Los personajes no me pertenecen.
Historia original : Love Story - Erich Segal.
Yamato Ishida
Nacido en Odaiba, Japón.
Edad: 20 años
1,82 m. 81 kilos.
Último curso
Carrera proyectada: Administración de negocios internacionales.
En aquellos momentos, Mimi ya habría leído mi ficha en el programa. Me aseguré por partida triple que Taichi Yagami, mi mejor amigo, hiciera llegar un programa a sus manos.
"¡Dios, Ishida! ¿Esa chica te ha embrujado?"
"Cierra la boca, Tai, o te tragaras los dientes."
Durante el precalentamiento, ya en la pista de hielo, no la salude con la mano (¡vaya cursilería!) ni siquiera miré hacia donde ella estaba. Y sin embargo sospecho que Mimi creyó que la miraba.
Hacia la mitad de la segunda parte, estábamos ganando al equipo contrario por 0 a 0. Es decir, Taichi Yagami y yo estábamos a punto de perforar sus redes. Los estúpidos del equipo contrario parece que lo intuyeron y empezaron a jugar duro, con la esperanza de quebrarnos un par de huesos antes de que los dejáramos para el arrastre. Sus hinchas ya empezaban a corear exigiendo sangre. Y en hockey eso significa literalmente sangre, o, de lo contrario, un tanto.
David Felt, el centro del equipo contrario, cargó a través de la delantera, y yo me lancé contra él, le arrebate el tejo y corrí hacia su puerta. Los hinchas rugían. Vi a Taichi a mi izquierda, pero decidí realizar la jugada yo solo, puesto que el guardameta era un tipo cobarde a quien yo ya había metido el miedo en el cuerpo cuando el pertenecía a otro equipo. Antes de que pudiera lanzar el gol, los dos defensas contrarios se arrojaron contra mí, y tuve que patinar por detrás de la puerta para no dejar el tejo. Allí andábamos los tres, pegando fuerte a los maderos y unos a otros. En las agarradas de esa clase siempre adoptó la táctica de susurrar con fuerza a cualquier cosa que luzca los colores contrarios. Por aquí, debajo de nuestros patines, andaba sin duda el tejo, pero por el momento los tres nos dedicábamos a susurrarnos de lo lindo.
Pero el árbitro tocó el silbato.
-¡Eh, tú dos minutos de suspensión!
Mire hacia él. Me señalaba a mí. ¿A mí? Pero, ¿Que había hecho yo para merecer un castigo?
-Hey, ¿qué he hecho yo?
Bueno, el tipo no estaba para diálogos. Gritó en dirección a los de la mesa de control: "Número siete, dos minutos" sin cesar de agitar los brazos hacia mí.
Me hice un poco el fastidiado, como es de rigor. El público siempre espera una protesta, por más clara que sea una falta. El árbitro me echó de la pista, gesticulando. Lleno de cólera, patiné hacia el lugar de los castigos. Mientras subía a la tarima, entre los golpes de mis patines contra los maderos, oí los ladridos de los altavoces:
-Castigo. Ishida de Harvard. Dos minutos. Suspensión.
La multitud aulló; varios fanáticos del Harvard pusieron en duda la visión y la honradez de los árbitros. Yo me senté, y procure concentrarme en recobrar el aliento, sin atreverme a mirar hacia la pista, donde el equipo contrario nos aventajaba en número.
-¿Por qué te quedas ahí sentado mientras todos tus amigos están jugando?
Era la voz de Mimi. Ignorándola, empecé a animar a mis compañeros.
-¡Vamos Harvard!
-¿Qué fue lo que hiciste mal?
Me volví hacia ella y le respondí. Al fin y al cabo yo la había invitado.
-Me pase de la raya.
Y volví a mirar como mis compañeros de equipo intentaban anular los decididos esfuerzos de David Felt por marcar.
-¿ Y es una falta grave?
-Mimi, por favor, trato de concentrarme.
-¿En qué?
-¡En cómo voy a pasar por la piedra a ese cerdo de David Felt?
Mire de nuevo hacia la pista, para apoyar moralmente a los míos.
-¿Eres un jugador sucio?
Mis ojos estaban clavados en la meta, en nuestra portería, que en aquel momento era n hervidero de cerdos. Ardía de deseos de saltar de nuevo a la pista. Mimi insistió.
-¿Serias capaz de jugar sucio conmigo?
Le respondí sin mirarla.
- Eso es lo que voy a hacer si no cierras el pico.
-Me voy. Adiós.
Cuando gire hacia ella, Mimi ya había desaparecido. Al tiempo que me levantaba para buscarla con la mirada entre el público, me dijeron que mi suspensión de dos minutos había tocado su fin. Salté la barrera, y al hielo otra vez.
La multitud celebró con vítores mi reincorporación. "Con Ishida en el extremo, seguro que ganaremos." Donde quiera que se hubiese escondido, sin duda Mimi oiría el entusiasmo que suscitaba mi reaparición. Así que ¿qué me importaba donde estuviera?
¿Dónde está Mimi?
David Felt disparó un tiro mortal, que nuestro guardameta desvió hacia Logan Kennaway, quien lanzó el tejo en dirección a mí. Mientras corría en pos del tejo, creí que me sobraba una décima de segundo para echar una ojeada a las gradas en busca de la castaña, y así lo hice. Y la ví. Allí estaba.
Inmediatamente después me encontré sentado en el santo suelo.
Dos idiotas del equipo contrario me habían embestido, me encontraba sentado en el hielo, y me sentía- ¡Por Dios! - abrumado de bochorno. ¡ Ishida derribado! Oía a los hinchas del Harvard gimiendo por mí, mientras resbalaba, intentando levantarme, y a los hinchas del equipo contrario coreando:
-¡Sangre, Sangre, Sangre!
¿Qué pensaría Mimi?
El equipo rival volvió a lanzar el tejo hacia nuestra puerta, y nuevamente nuestro guardameta lo rechazó. Kennawey lo pasó a Yagami, quien lo lanzó hacia mí. ( Al fin me había levantado de nuevo.) La multitud estaba que ardía. Aquello tenía que ser un tanto. Agarré el tejo y me arrojé como un rayo contra la línea azul de otro equipo. Dos defensas enemigos se lanzaban contra mí.
-¡Vamos Yamato, vamos! ¡Hazles trizas!
Oí la voz aguda de Mimi por encima del rugido de la multitud. Un grito exquisitamente violento.
Le hice un quiebre a uno de los defensas, choqué con el otro con tal violencia que quedó sin aliento y entonces en lugar de disparar en posición falsa pasé el tejo a Yagami, que había aparecido a mi derecha. Y Taichi lo incrustó en la red. ¡Victoria para el Harvard!
Un instante después nos abrazábamos. Yo y Taichi y todos los muchachos. Abrazarnos y darnos palmadas y saltar como cabras(sobre patines). La multitud chillaba. Y el guardameta enemigo seguía sentado en el hielo. Los hinchas arrojaban el programa a la pista.
El equipo contrario se desmoronó; se le quebró el espinazo. ( Bueno, es una metáfora: el defensa se levantó cuando hubo recobrado el aliento.) Los dejamos para el cubo de basura: 7 a 0.
Si yo fuese un tipo sentimental, y Harvard me importara lo bastante para colgar una foto de la escuela en la pared, no sería de Winthrop House, ni de Mem Church* (Hermandades), si no de Dillon. De Dillon House. Si tuve un hogar espiritual en Harvard, ése fue. Tal vez Nate Pusey el líder del Winthrop House me retiraría si se enterara, pero lo cierto es que para mí la biblioteca de Widener significaba mucho menos que Dillon, saludaba a los compinches con cuatro amables obscenidades, me despedía de los oropeles de la civilización y me convertía en un deportista. ¡ Qué placer, ponerse las defensas y la vieja y querida camiseta con el número 7(En mis pesadillas soñaba que me retiraban ese número, pero jamás lo hicieron), agarrar los patines y correr hacia la pista!
Y el regreso a Dillon era el mejor todavía. Te quitabas el equipo empapado de sudor y te acercaba al mostrador, desnudo a pedir una toalla.
Luego, a las duchas, a enterarse de de quien le hizo qué a quien y cuantas veces el sábado por la noche. "Nos encontramos con esas sucias de Mounthida, ¿sabes?..." Por mi parte, yo gozaba del privilegio de usufructuar un rincón privado para mis meditaciones. Gracias a mi rodilla enferma, después de jugar debía hacer un poco de hidroterapia. Sentado en el agua y contemplando los anillos que se formaban en torno de mi rodilla, podía pasar revista a mis cortes y magulladuras (que me hacían feliz, en cierto modo) y pensar un poco en cualquier cosa o nada. Aquella noche podía podía pensar en un tanto conseguido, en un acorde de guitarra, en letra y en nada...
-¿En remojo Ishida?
Era Jackie Watson nuestro entrenador, que al mismo tiempo se había nombrado nuestro entrenador espiritual.
-¿Pues qué te parece que estoy haciendo Watson, cazando mariposas?
Jackie chasqueo la lengua, y su rostro se ilumino con una sonrisa idiota.
-¡Quieres saber lo que le pasa a tu rodilla Yamato? ¿Quieres que te lo diga?
Me habían examinado la rodilla todos los ortopédicos del Este, pero Watson, desde luego, sabia más que nadie.
- Pues lo que le pasa a tu rodilla es que no comes lo que deberías comer.
Bueno el tema no me interesaba mucho que digamos.
-Comes poca sal.
Si le seguía el humor acaso me dejaría en paz.
-Bueno Jackie, procurare comer más sal.
¡Dios, que satisfecho quedo el hombre! Se alejo con una maravillosa expresión de triunfo en su cara. El caso es que volvía a estar solo.
Deje que todo mi cuerpo agradablemente adolorido, se deslizara bajo el remolino de agua, cerré los ojos, y me quede allí sentado, con el agua caliente hasta el cuello. Ahhhhhh
¡Mierda¡ Mimi estaría esperándome afuera. Bueno, así lo esperaba. ¡Todavía! ¡ Por Dios! ¿Cuanto tiempo me habría demorado en ese baño placentero mientras ella esperaba afuera, en el frío de Cambridge? Me vestí batiendo una nueva marca de velocidad. Cuando empujé la puerta principal de Dillon para salir, apenas me había secado. El aire frío me abofeteó. Como helaba. Y que oscuro estaba ya. Había todavía un pequeño grupo de hinchas. La mayoría ex veteranos del hockey, licenciados que, espiritualmente aun no se había despojado de las defensas. Muchachos como el viejo Jey Stuh, que asistía a todos los partidos, en casa o en campo contrario.
-Vaya revolcón te dieron, Ishida.
-Si Míster Stuh. Ya sabe cómo juegan esos tipos.
Yo miraba en torno, buscando a Mimi. ¿Se habría marchado? ¿Habría regresado sola a Radcliffe, y a pie?
-¿Mimi?
Me aparte tres o cuatro pasos de los admiradores, buscando desesperadamente. De pronto Mimi se asomó detrás de unas cabezas, la cara tapada con un pañuelo de cuello, de modo que solo se le veían los ojos.
-¡Hey, Ishida, hace un frío de los mil demonios ahí afuera!
Sin entender, ¡Cuanto me alegro verla!
-¡Mimi! - Que por instinto, la bese ligeramente en la frente.
-¿Acaso te di permiso?- dijo.
-¿Cómo?
-Si te di permiso para besarme.
-Perdona. Perdí la cabeza.
-Pues yo no.
Estábamos prácticamente solos allí, y estaba oscuro, y hacía frío y era muy tarde. Volví a besarla. Pero no en la frente, y no ligeramente. La cosa duró lo suyo. Cuando dejamos de besarnos, Mimi seguía agarrada a mis mangas.
-No me gusta nada-dijo.
-¿Cómo?
-Que no me gusta el hecho de que me guste.
Mientras regresábamos a pie (tengo auto, pero ella prefirió andar), Mimi continuó cogida a mi manga. No a mi brazo sino a mi manga. No podría explicarlo. Ante la puerta, no la besé para despedirme.
-Hey, Mim, a lo mejor paso unos meses sin llamarte.
Mimi guardó silencio unos instantes. Muy pocos. Finalmente preguntó:
-¿Por qué?
-Aunque a lo mejor te llamo en cuanto llegue a mi cuarto.
Gire y comencé a caminar alejándome.
-¡Idiota! – la oí susurrar.
Regrese y me mantuve un tanto a la distancia de seis metros.
-Ya lo ves, Mimi: pegas bien, pero no sabes encajar.
Me hubiese gustado ver la expresión de su rostro, pero la estrategia me prohibía regresarme otra vez.
Mi compañero de habitación. Taichi Yagami, estaba jugando cartas con dos compañeros del equipo de futbol cuando yo entré en el cuarto.
-Hola, bestias.
Respondieron con gruñidos apropiados.
-¿Cómo te fue esta noche, Yama? – preguntó Tai.
-Un pase y un tanto- dije sin muchas ganas.
-Con la Tachikawa.
-A ti qué te importa- contesté.
-¿Quién es ésa?- preguntó uno de los muchachos.
-Mimi Tachikawa- respondió Tai- la que anda loca por la música.
-La conozco- dijo el otro- ¿No es la amiga de tu pelirroja?
-Ella misma – dijo Tai.
-Ah! la asiática – dijo uno de ellos – Es una estrecha la niña.
Hice casos omisos de aquellos groseros y encallecidos, y buscando mi celular en uno de mis sacos, me dispuse a llevarme el aparato a mi dormitorio.
-Toca el piano en la Sociedad Bach –dijo Yagami.
-¿Y con Ishida, qué toca?
-¡Quién sabe!
Carcajadas se escuchaban del otro lado. Los bestias se reían.
-Señores- les dije, poniendo una cara seria - ¡Váyanse a la mierda!
Cerré la puerta, ahogando otra oleada de carcajadas, me quite los zapatos, me eché en la cama y marque el número de Mimi.
Hablamos en susurro:
-Hey, Mimi…
-Dime.
-Mim… ¿qué dirías si te dijera…?
Vacilé. Mimi esperaba.
-Creo… creo que me he interesado de ti.
Se hizo una pausa. Después Mimi contestó, en voz muy baja:
-Diría… que así moriras.
Y colgó… No me sentí desdichado. Ni sorprendido.
Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!, ¿Qué tal este capitulo?, ¿Alguna pregunta?, ¿Alguna sugerencia?, pueden escribirme preguntándome, o haciendo alguna sugerencia, yo estoy muy agradecida con las personas que están siguiendo este fic, muchas gracias, cada vez que leo un review, me alegro mucho, Gracias
Quiero agradecer a:
Mimimatt26 muchas gracias, por tu review, y si es cierto es gracioso ver cómo trata Mimi a Yamato, a veces hay que tratar así a los chicos malos, jajajajaja mentira. Gracias espero este capítulo también sea de tu agrado.
Ofelia de ishida, gracias por dejar un review
Mimi de Ishida gracias por tu review, es cierto as algo diferente leer a una Mimi con mas personalidad, pero está quedando bien, espero te gusta este capítulo.
Johy garcia jajajajja , si también considero que Yamato, al comienzo fue algo alucinado, pero es que es muy guapo, ajajajajaja y tenía que haber una Mimi que lo ponga en su sitio. Gracias por escribirme, un saludo!
Ya son 4 personas que siguen este fanfic, muchas gracias y no dejen de escribirme, me regalan una sonrisa cada vez que veo un review, gracias chicas, les prometo actualizar mañana o el lunes, cuídense un montón y estudien mucho
By Min
