madre.- contestó con parsimonia.

- ¡Richard! ¿Se puede saber dónde te has metido? ¡Katherine ha llamado, te necesitaba! ¿Tú ves normal desparecer así como así? ¿Cuántos años tienes hijo? Es tu hijo el que está enfermo. ¿Ves normal comportarte así?

- Madre.-trató de interrumpirla, sin ningún éxito.

- Entiendo que os enfadéis, entiendo que necesites que te de él aire, entiendo que estés agotado, ¿pero tú ves normal desaparecer toda la noche?

- Madre, podrías dejar de gritar y decirme que quieres.- dijo Castle agotado.

- Han encontrado un donante y tienes que firmar los papeles.- dejó caer como si de una bomba se tratase.

- ¿Qué?- gritó el escritor desconcertado.

- Lo que has oído. Y ahora haz el favor de volver al hospital y estar con Katherine y con tu hijo, te necesitan. Ya tendréis tiempo de solucionar vuestros problemas pero creo que lo primero es que tu hijo se cure.-sentenció Martha al borde de las lágrimas.

- Por supuesto, voy para allá.- contestó como un autómata y colgó.

Se puso una camisa suya que encontró sobre la cama, debía haberla usado Beckett cuando había estado allí, alguna de aquellas noches. Volvió a ponerse los vaqueros que había utilizado la noche anterior. Por último, cogió una de las fotos del álbum que estaba abierto sobre la cama, en ella aparecía Alexander entre ellos en el césped de Central Park, apenas tendría dos años y lo verdaderamente bonito era como Alex miraba a su padre bajo la atenta mirada de su madre. Salió corriendo hacia el hospital, saltándose todos los semáforos que se interpusieron en su camino. Entró en el hospital, llevándose la mano a la cabeza y recordando la resaca con la que se había levantado. Llego a la tercera planta y salió del ascensor encontrándose de bruces con su mujer. Tenía mala cara y por una vez él se dio cuenta de que ambos llevaban semanas sin dormir más de dos horas, esperando ese donante que parecía que por fin había llegado. Pero sus pensamientos quedaron interrumpidos cuando la mano de Kate recorrió la distancia que les esperaba y se estampo en su mejilla, provocando un sonido que Rick estaba seguro que se había oído en todo el hospital.

- ¡Eres un idiota!- fue lo que gritó la capitana después de aquella sonora bofetada. Mientras Castle se llevaba la mano a la cara tratando de calmar el dolor.- ¡Eres un idiota!- repitió y se echó a llorar.

El escritor la miró y cerró los ojos tratando de olvidar su resaca y el dolor de su mejilla. Observó como Katherine continuaba ante él llorando desconsoladamente y como su delgado cuerpo temblaba sin interrupción. No se lo pensó más y la abrazo. La respuesta de la capitana fue inmediata, comenzó a golpearle repetidamente en el pecho.-Idiota, idiota, idiota...- murmuró entre dientes mientras sus lágrimas bañaban sus mejillas cubriéndolas de rabia. Después se dejó caer sobre él y permitió que la abrazara. El escritor apretó los brazos contra la espalda de su musa, hasta que esta pareció tranquilizarse y dejo de temblar.-Shhh...-susurró mientras acariciaba repetidamente su espalda.-Shhh... estoy aquí.- murmuró.

Conocía perfectamente aquella reacción en su mujer. Kate estaba asustada, estaba muerta de miedo.-No me voy a ir...- continuo mientras ella lloraba contra su hombro.- Cálmate.- suplicó.

Jim Beckett se acercó a ellos interrumpiendo el abrazo.

- Lo siento hijos.- pronunció.- pero creo que Richard debería ir a hablar con el doctor y firmar esos documentos.

Castle asintió separándose de Beckett dándole un beso en la frente.

- ¿Adónde tengo que ir, Jim?- preguntó.

Media hora más tarde el novelista por fin entro en la habitación 47, el silencio reinaba en ella. Tan sólo se encontraba allí Alexander que permanecía dormido en la cama. Se acercó a él y acarició su frente como Kate lo había hecho horas antes.

- Te pondrás bien, campeón, ya lo verás.-murmuró mientras acaricia su cabeza.- Siento todo esto, te prometo que se arreglará, no puedo perderos a ninguno.- continuo hablándose más a si mismo que a su hijo que sabía que no le escuchaba. Pero su confesión quedo interrumpida cuando la puerta dejo paso a Beckett que entró con dos cafés en sus manos.

- Ten para la resaca.- dijo mientras le entregaba el envase aún caliente.

- ¿Cómo lo has sabido?- cuestionó serio.

- Esa camisa estaba en mi apartamento, nos enfadamos anoche y has pasado la noche solo, ¿qué otra cosa podrías haber hecho? -Suspiró y se detuvo.-Sólo espero que repongas la botella de vodka y que la próxima te la bebas conmigo.

- Kate...- la llamó tratando de disculparse.

- Nada de Kate, Rick. Esto se tiene que acabar.- el escritor se puso en lo peor, no tenía sentido le acababa de invitar a beber juntos, pero nada de aquello lo tenía. Tal vez fuera la extraña forma de Kate de decirle que habían acabado.- No pienso permitir que cada uno vayamos por nuestro lado. Alexander se va a poner bien, pero te necesito aquí a mi lado.-continuó sin embargo ella acercándose y sorprendiéndole.

- Lo siento.-susurró él.- mientras llevaba su mano la mejilla de ella, apartando un mechón que se había salido de su desordenado y deshecho moño.

- No. Yo sí que lo siento.- dijo mientras posaba un dedo sobre la boca de Rick haciéndole callar.- Siento no haberte hecho caso, siento haberte tratado así estos meses, siento no haberte escuchado. No quería ver lo que pasaba. Después de lo de mi madre, no podía creer que ahora pudiera perder también a nuestro hijo. Rick, sois lo mejor que he hecho en mi vida y no puedo perderos, no puedo veros sufrir. Rick... lo siento.- y sin más rompió a llorar.

-Shhh... Kate. Shhh... No es culpa tuya. Hace mucho tiempo que deberíamos haber hablado, no es culpa de nadie. Saldremos de esto. Voy estar a tu lado. Vamos a estar juntos y se va recuperar. ¿Me oyes?, Alex no nos va a dejar.-dijo mientras la abrazaba y ambos lloraban.

Por fin desde que empezará aquel calvario se habían sincerado. Por fin sabían donde estaban.

- ¿Cuándo le harán el trasplante?-preguntó sin dejar de abrazarla.

- Pasado mañana.- dijo separándose y limpiando alguna de las lágrimas de Rick.

- Perfecto, dará tiempo para que se recuperé antes de este verano y nos iremos a los Hamptons. Ambos necesitamos esos meses de vacaciones junto a él.

- Rick.

- Lo sé. Pero se pondrá bien.- contestó sabiendo que Kate le suplicaba que no se hiciera ilusiones e imaginará todo tan bonito haciendo que ambos se ilusionarán.

Kate se tumbó en la cama abrazando a su hijo, mientras Richard se sentó en un sillón junto a ellos. Sacó la foto del bolsillo de su pantalón y la puso sobre las manos de la capitana. Ella miró la foto, para después fijar su mirada en los ojos de él. Verde contra azul, azul contra verde. Se hablaron una vez más con los ojos y se prometieron que estarían ahí siempre pasará lo que pasase.

Alexander abrió los ojos y río divertido al encontrarse entre su dos padres.-Mami…. Papi.- dijo mirando a su madre, queriendo expresar que estaban los tres juntos.

- Ver una foto muy bonita.- contestó el escritor acariciando la carita de su hijo.- ¿Quieres verla?

- ¡Sí!- gritó lleno de entusiasmo, parecía que aquella noche en la que tantas cosas habían ocurrido, sin embargo había llenado de energía a su pequeño.

- ¿Soy yo?- Preguntó tímido señalando al bebé de la imagen.

- Si.- Contestó Beckett.

- Me guta.- murmuró el niño.- ¡Bebés!- volvió a elevar el tono de suave voz.

- ¿Qué?- preguntó el novelista con la mandíbula desencajada. Aquel niño nunca dejaría de sorprenderle.

- ¿Quieres tener hermanos?- preguntó Kate mucho más tranquila.

- No sé...- dijo tímido.

- ¿Te gustaría? - preguntó su padre mucho más repuesto.

- Sip. Alexi... es mayor. Quiego un hema...hemano bebé.

Ambos sonrieron mirándose.

- Entonces los tendrás.- dijo la capitana mirando al escritor, concediéndole por una vez aquello que tantas veces le había pedido el escritor, la idea de aumentar la familia. Rick no quería que Alex no tuviera hermanos. Además él siempre había querido tener una niña con Beckett y ella lo sabía.

- Bie...- murmuró el niño, volviendo a cerrar los ojos. Parecía que al final el haber dormido toda lo noche no había sido suficiente.

Castle pasó la mano por encima de su hijo entrelazando sus dedos con los de su mujer, cerrando así un montón de promesas que se resumían en una sola: Siempre.

Kate apoyó la cabeza en la almohada cerrando los ojos, mientras Rick los observaba desde el otro lado de la cama sentado en el sillón sin soltar su mano.

Puede que salvar a Alexander estuviera ahora en manos de los médicos y de Dios. Pero todo lo demás dependía de él. Había salvado a Kate muchos años atrás, y ahora lo volvería hacer. Se había equivocado en muchas cosas últimamente, se había convertido en un egoísta y no había visto el dolor que los demás estaban sintiendo. Se prometió así mismo que no permitiría que aquello les destruyera. Con aquel pensamiento cerró los ojos con la secreta esperanza que Dios permitiera que Alexander sanase y se quedase con ellos. Al fin y al acabo lo único que de verdad deseaba era ver crecer a Alexander junto a Kate.

Muchas gracias por leer.

El oneshot con la canción de Andrew Belle In my veins lo tengo ya previsto dentro de los 30 pero lo publicaré más adelante. Muchas gracias por los comentarios y todas las sugerencias. :)