DISCLAIMER: Ni los personajes ni la historia son de mi propiedad. Los personajes son de la asombrosa S. Meyer y la historia de una estupenda autora que al final publicare su nombre, mas no por ello es mía la historia. NO es mía. Solo la publico por que es estupenda y mejor aun con los personajes de que adoro.
CAPÍTULO 2
ISABELLA se contoneó por el pasillo hasta llegar a los servicios femeninos, donde se encerró en una cabina y se dejó caer sobre la tapa del inodoro, con la cara cuidadosamente equilibrada sobre las yemas de los dedos para no estropearse la cicatriz.
Tenía trabajo. En parasitología. El disfraz había funcionado. Podía renovar el conocimiento que tenia de los gusanos. No importaba nada más.
Pero no era así. Sí, había conseguido un trabajo en parasitología, con una parasitólogo de aspecto fantástico, que no solo era inteligente, sino muy guapo, un hombre cobrizo, de ojos verdes, musculoso y todo él masculino. Mientras que ella parecía…
En ese momento no tenía tiempo para pensar en ello. Estaba claro que no podía mantener el relleno bajo la cintura de los pantys. Al sentarse, las toallas se habían salido. Sintiéndose un poco más serena, volvió a acomodarlas en el interior de los pantys, y se dirigió hacia el despacho de personal.
O bien Edward los había llamado o bien la cicatriz explico la disposición que mostraron para recibirla a las cinco menos un minuto.
Eran casi las siente cuando con pues silencioso y pesados entró en su casa para encontrar a Tanya en el suelo, tirándole juguetes a los gatos mientras Supergato daba vueltas en torno a la copa de vino que se había servido.
—Menos mal que dejé a Mimi con Anthony—le decía a Rosalie—. No me gustaría exponerla a estos rufianes.
¿Y qué hacia Rosalie? ¿Le leía a los perros? ¿Un libro sobre Lassie?
Fuera lo que fuere, los perros se habían acomodado en formación alrededor de su silla y la escuchaban con tanta atención que ni siquiera la habían oído aparcar delante de la casa. La escena bucólica termino cuando trato de pasar detrás de ellos para ir al cuarto de baño a lavarse la cara.
—¿Qué paso? —gritaron desde el otro lado de la puerta cerrada.
—Conseguí el trabajo.
Aullidos.
—¿Me traeríais el jersey purpura que hay colgado de la puerta del armario? —Pidió por encima de los gritos—. También los calcetines y unas mallas negras.
Silencio, luego unos murmullos y sonidos de movimiento. En un minuto la ropa atravesó la puerta. Bella se la puso y se echo un rápido vistazo en el espejo, tratando de verse a través de los ojos grandes de su hermana, al tiempo que intentaba imaginar por que la habían declarado la belleza de la familia. ¡Sus hermanas eran preciosas!
Ni siquiera quería ser la belleza de la familia. Tenía un cerebro, y quería que la admiraran por eso. Volvieron a mirarse y no vio a una modelo, sino a una parasitóloga.
—¡Sí! —exclamó, apretando los puños.
Pero también un gran problema. Ahí es donde resultaban oportunas sus entrometidas hermanas. Salió por la puerta y le dio a cada una el abrazo que debería haberles dado nada más entrar.
—Funcionó—dijo Rosalie asombrada—. El disfraz funciono. Tenías razón.
—Quizá fue el disfraz—intervino Tanya—,o quizá todo encajo en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Bella sabía que Tanya no podía evitar ser tan pragmática.
—Algo funcionó—convino—, pero hay algo con lo que no contaba.
—¿Qué? —Tanya entrecerró los ojos.
—Es magnífico—musito con voz maravillada—.
Edward Cullen es el hombre más sexy que jamás he visto, y durante la entrevista solo podía pensar en lo mucho que me habría gustado ponerle las manos encima, en los lugares más secretos y prohibidos. Dime, Tanya, ¿se considera acoso sexual que la asistente de investigación persiga al jefe?
Más chillidos. No le extrañó. Y no pararon de hacerle preguntas y darle consejos hasta que consiguió sentarlas a la mesa a disfrutar de unas costillas de cordero con cuscus.
—Mírala ahora—dijo Rosalie con voz soñadora.
Hasta Tanya emitió un leve suspiro.
—Ese pelo—dijo—, esa figura, o falta de ella, esos ojos.
—Como café chocolate, destellos de miel derretida—susurro Rosalie—. Y piel de porcelana.
—No puedo evitar desear…—dijo Tanya.
—Lo sé—convino Rosalie.
—Pero ella…
—Estoy aquí—indico Bella—. Podéis hablarme directamente. Aunque desearía que no lo hicierais, porque ya lo he oído.
—Es la falda más corta que jamás le he visto a una mujer—dijo Tanya a Rosalie.
—Parece tan corta porque tiene las piernas muy largas—comento Rosalie con melancolía—, y los brazos le quedan tan bonitos con ese jersey. Es la única persona que puede ponerse ese conjunto.
Todo el mundo que Bella conocía se ponía conjuntos como el de ella. Una mini de piel negra, un jersey negro de cuello vuelto sin mangas, botas negras.
Algo sencillo para llevar a la sesión de moda de esa tarde.
—No entiendo como alguien puede ser tan hermosa y saber cocinar al mismo tiempo—comento Tanya, concentrada en una tarta de arándanos.
—No parece justo—concedió Rosalie.
—¡Hola! —exclamo Bella—. ¡Os he pedido que dejarais de referiros a mi en tercera persona! Jake, lo siento mucho—se puso de rodillas para abrazar a su sobresaltado terrier—. Bella no te gritaba a ti.
—Tú misma lo estás haciendo—dijo Tanya.
—¿Qué?
—Referirte a ti misma en tercera persona.
—¡Oh, por el amor del cielo! —se sentó con una bandeja de tortitas y lleno su plato—. Quizá sea tres personas. La modelo, la parasitóloga.. y la persona que da cobijo a animales perdidos y cocina y vive en una casa que más bien parece la de la tía Agnes de alguien. Y no creáis que no es duro—vertió un rio de sirope sobre las toritas a las que acababa de untar mantequilla.
—¿Cómo es que come tanto y se mantiene tan delgada? —le pregunto Rosalie a Tanya.
—Porque tiene una vida muy dura—respondió Tanya.
Bella soltó el tenedor.
—¿Cuándo salen vuestros aviones? —las miro fijamente.
—El mío a las dos y diez—indico Tanya—, y el de Rosalie a las dos y veinte.
—¡Que sincronización! —se maravillo Bella—. ¿Hiciste tu las reservas, Rosalie?
—No, fui yo—aclaró Tanya.
—No confiaba en mí—explicó Rosalie con expresión de resentimiento—. Soy agente de viaje y mi propia hermana no confía en mí para hacer un par de reservas sencillas.
—Bueno, ya sabes…—dijo Tanya, sin concluir—. ¿Cuánto se tarda en llegar al aeropuerto?
—Cuatro horas—repuso Bella.
—¿De verdad? —Rosalie se puso de pie—. ¡Vamos a llegar tarde!
—Está mintiendo—la tranquilizo Rosalie—. Siéntate. Sirve otra tortita, ¿quieres?
—¿Mas salchichas? —pregunto Bella con un suspiro para sus adentros.
Durante un momento había conseguido que se enfrentarán entre si en vez de contra ella. Era la única manera de poder ganarles alguna vez una discusión. No, no la única.
—Con respecto a este trabajo…—comenzó—. Cuando os cuente en que trabajaré, creo que comprendiereis por qué estoy tan entusiasmada—se llevo un trozo de tortita a la boca—. Edward Cullen está desarrollando una única vacuna contra los diferentes parásitos que infectan a los perros. Y de hecho, la vacuna está hecha con lombrices—pincho un trozo de salchicha—. ¿Qué? ¿Qué sucede?
Las dos dejaron los tenedores sobre las tortitas a medio comer y la miraron fijamente con las bocas abiertas.
—De verdad, ¿Cuánto se tarda en llegar al aeropuerto? —Pregunto Rosalie con voz débil—. No queremos retrasarnos.
—Bajo ningún concepto—corroboro Tanya—. Ahora que pienso en ello, para cuando devolvamos el coche alquilado, y terminemos esto y aquello…
—Y como haya tráfico…—aporto Rosalie—. Vayamos a hacer las maletas.
Se marcharon.
Se comió tres tortitas y dos salchichas. No tenía ganas de trabajar como modelo esta tarde, ni ninguna de las doce sesiones que le quedaban antes de poder poner punto final a esa parte de su vida. Sólo era capaz de pensar en el comienzo de su nueva etapa: el laboratorio, la oportunidad de poder trabajar con lombrices y su siguiente encuentro con Edward Cullen.
Y si fuera al laboratorio como ella misma y dijera: ¡Sorpresa!
Él era un científico. Era demasiado pronto para descubrir su tenía sentido del humor. Y si se presentaba y dijera: No debería venir a trabajar tan pronto, después de la cirugía plástica en mi cicatriz, la circuiría laser en los ojos y la increíble dieta a la que me sometí para perder…
Él diría: ¡Aja! ¡No eres más que una farsante! Seguro que tu currículo también es mentira.
No. Si manejaba la situación con cuidado, él nunca averiguaría que lo había engañado para conseguir el puesto.
…
¡Como había podido ser tan estúpida!
Era una modelo, por el amor del cuelo. ¿Por qué no se había tomado una foto en el espejo o trazado un dibujo? Se inclinó sobre el tocador sumida en la desesperación. Los perros grandes avanzaron un paso. Seth, el rotweiller, apoyo la cabeza en su regazo y los pequeños se movieron inquietos en la cama. No podía recordar en que mejilla se había puesto la cicatriz para la entrevista con Edward. Tampoco que ojo era cual, aunque eso no sería tan memorable. La cicatriz su era crucial. Volvió a mirarse en el espejo.
—Concéntrate—se dijo—. Tenias la cicatriz aquí, así—trazó un dibujo imaginario en la mejilla izquierda—. Aunque…—detuvo la mano en medio del aire—… creo recordar que trate de tener cuidado con la mejilla derecha.
Giró sobre el taburete, llevándose consigo la enorme cabeza de Seth, para continuar la conversación con los perros.
—He de deciros—confesó que quedé tan devastada en cuanto vi a Edward Cullen, que la cicatriz podría haber estado a la izquierda mientras yo tenía cuidado con la derecha.
Existía una leve posibilidad de que Tanya o Rosalie lo recordaran. También de que Tanya pidiera recordarlo con mayor precisión, de modo que la llamó primero.
—En la derecha—indicó su hermana.
Bella estaba a punto de continuar cuando de repente se le ocurrió un pensamiento. Tanya estaba enamorada. ¿Se podría confiar en ella?
Llamó a Tanya a casa, y demasiado tarde se dio cuenta de que apenas eran las cinco de la mañana en la Costa Oeste.
—¡Que! —Respondió Rosalie—. Me he quedado dormida. Santo cielo, llegaré en…—una larga pausa y entonces añadió con inusual frialdad—. Bella, ¿eres tú?
Bella no tuvo tiempo de disculparse, simplemente formulo la pregunta.
—En la izquierda—repuso Rosalie tras pensarlo—, porque estabas a mi izquierda…no, deberías haber estado a mi derecha, y recuerdo que mire esa terrible cicatriz y pensé…
—Gracias. Ha sido de gran ayuda.
De modo que la cicatriz estaba a la derecha o a la izquierda. Tras una reflexión, decidió decantarse por la derecha. Aunque Tanya se hallara incapacitada por el amor, era más probable que supiera distinguir derecha o izquierda mejor que Rosalie. De hecho, lo más probable era que también Edward lo hubiera olvidado.
Si era un verdadero intelectual, estaría demasiado distraído para notarlo. Una vez tomada la difícil decisión, realizo el trabajo de maquillaje con la destreza adquirida por la práctica prolongada, luego se levanto para admirarse.
Tenía el pelo perfecto, con un gris apropiado y recogido en el implacable moño. Nada de maquillaje en los ojos. Había utilizado un delineador de labios para retraer la línea natural de los suyos, y había encontrado un lápiz de labios de un color tan poco favorecedor que llevándolo parecía mucho mas pálida. Si le hubieran adjudicado la responsabilidad de darle un color, lo habría bautizado Gris Abuela. La falda tocaba un punto entre la rodilla y la pantorrilla, lo que acortaba perfectamente sus piernas. Se había puesto unas gruesas medias negras y unos zapatones negros para potenciar dicha impresión. La blusa era un verdadero hallazgo… marrón. Ni rubí, ni borgoña, sino un anticuado marrón. Era espantosa. Se sentía muy orgullosa de ella, aparte de haberla conseguido por un dólar cincuenta.
Sin embargo, su mayor victoria fue la faja enorme y de cintura alta. En cuanto la relleno con toallas, se sintió confiada con su gordura. Estaba preparada para el primer día de su vida nueva y real como parasitóloga.
Mirando los animales con dolor ante la separación, se despidió.
—¡No veremos esta noche! Adiós.
…
Edward se sentía profundamente nervioso. Lo supo, al echarse sacarina en el café. Odiaba el azúcar, sin importar que fuera real o artificial. Pero estaba de pues junto a la cafetera, preguntándose con que lo acompañaría Bella Swan y si lo tendría. ¿Leche desnatada? ¿Entera? ¿Azúcar? ¿Sacarina? Y entonces se distrajo, como le sucedía a menudo, y se puso a leer la etiqueta de la sacarina, y antes de darse cuenta, se había echado unas cuantas en el café.
Se pregunto por qué tenía que estar preocupado por lo que ella pudiera echar en su café.
—Porque parece ser una persona agradable—le dijo a Camila.
Camila era una de sus mejores amigas entre los pequeños sabuesos cuyo cometido era ayudarlo a perfeccionar la vacuna. Parecía disfrutar con un poco de conversación mientras la pesada, y apreciaba el masaje en el lomo que le ofrecida después de haberse quedado quieta.
—Porque creo que necesita que alguien se encargue de las coas insignificantes, como si le gusta el azúcar o la sacarina—le informo a Den, otro de los perros pequeños, el que siempre daba la impresión de escuchar con atención.
—Porque me he vuelto chiflado—se dijo a si misma al regresar junto a la taza de café—. ¿Por qué otro motivo iba a estar hablando de ella con los perros? Si ni siquiera la han conocido todavía.
—¿Doctor Cullen?
Ya había llegado. Con timidez, asomo la cabeza por la puerta antes de entrar en la pequeña zona de recepción.
—Es Edward, ¿recuerdas? Me alegro de tenerte a bordo, Bella—le estrecho la mano con entusiasmo y volvió a notar lo suave y lo pequeña que era para una mujer de su talla—, ¿Café?
—Yo me lo serviré.
Se quito un abrigo viejo de una extraña tonalidad de marrón, lo colgó en el perchero y sigue el perímetro de la habitación hasta la cafetera. Probablemente el marrón hacia juego con uno de sus ojos. Se recordó prestarle atención luego, cuando se marchara del laboratorio.
Pero en ese momento tenia responsabilidades de anfitrión. Se unió a ella junto a la cafetera.
—¿Leche entera? —pregunto—. ¿Azúcar?
Ella se volvió para mirarlo a la cara. La observo, sintió que la visión se le tomaba un poco borrosa y luego se ponía bizco, pero recupero al instante. Habría jurado que la trágica cicatriz había estado en la mejilla izquierda. Pero no era así. Se hallaba en la derecha.
Por enésima vez maldijo los inconvenientes de su profesión. Se aprendía a mirar a las personas, en su caso animales, aunque debía de haberlo trasladado a la gente, como sujetos de ensayo, no de un modo personal, sensible. Era una pena, en particular para alguien que, algún día, querría disfrutar de una vida personal.
También ella titubeo, incomoda, bajo su mirada.
La sensación de culpa de Edward se incrementó.
—Azúcar—indico Bella. Tras otra leve vacilación se palmeo la cintura—. No debería, pero…
—¡Azúcar! —en ese momento se mostraba demasiado alegre. Deseó poder borrarse y comenzar otra vez.
—Y leche, si tienes.
—¡Leche! —cállate, Edward, suenas como mamá atendiendo a papá.
—Gracias—lo miró con los ojos diferentes y le ofreció una leve sonrisa.
Edward se dijo que renunciaría a un Premio Nobel por saber qué pasaba en ese momento por la cabeza de ella.
Que relajó resulto ser la dichosa cicatriz :D
¿Donde recordaban que la tenía? ¿Le atinaron?
._.
TQ amiga (= Espero tu comentario, ¡eh! :*
