Mi tristeza no está solo en mí, sino en el mundo que me rodea,
en el aire que respiro, en la certeza de saber que las cosas nunca cambiaran,
que no hay un sitio en el universo donde para mi pueda hacer felicidad.
El frío se colaba a través de las ventanas cerradas, anunciando el final del otoño y el inicio del invierno, y con el invierno, diciembre. Ese mes, que hacía un alboroto en las entrañas del joven conde, ya estaba a la vuelta de la esquina, recordándole que otro año más hubo pasado de su cumpleaños, de la muerte de sus padres, y el aun no conseguía su venganza.
Ciel intentaba poner atención a los documentos que estaban frente a él, sin embargo estos parecían no tener sentido. Le estaba afectando ese congelante ambiente, la chimenea estaba encendida, enfundado en abrigadoras prendas, pero su interior ya estaba helado.
Opto por caminar para despejarse un poco, se levantó cansino de su asiento, recargándose en la mesa, entonces su mirada se enfocó en una esquina de esta y recordó a Alois. Cuando se sentó ahí, se dio cuenta que el chico rubio se encontraba distinto, su interior no decía lo que demostraba su exterior, ¿o fue siempre así?
Era cierto, ellos no eran tan diferentes. Más aún Phantomhive no conocía completamente la historia de Trancy, lo único que le dio a entender en la lucha que tuvieron semanas anteriores, fue que a sus familiares los asesinaron. Estaba deseoso por conocer la verdad tras el conde, sin embargo ellos no eran cercanos, y sentía cierto rechazo del rubio hacia él.
-Quizá Sebastián lo sabe.-susurro el pelinegro. Miro al reloj de la habitación, estaba cercana la hora del té, no era necesario llamar al mayordomo.
Se acomodó de nuevo en su silla cuando escucho pasos y el sonido de unas llantas, tomo una pluma y simulo revisar los documentos que estaban sobre el escritorio. Tres toques a la puerta, un "adelante" y el demonio ya se encontraba frente a él, sirviendo su té.
-Para hoy tenemos té Oolong, traído desde el acantilado Wuyi.-dijo el mayor, vertiendo ya el contenido de la tetera en la taza.
-Oye…-dudo un poco- Sabes, acaso, ¿qué fue lo que ocurrió con el conde Trancy antes de llegar a la mansión?-oculto su vergüenza sorbiendo de la taza.
-Realmente se lo mismo que usted, ¿desea que lo investigue?- se inclinó un poco.
-No.-contesto tajante.- me parece de mal gusto investigar la vida de alguien cuando esta no da su consentimiento, o no quiere que lo sepan.
-Disculpe, joven amo. Pero usted siempre lo hace-dijo con burla disfrazada.
-Pero es por orden de la Reina.-se enfadó, ese demonio siempre lo molestaba en ocasiones como esas.
El hombre ya no supo que contestar, no debía hacer enfadar más a su amo. Lo miro tomando té, se veía encantador, lo miro con dulzura un largo rato. Sí que era único, especial, distinto. El tipo de alma por la que todos los demonios pelearían, y era de él, solo de él. Jamás permitiría que nadie lo arrebatara de sus manos, lo mantendría consigo por toda la eternidad.
-Pues-rompió el silencio por fin- estoy dispuesto a saber la verdad acerca del conde, y lo escuchare de sus propios labios.-sentenció decidido Ciel. El mayor lo miro con orgullo, le encantaba el entusiasmo de Ciel. Más eso nunca lo podría admitir en voz alta.
-Joven amo- interrumpió Meylene luego de tocar reiteradas veces y no obtener respuesta- La señorita Lizzy lo espera abajo. –menciono nerviosa, asomando apenas su cabeza tras la puerta.
El chico no oculto su cara de amargura al escuchar eso. El mayordomo disimulo una sonrisa burlesca.
-¡Ciel!-la chica se abalanzo a los brazos del conde en cuanto esté bajo- ¡me he escapado para poder verte!-sonrió.
-Te meterás en problemas si continuas haciéndolo-decía el pelinegro intentando soltarse de sus brazos, lo logro luego de un tiempo.
-¿Qué tiene de malo querer ver a mi novio?-al decir esto la mirada del mayordomo se ensombreció. Esa chica… simplemente le desagradaba. Y no sabía por qué. A veces, pensaba que eran celos, pero los demonios no tienen sentimientos, entonces se resignó a pensar que la voz chillona de la niña era lo que le molestaba.
El joven conde no respondió. Se quedó mirando el cielo. La chica frustro sus planes de ir con Alois Trancy. No estaba de buen humor.
-Como sea.-continuo Lizzy- la razón por la que vengo es porque se acerca tu cumpleaños-la sola mención de la festividad le puso los pelos de punta a Phantomhive.- ¿me permitirías organizarte una fiesta?-lo miro con ilusión.
-Sabes que no tengo tiempo para esas cosas…-corto su monologo en cuanto vio las lágrimas formarse en las orbes verdes de su prima, suspiro.- supongo que está bien, hace mucho que no celebro mi cumpleaños- sonrió cortésmente, recordando lo que una vez le dijo su mayordomo: "Es bueno tener a las mujeres de tu parte" la marquesa se emocionó al ver aquella sonrisa.
-¡Te prometo que será la mejor!-grito eufórica, y corrió con alegría a la puerta principal, seguida por Paula- ¡nos vemos!-se despidió ya al salir.- ¿Qué crees que debería regalarle, Paula?- pregunto ya cuando hubo subido al carruaje.
-Yo creo que cualquier regalo que venga de usted es perfecto, señorita.- dijo Paula, mirando con amor a Elizabeth. Ella nunca podría compararse con Ciel, nunca podría confesarle sus sentimientos a la rubia. Cerró los ojos con esos pensamientos, y se dedicó a escuchar el traqueteo de la carroza.
-Vaya, la visita ha sido realmente corta esta vez.-exclamo Sebastián.
-Y muy conveniente para mí…-murmuro Ciel. – Ahora me ahorrare tener que visitar a Trancy, Elizabeth seguramente lo invitará a mi fiesta, esa será mi oportunidad.-esbozo una sonrisa de satisfacción. Ciel empezaba a tener cierto interés por el rubio, y eso no tenía del todo cómodo a su demonio mayordomo.
Acababa de terminar de cenar. La luna amenazaba con aparecer, y las pesadillas se empezaban a formar en su mente. Odiaba la noche, era tan amarga, tan melancólica, más a la gente le parecía dulce, sublime, romántica. Las personas que no pasaron lo mismo que él disfrutaba de la noche, de la navidad, de la familia, de la felicidad…
-Basta de estos pensamientos.-dijo Ciel en la soledad- no sentiré lastima por mí.-se enderezo y cerro las cortinas de un tirón.
Tocaron la puerta, reacomodo su postura y acepto que entrasen. Era Sebastián, su corazón dio un vuelco, intento ignorar eso.
-Su baño está listo.-dijo el hombre, enfocando su mirada roja en la azulina del niño. Cada vez que hacia eso, los sentidos del conde parecían desvanecerse, y se quedaba hundido en la profunda mirada de aquel demonio de azabaches cabellos.
Caminaron allá, donde el vapor del baño caliente nublaba el cuarto. Las frías y grandes manos del mayordomo se dispusieron a deshacerse de los ropajes de su amo. Esa era su parte favorita, pues tenía contacto directo con la nívea y perfecta piel del joven. Ya desnudo, Ciel entro a la bañera, relajándose al contacto del agua caliente, sentía como sus músculos se aliviaban. Las manos desnudas del mayordomo tallaron con delicadeza su espalda. Era una sensación inexplicable, la fina espalda del menor le provocaba deseos de probar más.
Ciel se mojó la cara, intentando deshacerse de la sensación de las frías manos del mayor. Siempre que lo tocaban, se sentía mejor de alguna manera. Sebastián era la única persona a la que le permitía acariciarlo sin molestarse. Como cuando lo cargaba, esa imagen le parecía tremendamente romántica. Sacudió la cabeza, esos pensamientos lo hicieron ruborizarse, algo que no pasó desapercibido por el mayor, más este no dijo nada, pues no deseaba romper ese ambiente de pura tranquilidad y armonía.
Al dirigirse a su lecho la melancolía volvió a invadirlo. El mayordomo lo arropo y lo acompaño mientras dormía sin que él se lo pidiese, así pudo dormir mejor, agradeció ese gesto.
La oscuridad ya era absoluta, todos dormían en la mansión Phantomhive, por excepción del mayordomo demonio, que apenas se encaminaba a su habitación, caminando por los largos pasillos, hacia no más de media hora que su amo se durmió, no obstante Sebastián se quedó un poco más, mirando dormir al pequeño.
Llego a su cuarto. No era muy grande, y tampoco estaba tan bien decorado como el de Claude, sino que era algo más sencillo. Si alguien lo viese, no pensaría que se encuentra en una mansión. No dormía, no lo necesitaba. Sinceramente algunas veces se le antojaba hacerlo. Se recostó sobre su cama, también pequeña, cubierta por mantas grises.
Pensó entonces, en lo ocurrido ese día. Cada día, veía a su amo más interesado en el rubio, eso le provocaba furia. ¿Por qué tan de repente el pequeño demostraba tanto interés en alguien? Cierto que esos dos tenían historias similares, dolores parecidos. Pero no era para tanto.
Celos… La palabra se fue de su mente tan rápido como llego, era absurdo.
La imagen de Ciel y Lizzy llego a sus recuerdos, de inmediato palpo su corazón, los latidos eran fuertes, frenéticos.
Tal vez debería investigar un poco más acerca de los sentimientos.
