Las Crónicas de Narnia: La nueva dueña del trono
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3. La decisión
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No sabían qué hacer y aún no habían asimilado del todo la situación, cuando una pequeña luz dorada apareció en la habitación. La luz tomó la forma de la cabeza de un león que les dijo:
-Lo siento, debí predecir que algo así pasaría. Pero aún hay una forma de destruir al malvado y es con un acto de amor.
-¿Un acto de amor? -preguntó el mago sanador.
Pero entonces volvió el hombre.
-¿A quién mato primero? -preguntó dirigiéndose a Edmund y Noa que estaban en la misma celda.
-A mí -dijo rápidamente el chico.
-¿Pero qué dices? -preguntó ella.
-No quiero que te haga nada, y cuando me ataqué te dará tiempo a hacer sonar mi cuerno de guerra y vendrán a ayudaros -dijo Edmund en un susurro.
-¡Te has vuelto loco! -exclamó Noa indignada.
-No quiero que te pase nada -repitió él.
-Pero, ¿no entiendes que yo no puedo vivir sin ti? -preguntó ella-. ¿Que si te mataran sería lo peor?
El chico la miró asombrado y agradecido. El hombre perdió la paciencia y dijo:
-Tanto amor es repugnante, os mataré a los dos a la vez y listo.
Se dispuso a disparar. Noa y Edmund se intentaron proteger el uno al otro y, al final, quedaron fundidos en un gran abrazo. Cuando el hombre iba a disparar se produjo una luz dorada que cubrió a los dos enamorados y que explotó rompiendo los barrotes y dejando inconsciente al hombre.
-Eso es un acto de amor, es a lo que se refería Aslan -dijo el mago sanador.
-Pero no ha destruido al hombre -replicó Peter.
-Quizá no ha sido lo suficientemente grande.
Noa y Edmund se miraron pensando lo mismo, se acercaron y se besaron. En ese momento volvió a aparecer la luz dorada que esta vez cubrió al hombre y lo convirtió en polvo. Lo que sucedió después fue muy confuso para ellos y lo recordarían a duras penas, Aslan fue a buscarlos y juntos volvieron a Cair Paravel. Había sido reconstruido y estaba en su máximo esplendor. Las gentes de Narnia los aclamaban por haber derrotado a los malvados y ellos no podían hacer otra cosa que saludar modestamente.
Después de que comieran, se bañaran y demás cosas, se reunieron con el león en una sala privada. Al parecer tenía algo importante que comunicarles. Se sentaron a su alrededor y Aslan comenzó a hablar:
-De nuevo habéis demostrado que sois dignos de gobernar Narnia, habéis luchado contra lo que ha hecho falta demostrando vuestra valía y buen temple. Por ello quiero daros la oportunidad de elegir. Esta vez si os quedáis aquí no volveréis a vuestro mundo, creceréis y envejeceréis en Narnia de manera definitiva. Si decidís regresar a la Tierra iréis ahora mismo y no volveréis a aquí. Otros reinarán en vuestro lugar, aunque el trono os pertenece encontraremos algún sustituto.
Los hermanos Pevensie se miraron entre sí, ya sabían lo que era regresar después de ser reyes. Siempre habían querido volver, pues su lugar en el mundo estaba gobernando aquel lugar. Se sonrieron y asintieron con la cabeza, sabiendo lo que pensaban los demás. Entonces, Edmund miró a Noa con una sonrisa que se congeló en su rostro al ver que las lágrimas se agolpaban en los ojos de la chica.
-Yo... mis padres, mis amigos, mi vida... -comenzó a decir ella, sin llegar a concluir ninguna frase.
El chico sintió que las lágrimas también le pedían a gritos escapar de sus ojos. Suspiró y miró al suelo. Comprendía cómo se sentía, él mismo al principio quería regresar por las mismas razones que ella daba, si le hubieran dado la posibilidad seguramente se habría ido. Pero él la quería, no deseaba perderla.
-Entiendo que tú no estás tan apegada a este mundo ni sientes aún esa fidelidad con él, sé que tampoco te consideras preparada para gobernar pero te aseguro que lo harías muy bien -dijo Aslan para romper la tensión del momento.
-Lo siento mucho -solo dijo Noa mientras lloraba sin cesar.
-Despídete de ellos, cuando estéis listos, llamadme y te devolveré a tu mundo.
Lucy se acercó a su amiga mientras algunos sollozos se le escapaban, se habían hecho inseparables en el tiempo que habían estado juntas y la iba a echar mucho de menos. Se abrazaron en silencio, se desearon suerte en la vida y después la pequeña de los Pevensie se fue. Peter se acercó a Noa y la abrazó también, diciéndole que siguiera siempre siendo como era, después salió de la habitación para dejarles intimidad.
Edmund seguía en la misma posición, sin poder dejar de mirar el suelo. No quería ver sus ojos ni que le dedicase unas últimas palabras, no podría superarlo.
-Edmund... lo siento, pero debo irme -dijo ella aún llorando-. No puedo dejar a mis padres, les destrozaría mi partida.
-Lo entiendo.
-Yo te quiero, de verdad, pero no puedo hacerles eso...
-Ya -interrumpió él.
El chico se levantó, todavía sin mirarla, y se fue de la habitación. Noa se quedó sollozando en la habitación hasta que decidió ir a buscar a Aslan para marcharse antes de cambiar de opinión. El león la esperaba en el jardín interior del palacio, estaba lleno de estatuas preciosas y la luz anaranjada del atardecer hacía que estuviera lleno de sombras alargadas.
-¿Estás preparada? -preguntó Aslan.
Ella suspiró y asintió con la cabeza. Cerró los ojos tras despedirse del león y aguardó a la extraña sensación del viaje entre los mundos. En lugar de eso sintió que era rodeada por unos brazos que conocía demasiado bien para haberlos disfrutado durante tan poco tiempo.
-¡Espera, por favor! -gritó Edmund.
Había corrido como no lo había hecho antes en su vida para llegar a tiempo. No podía dejarla marchar de esa manera. Noa se dio la vuelta y lo miró de nuevo con lágrimas en los ojos. Se abrazaron con fuerza.
-Lo siento, entiendo que tengas que irte pero me es tan difícil separarme de ti... -le dijo el chico.
-Lo sé, me pasa lo mismo, créeme que esta es la decisión más dura que he tomado nunca.
-Te quiero, muchísimo.
-Yo también te quiero.
Se besaron entre lágrimas, como una silenciosa despedida, y después él vio cómo Aslan soplaba sobre la chica y se la llevaba. Sintió que cuando ella se fue una parte de él también lo hizo. No pensaba olvidarla.
...
Edmund estaba en el patio de Cair Paravel, aquel día hacía dos años que Noa se había marchado pero él seguía sin conseguir olvidarla. Su hermano le decía a menudo que era hora de que lo hiciera, que ya estaba en edad casadera en Narnia y que debería tomar una esposa para formar una familia. Lucy en esas ocasiones ponía los ojos en blanco, Peter se había casado hacía un año con una bella chica que había conocido y parecía haber olvidado las costumbres del lugar del que provenían. También a ella le decía que debería casarse aunque no con tanta persistencia. Pero Edmund estaba convencido de que jamás la olvidaría.
Caminó por el patio observando las sombras de las grandes estatuas cuando una llamó su atención. Conocía bien esa silueta. Se acercó hacia allí y lo vio, era Aslan. Abrazó al león con cariño, ya que se había marchado al mismo tiempo que Noa.
-Me alegra verte, rey Edmund. He venido porque tu tristeza se ve en todo el reino y tus súbditos sienten tu dolor, como monarca no debes dejar que tus emociones afecten a Narnia.
-Lo siento, tienes razón pero es tan difícil... -intentó excusarse el joven sin comprender del todo la reprimenda del león.
-No tienes que disculparte, pero he decidido traerte un presente para mitigar tu dolor.
Le entregó un marco en el que se veía un retrato de Noa, estaba en ese mismo patio a la luz del ocaso. Era tal y como la recordaba aunque con el pelo mucho más largo, sonreía muy feliz.
-Gracias.
-De nada, debo irme, ya he hecho lo que tenía que hacer aquí -se despidió Aslan-. Buen mandato, rey Edmund, y suerte en la vida, aunque sé que no la necesitas.
El joven lo miró con el ceño fruncido pero asintió con la cabeza. El león se marchó y él se quedó observando la pintura suspirando continuamente. Entonces alguien le tapó los ojos. Tanteó las manos y, como eran pequeñas y suaves, supuso quién era.
-¿Lucy?
Una risita hizo que se diera la vuelta sorprendido. No era su hermana. No tuvo tiempo de apreciar del todo su rostro porque vio nublada su vista por una cabellera castaña. La abrazó con todas sus fuerzas sin creer lo que estaba sucediendo y pensando que era otro de sus sueños. Era Noa.
-Me alegro de verte, Edmund -dijo ella sonriendo-. Te he echado tanto de menos que no podría llegar a expresártelo nunca.
-Yo a ti también -dijo él sin creer aún del todo aquello-. ¿Eres tú de verdad? ¿No estoy soñando?
Ella volvió a reír. Para él fue como música celestial, como si de pronto se encendiera la luz en lo que en los últimos años había sido su oscura vida. La volvió a abrazar sin poder contenerse y la alzó en vilo de la emoción, dieron vueltas a la luz del crepúsculo en aquel patio que hasta entonces le había recordado la más dolorosa de las despedidas. Cuando se tranquilizó la depositó en el suelo y la miró a la espera de que le explicara cómo es que estaba allí. Ella entendió su pregunta silenciosa y sonrió con timidez.
-Estos dos años han sido los peores de mi vida, cada día estaba más marchita y mis padres se alertaban cada vez más. Entonces un día me sinceré con ellos, creí que me dirían que estaba loca y me llevarían a un psiquiatra o algo así pero nada más lejos de la realidad. Resulta que mi madre es narniana.
Edmund abrió los ojos con sorpresa y aguardó a que continuase.
-Ella decidió probar a ir a nuestro mundo hace muchísimos siglos, cuando Aslan se lo permitió a varios narnianos. Los llevó a donde el destino lo requería y mi madre apareció en mi época, porque estaba predestinada a conocer a mi padre. Se enamoraron y me tuvieron. Antes de que se marchase, Aslan le dijo que cuando tuviera una hija con la edad que teníamos tú y yo cuando nos conocimos, fueran de vacaciones a Roquetas de Mar y al hotel CristalLuna. Ella no lo entendió al principio, pero cuando les conté lo que viví lo comprendieron.
Sé que tal vez tú ya has conocido a otra persona, que igual ya no hay un trono esperándome y que ahora quizá no quieras saber nada de mí por haberme marchado -dijo ella con pesadumbre-. Pero no podía abandonar a mis padres, ellos me han entendido y han venido a Narnia conmigo. Sé que mi lugar está aquí, al fin y al cabo soy medio narniana. Y te quiero, no he dejado de pensar en ti ni un momento en estos dos años .
Edmund no acertó a decir nada, intentando asimilar esa información. Noa bajó la cabeza y esperó a que él dijera algo. El chico la miró durante largos minutos, apreciando lo bella que era, el resplandor anaranjado del sol en su cabello, el brillo de sus verdosos ojos... Entonces por fin se dio cuenta de que aquello no era un sueño, ella estaba de vuelta y seguía queriéndole.
No pudo contenerse y la besó con pasión, con toda la pasión que había estado guardando esos dos años. Ella primero se sorprendió pero después le devolvió el beso con el mismo entusiasmo. Se separaron y se miraron a los ojos mientras él le acariciaba la mejilla con cariño.
-Te quiero, nunca dejé de hacerlo, he soñado contigo cada día desde que te fuiste -confesó el joven-. En el fondo sabía que volvería a verte, algo en mi corazón me gritaba que tú y yo debíamos estar juntos.
Volvieron a besarse completamente felices, sabían que no volverían a separarse y tenían razón. Poco después el reino entero celebró la boda de los reyes Edmund y Noa, algunos años más tarde tuvieron a sus tres hijos: Nicole, la más mayor y madura, Elliot, el mediano e inquieto, y Daphne, la pequeña y bondadosa. Toda su vida transcurrió muy feliz y en Narnia se vivió en paz por siempre.
N/A: Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Espero que hayáis disfrutado de esta historia a pesar de los grandes fallos que tiene, al fin y al cabo la escribí cuando era pequeña. Gracias a todos por leerla.
