Como tierra mojada


*Capítulo 3: "El viento comienza a soplar"


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Es propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon.


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"Cuando cumpla dieciséis, dominaré el mundo. No lavaré, pelaré, ni rebanaré patatas para Olga en Acción de Gracias. No escucharé a Bob gritar por el Futbol cada domingo.

No tendré que dar ninguna otra estúpida fiesta de cumpleaños, organizada bajo el delirante complot de Miriam y Olga.

Todos los idiotas en la Escuela estarán bajo mi reinado; Wartz no fastidiará. Tendré más privilegios que siendo prefecta.

Arnold no será un denso mequetrefe insoportable, porque sabrá lo que siento.

Él me corresponderá. Lo sé…"

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No sé qué fue lo primero que pensé, al verlo tan expectante frente a mí. Mentiría si dijera que él exigía una respuesta, pero partiendo de la base en que me hizo una pregunta... Era una simple pregunta, después de todo... Sólo dijo "Helga, ¿podemos hablar?", ¿quién muere por eso?

¡Por supuesto que yo, claro!

Él hizo el 'acting' previo a una catarata de interrogantes que vendrían luego, bajo un sencillo atisbo de duda, tras una cuasi cortesía, que, el aceptarla era rendirse. ¡Obvio que NO podíamos hablar, idiota pelmazo y bueno para nada!, resoplé internamente. Y como NO podíamos hablar del asunto, rogué a seres en los que quizás antes no creí, que alguna maniobra del destino me rescatara.

—¡Arnold! —se oyó un grito tan espeluznante como divino—. El chico nombrado giró instantáneamente hacia el autor de la novedosa presencia y dejó de verme.

—¡Tu abuela! —Gerald continuó— ¡Se resbaló de una silla y la llevaron al Hospital!

Arnold abrió enormemente los ojos, alterado. Masculló algo así como una disculpa hacia mí y se retiró con el de los pelos necios, imagino que a ver a la abuela. ¿Estaría ella bien?, me pregunté, mientras agradecía al Cielo otra revancha más. Tal vez me había 'salvado la campana', tal vez. Pero me daría tiempo a idear una nueva estrategia para todo el embrollo en el que estaba metida.

Pasé todo el resto del día con la mirada fija e inquietada, sobre su actualmente vacío pupitre. ¡Pobre chico! Wartz se había apiadado de él, permitiéndole retirarse en honor a la causa que lo llamaba. Pasé toda la maldita tarde, maldiciéndome; maldiciendo mi suerte y creyendo férreamente en que alguien debería apoyarlo en sus problemas. «Alguien» debería hacerle saber que podía contar con él, de la manera que fuera, aunque...existía un grave inconveniente con eso: mi deseo indeclinable de no dirigirme hacia el muchacho afligido en cuestión.

La reflexión masoquista comenzaba a taladrarme la mente. ¿Qué tal si otra idiota pudiera tomarse semejante atribución? ¡Por Dios, solo era preguntarle cómo estaba la abuela! Pero la silenciosa tarde auto convocada por mí misma, iba más allá.

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Al día siguiente, Arnold llegó como de costumbre junto a Gerald a la escuela, muy seguramente poniéndolo al corriente de todos y cada uno de los hipotéticos partes médicos de aquella mujer alocada, apodada Pukie. ¿Phoebe tendría información al respecto? Si contara con data, ya me la hubiera transmitido... ¿no?

Entonces lo vi, parpadeando pesadamente y alborotándose todavía más de lo usual el cabello. Todo lo que acontecía a su alrededor no me era indiferente, sino, por el contrario, quizás me perturbaba aún más que a él. De ningún modo guardaba el anhelo de inmolarme pública y vergonzosamente con Arnold, así que, muy a mi pesar, debí ir a la fuente. ¡Oh, craso error! ¡Oh, Cielo de las tempestades que te avisan sobre zopencos soplones y fisgones! ¿Cómo demonios no advertí que me estaba acercando a GERALD, con el fin de averiguar algo?

Desde que me vio caminando hacia él, su mirada se volvió inquisidora, como si poseyera cierto nivel subliminal de ventaja sobre mi persona, que le permitía verme con ojos de análisis Rayos-X.

Rayos. Él debía estar muy al tanto del trasfondo sin fondo; del acto más aberrante de hundimiento propio que pude haber cometido con Arnold, días atrás. Gerald, su odioso pelo y su socarronería falsamente disimulada, lo delataron.

—¿Necesitas algo, Helga? —preguntó el muy denso, enarcando una ceja.

Me crucé de brazos a la defensiva, como siempre y achiqué mis ojos, también fisgoneándolo son cortesía, para ponerlo en alerta de mi sutil entendimiento y/o las inimaginables pero posibles consecuencias, si llegaba a esbozar algo fuera de lugar. Carraspeé molesta, él lo sabía perfectamente: lo detesto, pero una fuerza superior me trajo hasta allí, a rebajarme. A querer saber un poco, para silenciar a mi conciencia e innata curiosidad sobre la materia Arnold.

—¿El camarón con pelos está aquí? —lancé desganada, pretendiendo demostrarle la escasa importancia que eso tuviera para mí. Por si las dudas, ¿no?

—Sí... —dijo como en un tono de interrogación, por demás de alargado.

—Oh. —me encogí de hombros—. Wartz preguntaba por él hace un rato—. Lo quiere en su oficina.

—Bien. Le diré. —espetó sin esforzarse en mí, e intuyendo con su petulante mirada que habría algo más.

—Supe que se accidentó la abuela... —propuse, para que él terminara la frase, pero nada. ¡Maldito! Quería complicarlo más—. ¿Ella está bien?

—Ella está muy bien, gracias a Dios. —respondió, sorprendiéndome con su incipiente verborragia—. Sólo fue un susto, Helga. —concluyó, haciendo una mueca que sospecho, quiso ser una semi sonrisa.

—Oh... Bien. —musité, indicándole con mis ojos, que me largaba de allí y que tácitamente agradecía tan enriquecedora charla de pasillo.

—Por nada, Helga. Cuando quieras. —desafió el chico Johanssen.

Cómo estaba disfrutándome, tonto pelmazo, cabeza de cepillo. Sin girar a verlo, proseguí con mi retirada.

Proseguí más tarde, con mi plan de evitar al rubio aún acongojado por la anciana, que no se cansaba de explicarles a absolutamente todos, —excepto a mí, que yacía a un radio de quince mil hectáreas estratégicas de distancia— cuántas preocupaciones le generaba a diario, su irreverente abuela.

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El día continuó con una relativa normalidad, con Rhonda todavía teniéndome entre ceja y ceja, por sospechar de lo que mi comportamiento afable ocultaba; con un suspicaz Gerald y un Arnold eternamente confundido para conmigo y mi besuquera e irresuelta actitud desplegada. Dios.

Como si las emociones no fueran un suficiente parque de diversiones, tuve la desgraciada visita inter-escolar de la última persona que esperaba ver aquí. ¿Quién? La perfectísima Olga, que sólo arribó a hacer con empalagosa precisión, lo que mejor sabía hacer: avergonzarme a más no poder. ¡Por todos los cielos! ¡¿Quién demonios le dijo a ella; a Miriam o a Bob que yo quería una estúpida fiesta de cumpleaños?! Sí, cumplía DIECISÉIS, ¿y qué? ¿No soy mayor de edad acaso? ¡Pretenden controlar mi vida!

Los rostros de aquellas personas con las que tantos años trabajé, —o torturé, imponiendo mi poder— para ganarme mi reputación, me observaban con diversión, mientras no ahorraba elogios silenciosos y no tanto, hacia Olga, que les repartía invitaciones al agasajo. Gerald le señaló algo a Arnold en su tarjeta, sonrió como si hubiera descubierto la pólvora y me dedicó una interesante mirada. A lo que luego, el propio Arnold vio velozmente su invitación y me miró también.

Oh, los nervios. Oh, la agonía, la condena por mis delitos... ¿Querría retomar la charla que jamás empezó?

Mi exasperante hermana mayor se fue del salón, dejándome años de pena y ridículo, que difícilmente serían olvidados. La Srta. Lloyd aprovechó la ocasión para destilar su habitual simpatía.

—Qué extraño el enterarnos de tu fiesta, por tu hermana, Helga. ¿Acaso cumples cinco años? —lazó airosa, para instantáneamente ilustrarlo con una risita burlona.

—¡Cinco años tendrás mis puños en tu cara, princesa! —le gritó desaforada, sin provocar reacción alguna en la chica, cuando Arnold caminó hasta ella.

—No sabía que darías una fiesta, Helga. —comentó amigablemente.

Ella giró a verlo todavía alterada por tonterías, sin procesar que se trataba de él.

—¿Ah, sí? ¡Yo tampoco! —casi chilló, aunque él ignoró eso.

—Con gusto asistiré. —insistió en su postura pacífica usual.

—¿Acaso te pedí opinión? —le espetó, haciendo una regresión a la Helga pre-beso—. Ni siquiera iré. —agregó.

Arnold no se inmutó. Por el contrario, sonrió espontáneo.

—Es tu fiesta, creo que deberías ir... Todos te estarán esperando, eres la homenajeada.

—Sí, bueno... —balbuceó, sonrojándose sin dejar que él lo note y olvidando su berrinche inicial, para pasar al terror interno.

El chico comenzó a alejarse, y antes de dejarla sola en su asiento, la miró con la calma inalterable.

—Y también creo, que si querías saber de mi abuela, podías preguntarme, yo no dudaría en responderte. No muerdo, Helga... —sentenció pícaramente suspicaz, dedicándole una mirada de confianza que la dejaría helada.

Boquiabierta, enmudecida y desconcertada. Así lucía, así quedé y así me sentí, luego de que Arnold me lanzara semejante indirecta...

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CONTINUARÁ…


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Hola a todos, queridos lectores, ¡muchas gracias por sus reviews y el apoyo en la historia! Me alegra mucho que les haya gustado el capítulo anterior, y aquí hay más!

Este es mi fic sencillo y divertido, breve pero intenso a su manera, y me da gusto que lo disfruten tanto como yo.

Muchas gracias: Fabiana Chungara, Carbri, SerenityMoon, Anjiluz, por leer y comentar el capitulo 2.

¡Hasta la próxima, Marhelga!