¡Hola! Ya estoy aquí con la tercera entrega de este fic, que espero que os guste tanto o más que los dos capítulos anteriores. ¡Por fin tenemos a Regina por aquí! Espero que os guste y muchas gracias por vuestras reviews a todos, espero que se os resuelvan las dudas y se os creen unas cuantas más.
Ahora, a leer :)
Confusión
3
Tres horas. Había estado conduciendo tres horas para llegar hasta ese maldito lugar. Y si le sumamos el tiempo que había pasado cuando se perdió, podemos contar una hora más. Cuatro malditas horas aguantando a los otros conductores, que no paraban de lanzarle miradas fulminantes y palabras hirientes por conducir tan lento. Cuatro horas aguantando sus propias recriminaciones, y cómo no, también la voz que la martirizaba desde hacía días.
"¿Piensa darse prisa en algún momento de su vida, señorita Swan? Los demás no tenemos todo el día"
- Joder, ¡cállate! – había gritado Emma, ganándose la mirada sorprendida del conductor de al lado. Se estaría pensando que estaba loca. "Y lo estás" pensó ella misma, para luego mirar al hombre y obligarlo a quitar la vista de ella. – Sí, estoy hablando sola. Atienda a sus cosas y déjeme en paz. – había dicho más para sí misma que para él, pero se aseguro de que el señor escuchase y entendiera perfectamente lo que estaba diciendo.
Cuando finalmente llegó a True North, casi dio saltos de alegría. Y de no ser porque lo consideraba una falta de respeto, lo habría hecho. Estaba nerviosa. Recogió su pelo rápidamente para evitar jugar con él, y se dirigió a la entrada. Querría haberlo hecho con paso firme, pero era imposible. No sabía qué esperar de la situación.
- Buenas tardes, soy Emma Swan. Me han llamado hace un rato. – dijo a la recepcionista, que la miró con un intento de sonrisa que se quedó en eso, en un intento. Pero Emma no le dio importancia.
- Oh, por fin ha llegado. Espere un momento, en unos minutos traeremos a su paciente y sus cosas. Puede esperar allí – respondió la mujer señalando una especie de sala de espera, que consistía en varias sillas bastante desgastadas colocadas en línea.
Ese lugar no había sido reformado nunca, pensó Emma mientras analizaba el lugar. Fuese quien fuese a quien tenía allí, le agradecería enormemente irse por fin de ese sitio tan… ni siquiera tenía palabras para describirlo. Todo era blanco con tonos grises, y hacía que se sintiese vulnerable.
Exactamente once minutos después – Emma estaba tan desesperada que los contó – apareció una mujer rubia, ataviada con una bata, que empujaba una silla de ruedas, en la que había otra mujer sentada. Estaba cabizbaja, pero aun así podía distinguirse en su rostro la tristeza que debía estar sintiendo.
- Buenas tardes Emma, me alegra que hayas podido venir tan pronto. – la rubia le extendió la mano, y Emma respondió el gesto lo más amablemente que pudo. – Soy la Dra. Fisher, pero puedes llamarme simplemente Ingrid. Yo personalmente me he encargado de Regina todo este tiempo. Eh, Regina, ¿no estás contenta de salir de aquí? – preguntó dirigiéndose a la otra mujer, que levantó la vista solo un instante, para después encogerse de hombros. – Últimamente no está siendo muy comunicativa, pero se le pasará en cuanto esté en casa. Estoy segura.
Emma solo movió un poco su boca, simulando una sonrisa. Ingrid parecía muy contenta de quitarse a Regina de encima, pero quizás fuera porque no quería seguir cuidándola sin recibir la mensualidad por ella. Antes de que pudiera decir algo, la doctora volvió a hablar.
- Estas son sus cosas. – dijo, entregándole una caja que inspeccionaría después. – Hemos guardado todo lo que trajo el primer día que vino. Como ves, nos gusta encargarnos de nuestros pacientes y que todo esté en orden. En cuanto puedas, ve a firmar los papeles que te ha preparado la chica de recepción. Me despido ya. Encantada de verla, señorita Swan.
Emma se quedó con la boca abierta. ¿Es que tenía preparado el discurso desde hacía meses? Cada una de sus palabras estaba cuidadosamente medida, lo tenía por seguro. Más, dándose cuenta que no le dio ningún margen para que hablara. Se iba a despedir de ella, pero esta vez fue Regina quien la interrumpió.
- Ella no fue la mujer que me trajo aquí.
- ¿Cómo dices? Todo queda registrado aquí, Regina. No hay margen de error en nuestro hospital. Ya lo sabes. – respondió Ingrid con voz tranquila, y tan convincente que hasta Emma, incluso si hubiera recordado que no lo hizo, se lo habría creído.
- Insisto. Estoy segura de que ella no me trajo aquí.
Ingrid hizo una seña a la recepcionista, que se acercó rápidamente con unos papeles en la mano.
- Regina, cariño. – dijo agachándose para ponerse a su altura - Esta es tu ficha de paciente. Esta la fecha de ingreso, el nombre, la firma y la foto de quien te ingresó. Además, también están registrados todos y cada uno de los visitantes que has tenido. Y aquí, está la foto de esta señorita, con la que vas a ir a casa. Vamos, ¿no tenías tantas ganas de ir a casa?
Regina pareció pensarlo unos segundos, pero finalmente asintió. Emma sintió ternura por aquella mujer. Realmente no sabía si la conocía, pero de repente sintió unas desmesuradas ganas de ayudarla, así que sin pensarlo se dirigió a firmar los papeles que le habían ofrecido y se acercó a la mujer.
Regina era morena, tenía el pelo más o menos corto y calculaba que sería de su estatura, quizás un poco más baja. Pero sobre todas las cosas, era hermosa.
- ¿Puedes caminar o prefieres que te lleve en la silla? – preguntó Emma amablemente, a lo que Regina respondió sin palabras, simplemente poniéndose en pie cuidadosamente, para comenzar a caminar, dejándose guiar por la rubia, hasta el coche.
Emma guardó las cosas de Regina en el maletero y se subió en el asiento de conductor, mientras que la morena la esperaba sentada de copiloto.
- Está bien, me gustaría aclarar algo. ¿Nos conocemos? Es decir, según tú yo no te ingresé en ese hospital, y yo no recuerdo hacerlo, pero de ese tema podemos hablar un poco más tarde.
La morena se quedó en silencio durante un tiempo que a Emma le pareció eterno. Estaba empezando a desesperarse, pero sabía que tenía que ser paciente.
- No lo sé. – respondió Regina, sin levantar la mirada de su regazo. – No sé si nos conocemos, porque no recuerdo nada.
- Entonces… ¿cómo sabes que no fui yo?
- Porque… no es que no recuerde… del todo. Hay cosas que… no han podido borrar. Y sé que no fuiste tú, porque quien me trajo hasta aquí fue un hombre.
- Está bien. Tienes… ¿tienes algún sitio donde ir? Familiares, amigos… alguien que recuerdes.
Regina negó con la cabeza. Oh dios, esa pobre mujer estaba como ella, o incluso peor. Emma no podía dejarla sola, y si alguien la había hecho su responsabilidad, lo consideraría así, porque realmente quería ayudarla.
- De acuerdo. Supongo que podemos ser compañeras de piso, ¿no? Me queda una habitación libre. ¿Qué dices?
Otra vez silencio. Emma quiso hablar de nuevo, pero Regina la interrumpió antes de que dijese alguna palabra.
- Está bien. Siempre y cuando no tenga la obligación de volver a montarme en este trasto amarillo.
Trasto amarillo. Trasto amarillo. Trasto amarillo.
Ahora lo entendía. La cara de Regina no le era familiar, pero sí su voz. Era esa voz, esa que la atormentaba desde hacía días en su mente. Era la voz de Regina.
