Dos días después.
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Dos días, un breve informe y una esquela en un periódico local. Jadelyn West estaba muerta, era cierto.
Detestaba la idea de que una de mis compañeras de clase se hubiera sentido tan desesperada cómo para creer que acabar con su vida fuera la única salida, esa era la verdad. Más de una vez, yo misma me había sorprendido poniéndome de puntillas en el vestíbulo del instituto para ver si la veía, pero era inútil. Siempre había estado ahí, en alguna parte en el fondo, pero ya no la vería más.
Me quedé de pie frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación, estirándome el bajo del vestido negro de encaje que había encontrado apretujado en el armario. Me sentía incómoda y torpe llevando un vestido cuando solía ponerme unos jeans y una
camiseta, pero quería lucir algo bonito para el funeral de Jade. En la clase, el día antes, la señora Anderson había anunciado que todos los alumnos eran bienvenidos al funeral de Jade para presentarle sus respetos, pero la verdad es que aquello no sonaba a verdadera invitación. La esperanza de esa noche llegaría a alguna conclusión, de que encontraría algún sentido al hecho de que no pudiera que dejar de pensar en ella, me superó.
Tras decidir que estaba más que presentable, me puse el abrigo, tomé mi bolso y salí de mi habitación. El taxi que había pedido tenía que llegar de un momento a otro. Pensé que debería cómo mínimo intentar comer algo antes de salir.
Según iba por el pasillo en dirección al salón, escuché una voz suave y educada que hablaba. Cuando doblé la esquina, me sorprendió ver a mi padre tumbado en el sofá, con el iPhone en la mano, charlando animadamente.
" ¿Qué estaba haciendo el gran David Vega tan pronto en casa? "
Eran poco más de las seis y cuarto de la tarde. Nunca antes había llegado tan pronto. La vez que llegó más pronto que yo pudiera recordar en los últimos tres años había sido a las ocho.
—Oye, Rick, tengo que irme. — dijo mientras me miraba según pasaba por delante de él. — Victoria se está preparando para salir.
Colgó y lanzó el teléfono sobre la mesita de centro, poniéndose en pie y estirando los brazos por detrás de la cabeza al tiempo que bostezaba.
— ¿Qué haces en casa, papá? —pregunté confundida.— Nunca vienes tan pronto.
—Lo sé. — dijo él, siguiéndome a la Cocina. — Pero Rick y yo hemos cerrado hoy el caso Blanchard-Emilia, así que vamos a tomarnos el resto de la noche libre para celebrarlo.
— Vaya, eso está bien.
Un silencio incómodo que podría haberme ahorrado cayó sobre nosotros mientras yo abría el frigorífico, rebuscando en su interior algo para comer.
Siempre era igual cuando me encontraba con mi padre.
Era mi padre, sí, pero por lo general estaba tan ocupado con su trabajo que en realidad nunca había tenido la oportunidad de pasar mucho tiempo
con él. Una tarde en casa era una preocupación secundaria para uno de los abogados más famosos de la ciudad.
" Hasta prefiero su anterior trabajo de policía " pensé.
Regresé del frigorífico con un puñado de uvas y una botella de agua, mirando a mi pare con el ceño fruncido, confundida.
— ¿Sí?
— Sí. — Se aclaró la garganta, apoyándose sobre la encimera, con los brazos cruzados. — ¿Vas a ir al funeral de esa chica?
— Mmm...Sí. — dije entre un murmuro. — Al funeral de Jadelyn West.
Frunció el ceño, pensativo, por un instante.
— West... ¿Por qué me resulta familiar ese apellido?
Me encogí de hombros, metiéndome un par de uvas en la boca.
— Ni idea, probablemente haya cientos de personas en la ciudad con ese apellido.
— Quizá. — Me respondió con un deje de duda en su rostro.
Saboreé unas cuantas uvas más, con la esperanza de que el portero automático sonara de un momento a otro, indicando la llegada del Taxi, para así escapar de aquella conversación tan incómoda.
No quería hablar con mi padre sobre Jade West.
Lo que de verdad quería hacer era armarme de valor para decir adiós a una chica a la que casi no conocía, encontrar la manera de dejarla ir y no sentirme tan inusualmente culpable cómo me
sentía. Pedirle perdón por no haberle prestado más atención, por no haber estado ahí de alguna manera para echarle una mano.
— ¿Cat va a ir al funeral contigo? — preguntó mi padre después de un rato.
— No, voy a ir sola. —Le conteste sintiendo los nervios a flor de piel. — Cat está ocupada.
Mi padre frunció el ceño otra vez, mostrando su desacuerdo ante la perspectiva de que fuera a la ciudad yo sola.
— ¿Estás segura? La verdad, no me gusta la idea de que salgas por la ciudad de noche. — dijo seriamente. — Siempre podría, mmm...acompañarte.
Le corté rápido, antes de que fuera más allá con una frase de lo más innecesaria.
— Papá. Por favor. Ya sé cuáles son las normas para salir de noche por la ciudad. Todo irá bien. Te lo prometo.
— Está bien. Pero llévate el teléfono móvil, ¿de acuerdo? Y no vuelvas muy tarde.
Afortunadamente, el portero automático sonó con fuerza justo en ese momento, evitando así que siguiera con aquella conversación.
— Ahi está el taxi. —anuncie, bebiéndome lo que me quedaba de la botella de agua. — Tengo que irme.
— Eh, sí, claro.
Le di a mi padre un abrazo rápido y murmuré un adiós y luego salí rápidamente de la cocina, dando gracias a Dios por estar yéndome ya.
El aire era helador, me mordía la piel según salía a la temprana noche de diciembre. Hanson me concedió unabsonrisa y me guiñó un ojo al tiempo
que sujetaba la puerta del taxi que me esperaba en la esquina.
— ¿Vas a alguna parte?
— A...un funeral. — admití, soltando un suspiro.—Una de mis compañeras de clase, bueno, se ha suicidado.
Hanson se quedó en silencio durante un rato. No dijo que lamentara oír aquello, sino que me dio un golpecito en el hombro. Eso, creo, era lo que me faltaba.
Me deslicé en el asiento, y me abroché el cinturón al tiempo que Hanson cerraba la puerta.
— ¿ A dónde desea ir, señorita? —preguntó el taxista desde la parte delantera, con un fuerte acento de Brooklyn.
Le di la dirección de la iglesia que la señora Anderson había mencionado. El taxi salió y se incorporó al tráfico mucho más rápido de lo que debería para mi gusto. Apoyé la cabeza en el
asiento y apreté los ojos, inspirando por la nariz y espirando por la boca.
No tenía ni idea de qué esperar una vez llegase. El último funeral al que había ido era algo que ya casi nonrecordaba.
"¿Iría todo el mundo de negro y todos estarían llorando?, ¿Habría música?, ¿ Estallaría alguna pelea entre los familiares de Jade si alguien hablaba a destiempo o decía algo equivocado?"
Cosas así parecían suceder en los funerales que había visto por la televisión, pero no pensaba que eso significase nada en el mundo real.
Cuando el taxi llegó a la parada de enfrente de la iglesia, saqué unos billetes del monedero para pagar el vieaje, luego salí y me planté en la acera antes de que pudiera convencerme a mi misma de que aquello era una idea terrible y pidiera otro taxi que me llevara de vuelta a casa.
Me abracé a mí misma mientras notaba la brisa que soplaba calle abajo, levantandome el pelo por detrás.
Esperaba encontrarme con una multitud fuera, compartiendo la pena, pero lo cierto es que el lugar estaba tan vacío cómo las estanterías de las tiendas después del Black Friday. Sin embargo, el sentimiento de estar siendo observada crecía en mi interior mientras subía las escaleras delanteras de la iglesia.
Entré. El olor del incienso que se había utilizado durante la misa me golpeó de inmediato la nariz. Hacía bastante desde la última vez que había
entrado en una iglesia: había dejado de ir cuando las carreras profesionales de mis padres despegaron. Sin embargo, la familiaridad del lugar me confortó en cierto modo.
El vestíbulo donde me encontraba ahora estaba tan vacio como lasbescaleras de fuera, lo que hizo que me inquietase.
"¿Dónde estaba todo el mundo?"
Saqué el teléfono móvil del bolso, para comprobar que no me había equivocado de hora.
"6:58".
No podía irme ahora sin más.
Inspiré hondo, sumergí los dedos en la pila de agua bendita que tenía a la izquierda, hice la señal de la cruz y luego caminé hacia el interior de la iglesia. El altar principal estaba decorado con ramos de flores blancas y tapetes, casi cómo si aquello fuera una misa de Navidad, pero con un aire mucho más sobrio. En una plataforma frente al altar se encontraba un modesto ataúd cubierto con más flores blancas.
La iglesia en sí era bonita, con vitrales y columnas de mármol, perobparecía más grande de lo que era debido a las filas y filas de bancos vacíos que había. Solo las dos primeras estaban ocupadas. Vi a algunos profesores: el profesor Sikowitzde teatro, uno de los profesores de Matemáticas; y la señora Keller, que enseñaba Literatura y luego un pequeño grupo de gente que
iba al Hollywood Arts y a los que sólo conocía de vista aunque no sabía cómo se llamaban.
Una parte de mí había esperado que la iglesia estuviera llena. Rompía el corazón ver que no había más gente allí para mostrar sus respetos a Jade y a su familia. Mantuve los ojos fijos al frente mientras me abría paso a toda prisa hacia el centro, decidida a no encontrarme con la mirada de nadie. Sin querer llamar la atención, pues me daba cuenta de que me había presentado exactamente dos minutos antes de que empezara el servicio religioso, me senté en una de las filas vacías de atrás, apretando las manos sobre el regazo y esperando a que empezara la ceremonia.
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La misa empezó oficialmente según lo previsto. Los allí congregados se pusieron en pie mientras un pequeño coro que estaba junto al altar, comenzaba a cantar una melodía suave estaba y tranquila. Un cura acompañado de dos diáconos y un monaguillo se abrió paso hacia el altar. Cuando el cura llevaba solo unos minutos hablando sobre la pérdida de una vida tan joven, empezaron los llantos.
No parecía que ninguno de los que estaban cerca de mi estuvieran llorando, pero después de un rato de mirarme a los pies, vi a una mujer en la primera fila a la que estaba sujetando el hombre que se encontraba junto a ella. Claramente, la mujer sollozaba ennel hombro de él. No podía verle la cara y no tenía manera de saber quién era, pero no me costó mucho darme cuenta de que aquella mujer debía de ser la madre de Jade West.
Entonces me di cuenta de que pocas cosas en la vida podían romperte el corazón cómo ver a una madre llorando por la pérdida de su hija.
Había muerto una chica y eso no debería haber ocurrido nunca. Después de eso, pensé que yo también podía permitirme llorar.
Empecé a derramar lágrimas rápido, con furia, mientras Sikowitz subía al púlpito para decir unas palabras sobre Jade y la buena estudiante que era. Estaba llorando mientras un chico con los mismos ojos de Jade se puso en pie y pronunció una especie de
elogio sincero. Y estaba sollozando cuando me dieron una rosa blanca y luego me acerqué al altar para dejarla
sobre el ataúd de la fallecida.
Puede que me quedase allí más tiempo del necesario, pero...¿Qué se suponía que debía decir? ; "Hey. Lo siento, nunca habíamos hablado, lamento que creyeras que debías acabar con tu vida, ojalá todavía estuvieras viva".
Hasta a mí me suena algo estúpido.
— Jade, soy...
— ¿Conocías a mi hermana?
Me volví rápidamente y vi a un niño de pie frente a mí, con unos rizos negros preciosos y unos ojos azules brillantes, mirándome confundido. El niño no debía de tener más de cinco años, lo que, de algún modo, lo hizo
todo más dificil. No sabía que Jade tuviera un hermano tan pequeño.
— Mmm...Sí. — dije, secándome las lágrimas de los ojos. — Iba con tu hermano al instituto.
El sonrió mostrando los dientes.
— ¿Está muy linda, verdad? Se parece mucho a mami, ella también es linda.
Otra oleada de tristeza me invadió al escuchar las palabras del pequeño.
No había dicho «estaba». Había dicho «está». Hablaba cómo si su hermana siguiera viva. No sabía muy bien qué edad tenía, pero parecía lo suficientemente joven cómo para no entender del todo lo que significaba la muerte. No me gustaría nada estar en el puesto de la persona que tuviera que explicarle que su hermana no regresaría a casa jamás.
Me esforcé lo que pude por devolverle una sonrisa.
— Desde luego.
— Soy Ron. — dijo el niño, dándome la mano cómo si fuera un adulto.
— Hola, Ron. -dije, dándole la mano. — Soy Victoria, pero puedes decirme Tori.
— Mamá dice que no debo hablar con extraños, pero cómo conoces a Jade y eres guapa, creo que le parecerá bien. — dijo Ron de corrido, "Vaya coqueto el niño" pensé.
— Vaya. — dije, sin saber muy bien cómo continuar. — ¿Gracias?
— Vamos, ven. ¡Tienes que conocer a mi mamá!
Ron me agarró de la mano y tiró de mí para llevarme hacia donde estaban los bancos, donde un grupo de gente se
había congregado y hablaba.
— ¡Mamá, mamá! — gritaba el niño, llevandome casi a rastras entre medio de la gente. — ¿Conoces a Tori?
Una mujer de pelo largo y negro, teñido con unas cuantas mechas de gris y con unos ojos enormes de color verde azulados se apartó de la mujer mayor con la que había estado hablando y se volvió hacia Ron con una mirada de reprobación.
— Ron, ¿cuántas veces te he dicho que no te pongas a correr? —le regañó, con la mano en la cadera. — ¡Me sacas de quicio cada vez que lo haces!
El pequeño pareció olvidarse de eso y me miró.
— Mamá, ¿conoces a Tori?
La mujer sorprendida se volvió hacia mi. Tenía algo que me resultaba vagamente familiar a pesar de que estaba segura de no haberla visto nunca antes. En realidad, era bastante guapa, pero tenía ojeras y los ojos rojos. Por su mirada parecía que no hubiera dormido nada durante días.
— ¿Tori verdad? — Sonrió un poco y alargó el brazo para darme la mano. — Gracias por atender a mi hijo.
— No hay problema. — dije rápidamente. — Ningún problema. Yo sólo...
— ¿Ibas al instituto con Jade?
— Mmm... Sí. — Me aclaré la garganta, nerviosa, mientras ella me miraba. Era una mirada inusualmente amable a pesar de lo cansada que parecía estar.— Fuimos juntas a clase de inglés el primer año.
— Qué bien. — dijo con suavidad. — Soy Regina, la ma-madre de Jade.
La voz se le rompió al decirlo, pero inspiró hondo al tiempo que levantaba a Ron del suelo, lo tomaba en brazos y le daba un beso en la mejilla, obviamente tratando de distraerse.
Pues claro que me resultaba familiar sus ojos. Era difícil olvidar unos ojos asi.
Regina West debía de ser la mujer más fuerte del mundo. Su hija acababa de morir y a pesar de todo trababa de
sonreírle a su hijo. No había nada que pudiera decirle. Ninguna palabra de condolencia que pudiera pronunciar
serviría para nada. Así que, a pesar de que era una completa extraña, le di un abrazo. No pareció molestarle.
Quince minutos después, salí de la iglesia. Hacía tanto frío que podía ver el vaho dibujando nubes frente a mí cada vez que exhalaba. Sorteé el bordillo y sacudí al aire una mano, tratando de parar un taxi. Los que vi pasaban zumbando, ninguno mostraba signos de frenar.
— Una chica joven cómo tú no debería andar sola por la ciudad a estas horas de la noche, ¿no te parece?
Me volví hacia el sonido de aquella voz fuerte y profunda que acababa de hablar justo detrás de mí.
La luz de la farola que quedaba a pocos metros de donde yo estaba nobparecía lo suficientemente brillante cómo para iluminar la escalinata, pero pude ver la figura de un hombre sentado en el último escalón, con las piernas abiertas.
"¿Cómo podía no haberlo visto antes?, ¿Estaba ahí cuando bajé las escaleras?"
Las palabras me salieron a trompicones.
— ¿Quién..., ¿Q-qué quiere?
— No mucho.
Tropecé hacia atrás cuando el hombre se puso en pie, entrando bajo la luz de la farola.
Al mirarlo hacia arriba deseé no haber salido nunca de mi casa esa noche. Era alto y tenía el pelo oscuro y pegado a la cabeza. Llevaba una cazadora de piel negra, jeans y botas de media caña con cordones. No podía distinguir sus rasgos faciales, pero con aquellos ojos hundidos y aquella cara
tan chupada, parecía no haber comido en toda su vida.
Eso no era lo más raro, no obstante.
Lo más extraño eran sus ojos. Esos ojos negros y profundos que me miraban hacían que me sintiera cómo si él pudiera conocer cada pensamiento que hubiera cruzado mimente hasta el momento.
— Y-yo no busco problemas. — dije, incapaz de evitar el temblor en mi voz. — Creo que usted...
— Oh, no estoy aquí para causarte ningún problema, Victoria Vega. — dijo el hombre, dejando escapar una sonrisa que me provocó una punzada de miedo en la columna vertebral.
" ¿Quién era ese tipo?"
— ¿C-cómo?
— ¿Cómo sé cómo te llamas? Lo sé todo, Victoria. Digamos que es algo que forma parte de mi trabajo.
Puede que yo no fuera una adivina, pero sabía lo suficiente para entender que era algo de fuera de este mundo y podía decir que había algo extraño en él, algo muy extraño.
— Mire, no sé quién es usted. — dije incómoda. — pero sera mejor que se aleje de mí.
El hombre se puso a rebuscar en sus bolsillos y sacó un cigarrillo, que encendió de inmediato para luego darle una profunda calada. No pude hacer otra cosa que taparme cuando el humo acre me llegó a la nariz.
— ¿Y si no lo hago, qué? — dijo, levantando una ceja. — ¿Te pondrás a gritar?
El corazón me latía tan aprisa que pensé que me vendría abajo y me desmayaría. Calculé rápidamente las posibilidades que tenía de salir corriendo, o al menos de correr y atrapar el primer taxi que pasara, pero cómo llevaba los tacones, las probabilidades a mi favor no eran muchas. Dudaba que pudiera quitarme los zapatos lo suficientemente rápido cómo para empezar a correr sin que me atrapasen con facilidad.
"¿Qué se suponía que debía hacer?"
— ¿Quién es usted?—pregunté.
Otra sonrisa amplia y misteriosa curvó la boca de aquel hombre al tiempo que daba una segunda calada a su cigarrillo. Encogió un hombro.
— Se me conoce por muchos nombres diferentes, en realidad. La Parca, el ángel Azrael, mefistófeles, Lucifer, el Diablo. Pero supongo que, para simplificar, puedes llamarme simplemente la Muerte. Y tengo un trato para ti, se trata de Jade West.
