De Altos y Bajos
Por DarkCryonic
3.
Agarró los algodones ensangrentados y los metió a la bolsa de basura junto a restos de una camisa blanca destrozada. Mantuvo la vista gacha hasta que dejó la bolsa junto al depósito en la cocina. Pasó una de sus manos por su nuca como queriendo quitarse la pesadez que llevaba en el cuello desde hace un par de horas. No que no estuviera acostumbrado a la sangre, sino que está no iba de la mano de la urbanidad ni menos de su apartamento.
Miró su reloj pulsera, era demasiado tarde para llamar por comida. Miró desolado el refrigerador, pero no tuvo ganas de ver si había algo allí. Menos si cabía la posibilidad de que el par de cabezas del día anterior siguieran allí mirando la puerta del refrigerador, desde dentro, de esa manera tan extraña.
Se acercó al hervidor y puso a calentar agua. Un té nunca estaba mal en Londres. Nunca. Caminó hasta la sala y se dejó caer en su sillón. Fue cuando notó que el lugar estaba demasiado silencioso. Levantó los ojos hacia Sherlock.
Él otro estaba con los ojos cerrados, con el torso desnudo, si es que no contaba las vendas que le cruzaban el estómago y parte del pecho que él mismo había puesto hace algunos minutos. Su cara, más blanca de lo normal, si eso era posible, tenía algunas banditas de forma algo aleatorias, tratando de cubrir aquellas heridas que le habían cortado cuando un ventanal se había roto sobre él, sobre ellos... Miró sus brazos, y se detuvo en las pequeñas y viejas marcas del uso de jeringuillas que parecían no desaparecer, y que eran un recordatorio de las adicciones que había tenido Sherlock antes de tenerlo de guardián. Aunque a veces sospechaba que el más alto había encontrado la manera de drogarse sin que se diera cuenta.
La imagen del hombre pasando junto a ellos corriendo a toda velocidad le vino a la cabeza junto a un dolor punzante de cabeza. Aquello había sido una locura. Habían salido corriendo tras él, pasando cada uno de los obstáculos. Hasta llegar a esa casa vieja, abandonada y desastrosa que le había hecho recordar la casa en que habían encontrado a la mujer de rosa de su primer caso juntos. Debería haber tomado ese detalle como una señal. Pero cuando corres junto al único detective consultor, es imposible pararte a pensar cosas de ese estilo, con suerte tienes tiempo para respirar y mantenerle el ritmo.
Habían subido por la escalera a toda velocidad. Estaba todo demasiado oscuro, pero de alguna forma Sherlock seguía corriendo como si su visión fuera tan perfecta como la de un gato, y quizás así lo era. Escuchó vidrios. Los primeros. Debería haber detenido a Sherlock del brazo, pero éste iba demasiado de prisa. Un par de disparos contra ellos, y fue que lo notó. Esa casa no era igual a la otra. No recordaba haber visto tragaluces de vidrio en el techo. Y fue cuando vio al tipo apuntando sobre ellos. Y fue demasiado rápido. Los cristales cayendo, Sherlock empujándole hasta la salida, que parecía estar demasiado lejos.
Cuando el estruendo acabó, notó a Sherlock sobre él cubriéndole la cabeza con sus brazos y manos. Y lo supo. El asesino había escapado. Y ellos estaban bajo capaz de cristal destrozado.
Al instante se movió encarando al otro, y echándole una revisión rápida gracias a la media claridad que daba la luna. Sangre. No veía más que sangre. Sacó su móvil para marcar a la ambulancia, cuando Sherlock se sentó haciendo que el cristal sobre su espalda cayera crispándole los nervios con su crepitar.
-Vamos a casa.—Dijo el moreno poniéndose de pie. Él guardó el móvil sabiendo que no importaba nada más. Conocía al otro demasiado bien para saber que no podía obligarle a hacer nada que no quisiera. Lo ayudó a salir hasta la escalera donde le pidió que le permitiera ver si había algo grave. Sherlock debió entender que sólo eso lo dejaría tranquilo. Así que se dejó observar con la poca luz que entraba desde la calle. John afirmó al comprobar que los cortes no eran tan profundos, pero sí bastantes.
Y ahora, estaban allí. En casa, en medio del silencio, algo hambriento, y cansado. Sabiendo que el detective estaba repasando la manera seguir con aquella cacería al día siguiente sin importar nada.
Se levantó hacia la cocina. Necesitaba el té. O era eso, o empezaba a gritar diciendo incoherencias que sabía que no iban a ser tomadas en cuenta. Ése hombre no tenía idea de lo que significaba la protección, menos cuando se trataba de sí mismo. OK… lo había protegido a él… pero, eso no… Aquello no tenía que ser lo más importante. Él era grande, podía cuidar de él mismo.
Sacó dos tazas y las dejó en la mesa de la cocina. Se les quedó viendo. ¿Cuántas veces hacia eso al día? Cerró los ojos y apoyó su cuerpo contra el lavaplatos. Estaba tan cansado. Debería llamar a Mycroft. Rascó su nuca, tratando de buscar alguna razón para traer al mayor de los Holmes a esas horas a Baker Street. Sherlock estaba vivo. Sherlock estaba en casa. Nada que dijera sorprendería al mayor. Nada.
Abrió los ojos y volvió a mirar aquellas tazas. Sonrió levemente y cogió el hervidor llenándolas. Llevó las tazas hasta el salón y dejó una junto a Sherlock y la otra junto a él, y volvió a sentarse. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Nunca se acostumbraría. Nunca.
::::::::::::::::::::::::::::::
DarkCryonic.
17/07/2012 10:29:36 p.m.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::
PD:
Sherlock miró con rapidez al punto en donde apuntaba el asesino. Y lo entendió. Miró a John y lo empujó hacia la salida, con toda la fuerza que tenía. Pero lo supo, no llegarían a salir a tiempo, así que cuando vio los primeros cristales pasando frente a sus ojos, se acercó más y se tiró sobre John.
Pudo sentir las cortadas en los brazos. Sabía que aquello quemaría más tarde. Cuando sintió al otro moverse, fue que se decidió a hacerlo también. No había mucha luz, pero podía sentir la humedad en su espalda, cuello y en sus brazos. Las manos de John le palpaban y algo en su voz lo hizo ponerse nervioso.
Al llegar a casa, había mantenido el silencio y había dejado al médico hacer su trabajo sin quejarse. Supuso que era la única manera de evitar que llamara a Mycroft o que le obligara a ir al hospital. John no le había mirado de forma directa en ningún momento. Sólo había limpiado los cortes, quitado los cristales y puesto vendajes. En algún momento le había pasado las manos por la cabeza, pasando sus yemas por su cuello cabelludo buscando heridas. Cortes pequeños. Dolorosos, pero insignificantes.
Podría jurar que le había escuchado murmurar un par de "idiota" mientras le vendaba.
De todas formas, no había pérdidas importantes. Aunque su abrigo había quedado inservible. Con lo que le gustaba. Había tenido la intención de comentarlo con John, pero algo le decía que era mala idea. De todas formas, había un asesino que capturar, y lo del abrigo podía esperar.
Abrió los ojos y miró al doctor descansando en su sillón. Miró la taza de té, y la llevó hasta él. Un té lo haría pensar mejor.
