Cap. 3
La velada se alargó, de suerte que Lacroix ya estaba en sintonía con el resto de los invitados. Sin embargo, no había demostrado abiertamente sus intenciones de tipo político.
- SI usted necesita ayuda para sus estudios, no dude en solicitarla- reveló John Wilmot.- Yo puedo ser, de algún modo, su mecenas - anunció el conde de Rochester terminando de salir de las habitaciones que habían ocupado.
Lacroix estaban pensando en una próxima reunión con el partido de Cromwell y asintió sin mucho interés. Sin embargo, con tal de aprovechar el apoyo del conde, decidió reservarse la negativa.
- Por supuesto, señor conde. Estaré pendiente de usted para poder solicitarle alguna ayuda de serme necesario. Que tenga buen día.
Wilmot llegó a su villa de madrugada con un humor terrible pero como estaba ebrio, deseaba allegarse a su mujer. Ella corrió a su habitación y se encerró colocando el postigo.
- ¡Abre, maldita sea!- gritó desde fuera.
- John…estás ebrio…será mejor que hablemos mañana…
John siguió tocando la puerta un buen rato. Hasta que se quedó dormido junto a la puerta.
Más tarde se levantó y volvió a una habitación contigua.
Cuando amaneció, la condesa pidió que cerraran la puerta con llave por fuera mientras ella se encargaba de los niños.
El carro donde llegaba Christine arribo entonces a la villa.
La joven se acercó a la condesa que tenía entre sus brazos a un pequeño y a otro que le sostenía la mano.
- Buenos días, Christine. Mira, ellos son mis hijos.
Eran cinco jovencitos entre 3 y 11 años. Ella les sonrió y escuchó de boca de casi todos su nombre y edad.
- Niños, ella va a ser su institutriz. Va a jugar y a ayudarme a cuidarlos. ¿Les gusta?
Los chicos estaban emocionados.
La nana se quedó con ellos un momento.
La condesa se dispuso a conversar con ella.
- Christine, me alegra que ya les agrades a los chicos. No creas, es difícil.
- Me imagino-señaló la joven.- Sin embargo, creo que son muy dulces.
- Mi esposo siempre dice: cuando no tenía niños tenía un manual para cuidarlos; ahora tengo cinco y ningún manual.
Christine sonrió. La condesa se puso un poco triste.
- ¿Le ocurre algo?
- No, para nada. De hecho, ¿recuerdas que Madame D'Artois dijo que iba a haber una mascarada? Pues será mañana por la noche en mi casa.
- Me alegra. ¿Y el conde?
Elizabeth señaló.
- Se encuentra un poco…indispuesto. Pero ya tendrás oportunidad de conocerlo. Te dejo con los chicos.
Horas más tarde, John se levantó.
- ¿Qué hora es?
La condesa entró a su habitación.
- Son las once. Supongo que te sientes mal.
- No mucho.- se levantó y la sentó en la cama.- Perdóname…estaba muy bebido.
- No te preocupes. Por cierto, madame D'Artois decidió hacer una fiesta de caridad y dijo que si contaba contigo.
John sonrió. La idea había sido precisamente suya.
- Por supuesto. Le habrás dicho que sí.
- Sí, así fue. Me alegra que estés de acuerdo.
- Está bien. Voy a arreglarme para salir.
- ¿Volverás tarde de nuevo?- insistió ella.
- No mucho…pero esta noche vendré sobrio…tan sólo para ti…-dijo dándole un beso en la mejilla.
La condesa esperaba que dijera la verdad.
En la noche, Christine estaba en la sala de estar cuando escuchó ruidos. Era ya tarde.
La condesa subió y le dijo:
- Christine…por favor, enciérrate…el conde volverá pero no viene en buen estado.
- ¿Cómo?
- Sí, sólo te pido que te encierres bien. Ponle el seguro al postigo de la puerta. Yo me encargaré de que se calme.
Christine no estaba segura de lo que estaba sucediendo pero decidió obedecer.
Tenía miedo. Pasó un buen rato encerrada. No quería salir a menos de que la condesa tuviera a bien llamarla.
Lo que ella no sabía era que justo al lado estaba la habitación de ella y del conde.
Éste estaba muy molesto. Elizabeth trató de calmarlo.
- ¿Qué sucedió esta vez, John?
- Nada…supe que Oliver Cromwell está conspirando contra nosotros. Pero esta vez no podrá.- añadió con el rostro adusto.
- Ahora no pienses en eso…
- No debería…me alegra que esta vez no te encerraras del todo- susurró.
Elizabeth entrecerró los ojos y comentó:
- Estás un poco ebrio, John…
- Pero sé que te va a gustar…-contestó para seducirla intensamente.
Al principio fue un poco violento pero después su forma de tomar a su esposa se fue haciendo precisa y vigorosa. La condesa gemía intensamente. Su esposo la acometía sin piedad, provocando que evocara sonidos ardorosos que se escuchaban hasta el otro lado de la habitación. Christine pensaba en Denisse y no pudo menos que encenderse. Pero se preguntaba qué clase de amante sería el conde de Rochester.
