Capítulo III

La noche que lo cambió todo

Kagome corría descalza por el bosque húmedo, sus cabellos estaban revueltos, parte de sus ropas estaban desgarradas y sucias. De vez en cuando trastabillaba sobre el lodo, de pronto atorándose o resbalando y luchando desesperadamente por no detenerse ni un segundo, pero de pronto frente a ella un enorme árbol cayó en su camino obligándole a detenerse y resbalando sobre el barro.

Aún en el suelo, tomó su arco y una flecha y rápidamente apuntó hacía un costado, podía percibir perfectamente como algo se acercaba desde aquella dirección, permaneció así poco menos de un minuto, la lluvia caía pesada sobre su cabeza empapando su visión segundo a segundo pero ella utilizó toda su entereza para permanecer con la flecha bien tensa y lista para atacar.

De pronto volteó y disparó la flecha instantáneamente logrando atinar al pecho de un youkai que le doblaba la estatura, sin esperar a ver si este caía, giró sobre sí misma y disparó otra veloz flecha que asestó la cabeza de un segundo youkai, la misma escena se repitió con un tercer y un cuarto youkai, de pronto se dió cuenta que no contaba con más flechas, había gastado el resto del carcaj antes de empezar a correr.

-¡Kagome!-La voz desesperada de Inuyasha en las lejanías se confundió con el sonido de la lluvia que arreciaba.

-¡Inuyasha!-La sacerdotisa volteó en dirección a la voz solo para encontrarse cara a cara con un joven de melena roja y brillante como la sangre misma, y unos ojos tan dorados como los de Inuyasha, el joven sonreía ampliamente. Ella no tuvo tiempo de siquiera preguntarse quién sería aquel extraño.

Lo último que vió fue un resplandor plateado, lo último que escuchó fue a Inuyasha llamándola a gritos con el terror reflejado en su voz cada vez más lejana, lo último que sintió fué un agudo dolor en el vientre que la sumió en la inconsciencia.

….

-Kagome, ¡Kagome!

Kagome abrió los ojos de golpe, un sudor frío perlaba su frente y su respiración era agitada. Poco a poco comprendió que solo había sido un sueño, o más bien un recuerdo de seis años atrás sobre aquella terrible noche donde casi perdía la vida, y donde todo había cambiado para siempre.

-Kagome… ¿estás bien?, ¿has tenido un mal sueño?

Kagome se limitó a asentir suavemente, Inuyasha le acercó un poco de agua fresca y ella bebió sin decir nada.

-Ya estoy mejor-dijo por fin.

Había comenzado a llover, llevaban tres días caminando, y ya habían pasado por dos aldeas que estaban totalmente destruidas. Si aquellos demonios eran tan grandes como el anciano los había descrito, solo podrían estar ocultos en los grandes bosques de las montañas, así que les quedaba por lo menos un día más de viaje, pero Kagome estaba cansada, así que decidieron acampar en una casa que había quedado casi intacta en medio de una aldea abandonada y en ruinas.

Inuyasha había reunido algo de madera para encender un buen fuego, ya que el clima frío y húmedo del otoño se sentía con más fuerza que antes y debían protegerse, especialmente Kagome quien en su condición humana era aún más frágil.

La sacerdotisa se había vuelto a dormir con el arrullo de la lluvia sobre el techo, esta vez acurrucándose en los brazos de Inuyasha quien la envolvió en un abrazo protector.

Ella no le había dicho nada, pero él sabía a la perfección que Kagome aún tenía pesadillas sobre aquella ocasión seis años atrás en que casi la arrebataban de su lado.

Al clavar la vista en el techo pudo recordar con claridad aquella oscura noche, en el momento en que había llegado para encontrar a Kagome inconsciente y desangrandose en brazos de un youkai que la dejo caer en el lodo al notar la presencia de Inuyasha. Con el semblante pálido y frío y la sangre hirviendo en sus manos, Inuyasha arremetió sin dudar contra aquel youkai quien sólo se dedicó a esquivar sus ataques y luego sin más desapareció sin dejar rastro.

El hanyou corrió a atender a Kagome quien ya había perdido mucha sangre por una herida con cuchilla en el vientre, la cubrió con la parte superior de su traje de rata de fuego y la llevó de prisa con Kaede y Jinenji.

Fueron días de profunda angustia, el medio demonio descubrió que Kagome estaba esperando un hijo suyo y que por supuesto lo había perdido aquella misma noche, además ella no despertaba y todos los días debían hacer curaciones a sus heridas. Inuyasha había viajado en busca de brujas, monjes, curanderos, había buscado hierbas y cristales que solo se encontraban en lugares peligrosos y recónditos, todo para intentar salvarla. Su esperanza pendía todos los días de un frágil hilo, y cuando todo parecía perdido…Kagome finalmente despertó.

Inuyasha utilizó toda su fuerza de voluntad para no estrujarla entre sus brazos, se veía tan pálida y frágil que no se atrevió siquiera a tocarla, pero las próximas semanas no se despegaría de ella ni un segundo.

El crepitar de la madera despertó a Inuyasha de sus cavilaciones para pasar a observar a su querida sacerdotisa durmiendo. Inuyasha apretó la mandíbula con pesar.

"Ojalá hubiera podido protegerla…protegerlos a los dos…"

Pero Inuyasha se había jurado desde aquel día que jamás permitiría que la lastimaran de nuevo. Y hasta la fecha había cumplido bien su promesa, no se había separado de ella, se había vuelto más cariñoso e incluso más paciente. Ella sin embargo parecía no sonreír como antes y a menudo parecía sufrir en silencio. En cambio había comenzado a obsesionarse con volverse más poderosa y ser una gran sacerdotisa, por lo que había entrenado muy duro.

Su querida Kagome se parecía cada vez más a la fallecida Kikyo con el paso de los años, y él no podía alegrarse por eso, pues aunque se había vuelto más fuerte, amaba con todo su ser a Kagome tal cual había sido desde el día en que la conoció, con su espíritu enérgico, alegre y lleno de luz.

Claramente parte de esa Kagome había sido enterrada junto con el hijo que ya nunca podrían tener, pues la herida en el vientre le había afectado de tal manera que sería imposible que tuviera hijos. Pero él permanecería a su lado sin condición, sin dudas, sin miedos, porque la amaba de verdad y tan solo deseaba volver a verla sonreír y ser feliz.