Aprovechando que no había nadie en casa de su señor, Samantha Sommers decidió concederse una pausa de sus obligaciones para contemplar el paisaje desde su ventanal favorito, aquel que había en el estudio de Ainsworth. Era la única estancia de la casa dónde Lysandre había hecho modificaciones, la única que llevaba su sello personal; el joven empresario había ordenado que empapelaran las paredes con un papel color borgoña con estampado de flores de lis y había mandado quemar los antiguos muebles para redecorar la habitación con una enorme estantería que cubría toda la pared derecha con sus baldas de madera casi negra y la infinidad de libros que sobre éstas descansaban, una de las colecciones más amplias que Samantha jamás hubiera tenido oportunidad de ver y que contaba con más de cien novelas de títulos muy conocidos, enciclopedias llenas de información demasiado técnica para resultar comprensible para su escaso nivel de cultura, diccionarios de varios idiomas e incluso novelas de autores aficionados, de aquellas que nadie quiere comprometerse a publicar de forma seria por temor a haber hecho una mala inversión. Justo en frente y casi en el centro de la sala, sobre la exótica alfombra persa de importación, habían colocado una robusta mesa de caoba con 3 amplios cajones, de patas torneadas y superficie tan brillante como la de un espejo. Todos los cajones tenían el tirador de hierro forjado, similares a los que antiguamente se habían empleado en las puertas de los castillos y por supuesto, a ninguno le faltaba una pequeña cerradura para proteger la intimidad de su amo. Sobre la mesa descansaban una lamparita de aceite de plata bruñida, un tintero demasiado sencillo para una casa de aquellas proporciones y una delicada pluma de cisne, blanca como la nieve, que los padres del señor le habían regalado el día de su boda. Frente al escritorio, un sofá de piel sin estrenar de color crema esperaba pacientemente a que alguien decidiera usarlo, sus cojines seguían tan tersos e impecables como el día en que había llegado a la casa. Finalmente, justo en la pared frontal, se encontraba el ventanal que tanto gustaba a Samantha: un enorme rectángulo con vistas al mar, al que le habían hecho construir un bonito alféizar interior para que el señor Ainsworth pudiera relajarse contemplando el paisaje; el marco de la ventana, era del mismo color oscuro que la madera de la estantería, aunque completamente blanco por la parte exterior para no romper la harmonía de la fachada, aquella era tal vez la característica que más le gustaba a la sirvienta, era como si aquella ventana escondiera un secreto que solo ella y unos pocos elegidos conocieran. Además, tampoco se podía negar que aquel lugar era ideal para espiar lo que pasaba en la entrada principal sin ser visto.

La joven criada se quitó el sombrerito de tela con el que se recogía el largo cabello y dejó que éste le cayera por la espalda como una cascada de oro fundido, a continuación se sentó en el estrecho alféizar, abrió la ventana y empezó a masajearse el adolorido cuero cabelludo mientras curioseaba fuera. Normalmente había poco que ver, solo el vaivén de las olas y con suerte algún ave que se lanzara en picado para pescarse la cena, pero si sus oídos no le habían jugado una mala pasada, debía de haber caballos bastante cerca.

¿Quién habría ido hasta allí y con qué fin? La casa estaba demasiado lejos de las carreteras como para que aquella visita fuera un error o una simple coincidencia y además, en apenas tres días la noticia sobre el fallecimiento de la señora Ainsworth se había extendido como la pólvora, era imposible que quedara una sola persona en Cardiff que no supiera que el funeral se estaba celebrando en aquel preciso instante.

«¿Será algún socio del señor Ainsworth que viene a presentar sus condolencias? »con aquel pensamiento en mente, Sommers colocó ambas manos en el marco y se inclinó ligeramente hacia adelante para poder ver mejor el sospechoso vehículo negro que había detenido sus caballos a pocos metros de la entrada. La muchacha llevaba seis años junto al señor Ainsworth, tiempo suficiente para conocer bien a sus clientes y socios y aquella calesa no le resultaba familiar en absoluto.

«¿Alguien de la ciudad? »se dijo entonces, muerta de curiosidad y con más de medio torso asomando ya por la ventana. —Si me viera el señor... —susurró para sí nerviosa, al tiempo que giraba la cabeza en dirección a la puerta y comprobaba que, en efecto, todavía seguía estando sola en la habitación. —Volvería a reñirme, sin duda o puede que hiciera algo peor...

Era de dominio público que Lysandre Ainsworth odiaba el cotilleo y por ende a la gente que mostraba demasiada curiosidad por los asuntos de otras personas, por eso siempre exigía a sus empleados que se comportaran con la mayor discreción posible, hablar de él o de su familia fuera o dentro de la casa estaba terminantemente prohibido y siempre que fuera posible, evitaba contratar nuevos empleados; tal vez por aquella razón había decidido poner a Ambros, el mayordomo de casa de sus padres, a su servicio en lugar de buscar a alguien más joven.

—¡Señora! —la voz de un desconocido interrumpió el tren de pensamientos de Samantha y casi le provoca un ataque al corazón. ¿De dónde había salido aquel hombre y cuánto tiempo llevaba observándola? La joven sirvienta se apresuró a esconderse dentro de la habitación, actuando con tanta rapidez por el sobresalto, que no tuvo tiempo de esquivar el marco de la ventana y acabó con un doloroso chichón en la cabeza. Por un momento temió que el hombre fuera su señor que al fin regresaba del funeral y aquel pensamiento casi le provoca un ataque de ansiedad.

La verdad es que la había pillado en aquella habitación más veces de las que quisiera reconocer y sabía que si volvía a encontrarla allí la echaría de su casa sin pensarlo dos veces, al fin y al cabo, toda paciencia tiene un límite.

—¡Señora, no os servirá de nada esconderos, resulta bastante evidente que os han descubierto! —volvió a interrumpirla el desconocido, tal vez con una nota de humor tiñendo sus palabras.

Matthew Bonham, el empleado más joven de los Cross, volvió a llamar a la mujer que había visto en la ventana con la esperanza de que tal vez fuera la hermana de la señora Lena, pero se desanimó sobremanera cuando tras diez largos minutos de espera, no vio aparecer a nadie tras el cristal de la ventana, ni escuchó la puerta principal.

Había sido demasiado brusco, se dijo mentalmente mientras volvía arrastrando los pies hasta la entrada, cabizbajo y con un sentimiento de culpa atroz clavado en el pecho; seguramente había asustado a la hermana de su señora con su flagrante falta de modales, ¡por el amor de Dios, aquella muchacha era Valerie Cross, una joven de buena familia! Seguro que no estaba acostumbrada a que se dirigieran a ella de aquel modo, probablemente su marido se encontrara en la ciudad y tal vez ni siquiera se había vestido de forma adecuada para recibir visitas.

«Sois un animal Matt, eso es lo que sois. Debisteis haber llamado al timbre y esperar a que os concedieran audiencia con la señora, seguro que no habríais tenido problema al anunciar que era su hermana quien quería verla, pero no... Teníais que actuar sin pensar y acercaros a la pobre muchacha para darle un susto de muerte».

Lena se asomó por la ventanita de la calesa y se quedó observando al joven chófer en silencio. Matthew era un hombre muy alto e imponente, debía de medir casi dos metros, su espalda era amplia y su torso, brazos y piernas, tan fuertes que casi se parecía más a un armario que a un hombre, además el hecho de que tuviera la cabeza prácticamente cuadrada no ayudaba a defender su aspecto; su cabello era del color del cacao puro y siempre lo llevaba tan corto que era imposible decir si éste era liso o rizado, sus ojos eran dos abismos negros capaces de leer el alma de la gente, su nariz era afilada, casi malvada y sus labios demasiado gruesos para un hombre, aunque gracias al cielo, los disimulaba un poco con una barbita en forma de triángulo que nacía en su barbilla y terminaba bajo su labio inferior.

No cabía duda de que era su aspecto lo que había convencido a los señores Cross para confiarle la misión de proteger a su heredera, ¡qué superficiales! Se notaba que no conocían al joven Matt, pues aunque su aspecto fuera algo tosco, aunque su mirada pudiera dar miedo al principio, tenía un corazón que no le cabía en el pecho y además, Lena siempre había podido contar con él para que la ayudara a escapar de casa y la llevara a la ciudad para encontrarse con sus amigas. Bonham no era un guardaespaldas y puede que ni siquiera fuera un chófer auténtico, a ojos de la señorita Cross, el joven era un cómplice, incluso un hermano, ya que había llegado al poco tiempo de irse Valerie y se había comportado con ella como si compartieran la misma sangre, aunque por supuesto, aquello no pudiera decirlo en voz alta.

—¿Estáis bien Matthew? —Se atrevió a preguntar Lena al ver el estado en que volvía; se había ido con una sonrisa en los labios, pero a su regreso llevaba una expresión tan sombría en el rostro que de pronto empezó a temerse lo peor, ¿le habría pasado algo a su hermana? ¿Acaso había caído enferma? La señorita Cross abrió la boca para preguntar, pero enmudeció al ver que su acompañante se subía al banco reservado para el conductor y se dejaba caer abatido sobre el asiento. Era la primera vez que le veía de aquel modo, la primera vez que veía sus ojos tan apagados, lo cual solo podía significar una cosa: que sus suposiciones debían de ser ciertas y que por tanto algo le había pasado a su hermana. ¿Pero qué?

El chófer soltó un pesado suspiro, echó la cabeza hacia atrás y dejó la vista fija en el cielo, incapaz de moverse para explicar lo sucedido cara a cara a su señora ahora que le había fallado. —Me-me temo que he asustado a vuestra hermana —dijo con voz temblorosa. —Debí presentarme por la puerta principal, pero ya sabéis que mi curiosidad siempre saca lo peor de mí y... —le contó lo que había pasado, temeroso de su reacción, pero sintió un gran alivio al oír que la joven se echaba a reír.

—Pero Matthew, ¿tan fácilmente os habéis rendido? —Lena abrió la puerta de su derecha y salió del vehículo. —Se nota que no habéis conocido a mi hermana, porque si así fuera estoy segura de que sabríais que no se puede asustar a Val con tan poco. —negó con la cabeza para añadir más contundencia a sus palabras y repasó la casa que tenían en frente con la mirada.

Sabía bien cómo era su hermana y por eso podía afirmar que las ideas de su chófer eran erróneas, sin embargo aquella pasividad tampoco encajaba con la personalidad de Valerie, ¿no debería haber salido ya a plantar cara al desconocido? Lena agitó la cabeza para apartar aquellos pensamientos de su mente y se obligó a sonreír una vez más. —Lo que creo es que se debe de haber sentido avergonzada porque la habéis descubierto asomada de forma tan descarada a la ventana y por eso ha salido corriendo —se situó a pocos pasos de su compañero y esperó hasta que el joven hubo bajado de su asiento, después entrelazó su brazo con el de Matthew y tiró de él en dirección a la puerta con la firme intención de aclarar aquella absurda situación, sin embargo antes de que pudieran llegar, una mujer a sus espaldas les detuvo.

—El señor Ainsworth no está en casa —fue todo lo que dijo la extraña.

Cross se dio la vuelta y le ofreció una sonrisa cortés a la desconocida, tal y como le había enseñado la tata. —Sois muy amable al intentar ahorrarnos tiempo, pero en realidad queríamos hablar con la señora Ainsworth —Lena vio oscurecerse el rostro de la mujer y sus ojos teñirse de un sentimiento que le recordó mucho a la tristeza.

—¿A la señora Ainsworth? —replicó casi de inmediato. —Pero niña, ¿acaso no sabéis lo que sucedió hace un par de días? —la mujer se acercó a la pareja y tomó las manos de la joven Cross entre las suyas. —¿Nadie os ha dicho que hoy se celebra el funeral de la señora Ainsworth?

La noticia le sentó a Lena como un jarrón de agua fría, de agua helada de hecho, tan helada que le había calado hasta lo más hondo de su ser, dejándole el cuerpo congelado tanto por dentro como por fuera y la mente en blanco.

Matthew, siempre atento y cortés, sujetó a su señora para ayudarla a mantener el equilibrio y se quedó allí acompañándola mientras la vecina Heinz, como se presentaría más tarde la desconocida, le contaba todos los detalles que se habían hecho públicos sobre el caso, así como sus sospechas sobre Lysandre Ainsworth.