TITULO: UNA BODA ESCANDALOSA
SAMANTHA JAMES
GÉNERO: HISTORICO
PROTAGONISTAS: EDWARD CULLEN Y BELLA SWAN
ADAPTADO POR: MARS992
PERSONAJES DE: STEPHANIE MEYER
LONDRES, 1820
Capítulo 3
Bella se recuperó del mareo. Consciente de la ardiente mirada de Edward Cullen, sufrió una repentina y cruel sensación de pánico. Intentó retirar la mano que él tenía entre las suyas, pero el conde no se lo permitió. La mantuvo sujeta con fuerza. Un brazo fuerte y desagradable le rodeó la cintura y la acercó a él.
El conde inclinó la cabeza.
Aplastó su boca contra la de ella, con una ferocidad devoradora. Fue un beso que iba más allá de la limitada experiencia de Bella. Había permitido que algunos de sus pretendientes le rozaran los labios de vez en cuando. Pero esto era diferente. El beso de su marido era indecente. Bella sintió el imperioso y desbordante fuego de sus emociones en el ardoroso roce de aquella boca sobre la suya. Aquel hombre quería desafiarla, deshonrarla.
Bella dio un respingo, apartó los labios y él levantó la cabeza mientras en sus ojos brillaba una mirada de triunfo y desafío. La joven se quedó rígida, y lo habría abofeteado si no hubiera oído la voz cortante y seca de su padre.
-Una advertencia, milord. Aunque Bella sea ahora su esposa, no olvide que también es mi hija. Hágale daño y sentirá mi cólera. Le prometo que, si llegara el caso, se arrepentiría.
Al escuchar esto el conde permaneció impávido e hizo un gesto burlón con la boca.
-Milord, no lo olvidaré -pronunció arrastrando las palabras-. Confío en que disculpe nuestra marcha precipitada. -Se volvió hacia su esposa-. Condesa, sugiero que te apresures a hacer el equipaje. Nos espera nuestra noche de bodas.
Bella abrió los ojos de par en par y luego se acercó a su padre. ¡No es cierto, no está sucediendo! pensó. Edward Cullen no tenía ningún derecho a entrar en su vida. Pero lo ha hecho, murmuró con una vocecita apenas audible.
Y todos eran conscientes de ello.
El equipaje estuvo listo demasiado pronto y el carruaje del conde se detuvo ante la puerta de la casa. El conde la escoltó hasta el exterior sujetándole el codo con dedos de acero pero cuando la fue a ayudar a entrar en el carruaje, ella se soltó.
Bella se volvió hacia su padre, que permanecía de pie junto a los escalones, lo rodeó con sus brazos y se colgó de él sin reprimirse en absoluto.
-¡Papá -exclamó con voz ahogada-, no puedo hacerlo. ¡No puedo soportarlo!
La mano que acarició los cabellos de la joven estaba algo temblorosa.
-Shhh -murmuró-. Todo irá bien, Bella. Estoy seguro.
¡Es tan duro, tan frío!
-Ya sé que lo parece en este momento, niña. Pero no lo es. Por Dios ¿crees que entregaría a mí única hija a un hombre así?
Un dolor persistente le atenazó el pecho. Bella sabía en su fuero interno que su padre sólo deseaba lo mejor para ella. Pero en ese momento no podía saber qué había de bueno en aquella boda.
-¡Bella! -El sonido de su nombre emergió de las sombras.
Bella no le prestó atención.
Su padre le besó la mejilla y luego le dio unos golpecitos en el hombro
-Ve, Bella, y recuerda: ahora tienes un marido, pero siempre seré padre y siempre te querré.
Aunque sentía un nudo en la garganta, las últimas palabras de su padre le dieron la fuerza que necesitaba para volver sobre sus pasos. Cuando el conde la ayudó a entrar en el carruaje, lo hizo con la cabeza alta y espalda orgullosamente recta.
En el interior del carruaje se hizo un silencio opresivo. Bella sentía la mirada del conde clavada en ella -una mirada sombría e iracunda- como él mismo, pensó la joven temblando. A pesar de su resolución, sintió la tentación de abrir la puerta y salir corriendo.
Al poco rato el carruaje se detuvo ante una elegante mansión de ladrillo rojo en Grosvenor Square.
-Nuestro humilde hogar, condesa.
A Bella le rechinaron los dientes. El muy canalla la estaba atormentando y se divertía mucho con ello. Despreció la mano que le tendía y bajó del carruaje sin su ayuda. Un mayordomo de espalda encorvada había abierto la puerta y fueron escoltados hasta un vestíbulo amplio y embaldosado.
-Nelson, esta es mi esposa, lady Bella Swan. ¿Quieres por favor acompañarla al dormitorio dorado? -dijo Edward, apresurándose a anunciar las novedades.
Nelson se quedó atónito, pero se recuperó enseguida.
-Muy bien señor -cogió el equipaje de Bella y dirigió una inclinación de cabeza a su nueva señora-. Por favor, acompáñeme milady. Bella pasó junto al conde sin decir una palabra. El dormitorio que le mostró el mayordomo era encantador. La alfombra era de color crema y de las ventanas colgaban unas cortinas de brocado. En la cama había una colcha a juego con las cortinas. En otras circunstancias Bella habría demostrado su satisfacción en voz alta, pero no lo hizo.
¿Qué había dicho el conde? Su cerebro corrió como el viento a través de los campos. Nos espera nuestra noche de bodas. Sintió un escalofrío. No había querido decir nada con aquellas palabras, ¿o sí? No. Claro que no. Después de todo, su boda no había sido planeada. Y con seguridad el conde no esperaría que ella se comportara como una novia. O que compartiera su lecho...
-¿Te gusta la habitación?
La voz la sobresaltó y cuando se volvió, descubrió a su marido en el umbral de la puerta. Estaba apoyado con descuido en el marco de la puerta y en una mano sostenía una copa de vino. A pesar de lo avanzado de la hora, estaba tan elegante y atractivo como horas antes.
La habitación sí, estuvo a punto de exclamar Bella, eres tú quien no me gusta.
La joven hizo un gesto de asentimiento.
-Bien. ¿Quieres venir conmigo al salón, a tomar una copa? -preguntó, tras una breve pausa.
-Creo que no. Ha sido una noche agotadora. -Declinó la invitación con cortesía.
-¡Una noche agotadora! Pero has logrado tu propósito, ¿no es cierto? Imaginaba que querrías celebrarlo. -El tono de Edward era falsamente cordial.
-¿Celebrar? -Bella se puso rígida-. No consigo ver lo que hay que celebrar -añadió socarrona.
-Oh, vamos, condesa. Esto es lo que habías planeado, ¿no es cierto? Atraparme.
Bella apretó las mandíbulas, en un esfuerzo por contenerse.
-Es tal y como le dije a mi padre, milord. No quería casarme, y menos aún contigo -dijo cortante-. Esto es lo que intentaba evitar.
-Ah, y lo has hecho admirablemente, ¿verdad? -En el fondo de su voz había una mezcla de burla y de sarcasmo.
-Ha sido una equivocación, milord -replicó Bella con el rostro ardiendo-. A costa de uno de nosotros, lo admito, porque he juzgado mal a mi padre. Aunque quizá te resulte un consuelo saber que vas a ganar más que yo. Mi padre es un hombre muy rico. Mi dote vale una fortuna. Creo que deberías ser tú quien quisiera celebrarlo. -Su mirada se deslizó hasta la copa de vino que tenía en la mano y sonrió con dulce acritud-. Aunque veo que ya lo estás haciendo.
El dardo dio en el blanco. Edward apretó los labios y cerró la mano con la que sostenía la copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Bella pensó que la copa iba a romperse en cualquier momento.
-Creo que es un buen momento para contarte mis planes -dijo él enderezándose-. Sugiero que compartamos el mismo techo hasta que tu padre se apacigüe. Mientras tanto, estoy seguro de que serás capaz de convencerlo de que esta boda ha sido una equivocación. Cuando esto suceda, el matrimonio podrá ser anulado y nosotros seguiremos nuestro camino cada uno por su lado. ¿Te parece?
-Sí -replicó Bella.
-Eso haremos -dijo Edward. Empezaba a marcharse cuando se detuvo
-Una advertencia, condesa. Yo no forzaría a un caballero, besándolo, como has hecho conmigo en el jardín de los Rutherford. Un hombre... -añadió con una sonrisa falsa-. Me temo que no es muy cortés por mi parte decirlo así... pero un hombre encuentra desagradable este descaro. -Y una vez dicho esto desapareció.
Bella enmudeció de rabia. Se quedó con la vista fija en la puerta por la que Edward acababa de irse. Edward Cullen, conde de Masen, era el hombre más odioso y abominable del mundo.
Era la guerra.
Había herido su orgullo, había lanzado el guante. Su marido la había insultado, la había azotado con sus palabras.
Iba a hacer lo que él le había dicho. Compartirían el mismo techo por respeto a su padre. Pero no compartirían nada más... ni la comida, ni la habitación.
Y si Edward se pensaba que ella se iba a acobardar, se llevaría un chasco, porque Bella tomó la determinación de no amilanarse ni esconderse en un rincón.
Así, a la mañana siguiente, mandó llamar al servicio del conde y se presentó ella misma... luego ordenó que le trajeran el carruaje. Mientras lo esperaba en el vestíbulo, se detuvo ante un espejo de marco dorado y se retocó las cintas de seda de su sombrero al tiempo que tarareaba una alegre tonadilla.
-¿Sales tan pronto, querida?
Bella estuvo a punto de atragantarse.
Afortunadamente se recuperó muy deprisa, aunque el corazón empezó a latirle con fuerza y la cabeza a darle vueltas. Si la consideraba audaz e imprudente, eso es lo que tendría. Dio un toque final a las cintas del sombrero, se volvió y le dirigió una sonrisa que hubiera derretido al corazón más duro.
Pero no el de su marido.
-¿Bella? -Ante ella, se hallaba una imponente figura completamente vestida de negro. Sintió que el estómago se le agitaba de una forma extraña. Parecía aún más alto, enjuto y musculoso. A plena luz del día, no observó ningún defecto en su semblante, salvo el casi feroz dibujo de las cejas. Estaba tan atractivo que casi le cortó la respiración. Sin embargo, era evidente la expresión de reprobación de su mirada, más irritante que un arranque de cólera.
Bella lanzó una risita vibrante.
-¡Qué! -exclamó jovial-. ¿Crees que me había evaporado? Si es así, siento desilusionarte.
Los ojos de Edward lanzaban chispas.
-Todo lo contrario, Bella -habló con una precisión deliberada-eres exactamente como esperaba.
Bella ni siquiera le prestó atención cuando se dirigió a la puerta principal. Minutos después el carruaje se detenía frente a la casa de Alice. Cuando el mayordomo la anunció, Alice dejó a un lado su bordado y se levantó.
-¡Bella! Oh, lo siento... Yo, yo no sé cómo ocurrió... tu padre me siguió hasta la terraza y me preguntó dónde estabas. Y de pronto apareciste allí... Oh, Bella, he estado tan preocupada. Mamá ha vuelto esta mañana después de haber ido de compras con la noticia de tu boda con el conde de Masen. ¿Era él con quien estabas en el jardín? ¿EI conde de Masen? Le he dicho a mamá que seguramente era una equivocación... ¿no es cierto?
No hubo necesidad de responder. Bella cayó en brazos de Alice hecha un mar de lágrimas.
Durante todo aquel día su boda fue el centro de las conversaciones de su círculo de amigos y conocidos.
A1 cabo de una semana, lo fue de Londres.
Bella temía que la aislaran, porque la alta sociedad contemplaba con desdén a aquellos que cometían la ligereza de dar un paso en falso. Sin embargo, las damas suspiraban con envidia porque consideraron muy romántica la boda de Bella con Edward Cullen... ¡quién lo hubiera atrapado! En cuanto a los caballeros, se dirigían sonrisitas los unos a los otros porque sabían muy bien que el conde de Masen había cazado una pieza codiciada: una esposa que poseía belleza y dinero.
La agenda social de Bella cambió poco porque las invitaciones seguían llegando a diario. Pero la joven se sentía como una intrusa en casa de su marido; no por culpa de los criados, que estaban deseosos de complacerla, sino de Edward. No le podía perdonar el desdén que demostraba por su presencia en la casa, por su papel de esposa sólo nominal. En las raras ocasiones en las que se encontraba a su marido, él se comportaba con exquisita educación, aunque también con frialdad.
Una mañana acompañó a Alice a la costurera y mientras su amiga se iba con la modista al vestidor, Bella se dedicó a curiosear unas cintas de pelo en un extremo de la tienda. Sonó la campanilla de la puerta y miró en aquella dirección: acababan de entrar dos damas, una de ellas era lady Carmichael y Ia otra, lady Brentwood.
Iba a saludarlas pero las palabras murieron en sus labios.
-En toda mi vida no he conocido un caballero como Lord Masen -estaba diciendo lady Carmichael.
Bella, curiosa, aguzó el oído y escuchó con atención.
-Lo encuentro extremadamente atractivo -siguió diciendo lady Carmichael-, y encantador.
-Sí, yo también -concedió lady Brentwood-. Charles ha hecho muchos negocios con él. Ayer por la tarde recordé que en cierta ocasión me dijo que no hay hombre que respete y admire más que a lord Masen, y Charles es un hombre que no alaba a nadie a la ligera. En cuanto a su boda con Lady Bella Swan -la dama todavía no había acabado de hablar-, la mayoría de los hombres hubieran dejado que se defendiera ella sola, no importa lo dañada que hubiera resultado su reputación. La precipitación de la boda prueba que también es un hombre de nobles sentimientos -soltó una risita frívola-. ¡Por no hablar de lo bien parecido que es!
Bella apretó los labios. Que era guapo, no lo podía negar. Pero ¿encantador? ¿Noble? No tenía que vivir con el individuo en cuestión. Qué poco lo conocían, porque ese hombre era un verdadero muro, duro de pelar.
-Espero que Bella aprecie la suerte que ha tenido al cazarlo -dijo lady Carmichael-. Es muy raro que siga saliendo como si siguiera soltera. Mi hija Theodora se pasó toda la noche llorando cuando se enteró que Masen se había casado.
Bella sintió que le iba a estallar la cabeza. Tuvo el impulso de decirle a lady Carmichael que su Theodora le iría muy bien a Edward Cullen, conde de Masen.
Como no estaba dispuesta a dar pie a los chismorreos, se mantuvo en silencio y siguió oculta en su rincón hasta que las dos damas salieron de la tienda.
Durante los siguientes días, esa conversación no dejó de importunarla. ¿Era cierto que a Edward se le respetaba tanto entre la alta sociedad? Por primera vez empezó a ver a su marido desde una perspectiva diferente... y admitió de mala gana que por lo que ella sabía, Edward no era ni un patán ni un sinvergüenza. No frecuentaba demasiado las mesas de juego. Tampoco había oído hablar a nadie de que se comportara de forma grosera o imprudente y tampoco bebía con exceso. Si tenía una amante, era tan discreto que ella ni siquiera lo sospechaba. Además, su marido no poseía ninguno de los vicios que despreciaba en un marido...
Pronto empezó a sentirse culpable, porque no era una joven de carácter malicioso. ¿Qué necesidad tenían de vivir como enemigos? Cierta mañana, cuando se preparaba para bajar a la planta baja, decidió que había llegado el momento de mejorar la situación. Cediendo a un impulso llamó a la puerta de la habitación de su marido. Cuando él la invitó a entrar, Bella lo hizo...
Se detuvo junto al umbral de la puerta.
A1 parecer, acababa de volver de montar a caballo. La chaqueta de montar yacía tirada encima de la cama y, junto a ella, una camisa blanca arrugada.
De repente sintió la boca seca, mientras su mirada se clavaba en su cuerpo. Bella nunca había visto a un hombre medio desnudo, ni a su padre ni a ningún otro.
Tenía unas caderas muy estrechas y las botas sucias de barro. Los pantalones color gamo eran como una segunda piel y se pegaban a sus muslos marcando claramente todos los músculos. Pero lo que anidaba entre aquellos muslos de cortante acero atrajo su mirada de un modo indecoroso... aquella protuberancia ocultaba una masculinidad que -allí donde se liberaba de su encierro- ofrecía una visión digna de ser contemplada...
¡Pero qué le estaba sucediendo! Sorprendida por tales pensamientos audaces, alzó la vista sólo para darse cuenta de que su torso desnudo no era menos desconcertante.
Tenía las espaldas fuertes y anchas y los músculos de los brazos lisos, tensos y bruñidos. Una mata de pelo oscuro y rizado le cubría el pecho y el vientre y desaparecía dentro del cinturón de los pantalones. Su cerebro discurría velozmente: la belleza de aquellas formas masculinas nunca la hubiera imaginado... y menos en su marido.
-¿Qué quieres, Bella?
Su mirada era fría y seria. Bella se puso a temblar y rezó porque él no se hubiera dado cuenta de cómo lo había mirado. Rápidamente recuperó el valor... y todos los sentidos. Sin embargo, su voz fue apenas audible.
-Esta tarde hay una fiesta al aire libre en el jardín de los Covington. ¿Te gustaría acompañarme?
-No soy uno de tus pavos reales de Londres que se pavonean a tu lado para que todos te admiren, condesa. Si deseas asistir, hazlo. Pero no me molestes otra vez con estos asuntos triviales -replicó Edward con énfasis.
Bella se sintió como si la hubiesen abofeteado. Unas lágrimas estúpidas le llenaron los ojos. Parpadeó para reprimirlas y consiguió salvar su orgullo. Alzó la barbilla y subrayó su desdén con un aplomo lleno de dignidad.
-Como desees, milord -declaró simplemente y salió de la habitación con un crujido de faldas.
Cuando llegó al comedor, un resentimiento punzante había reemplazado aI dolor. Todos sus esfuerzos por conseguir la paz... reflexionó con amargura. Lo había intentado y no podía hacer más.
El siguiente paso -aunque fuera improbable- debía darlo Edward. Los días que siguieron a esta escena, Bella salió a montar a Hyde Park, asistió a fiestas de cumpleaños y recepciones. Se fue a bailar hasta muy entrada la madrugada a Almanack's. Todas las damas chismosas de la alta sociedad podrían murmurar a sus anchas sobre su matrimonio. Cuando preguntaban sobre el paradero de su marido, ella se encogía de hombros y decía desenfadada: «Es un fastidio estar siempre juntos. Además, ¿qué matrimonio de hoy en día está perdidamente enamorado?». Nunca se había sentido tan mal.
Un hombre en particular la acompañaba con frecuencia: el conde italiano Antony DeFazio. Fuera a dónde fuera, él también estaba allí. Alice pensaba que era demasiado lánguido para ser guapo. Y Bella estaba de acuerdo. Sin embargo, cuando miraba en el interior de aquellos ojos tan oscuros como la noche cerrada, recordaba otros ojos del color de las esmeraldas...
El conde era muy divertido y... muy pesado.
En cualquier caso, Antony era encantador y muy atento. Elogiaba el tono dorado de sus cabellos, la finura de su piel y el azul intenso de sus ojos. Coqueteaba con atrevimiento, y como al parecer su marido no deseaba nada de ella, sus alabanzas eran como un bálsamo para su orgullo herido.
Sin embargo, su marido no le prestaba tan poca atención como creía.
Edward permanecía en segundo plano, contemplando todo aquel despliegue con creciente desagrado. Antes de la desastrosa noche en casa de los Rutherford, ya había oído rumores acerca de su esposa. Según su opinión, era una dama distinguida que disfrutaba llamando la atención. No podía dejar de pensar en Rosalie Sutherland, la mujer con la que había estado a punto de casarse. En Londres había caído víctima de la belleza y el encanto de Rosalie.
Pero esta vez ya no sería tan loco.
Hizo una mueca. No, Bella no era distinta a Rosalie. No era más que una mujer vanidosa y superficial. Al final, Bella demostraría lo egoísta y dañina que era, y Edward no iba a exponer a Elizabeth a una mujer así.
¡Ah! ¿Acaso necesitaba más? Porque se habían casado hacía casi quince días y la niña no se había quedado ni siquiera una tarde en casa. Sin embargo, recordó que Bella había interrumpido a su padre y le había dicho que ella le había besado. La joven había querido protegerle. Un acto bastante honorable, por no hablar de nobleza y valor... Edward era un hombre que no necesitaba el brillo de Londres para ser feliz. Prefería la vida sencilla del campo, mucho más satisfactoria. Rosalie sólo hubiera sido feliz en Londres. Y a Bella seguramente tampoco le gustaría el campo, otra razón para convencerle de que no tenían ningún futuro.
Edward discurría todas estas cosas cuando aquella tarde llegó a su casa. Nelson corrió a recibirlo.
-Buenas noches, milord.
-Buenas noches, Nelson -contestó Edward entregando los guantes y el bastón al mayordomo.
Después, la pregunta inevitable: ¿Está la condesa en casa?
Y la inevitable respuesta:
-No, milord -repuso el mayordomo desviando la mirada. -Ya veo. ¿Y adónde ha ido esta noche?
-Ha mencionado que iba a un baile que se celebra en casa de lord y lady Raleigh, milord. Creo que la invitación llegó la semana pasada.
Fue entonces cuando Edward vio la tarjeta en una bandeja de plata. La cogió y leyó el nombre: CONDE ANTONY DEFAZIO. De repente se le puso todo rojo, porque Edward había oído el nombre del conde en boca de todo el mundo y unido al de su mujer.
-¿Ha estado aquí el conde?
-Esta tarde, milord. Él y la condesa han tomado el té juntos. Luego ha vuelto para acompañar a milady al baile.
¡O sea que la jovencita se dedicaba a invitar a sus admiradores a su propia casa! Edward se sintió dominado por la furia. Se maldijo por ello y maldijo a su caprichosa mujer porque ella tenía la culpa.
-Nelson, que me preparen el carruaje -ordenó con las mandíbulas apretadas.
Bella nunca se había aburrido tanto. El ritmo de la música era siempre el mismo. Todos aquellos rostros apiñados a su alrededor que no distinguía y el aroma de las flores frescas la empalagaba. Si tenía que soportar otra situación tan horrible como esa, estaba segura de que gritaría.
Mientras giraba por la pista de baile con Antony, rezó para que el conde la soltara. Le dolía la cabeza y los pies. Lo que deseaba más que nada en el mundo era volver a casa...
Casa, pensó con angustia. Sintió una punzada de dolor en el pecho, ya no sabía a qué lugar pertenecía. Su padre la había entregado al conde y éste pronto se iba a desembarazar de ella...
Cuando finalizó la danza, con una mano posesiva en su cintura Antony iba a llevarla a la planta baja. Bella se desligó con suavidad. -¡Oh, ahí está Alice! -exclamó-. Por favor, perdóneme, conde, pero tengo que hablar con ella. -No le dio oportunidad para protestar, y se alejó alegremente con un revoloteo de faldas.
Llegó al otro lado del salón y besó a Alice en la mejilla.
-Gracias a Dios que apareces cuando más te necesito, Alice. Antony es encantador, pero a veces es un poco pesado.
-Oh, Bella, es muy guapo y elegante. Ahora estaba pensando que está fascinado contigo.
Bella sonrió ligeramente. Observó que había dos asientos libres en un extremo del salón de baile y se sentó en uno de ellos y agitó con gracia la punta de los pies.
-Estoy de acuerdo, tiene un aspecto bastante agradable, pero hay veces que es muy presuntuoso, Alice.
Alice la miró pensativa.
-Ya podría estar en tu piel esta noche... se sentó y su mirada se deslizó por el salón de baile. De repente, se quedó boquiabierta. -¡Bella, mira! ¡Él... está aquí!
-¿Quién, querida? -preguntó Bella aceptando una copa de champaña de una bandeja que le ofrecían.
-¡Tu marido!
Tu marido. El corazón de Bella sufrió un sobresalto y estuvo a punto de dejar caer la copa de champaña.
-¿Y si te ha visto bailar con Antony? ¿Crees que se habrá enfadado? ¿Crees que estará celoso? -preguntaba Alice, casi sin aliento-. Se está acercando y... oh, querida... ¡No me gustaría estar en tu piel ahora! Bella, apostaría a que está celoso.
Bella siguió la mirada de Alice. Su amiga tenía razón. Edward estaba allí, se acercaba. Pero a juzgar por la expresión de su rostro, creyó que no estaba celoso en absoluto...
Estaba lívido.
¡Oh, Oh! ¿Que creen que pasara?
