Tercer capítulo, ¡Que lo disfruten!
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John, se hallaba dormido en uno de los sofás de la casa. Roncaba suavemente así como el sonido de ligeros balbuceos escapaban por su boca. Moviéndose de un lado a otro hasta conseguir una posición cómoda. Jane, quien estaba en la chimenea pendiente del agua que puso a hervir; rió suavemente al ver como su muchacho se daba vuelta y vuelta.
Miró el reloj, eran ya las 3 de las tarde. Decidió que era momento de levantarlo, ya que tenía bastante tiempo dormido. Y que ella supiera, las siestas no duran más de 5 horas. Situada aún lado de este, movió suavemente su hombro.
—John, despierta— su voz era suave, pero con ese acento de orden —Vamos, tienes que levantarte. Tienes que ir por comida— dejo en paz el hombro, para pellizcar una mejilla. El pelinegro, hizo un gruñido y le dio la espalda a su nana.
— 5 minutos más…— habló roncamente —No, John. Se que es muy lindo estar en skaia, pero la comida no se consigue sola— sin decir algo más, se retiró de ahí rápidamente. El agua se había desbordado.
Con torpeza debido al sueño, John se balanceaba de un lado al otro. Palmeó el taburete que estaba a su lado para toparse con sus lentes. Se los colocó; dando un largo bostezo así como estirarse.
—Sí por mí fuera, desearía…— bostezó otra vez —Estar en skaia…—
—Todos desearían estar ahí. Ahí no hay guerra— sonrió, mientras sostenía el recipiente de agua caliente —Solo hay paz y tranquilidad— vertió el contenido de este en una tetera.
John, enfocó su vista. El sueño lo tenía aún sometido. Pero al ver que su nana, intentaba tomar unas tazas de lo más alto de la alacena; despertó inmediatamente. —Deja te ayudo— sonrió mostrando sus blancos dientes. Alzó su mano, moviéndola con cuidado hacía atrás; levito las dos tazas, platos y cucharas que yacían ahí.
Al hacer otro movimiento más, logró parecer que los cubiertos bailaban en el aire, los depósitos en la mesa con sumo cuidado. Tronó sus dedos índice y pulgar, para que dejar todo encantamiento sobre ellas.
Crocker contempló a John. John contempló a Jane, y sonrió inocentemente.
—John Egbert—
—¿Si, nana? — preguntó —¿Qué te he dicho de hacer magia en la casa? — arqueó una ceja inminentemente —¡Oh vamos, nana! ¡Necesitabas ayuda! — frunció el ceño, con el acompañamiento de un puchero —Para eso esta la silla, John— suspiró. Sin decir nada más, comenzó a poner en orden los trastes.
El joven prospitano, miro detenidamente a su nana. Esto era el colmo, desde hace días, había prohibido el uso de magia dentro de la casa. Cuando ella misma dijo, que solo la podía usar dentro de ella. Sin contar, que su estado humor se tornó un tanto seco. No era esa mujer sonriente y amable. No. Ahora era una persona totalmente distinta.
—Ven, es hora del té— mencionó sin decir algo más, recorriendo un silla que era para él. Este, se levantó aún adormilado y tomó asiento. Con sus finos dedos, tomó con cuidado la taza de porcelana blanca que tenía enfrente. Acercando un poco la taza a sus labios, solo unos cuantos milímetros; dio un soplo.
Su aliento, avivó los vapores brotaban de la taza llevando su esencia hasta su nariz. Sonrió dulcemente, para luego dar un sorbo. Era té de madreselva, su favorito.
—Nana, no tenías que hacer mi té— rió —Se supone que ahora te tocaba hacer el tuyo— se estiró un poco y deposito un beso en la mejilla de la mujer. Esta, solo le miró con una leve sonrisa. —Pensé, que esto te relajaría antes de irte a cazar. Por eso lo hice— agachó su mirar, para luego tomar de su té.
John no comentó nada. Jane siempre se ponía así cada vez que salía en busca de alimento. Entraba en una especie de ansiedad y nerviosismo. Pero no la culpa, suponía que el temor de perderlo le hacía comportarse así.
—¿Sabes que soñé ahora? — cambió el tema —Soñé, que estaba en un lugar muy extraño. Era… ¡Como un planeta color azul, azul, azul como mis ojos!— se los señaló —Y que había varios charcos negros, era como especie de sustancia pegajosa o algo así— divagó —Pero, lo más interesante— comentó animado —Es que había un especie de animal… ¡Totalmente extraño! ¡Era como una iguana! ¡O… o una lagartija! — Jane, sonrió un poco —Solo que era amarilla, y hacía esto con su boca—
Se concentró, quedándose quieto. Abrió poco la boca y entonces, sopló. De su boca, empezaron a salir pequeñas burbujas de saliva. Que no duraban mucho y se reventaban al poco tiempo. La curandera, se rió en forma muy amena. Obligando tapar su boca a la vez que enjuagaba unas pequeñas lágrimas de sus ojos.
—¡John! — reclamó sonriente —¡Eso es asqueroso! — continuaba con risitas. —Pero te hice reír— guiñó un ojo. Crocker soltó un suspiro, mientras sacudía la cabeza de un lado a otro. —¿Qué clase de sueños tienes? — posó sus ojos aquas sobre John. Él encogió sus hombros. —Pregúntale a skaia, el me hace soñar— bebió su té.
Skaia, era para algunos el paraíso terrenal o mejor dicho; una especie de paraíso en los sueños. Este lugar mítico y extraño, se presenta cada vez que uno duerme. No son sueños cualesquiera, no son solo un simple sueño. En skaia, todo lo que pasé ahí se siente verdadero. Sueño vívido, se podría decir.
Es como sí fuera una tierra con vida propia. Cambiando su aspecto a su antojo las veces que sean necesarias. Casi principalmente, para acoger cálidamente a su invitado. Llevándolo a lugares, que el corazón de este desee.
Sin embargo, no muchos logran experimentar esto. Por alguna razón, las únicas personas que pueden entrar a este tipo de "paraíso" son aquellas que usan magia. Las personas normales, solo tienen sueños que los identifican con ellos; normales. No van a ningún lugar y a contrario de los sueños de skaia, estos se ven manipulados por sus propios sueños.
—Bueno nana, es hora de irme— tomó una mochila que estaba al lado de la puerta principal y se la colgó rápidamente. Casi, como si fuera una urgencia irse. Jane arqueó una ceja. —John— el joven se quedo inmóvil —¿Acaso te estas olvidando algo? — bebió con suma tranquilidad mientras sus ojos, fríos y agudos lo miraban. Egbert, no se movió ni trato de hacer el menor ruido posible. Era como si estuviera tratando de no llamar la atención a una bestia salvaje.
—Ah… ¿No? — miró sobre su hombro. La pelinegra cruzó sus brazos, dejando que sus ojos hostigaran al joven. Clavados fijamente en él, entrecerrándolos.
—¡Nana, no! — como si fuera un pequeño niño, estalló en un berrinche —¡No, no quiero ponerme eso! — tiro su mochila, a la par que golpeaba con su pie el suelo —¡Me hace ver como niña! — frunció el ceño.
La mujer, solo se le quedo viendo. Sin inmutarse ni nada, señaló una pequeña cajita café que estaba en un taburete. —No estoy preguntado si te hace ver niña o no. Te lo pones y no quiero escuchar ninguna queja— dictó su ultimátum.
John, sin poder decir algo más — principalmente por que siempre ella ganaba— con molestia agarró la caja. Con sumo fastidio la abrió sacando su contenido, el cual no era más que un pendiente dorado, detallado en piedras de lapislázuli. Gruñendo, se lo puso en su oreja derecha.
Una de las cosas, por la cual Jake había mando a aquellos dos vivir dentro de aquel bosque, fue por que de ahí obtendrían todo lo que ocupasen para sobrevivir solos. Sin contar aparte, de que era un lugar bastante alejado de las guerras y de los dos reinos; Prospit y Derse.
La casa se encontraba situada en medio del Gran Bosque. Que limitaba junto con el bosque oscuro de la bruja zoomorfa y el lago de las bestias marinas. Una localización que para muchos, podría resultar muy peligrosa si no se sabía como llegar ahí. English, es la única persona que sabe el camino como llegar a este lugar. Y la única persona capaz de revelar su ubicación a demás gente.
Por ello, cuando las personas buscaban los servicios curativos de Jane; solían ir con él. Pero a cambio, borraba la memoria de estas cuando regresaba el reino. Así se aseguraba que esas dos personas queridas estuvieran a salvo.
John, fijo fuertemente sus pies sobre el tronco de un roble. Sus manos desnudas, se aferraban con fuerza a las ramas para facilitar su ascenso. Era demasiado fácil, subir más de muchas veces el mismo árbol se convertía en rutina.
Ahí, en un lugar donde una rama frondosa se diversificaba en dos, había un saco verde. Camuflajeada con el color de la arboleda para no ser descubierta. Estando a una corta distancia, John evocó su encanto de levitación. Pronto, aquel saco que se hallaba a lo lejos, cobró viva propia y llegó a la mano del joven en un santiamén. La pego contra su pecho y descendió en un solo salto.
Al estar en tierra, su rostro exaltó un grado de felicidad al ver su contenido. Justo lo que necesitaba en ese momento para su odisea: su jabalina, arco y varias cuerdas. Teniendo esto a la mano, se puso en marcha adentrándose más al bosque.
El joven, corrió através de aquella senda que conocía muy bien. Pasar la larga cadena de robles hasta llegar lo que al parecer era una muralla de piedras escarpadas, casi imposible de pasar. Pero que, nuestro muy habilidoso amigo sabía por donde cruzar. Y no era más que un mismo túnel que hizo por debajo de las enormes piedras.
Luego de cruzarla, bajar con sumo cuidado la colina de matorrales altos, hasta escuchar el sonido de un pequeñuelo riachuelo proveniente del lago. Y ahí, justamente después de pasar, llegar a la parte más frondosa del bosque donde habitaban los animales.
Sin demorar más tiempo, dejo caer la bolsa verde al suelo. La mochila que cargaba en su espalda —que portaba comida y agua— lo ocultó en un arbusto. Así, no impediría a la hora de colgarse su jabalina y su arco en la espalda. Las sogas, las llevo en la mano. Preparado y armado, se apuro a preparar unas cuantas trampas para los animales.
Con rapidez, entrelazo unas cuantas cuerdas dándoles forma de red. Para luego colocarlas en lugares estratégicos, donde era por seguro que algún animal caería. Dejando las trampas con cuerdas, John empezó a observar el piso. Su sonrisa reveló que había encontrado algo lo que buscaba. Presuroso, llegó a las raíces de un árbol. Se hincó, haciendo aun lado con sus manos un montón de hojas muertas.
Al quitarlas, el joven observó un pedazo de madera. Cuando la retiró dejo un agujero al descubierto. Era otra trampa que había hecho con los años. Simplemente, destapaba cada uno de los hoyos ocultos, los escondía con musgo y el animal cae de inmediato en la fosa profunda.
En un tiempo, para John le resultaba realmente difícil ir de cazaría. Más cuando se trataba de este tipo de trampas. Los animales seguían vivos, y él tenía que matarlos para poder llegarlos a casa. Jake le comentaba que cortarles la yugular era el método más sencillo darles fin a su vida. Pero él., no muy contento con esa idea; prefirió darle su tiro de gracia con una flecha de su arco.
La jabalina, era otra cosa.
Fue la primera arma que le enseño a usar antes de embarcarse a la guerra. Era usada para acabar con las presas más grandes como ciervos, jabalíes o en su dado caso osos, a los cuales evadía cazar. En ese momento, como si fuera un viaje en el tiempo, recordó lo vivido cuando le regaló el arma.
"Pies firmes en la tierra, derecho, una mano sosteniendo lo largo del arma y la otra, en el gatillo. Fijar la vista por la mira, no hacer ruido, concéntrate, respirar tranquilamente, no dejar de observar al animal. Y en un momento, cuando sepas que es el momento, sostener la respiración y…"
De inmediato, la flecha se clavó en el cuello del ciervo haciéndole caer muerto al suelo. El joven dentón sonrió victorioso y se encamino hacia su premio. Para John, recordar las palabras exactas del mago a la hora de cazar, era un tanto necesario.
Le hacía sentir como si hubiera a salido a cazar con él. Le debía todo lo aprendido sobre este negocio. Con cuidado, saco la flecha de metal de su presa. Limpió el resto de sangre que dejo sobre ella y volvió a colgarse el arma.
—Lo siento amigo— habló mientras ataba juntas las patas del animal —Eras tú o nosotros nos quedábamos sin comer— al terminar, cargó al ciervo muerto en su hombro. Después de lograr colocarse bien su presa, volvió a encaminarse hacía donde las trampas se encontraban. Para mala suerte de John, ninguna pescó algo. Estaban vacías y ni siquiera un misero insecto cayó en ellos. Solo dos conejos encontró. Resignado, después de darle sus dos tiros de gracia; comenzó a tapar los hoyos —así evitaba que algún animal salvaje cayera en ellos— y a recoger las cuerdas que había dejado.
—Dos conejos y un ciervo— se encogió de hombros —Pudo haber sido peor— se dijo a sí mismo encaminándose hacía el arroyo donde había dejado sus pertenencias. Más los oídos de John captaron algo. Un árbol se meció precipitadamente, logrando que una parvada de pájaros saliera de los árboles. Eso significaba algo… se había olvidado de una trampa.
Colocó el ciervo, junto con los conejos y demás posesiones al lado del arbusto donde estaba su mochila. Cogió su jabalina, dispuesto a ir hacía el lugar olvidado. Su corazón latía con fuerza sin razón aparente. Inclusive, sus pasos se hicieron más silenciosos.
Hace tiempo, tuvo una mala experiencia justamente, como lo que estaba pasando. Olvido retirar una trampa, en la cual a la hora de ir por ella, había un oso negro. No fue cuestión de segundos cuando la bestia se soltó y comenzó a perseguir al John de aquel entonces tenía solo 10 años.
Poniendo en frente el arma como defensa, atravesó un matorral. El pelinegro sentía como sus manos temblaba, señal de que todavía no olvidaba lo ocurrido. Dando un trago en seco, cerró sus ojos y valientemente, llegó a la trampa.
En un acto de reflejo, abrió sus ojos y llevó su dedo al gatillo. Pero antes de que lo accionara, sus ojos se abrieron de par en par. El arma cayó al suelo, el joven dio unos cuantos pasos hacía atrás para luego caer. No podía creer lo que veía, debía estar soñando, por que simplemente no creía.
Delante de él, colgando de una pata, estaba la creatura extraña que había soñado. Una especie de lagarto amarillo con el vientre de una tonalidad amarilla-blanca. Ojos anaranjados y de su boca, salía una burbuja que desaparecía cada vez que la cerraba.
El pobre animal, no dejaba de moverse. Quería liberarse. Una especie de chillidos salían de su boca, como si estuviera llorando.
—¡Woah, espera! — reaccionó finalmente —¡D-deja te libero! — como si fuera cosa de vida o muerte, saco una daga cortando de un sablazo la cuerda. La creatura, continúo asustada, ya que había visto el arma blanca que portaba John. Logrando así, hacer que llorara más.
John, se quedo perplejo. No sabía que hacer. Delante de él estaba con la cosa que había soñado en Skaia. Ahí, llorando y haciendo esa burbuja extraña. ¡Nunca había visto algo así en su vida! Y eso, que conocía todas las especies del bosque. Inmediatamente, guardo el arma, poniéndose de cuclillas estiró sus brazos.
—Ven, vamos— trató de hablar con suma calma, en verdad lo asusto —No te voy hacer daño, mira ¡Ya no hay ninguna arma! — enseñó sus manos, señal de que era inofensivo. El pequeño reptil, casi como un niño, retiró sus patas de la cara y miró aún constipado a John. Este, solo trataba de calmarlo.
—Mira, no te haré daño. Lamente que hayas caído en mi trampa, ¿sí? Sí fuera malo, ya te hubiera matado con una flecha en la cabeza— sonrió nerviosamente. Pero, al no medir sus palabras, provocó que comenzará a llorar el animal. Ahora sí lo hecho a perder.
En un momento de desesperación, John sin saber que hacer, se quitó el arete que portaba. —¡Mira, mira, mira! — lo sacudió enfrente de la creatura —¡Brilla muy bonito! ¿No lo crees? — en su cara trató de formar una sonrisa. El sonido del pendiente llamó la atención del reptil. El prospitano miró la oportunidad.
—Mira, es muy bonito. Es dorado y tiene pequeñas piedras azules— dijo en tono de cántico —Te lo puedo dar si te acercas— Caído ante la tentación del oro que brillaba por el sol, perdiendo un poco el miedo, dio torpemente un paso hacía el humano.
—Eso es, ven aquí— sonrió al ver que cada vez más se acercaba —No te haré daño, te lo daré con gusto— la creatura, a solo unos dos pasos de el estiro sus brazos y tomó la joya. —Eso es…— murmuró el joven, que sin que se diera cuenta, camino un poco hasta estar con la especie —¿Te gusta? Mi nana me lo hizo— palpó con cuidado y con precaución la cabeza de este.
—Ese arete sirve para saber mi localización exacta. No importa a donde vaya. Siempre podrán encontrarme— al ver que no reacciono de mala manera, se dio el chance de poder acariciarlo más normal —Pero no me gusta usarlo, por que me hace ver como niña— suspiró pesadamente. En verdad no le gustaba el portarlo.
Pesé al momento que estaba pasando John con aquella creatura, al ver el cielo tornándose más oscuro, se vio ante la necesidad de marcharse. Quería llevarse a Casey —había pensado que no le podría decir "lagartija" así que optó por llamarla por ese nombre— a casa, pero él no era nadie para alejarla del habitad donde vivía.
—Lo siento pequeña, tengo que marcharme— se levantó del suelo. El animal amarillo se le quedo viendo —Pero puedes quedarte con el arete. Se que Jane se va a enojar pero… quiero que me recuerdes— rió y acarició por última vez a su linda Casey. Realmente, fue fascinante encontrarse con algo que soñó en la vida real. Más por que realmente era muy extraña.
Al dirigirse de nuevo al riachuelo, las pisaditas de alguien que lo seguía lo sorprendió. Este volteó y arqueó una ceja, no vio venir eso.
—Vaya, vaya— la tomó entre sus brazos —¿Quieres venir conmigo, amiguita? — la colocó en su regazo, sobándole la panza. Al sentirse acogida, hizo burbujas con su boca, mientras sacudía con su mano el pendiente. John esbozó una sonrisa con una risilla. La recargó en su pecho y retomó su camino.
El joven, miró nuevamente el cielo. Ya estaba oscureciendo, y esto significaba por seguro un regaño tremendo por parte de su nana. Aun que no le importo. Llevaba a Casey, y eso tal vez calmaría las cosas.
De repente, aquella creatura que llevaba en su regazo, comenzó a moverse de un lado al otro, inquieta, y hacer chillidos. El ojiazul, la miró confundido ¿Por qué se comportaba de esa manera tan de repente? ¿Se habrá arrepentido?
Entonces, en ese momento, como hubiera sido una especie de escalofrió, lentamente elevó su vista. Una sensación viscosa dentro de su estómago, empezaba a recorrer su cuerpo. Su respiración; se alteró. Sus ojos se abrían de par en par, y sus brazos, sostenían fuertemente a Casey.
Tratando de no perder el control, se escondió detrás de un tronco.
Intentado ser fuerte, apretó con fuerza sus dientes; tenía que controlarse. Ya que sentía como su cuerpo temblaba incontrolablemente. Armándose de valor, se asomó levemente por el tronco, mirando por el rabillo del ojo. No, no podía ser. Era imposible.
Algo, una figura extraña, indescriptible a simple vista, destazaba con suma violencia el ciervo que había cazado. Con unas garras enormes y deformes, se clavaban en la piel del animal, arrancando de un jalón los huesos, piel y viseras en un tajo. La sangre del animal corría por sus brazos huesudos, así como en sus garras.
Después de desgarrar ese pedazo, se lo llevaba a su boca descomunal llena de dientes afilados como agujas. Inclusive, era capaz de escucharse como los huesos eran masticados como si nada. Tronando una y otra vez hasta ser digeridos. La bestia exhaló un gruñido fuerte y prosiguió comiendo.
Casey, al escuchar aquello comenzó a soltar alaridos de miedo. John, inmediatamente le tapó la boca. Haciéndole entender que tenía que guardar silencio, si querían salir vivos de ahí. Aún asustado, temiendo que lo haya descubierto, se vio ante la necesidad de voltear nuevamente de ver. En su mente, solo transcurría una idea. Y espera, que no fuera.
Sin demorar más tiempo, se asomó. Sí, ahí estaba. Masticando el cráneo del ciervo como si fuera un dulce. Soltó su aliento. Ahora, solo debía esperar a que estuviera satisfecho y se marchara. Después, escaparía lo más lejos de ahí. No obstante, no entendía como logró pasar eso. Era técnicamente imposible, que…
Silencio, desapareció el sonido del masticar. John, despertando de sus pensamientos, volvió a asomarse. Aquella cosa, se esfumó. Aliviado, se recargo en el árbol, abrazado de Casey, quien se encontraba ya tranquila.
—Dios…— secó su frente bañada en sudor frío —Eso estuvo cerca…— retiró sus lentes, para poder frotar sus ojos más a gusto —Lo hicimos Casey, sobrevivimos. Bueno, vámonos…— se incorporó —Es hora de irnos a casa—
Pero eso, seguramente no fue el momento que John tanto esperaba. Por que en ese instante, en el árbol que estaba oculto, fue destrozado en miles de pedazos, mientras miles de piezas de madera se azotaban sobre él. Cubriendo con fuerza a Casey en sus brazos, rodó sobre las piedras y musgo que había en el suelo. Protegiéndola de sufrir un daño.
El muchacho, soltó un alarido por haber sufrido un golpe tan fuerte en el suelo. Las heridas ocasionadas, comenzaban a brotar sangre levemente, así como la sensación de temor se apoderaba de su cuerpo cada vez más y más.
Su instinto de supervivencia, le hizo incrementar su adrenalina y a obligarle a pararse e huir. Sin embargo, sentía su cuerpo pesado. No, no podía permitirlo. Tenía que salir de ahí lo más pronto posible.
Torpemente, sintiéndose abatido y con la vista un tanto borrosa, intentó levantarse. Sus ojos captaron una silueta negra entra la neblina de polvo ocasionada. Una figura enorme, que de su boca salía saliva y vapor, bufaba con furia delante de él. Unos ojos rojos, afilados lo miraban detenidamente.
John, en ese momento, queriendo darse una mínima esperanza, escabulló sus ojos hasta la parte superior de la cabeza de la bestia. Sus ojos, se pusieron blancos a la vez que se tornaba pálido. Dos cuernos…
Lentamente, procedió a retroceder sin dejar de mirarlo. El monstruo, solo daba un paso más por cada que uno que hacía él.
—No…— jadeo, temeroso. Suplicando por su vida —No un troll... —
Casi como si hubiera sido el llamado de su nombre, la bestia estalló lo que al parecer fue una risa distorcionada, proveniente de su boca malolienta.
Próximo Update: 10 de Julio
