Capítulo 2
Tucson
Impaciente, deseé que el coche se llenara cuanto antes.
Me miré los pies: las playeras estaban tan viejas que parecía mentira que no se despedazara la suela. Los pantalones eran tan cortos que no ocultaban los arañazos y cortes de mis rodillas. Tan solo esperaba que el hombre no se fijara en ellas.
―¿Y a dónde has dicho que ibas?
Tragué saliva. Tenía muchísima suerte de tener el pelo largo: el alma no vería mi cuello suave, sin ningún rastro de cicatriz.
―Voy a visitar a unos amigos. Viven en Flagstaff.
Oteé el horizonte, como si estuviera aburrida; pero en realidad buscaba un punto caminando por el borde de la Carretera Abandonada, un apelativo cariñoso que le había puesto a la vía que habíamos cogido. Estaba llena de grietas, en un punto lo suficientemente aislado el mundo como para que la gente no se molestara en pasar por allí.
―¿Por qué no has cogido un vuelo directo?―preguntó interesado.
¿Es que todas las almas era así de cotillas o me había tocado a mí la excepción?
―Acabo de sacarme el carnet de conducir y me apetecía aprovechar la ocasión―solté unas risitas que esperaba que me hicieran parecer más dulce e inocente.
La verdad, mi aspecto ya de por sí era el de una niña de quince años inofensiva. Will solía bromear con ello, diciendo que padecía la enfermedad de la eterna juventud. Pero lo cierto es que, cuando nos conocimos, de verdad tenía quince años, y comparado con lo que yo era ahora, había diferencias bastante notables.
Mi cuerpo había ido tomando una figura más femenina y mi rostro se había ido perfilando hasta abandonar las redondeces de la niñez. El problema estaba en que no era muy alta para tener diecisiete años (alcanzaba de suerte el 1.60) y la suave lluvia de pecas que bañaba mi nariz tampoco ayudaba mucho.
Haber estado viendo a las almas interactuar entre ellas durante casi diez años era tanto una ventaja como una desdicha. Aquellos seres eran raros, raros de verdad: parecían conocerse entre todas, tenían unos nombres que parecían más oraciones compuestas y soltaban amabilidad por todos los poros de nuestros cuerpos.
―Esto ya está―anunció el hombre apartando la manguera del coche. Se dirigió a mí con una sonrisa―. Ha sido un placer conocerte...
―Moonlight―respondí con rapidez. Había oído una vez a un hombre dirigirse a su mujer con aquel curioso nombre―. El placer es mío.
«Ni en tus mejores sueños.»
Sonreí y me metí con el coche. La radio seguía encendida. Cuando me incorporé en la carretera, el hombre se despidió con la mano. Contesté sacando la mano por la ventanilla abierta.
«Si Will hubiera estado aquí, se habría sentido orgulloso de mí.»
No había querido exponer a Juliet a ese peligro, así que, metros antes de parar en la gasolinera, le dije que avanzara ella un trecho y que me aguardara junto a la carretera a que la recogiera. Confiaba en que no le sucediera nada (por allí no pasaba nadie, ¡estábamos en mitad del desierto!).
Fiel a su palabra, Juliet me esperaba sentada en el asfalto, justo en el borde. Volvió a subirse en el asiento delantero y me fijé en que tenía las mejillas arreboladas y estaba sudando.
―Hace un calor tremendo aquí―explicó.
Lo sabía. Es más, nos habíamos preparado para ello. Ambas llevábamos unos pantalones cortos y camisetas sin mangas, la suya azul y la mía verde. Eran de nuestras tallas, claro. Había procurado que lo fueran cuando entré en una casa a tomar prestadas varias prendas.
Si hubiéramos vivido aquí como tendría que haber sido, ambas estaríamos acostumbradas. Nuestra piel del color del melocotón (cortesía del sur) delataba que pertenecíamos a esta zona de Estados Unidos.
―Como me vuelvas a pedir que camine sola por el desierto, las consecuencias serán desastrosas para ti.
Me reí de su dulce amenaza. Juliet podía dar de todo menos miedo.
―Pues vete preparando―repliqué con sorna―porque nos espera una larga travesía en el desierto.
Solo que, al menos, iríamos en un coche que tenía aire acondicionado para los días y calefacción para las noches.
Sin embargo, el viaje por la carretera que atravesaba el desierto de Nuevo México duró poco para nuestra desgracia, y no precisamente porque nos gustara el sol.
―Tengo una oveja en Tucson. La mantengo lejos del lobo. Allí estará a salvo.
Frené en seco. Menos mal que Juliet llevaba el cinturón puesto.
―¡¿Qué? ¡No puede ser!
Cambié a otra emisora, y, minutos después en los que Juliet y yo nos mantuvimos en silencio, se volvió a repetir la frase.
―Tengo una oveja en Tucson. La mantengo lejos del lobo. Allí estará a salvo.
―¡No puede ser! ¿Cómo que en Tucson? ¡Si era Alburquerque!
Me quité el cinturón y salí del coche con las mejillas encendidas. En mitad de la carretera me puse a dar vueltas desesperada. Furiosa. Anonadada.
Decepcionada.
Por unos instantes me había sentido cerca de la colonia imaginaria. Ilusionada estaba de llegar a un lugar lo suficientemente oculto como para no tener que estar cambiando de sitio cada dos por tres, o poder mantener el contacto con otros humanos que no fueran mi hermana o Will. Recordaba esas noches en las que, mientras que Will hacía la guardia, me preguntaba si no seríamos los únicos humanos del mundo y, por consiguiente, qué se esperaría de mí.
Había deseado llegar a un lugar al que pudiera llamar hogar.
Pero la dichosa voz había cambiado el destino.
¿Por qué ahora Tucson y no Alburquerque? ¿Es que la colonia se movía para mayor seguridad? ¿O de verdad aquellas voces no pertenecían a los humanos? ¿Y por qué ahora solo había una oveja?
―Estábamos ya tan cerca―suspiré sin dirigirme a nadie en concreto, pero consciente de Juliet me escucharía.
―Valley.
―¿Qué?
Mi voz sonó desesperada. Me volví hacia ella. Había sacado el mapa de la mochila y había buscado en él Tucson. Me miraba con los ojos brillando.
―Estamos de camino―anunció―. Aun podemos llegar a Tucson.
Su voz, cargada de emoción, era la gota que colmaba el vaso. Juliet tenía esperanza de encontrar algo allí. ¡Por supuesto que aquella idea era para concebir grandes expectativas! Nos habría oído a Will y a mí discutir un montón de veces el mismo asunto. Y quizás, el propio Will le hubiera hablado sobre aquella remota posibilidad. Todo eso estaba unido a su extraña forma de ver constantemente el vaso medio lleno; o, más bien, el vaso a rebosar.
Si él hubiera estado aquí, descargaría toda mi ira contra él.
Me acerqué a Juliet y me puse de cuclillas para estar a su altura. Acaricié su mejilla con suavidad, intentando no alarmarla. Quería que comprendiera que todo aquello no merecía ni nuestra atención ni nuestro tiempo.
Un tiempo preciado que podríamos estar utilizando para buscar nuestro propio refugio.
―Sé dónde está Tucson, pero no se trata solo de eso, Juliet. Lo más probable es que no haya ninguna colonia humana como Will creía...
―¿Y las señales? ¿Las frases?―me interrumpió ella frenética.
―Pueden ser simplemente partes de otra emisora que se mezclan... ¡o incluso esos cuentos de niños que antes emitían en la radio por las noches!
Recordaba haber escuchado Caperucita Roja varias veces junto a mi madre. Pero esa voz no parecía hablar como si estuviera contando una fábula para niños.
―Pero... pero...
―No hay peros que valgan, Juliet. No quiero que pienses más en eso, ¿de acuerdo?
Odiaba ponerme seria con ella, pero a veces era igual de terca que yo.
Me concentré en el mapa y me senté en el asiento del conductor sin cerrar la puerta. Lo apoyé en el volante y seguí con el dedo varias carreteras que me llevaban hasta el norte. En el norte, estaríamos más seguras.
¿Y si volvíamos a la casa de campo en Utah? Nadie sabía de su existencia excepto mis padre y yo. Puede que incluso Juliet se acordara, pero hay se acababa la lista. Papá y mamá no habían sido poseídos por las almas, de eso estaba segura. Ningún amigo, ningún conocido... nadie. Era nuestro rincón secreto de paz.
Y por eso, allí estaríamos seguras.
Juliet apareció a mi lado, justo en el asiento del copiloto.
―Juliet, mira, vamos a ir de nuevo al norte.―Le señalé en el mapa el punto donde estaba la casa de campo―. Te prometo que estaremos allí durante mucho tiempo.
Pero Juliet no me atendía. Me agarraba del brazo y tiraba de él una y otra vez, desesperada por conseguir mi atención.
―Que no, Juliet, no voy a ir a Tucson.
―No es eso.
―Entonces qué es―pregunté levantando al vista del mapa.
No hizo falta que contestara. Algo extraño divisé en el retrovisor. Unas luces azules muy lejanas, que venían del desierto. Mire por la luna de atrás y vi que aun estaban demasiado lejos como para percatarse de que un coche estaba parado en mitad de la carretera. Daba igual donde estuvieran; para mí, siempre presentarían una amenaza en mi vida.
Los buscadores.
―Abróchate el cinturón―susurré mientras hacía yo lo propio con el mío.
Las entorpecidas manos de Juliet dificultaron la acción. Tenía miedo. Le abroché yo misma y agarré su rostro entre mis manos, porque sabía qué sucedería si la dejaba alterarse más: tendría una crisis de ansiedad, lo que complicaría las cosas. No podría conducir e intentar calmarla al mismo tiempo. Se pondría a chillar, a patalear, a intentar salir del coche en marcha porque se sentiría agobiada y encerrada... No podía permitir que aquello sucediera, porque entonces sí que nos cogerían los buscadores de una vez.
―Tranquila, Jul. No pasa nada. Aun no nos han visto. Vamos a salir de aquí, ¿vale? Vamos a marcharnos de este dichoso estado.
Iba a arrancar cuando me di cuenta de que tenía la puerta abierta. La cerré y pisé el acelerador para cumplir mis palabras. ¿El hombre de la gasolinera habría averiguado que yo era humana y les habría avisado? Entonces, ¿por qué salían de lo más lejano del desierto los coches patrulla? ¿Es que tenían una sede en el corazón de esas tierras para mayor seguridad? Habían aparecido en el horizonte como unas manchas negras con luces azules, y ahora se acercaban a toda velocidad a la carretera. «Aun no nos han visto», intenté convencerme mientras intentaba pisar el acelerador aun más de lo que podía. Aunque fuera nuevo, el coche no podía presumir de velocidad para nada.
Juliet se fue relajando al ver como desaparecían los buscadores en la lejanía. Para mantenerse ocupada (o eso pensé) recogió el mapa del suelo del coche que con las prisas y el pánico había tirado, lo estiró con sus manos y lo dobló con mucho esmero. Lo guardó en la guantera y se colocó muy recta en su asiento.
Segundos, minutos, horas. No sabía cuanto tiempo pasaba mientras conducía por esa carretera en la que solo se veía desierto, pero en algún momento Juliet susurró:
―Por favor.
Y yo estaba tan asustada que no pensé en las consecuencias de prometerle que iríamos en busca de esa colonia; todo con tal de que ella se sintiera a salvo. Porque nosotras dos solas no lo estábamos. No desde que Will nos había abandonado.
Juliet siempre había sido consciente del peligro que corríamos tan solo por nuestra condición de humanas, una raza que no era nada tabú en la Tierra diez años atrás. Y aun así, creo que nunca supo lo que le habría sucedido si la hubiesen atrapado ese día.
Acepté.
Y fuimos a Tucson.
