-Y cuando desapareció Quien-tú-sabes -dijo Fred, estirando el cuello para hablar con Harry-, Lucius Malfoy regresó negándolo todo. Mentiras... Mi padre piensa que él pertenecía al círculo más próximo a Quien-tú-sabes.

Harry ya había oído estos rumores sobre la familia Malfoy, y no le habían sorprendido en absoluto. [..] A juzgar por el hecho de que Draco Malfoy tenía normalmente lo mejor de lo mejor, su familia debía estar forrada de oro mágico. Podía imaginárselo dándose aires en una gran mansión.

Harry Potter y la Cámara Secreta, p. 32

Aún quedaba una larga media hora para que la misa del Viernes Santo terminase. Draco Malfoy estaba sentado en uno de los recios y altos bancos de las primeras filas, con su padre a su derecha y su madre a su izquierda. Tenía agachada la cabeza y se miraba sus pálidas manos, recogidas recatadamente sobre el regazo. Sus piernas, cubiertas por pantalones negros, no alcanzaban el suelo de mármol, y las balanceaba distraídamente, las puntitas de sus zapatos casi rozaban el reclinatorio del banco de delante. Con un chistido de irritación, su padre le ordenó que parara. Estaban en una iglesia, había que ser respetuosos. Aunque se tratara de una iglesia muggle.

Los Malfoy sólo acudían al oficio religioso dos veces al año: la mañana de Navidad y el Viernes Santo. Draco odiaba ambas ocasiones. La misa del gallo se le hacía una tortura de varias de horas, impaciente como estaba por abrir sus regalos, que esperaban pacientemente en el salón de la mansión. Muchas veces, mientras el pastor recitaba sus inacabables sermones, Draco deseaba que el menudo hombre callara, lanzara la Biblia por los aires y ordenara a todo el mundo abandonar la iglesia, pues naturalmente nadie quería estar allí escuchándole pudiendo estar probando la cuarta escoba de juguete o gastándose los gruesos galeones de oro en inmensas montañas de dulces. El pesado humo del incienso le provocaba dolor de cabeza y le hacía ponerse de mal humor.

Pero aquella ocasión era incluso más horrible e insultante que todas las anteriores. El padre Weltham, el pastor mago que siempre oficiaba los ritos, había sido requerido en Canterbury para oficiar una misa privada al ministro de Magia, dejando a toda la comunidad mágica residente en Wiltshire sin sacerdote para fecha tan señalada. La mayoría de magos se habían colado felizmente en las feligresías muggles, quizás un poco decepcionados por sus sosos rituales, que no incluían la fascinante representación del padre Weltham de la crucifixión, que incluía hadas que hacían de ángeles, chispas de colores y grandes cascadas de agua que se convertía en vino al llegar a los cálices.

Draco aún no podía creerse que sus padres hubieran accedido a estar presentes aquel día. Tía Bella y tío Rodolphus se habían negado en redondo. Es más, la madre de Draco había tenido que hacer aquella mañana un maleficio para desenganchar a Draco de los postes de su inmensa cama, y su padre había tenido que efectuar un encantamiento silenciador para extinguir sus gritos de protesta. Y es que, a sus siete años de edad, Draco Malfoy era plenamente consciente de su superioridad frente a todas aquellas personas que llenaban filas y filas de bancos. Sabía de sobra que él era más inteligente, más astuto y más importante que las ignorantes personas con las que compartía la nave de aquella iglesia. Pues eso le habían enseñado, y si Draco poseía alguna virtud destacable, ésa era la confianza absoluta hacia sus padres, que Draco consideraba como los auténticos poseedores de la verdad, los únicos que tenían la llave para salvar el mundo de su propia autodestrucción.

Draco se esforzó por no temblar. Estaba tan indignado y frustrado que lo que más le apetecía en aquel momento era gritar. ¿Cómo podía estar respirando el mismo aire que aquellas putrefactas y estúpidas criaturas? Su madre le recordaba a menudo que no tocara nunca a ningún muggle, que transmitían enfermedades mortales para los magos. ¿Pero es que ni siquiera se daban cuenta que Jesús fue un mago y ellos mismos lo mataron? Se permitió rechinar los dientes, sólo levemente.

Y es que, aunque en su mente sus airados pensamientos explotaban como fuegos artificiales, nadie diría que Draco estaba pensando algo en ese momento. Lucía su acostumbrada piel lívida y su mirada se posaba, ausente y fría, en la espalda del hombre que tenía sentado delante. Parecía estar a punto de dormirse, o de encontrar algo extraordinariamente interesante en la camisa del hombre. Nadie diría que su interior hervía de ira y maquinaba secretos padecimientos para cada uno de los muggles de esa iglesia. Y es que la ocultación de los sentimientos era una parte fundamental en la educación de los Malfoy. Tal y como le repetían sus padres a menudo, «nuestra familia está constantemente bajo sospecha, Draco. Y si bien es cierto que somos mejores, ten en cuenta que hasta la más poderosa de las serpientes puede ser derrotada por un ejército de babosas» En realidad, Draco sabía perfectamente porqué sus padres se autohumillaban de esa manera. Si se convertían en la única familia de magos que se negaba a ir a la misa porque era oficiada por muggles, las críticas se abalanzarían sobre ellos, y eso podía significar que la posición de su padre en el Ministerio podía verse perjudicada. Ellos también estaban acostumbrados a fingir.

El hijo de los Malfoy resopló disgustado. Las pasionales explicaciones del pastor sobre el Via Crucis no le impresionaban lo más mínimo. Su padre tenía objetos en el sótano de su mansión capaces de hacerte algo muchísimo peor que apalearte y obligarte a transportar tu propia cruz con una corona de espinos en la cabeza. Objetos que, aunque Draco no estuviera dispuesto a reconocerlo ante nadie (ni siquiera ante él mismo), le causaban un terror paralizante. Algunas noches, Draco se quedaba agazapado en el umbral de la puerta de su habitación, asomando la cabeza hacia el tenebroso hueco de las escaleras, escuchando. Y oía y veía cosas que al instante deseaba olvidar. Volvía corriendo a su cama y se tapaba las orejas para extinguir el sonido de la estridente y maníaca risa de tía Bella. Y se preguntaba... se preguntaba por qué sus padres, que eran las personas más maravillosas y poderosas del mundo, podían tener... podían hacer... aquellas cosas terroríficas.

Eso no sería así para siempre, por supuesto. Supongo que tuvo que ver el hecho de que presenciara cómo su padre azotaba a Dobby hasta que éste cayera desmayado al suelo, y fuera testigo de la mirada desencajada de locura de Lucius Malfoy y de la saliva blanca y espumosa bajando por su cuello. También tuvo que ver el hecho de que viera a su madre pisar sin ninguna reticencia ni vacilación las manitas de los niños muggles que se agachaban para recoger peniques en el suelo, con sus tacones tan altos y puntiagudos. O puede que fuera sencillamente por su personalidad malvada y odiosa. El caso es que Draco Malfoy acabó por impregnarse de la atmósfera tenebrosa y lóbrega de su casa, y terminó convirtiéndose en el repulsivo y cruel Slytherin que todos conocieron. Pero el momento no había llegado, aún.

Draco observó a su madre. Lucía tan hermosa y tan inaccesible como siempre, casi como si momentos antes hubiera sido una estatua de mármol. El efecto se veía diluido por esa cara de asco que ponía cuando había muggles cerca. Draco intentó imitar el gesto, pero al cabo de un rato se cansó, le empezaba a doler la nariz. Admiró a su madre por su resistencia.

Entonces ella le pellizcó un hombro con insistencia y Draco se levantó de un salto. Se persignó tres veces mirándola de reojo, y empezó a recitar en voz baja el Padrenuestro, del cual casi no se acordaba. Draco deseó que ella le sonriera. Narcissa se dio cuenta que su hijo le estaba mirando y se giró. No sonrió (raramente lo hacía en público), pero le guiñó un ojo con picardía.

Pronto todos acabaron sentados otra vez, y el pastor empezó su sermón sobre las Verónicas.

Draco sintió que se sumía en la desesperación. Aquella misa no acababa nunca. Un niño de su edad sentado unos bancos más adelante, a todas luces tan aburrido como él, se giró e intentó llamar la atención de Draco. Él abrió mucho los ojos, sorprendido. Miró de reojo a sus padres, y, tras comprobar que estaban ignorándole, hizo un gesto obsceno con la mano al niño muggle. Él se volvió a girar, con expresión dolida, y Draco se sintió cruelmente feliz a su costa.

Los niños del coro de la iglesia empezaron a entonar Gloria in excelsis Deo. A Draco le gustaba la música. Oía las angelicales voces de los niños, ese canto celestial que parecía que se elevaba sobre sus cabezas. Draco se puso de puntillas para verlos mejor. Llevaban túnicas blancas abotonadas hasta la garganta y chales rojos que les llegaban a los pies. La suave música acariciaba a Draco, sus músculos se destensaban y se veía sumido por una calma y mullida tranquilidad. Su cuerpo se quedó laxo sobre el banco y cerró sus claros ojos, sólo para volver a abrirlos con fuerza. Dio gracias a Dios porque su padre no supiera Legeremancia, ese pensamiento bien podría valerle un día entero castigado. Se sintió asqueado de sí mismo. ¿Cómo podía gustarle la música muggle? Atribuyó ese desliz al aburrimiento. Estaba tan aburrido que contempló llamar a Dobby sólo para que se tirara por el tejado de la iglesia y hacerle reír un poco.

El techo de la nave mostraba una imagen de las Puertas del Cielo. Allí estaba san Pedro con sus llaves, la Virgen María y los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Draco se sorprendió que las imágenes, pintadas por muggles, fueran tan realistas. Casi podía oír el tintineo de las llaves del Cielo, las plumas de las alas de los ángeles eran tan blancas y suaves que parecían que se movían en su constante aleteo... Un momento, no parecía que se estuvieran moviendo, pensó helado. Se estaban moviendo. Draco había encantado sin querer el techo de la iglesia.

Al principio no pudo moverse del asombro. La Virgen María se recolocaba su corona plateada con aire aburrido, y discutía sobre algo con san Pedro, que no paraba de hacer tintinear sus llaves con movimientos furiosos. Los tres arcángeles volaban de aquí para allá, riendo y persiguiéndose. Detectaron la mirada asustada de Draco, y los tres le sonrieron con indulgencia.

A Draco el corazón le palpitaba a marchas forzadas, lo notaba instalado justo en la parte de atrás del cráneo. Miró a derecha e izquierda con urgencia, pero los muggles tenían todos la vista fija en el pastor y no se daban cuenta del "milagro" que sucedía encima de sus cabezas.

Papá... -dijo Draco con un susurro tembloroso- Papá... -volvió a repetir, al ver que lo ignoraba.

¡Qué! -le espetó el señor Malfoy de mal humor- Ya te lo he dicho, no tenemos más remedio que estar aquí, y no quiero una queja más al respecto.

Lucius, -intervino la madre de Draco- Mira... mira el techo.

Lucius Malfoy levantó la cabeza con súbito, y lo que vio hizo que perdiera el escaso color que conservaba en su cara. Compartió una mirada de alarma con su esposa, y ambos miraron a su hijo.

¡Lo siento! -se disculpó Draco con voz aterrada- Yo.. yo no sabía...

¡Silencio, Draco! -le ordenó su padre-

Vigilando a ambos lados, el padre de Draco sacó con cautela su varita oscura y, fingiendo que tosía y tapándose el rostro con una de las anchas mangas del abrigo, apuntó con ella al techo. Las santas figuras se quedaron inmóviles, congeladas en la pared, como debían estar. Pero el padre de Draco seguía muy agitado y señaló con un seco movimiento de cabeza la portalada del templo. Los tres Malfoy se levantaron a la vez del banco y salieron de la iglesia precipitadamente.

Los feligreses no lo echaron mucho en cuenta, ni se extrañaron mucho. Nadie conocía mucho a aquella rica y rara familia, que nunca bajaba a la ciudad, y que desde luego nunca había puesto un solo pie en la parroquia, pues tenían una pequeña capilla privada en su gran mansión. Aunque sí que había cierta curiosidad, sobre todo en lo concernía al pequeño Malfoy, que era el único niño de toda la ciudad que no asistía a la escuela. Los vecinos muggles solían mirar con inquietud a aquel niño, percibían algo siniestro y peligroso en su mirada infantil, pero que era también triste e inofensivo. «Solitario» era la palabra que usaban para describirlo.

El padre de Draco lo arrastró por los hombros mientras cruzaban el caminito de piedra que llevaba a la carretera. Estaba furioso, Draco lo sabía, pero no era eso lo que le preocupaba.

¡¿Se puede saber en qué pensabas?! -le vociferó. Draco dio un paso atrás- ¿Tienes alguna idea de lo que podrías haber podido causar? ¡Va contra nuestras leyes, Draco! ¡Y espero que un hijo mío se controle un poco, y más con una multitud de muggles mirando que...!

Lucius, Lucius, por favor -intervino la madre de Draco con gesto apaciguador. Se puso delante de su hijo y le medio abrazó mientras se encaraba a su marido- Es muy pequeño para controlar su magia, lo sabes bien.

Los dos empezaron a discutir mientras toda la familia caminaba por la acera, alejándose de la iglesia. Aún no podían desaparecerse con todos esos muggles pululando por la calle.

Draco caminaba detrás de ellos. Aún no había dicho nada. Y es que en el breve instante entre que avisó a su padre y éste deshizo el hechizo, había ocurrido algo. Algo que había dejado a Draco profundamente preocupado.

La Virgen María también lo había visto. Mandó callar a san Pedro con un ademán cansado y sonrió al pequeño Malfoy. Pero inmediatamente después su sonrisa desapareció, y fue substituida por unos tirantes labios de desaprobación. A Draco le empezaron a dar escalofríos por todo el cuerpo. La vio, allí pintada en lo alto, tan regia, tan severa, tan justa. A Draco le habían enseñado que la Virgen María era una santa pura y dulce, que cuidaba, protegía y perdonaba a todos los niños... menos a él. Lo miró con una expresión de desaprobación tan grande... No, era de decepción. Ella estaba decepcionada de él. Notó unos horribles retortijones en el estómago mientras esa intensa mirada duraba. Ella apartó la vista, hastiada, y al momento volvía a estar quieta, con la sonrisa estática y vacía que conservaba momentos antes y estaba destinada a conservar para siempre.

Llegaron la mansión Malfoy. Mientras el padre de Draco pedía a gritos una taza de chocolate caliente, Narcissa se rezagó unos instantes con su hijo, en el vestíbulo de la casa.

Draco, ¿te encuentras bien? -preguntó, obstaculizándole el paso al salón.

Mamá yo... -dijo Draco con indecisión- La Virgen María me miró mal -confesó al fin- Creo que está decepcionada de mí.

Narcissa Malfoy miró a su hijo sin comprender.

¿Pero qué dices, Draco? -suspiró, exasperada por la inmadurez de su hijo- Sólo era una estúpida pintura muggle.

Claro -musitó éste.

Los padres de Draco eran los magos más poderosos del mundo sí, pero a veces (muchas veces), no entendían a su hijo.

Draco siguió inquieto durante los días siguientes. Recordó la mirada de la Virgen María, acusándole desde el techo, por encima de él, rodeada de nubes blancas y con las Puertas del Cielo a sus espaldas. Recordó cuando lanzaba piedras a las chicas que salían del Birmingham City College, cuando se reía al ver a Dobby tirándose por las escaleras, o cuando se burlaba de la estupidez de Crabbe y Goyle... Sus padres le habían dicho que él era especial incluso entre los magos, porque su familia se encontraba el élite de la alta sociedad. Le dijeron que tenía reservada una plaza en el cielo. Y, sin embargo, cada día que pasaba Draco se sentía más y más inseguro de sí mismo.

No estaba acostumbrado a que lo criticaran. En las fiesta que celebraban los Malfoy en su mansión, los hijos se le quedaban mirando con temor y fascinación. Ya habían sido advertidos por sus padres del trato que debían dispensar al hijo de tan noble familia. Y a Draco le encantaba sentirse admirado y temido a partes iguales, solía pasearse por el salón dándose aires, contento de que todos lo miraran.

Con el tiempo, Draco atribuyó su malestar a que la Virgen María le había hecho sentir inferior, sólo eso. Claro, aquello sólo habían sido temores infundados de niño pequeño. No había que darle más importancia. Una pintura muggle le había resquebrajado su aura de vencedor, y Draco no estaba dispuesto a que eso volviera a pasar.

Y sin embargo, cuando sus padres perdieron la autoridad sobre él, Draco Malfoy no volvió a entrar en una iglesia. Pasó el tiempo, y Draco se declaró agnóstico.