Así que tras mi caza de trabajo al fin tuve algo de tiempo libre, y de la nada resurgió mi inspiración, y nació un cap nuevo :v
Para quienes no tienen paciencia (coffcoffIssicoffcoff), para quienes siguen la historia, y obviamente para ti, Bianchi-san, hoy (milagrosamente) hay una nueva entrega!
Capítulo III
Mes primero: Te conocí.
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Esta es la historia de los seis meses que estuve a tu lado; un mes para conocerte, dos para amarte, tres para atarme, cuatro para dudar, cinco para entender, y seis para perderlo todo.
Abandonado por el reloj de la felicidad, mientras siento el vacio en espera del ineludible desenlace, repito las escenas en mi cabeza una y otra vez.
Te amé, te amo, te amaré... hasta la muerte.
-[+]-
El día avanzó más lento de lo que hubiera esperado; bien dicen que las cosas divertidas pasan de prisa, y sin duda alguna, ésta no lo era. De modo que habiendo perdido su entusiasmo inicial, caminaba a paso lento por los solitarios pasillos, observando el sol vespertino colarse por los ventanales. Percibiendo los inaudibles pasos que seguían los suyos, hizo una pausa abrupta antes de bajar las escaleras, apretó los documentos que llevaba abrazados al pecho, se ajustó las gafas, y se volvió para mirar al pequeño "problema" que se había encargado de destruir su sueño de la escuela perfecta.
―¿Hasta cuándo vas a seguirme?
―Hmm, yo puedo hacer lo que quiera ―argumentó el chico―. Obviamente, seguirte no es una excepción. Además, ésta es mi escuela, así que puedo hacer lo que se me venga en gana.
―¿Tu escuela? ―cuestionó Dino con el mismo semblante de "no, no estoy feliz contigo"―. Si el director te escuchara, te regresaría a donde se supone que debes estar. Ahora, ¿por qué no eres un buen niño y te vas a dormir?
―¿Es una broma? ―El chico afiló su gélida mirada, sonriendo internamente al ver que el nuevo instructor tenía agallas―. En primer lugar ―dijo mientras se le iba acercando―, el supuesto director no podría hacerme nada aunque quisiera, y en segundo... ―Dino retrocedió cuando lo tuvo demasiado cerca―. ¿Quieres morir? ―interrumpió su propio discurso con una pregunta que descolocó al sensei.
―¿E-Eh?
―Con sólo un empujón podría matarte ahora mismo ―le susurró recordándole que estaba al borde de las escaleras, y que si retrocedía un centímetro más se iría de espaldas abajo.
―No lo harías... ―Deseó Dino.
―Oh, ¿y por qué no?
―Porque quieres saber por qué puedo verte.
―Hmm, bien. Entretenme. ―El chico se cruzó de brazos sin alejarse para mantenerlo en jaque.
Dino soltó un largo suspiro. Hora de pensar en una buena explicación.
―La verdad no lo sé ―dijo con toda sinceridad, tras lo cual dirigió su vista hacia los ventanales―. Siempre he sido capaz de verlos. Aunque nunca entendí por qué, me persiguieron por mucho tiempo, demasiado. Pero la verdad es que hace años que no me topaba con uno, y es por eso que me confundí contigo. No esperaba llegar aquí y ser nuevamente hostigado por ustedes, no ahora..., no después de haberme alejado tanto.
―Entonces... ¿realmente quieres morir? ―preguntó el chico mientras se cubría en un aura oscura ante la pobre explicación.
―¡E-Estoy hablando en serio! ¡El primer fantasma que vi fue el de mi madre...! ―Hizo una pausa dolorosa al recordar el episodio―. Después de eso vinieron muchos más... ―resumió―. Cuando vivía en la casa de mi padre, allí había muchos, por alguna razón sólo yo podía verlos. Pero la última vez fue hace varios años, cuando dejé Italia, cuando...
Dejó la frase fundiese en el aire, deseando no sentir ese inmenso vacío de nuevo, sin intención alguna de terminarla, para el disgusto del chico problema.
―"Cuando" ―repitió en espera de una conclusión adecuada.
―Cuando dejé Italia ―zanjó el asunto―. Desde entonces no había visto más fantasmas. ―Y antes de que le preguntara de nuevo por su "deseo de muerte", se adelantó―: ¿Y bien? ¿Qué hay de ti? ―Sus miradas se cruzaron de nuevo―. Supongo que tienes tu propia historia.
Aunque no rompió el contacto visual, el chico pareció mirar más allá de Dino, casi como si viera a través de él, fijado su vista en la pared al final de las escaleras, o quizás aún más lejos.
―Sí, quizás, pero como acabas de decir, es mía.
―¡¿Primero me interrogas, y ahora te haces el distante?! ―Pero el silencio le recordó que discutía con un espectro―. Haa, bien, como quieras. Sólo déjame tranquilo, ¿quieres? Realmente no quiero volver a involucrarme con... los de tu especie ―concluyó girando para bajar el primer escalón.
―Escucha ―exigió repentinamente el fantasma―. Sólo existe una única y enorme diferencia entre tú y yo.
―Sí, tú estás muerto ―concedió Dino retomando su caminar, sin notar el evidente efecto que lograron sus palabras en el chico problema.
―La única y enorme diferencia que existe entre tú y yo, es que yo soy un carnívoro, ¿entiendes? ―Le siguió el paso mientras descendían.
―Sí, bueno, eras un carnívoro.
―Soy un carnívoro.
―Bien, sí, lo eres ―consintió bajando el último escalón―. Y estás muerto.
―Soy más fuerte que tú.
Sonrió sin querer. De sobra sabía que los fantasmas solían hablar mucho, intercalando un par de incoherencias entre cada oración, cada vez que lograban establecer contacto con los vivos. También sabía que lo mejor era ignorarlos y no involucrarse demasiado (o más bien nada) con ellos.
―Claro, claro... Y además estás muerto ―continúo un tanto divertido con esa discusión ridícula, sin sospechar lo que eso traería en consecuencia―. Un carnívoro muerto ―logró agregar antes de irse al suelo al sentir un fuerte impacto en la nuca.
Al volverse pudo ver al chico recubierto en una especie de llama purpura, mientras sostenía un par de tonfas, con las que, dedujo, lo había golpeado.
―¡¿P-Por qué rayos me golpeaste?! ¡Eso dolió demasiado, ¿sabes?! ―Y de repente recibió un recordatorio de una vieja nota mental en su cerebro―. Oye, espera... ¿Por qué duele? ―Se levantó―. ¿No se supone que eres un fantasma?
―Soy un carnívoro, en otro estado físico, pero sigo siendo un carnívoro. Y los carnívoros muerden. ―Afiló la mirada con las tonfas aún en posición de ataque.
Dino se llevó una mano a su tabique. "Respira, Di, no olvides respirar", se recordó. "Si bien un fantasma es capaz de inducir su tacto, lo realmente peligroso es tocarlo por voluntad propia" (1), recapituló en escasos segundos.
―Bien, escucha, carnívoro. ―Su tono de voz cambió del usual a uno mucho más serio, más sombrío, más amenazante, mientras terminaba de levantarse y se retiraba las gafas―. Quédate con tu historia, y déjame en paz ―advirtió mientras en su mirada se observaba una chispa que minutos antes no resplandecía, una chispa curiosamente oscura, haciendo que la miel de sus ojos se tornara en una especie de dorado tenebroso―. No tienes idea de todo lo que he tenido que pasar para llegar hasta aquí, todo lo que he tenido que sacrificar, todo lo que tuve que soportar antes de quitarme esas pesadas cadenas que me ataban al pasado... ―Conforme hablaba, avanzaba acorralando al chico contra la pared más cercana―. Y no pienso perderlo todo ―agregó estampando su mano en el muro cuando la espalda del chico problema chocó con éste―, por un pequeño fantasma carnívoro.
―Wao, interesante. ―Sonrió con descaro―. Ahora tengo altas expectativas de usted, sensei.
Dino hizo una pausa donde se permitió compartir esa sonrisa burlona.
―¿Sabes? Tenías razón ―concedió en la corta distancia mientras aún lo tenía contra la pared―. Hay una única y enorme diferencia entre tú y yo ―afirmó borrando la sonrisa del otro―. Yo estoy vivo ―dijo recargando todo el peso sobre la última palabra, como un ultimátum, con un jaque mate.
―Y te lamentarás de estarlo ―advirtió el chico con una imprevista rabia reprimida que al parecer comenzaba a asomarse en ese preciso instante.
Dino no pudo evitar fijar sus ojos en los contrarios. En ellos se reflejaba un mundo de emociones: odio, tormento, rabia, dolor, coraje, remordimiento, rencor... Todo condensado en una mezcla espesa y grisácea que coloreaba el iris entorno al enorme abismo del cual parecían emanar todos esos sentimientos, casi transmitiéndolos de pupila a pupila, haciéndolo parecer... vivo.
―Tú...
―Cavallone-sensei. ―Una voz se coló por el corredor―. ¿Todo bien?
Al volverse, Dino pudo ver a su enigmático jefe en medio del pasillo. Era un hombre realmente intimidante, pero a la vez de aspecto refinado, con su traje enteramente negro haciendo contraste con el naranja de su camisa, y ocultando su mirada bajo una fedora con el mismo contraste de colores.
―Re-Reborn-kouchou (2) ―titubeó Dino―. Sí, todo bien ―dijo percatándose de que el pequeño fantasma había desaparecido, y el aún estaba de frente a la pared con una postura amenazante―. Eh, yo... sólo... estaba... H-Había una mancha en la pared y... Ja, ja, ja, sólo la estaba limpiando ―argumentó con el nerviosismo emanando de todos sus poros.
―Claro. ―Sonrió ladino el director―. Cuide su espalda, Cavallone-sensei. Aunque más que nada detesto la suciedad, aún tenemos algunas ratas obstinadas que se empeñan en permanecer aquí. ―Se dio la vuelta inclinando aún más su sombrero antes de mirarlo de nuevo al girar sólo su cabeza, y mostrándole al fin su oscura y aterradora mirada―. Algunas ratas muerden ―agregó antes de perderse en la penumbra del pasillo.
―Fantasmas carnívoros y ratas que muerden... ―Suspiró Dino―. Vaya lío en el que me metí.
-[+]-
Todo estaba muy oscuro. No sabía en qué momento había sucedido, pero estaba encerrado en una especie de caja lo suficientemente grande para contenerlo, pero no para que pudiera moverse libremente. A pesar de eso, se sentía extrañamente relajado, mientras con su nariz podía percibir un dulce aroma floral, y sus manos podían sentir los pétalos bajo su cuerpo.
―Sensei ―lo llamó una voz desagradablemente familiar.
En un ligero sobresalto, hizo un intento por enderezarse, pero fu inútil; ni sus brazos ni sus piernas respondían.
―¿Dónde... estoy?
―Tranquilo, sensei, estará bien ―contestó la voz en la cercanía―. Ahora todo estará bien.
―¿Qué quieres decir?
―Ya no tiene que preocuparse por nada..., ya que usted ha muerto.
Dino abrió los ojos de golpe. ¿Él muerto? De todas las cosas posibles, ¿muerto?
―No es verdad...
Momentáneamente sintió el pánico invadirlo, tratando vanamente de levantarse, de salir de esa pesadilla, pero apenas logró alzar su mano escasos centímetros. Y cuando se sintió vencido, tras un leve crujido, un fino rayo de luz se coló por un extremo, lastimándole la vista.
―Negarlo no servirá de nada.
Al fin la luz se coló de lleno, revelando ante Dino el rostro de quien sospechaba era el dueño de esa voz: el chico problema.
―¿Qué quieres? ¿Qué es todo esto?
―¿Por qué me lo pregunta a mí? ―contraatacó―. Este es su sueño después de todo.
―¿Mi... sueño?
Entonces era sólo un sueño.
―Un sueño en el que usted ha muerto ―continuó―. Un sueño fabricado por usted mismo.
―Es broma, ¿verdad? ―Quiso reír Dino―. ¿Por qué yo crearía eso?
―Quizás porque eso es lo que realmente desea en el fondo.
―Te equivocas. Yo quiero vivir ―dijo convencido de ello.
Pero la mirada fría del chico sobre la suya le inquietaba sobremanera. Era como si lo viera con menosprecio, como a una miserable rata sucia. Y en un último impulso, tratando de conservar cuando menos algo de su dignidad, consiguió aferrar una mano sobre el borde de la caja.
―No debería confiar tanto en la vida; ella lo dejará irremediablemente... tarde o temprano.
De repente su perspectiva cambió y podía verse a sí mismo, efectivamente, dentro de un ataúd abierto, sobre el cual el chico permanecía agazapado mientras lo miraba. Visto desde ahí, parecía ser todo una enorme burla a sus palabras. La ironía formada con esa imagen y su "yo estoy vivo" hacía que se le revolvieran las entrañas, como le sucedía cuando vivía en la gran mansión de Italia.
Y de la nada, volvió a ver con sus ojos, desde el suelo, los del chico, y el abismo dentro de ellos, ese que parecía empeñarse en absorberlo.
―¿Por qué... tu mirada es tan... intensa? ―Sentía que perdía la noción, todo comenzaba a nublarse rápidamente―. Da la impresión de que... estuvieras vivo.
―Estar vivo no lo determina sólo el estado del cuerpo. ―Alcanzó a escuchar mientras la oscuridad en esos ojos lo cubría por completo―. A estas alturas, deberías saberlo.
Y en un sobresalto despertó. Se incorporó con el corazón le golpeándole el pecho, la respiración agitada y bañado en sudor. Dejó que el silencio se encargara de la situación un par de minutos en los que recuperaba el resto de sus sentidos básicos.
―¿Al menos podrías dejarme en paz mientras duermo? ―preguntó a la nada en la oscuridad de su habitación, dejándose caer una vez más sobre las almohadas.
Mirando el techo notó que estaba mucho más lejano de lo que había creído durante los años que llevaba viviendo allí. Quizás por ser blanco, aún entre la oscuridad, pudo notar algunas manchas amorfas que le recordaban, por alguna razón, a las de su habitación en la mansión de Italia. Desafortunadamente ya no tenía a nadie que le dijera que todo estaría bien, y al parecer había fantasmas fuera de Italia... y querían comérselo vivo.
-[+]-
El día siguiente llegó sin pena ni gloria. Ahora sentía la obligación (ya no el gusto) de ir a su nuevo trabajo a pesar del aguacero que se precipitaba sobre Namimori. Lo había despertado, ya más tranquilo, el golpeteo de la lluvia sobre su techo. Preparó su indispensable café matutino, y lo bebió con parsimonia, sin saborearlo del todo, su mente ausente en quién sabe dónde, dejando que los minutos se escurrieran como las gotas por su ventana.
Manejó con el mismo semblante hasta llegar a su antes paradisiaca Namimori Gakuen. Antes de bajar, inhaló con fuerza, reteniendo el aire un par de segundos antes de dejarlo salir. Hora de trabajar.
―Buenos días ―saludó a sus estáticos alumnos, quienes se levantaron e inclinaron sus cabezas para darle la bienvenida. Los observó con frialdad unos instantes, como si pasara su vista por un cementerio, echando un vistazo a cada tumba, leyendo distraídamente el nombre de cada ser que ya no era. Y antes de sucumbir a ese fúnebre pensamiento, optó por sonreír tan falsamente como pudo―. Comencemos con la lección.
Durante toda la clase pudo notar la presencia del chico problema, incluso cuando cambiaba de salón, él estaba ahí. Y sabía que lo miraba, pero lo evitaba como las nubes evitaban que el sol se colara entre ellas. En su hora de descanso, optó por salir a comer, pero el chico problema lo esperaba recargado frente a su auto. Quiso ignorarlo de nuevo, pero a punto de abrir la puerta, la mano del chico se colocó sobre la suya.
―Por favor, suéltame ―pidió sin perder la calma―. No tengo nada que tratar contigo.
―¿Entonces por qué me llamaste en tu sueño?
Así que no había sido un sueño normal. Realmente había fabricado su muerte e invocado al chico problema al reino de Morfeo.
―No lo sé ―mintió sin astucia―. Quizás sólo fue una coincidencia ―agregó con más honestidad, mientras, ignorando la mano sobre la suya, abría la puerta del auto.
―Te veías patético ahí abajo. ―Provocó el carnívoro.
Dino lo miró al fin. La lluvia lo atravesaba evidenciando su estado, mientras él las recibía bañando su cuerpo.
―Tienes razón ―concedió―. La vida me dejará tarde o temprano, pero... mientras sea capaz de sentir estas gotas sobre mí, lucharé con todo lo que tengo. Encontraré la forma de deshacerme de ti. ―Lo miró fijo un instante, para luego aligerar su semblante y, por primera vez, sonreírle honestamente―. Aunque seas más fuerte que yo, no perderé.
―Ya lo veremos, Cavallone. Te perseguiré hasta la muerte ―le sonrió de vuelta, pero no tan dulcemente.
Así que de la dulce incertidumbre pasó a la amarga realidad de Namimori Gakuen, la no tan paradisiaca Namimori Gakuen. Al fin entendió a qué se debía la tranquilidad de ese sitio. Más que un paraíso era un cementerio, y cierto fantasma carnívoro se encargaba de mantener el orden "persiguiendo hasta la muerte" a quien se saliera de la norma, porque (según él) esa era su escuela.
Y como una verdadera prueba de supervivencia, las siguientes semanas Dino caminó balanceándose sobre la delgada línea entre la vida y la muerte, con el chico problema pisándole los talones. Ya no se le hacía raro llegar, estacionarse, salir del auto y encontrar que tenía las llantas se ponchadas; entrar al edifico y ser recibido (en el mejor de los casos) por una cubeta de agua fría; subir las escaleras y resbalar dolorosamente; avanzar por los pasillos y que algún objeto volador le pasara cerca; entrar al salón y encontrar su escritorio y asiento lleno de clavos u otra variedad de objetos punzantes; abrir su casillero y encontrarlo hecho un desastre; y la lista continuaba. Y no es que le extrañara del todo, era consciente (semiconsciente) de que no tenía la mejor de las suertes, pero la sonrisa burlona del chico problema le recordaba que esto no era obra de la suerte ni mucho menos coincidencia. El asunto tenía nombre y apellido... sólo que aún no sabía cuáles eran.
―Eres como un niño caprichoso ―se dirigió a él por inercia mientras terminaba de cambiar la llanta de su auto―. ¿No me dejarás en paz hasta matarme?
―¿Cansado? ―preguntó a su vez el chico.
―Habiendo sobrevivido el primer mes, no quiero imaginar lo que viene para el siguiente.
―Hmmm, ¿deseando que llegue? ―Pareció burlarse, o más bien, lo hacía.
Se había negado a ser parte de esa guerra unilateral, pero como estaban las cosas, estaba claro que si no lo hacía no sobreviviría.
Terminó de guardar sus herramientas en silencio, observando de reojo que el chico se quedara en su sitio. Y cuando al fin cerró la cajuela, lo miró detenidamente.
―¿Sabes? Nuestro primer encuentro fue algo... ya sabes, desafortunado, pero... al menos podrías decirme tu nombre, ¿no crees?
―¿Para qué quieres saber el nombre de la persona de la que quieres deshacerte?
―Porque tú sabes el mío, además... creo que merezco saber el nombre de la persona... ―no puedo evitar sonrojarse― que se llevó mi primer beso ―concluyó dándole la espalda.
El chico problema sonrió maliciosamente. Todo ese tiempo había creído que el hecho había transcurrido sin importancia, pero al parecer había atinado a un punto débil.
―¿Primer beso? ―Reapareció frente a él―. ¿Y quieres que sea el último? ―lanzó sin piedad. Y es que él sabía, de primera mano, que el amor era un arma letal.
―Si digo que no, no significa que quiera otro de tu parte..., ¿de acuerdo? ―sudó frío al tenerlo tan repentinamente cerca.
El chico se dio la vuelta, sonriendo para sí, y Dino suspiró aflojándose la corbata.
―Hibari ―dijo captando la atención de su presa―. Hibari Kyoya.
Un pequeño silencio se coló antes de que alguno de los dos se moviera.
―Lo recordaré ―dijo al fin Dino, sonriendo como cuando había llegado, pero sin inocencia―. El nombre de la persona que debo disciplinar.
―Puede intentarlo, sensei ―concedió Kyoya―. Pero tiene pocas probabilidades de supervivencia.
―¿Quieres apostar?
―¿Por qué no?
+(1) "Si bien un fantasma es capaz de inducir su tacto, lo realmente peligroso es tocarlo por voluntad propia". Es decir que mientras tu no toques conscientemente a un fantasma todo está bien, pero si lo haces quedas atado a él. Hasta ahora Dino no ha sido capaz de tocar a Hibarin, así que aún está a salvo.
+(2) Reborn-kouchou. Significa director Reborn, quien será el jefe de Dino.
Así que al fin avanzamos en la historia.
Un mes y nuestro Hibarin ya quiere matar a Dino. ¿Qué le espera para el segundo?
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