Traducción de Half Truths, de Purrina57, con su autorización. No se sientan mal por Clary, van a ver que pronto saca las uñas :)

Mil gracias por los faves y follows, pero especialmente por los reviews :) Ya saben, si algo les suena raro en la traducción o si no les gusta, díganmelo por favor. Si tienen una pregunta, háganla, con gusto les respondo.


Capítulo 3

―Y bien, ¿qué le parece? ―me dice el señor Lamb mientras se pasea alrededor de nosotros.

Echo una mirada a la habitación, sin haber perdido aún el asombro que sentí al entrar. Las paredes blancas y las molduras en el techo contrastan con el oscuro piso de madera, encima del cual yace una lujosa alfombra persa. Varias pinturas cuelgan de las paredes y en una esquina veo un piano de cola. Cada uno de los muebles antigüos han sido restaurados a su gloria original, tapizados en seda con un patrón florido. Cada detalle del penthouse es femenino y tenue, pero más que nada ostentoso. El aire huele a dinero.

―Es maravilloso ―le digo algo abstraída mientras veo por la ventana. Estoy en uno de los pisos superiores del Wanderer, desde donde puedo ver el sol resplandecer en las montañas, lejos de esta ciudad y este espantoso hotel.

―Esperaba que le gustara ―me dice el señor Lamb. Su sonrisa amable delata que no percibe mi oscuro estado de ánimo. Atribuyo su sorprendente gentileza al hecho de tan solo es medio Guardán, por lo que se le ha relegado a trabajo de humanos en el palacio de los Guardianes. Noto las sutiles miradas maliciosas que le echan los Guardianes por el mero hecho de ser medio humano.

Es asqueroso.

El señor Lamb pacientemente ha dedicado su mañana entera a mostrarme todo el hotel: las enormes piscinas, salones, cocinas y comedores. Así que le sonrío con toda la dulzura posible bajo las circunstancias.

―Me encanta, gracias.

El señor Lamb asiente con la cabeza y me sonríe de nuevo.

―No hay de qué, señorita Fray. La ropa que envió su madre esta mañana ya ha sido colocada en su ropero. Sin embargo, le hemos solicitado que nos anote sus medidas y en este preciso momento le preparan un vestuario nuevo completo.

La sonrisa se desvanece de mi rostro, pero no cambio mi tono de voz.

―Gracias.

―Por supuesto, señorita Fray ―me responde el señor Lamb. Me observa silenciosamente sin atreverse a hablar por terecera vez el día de hoy. Me pregunto si ha conocido una Cita antes. No es que yo sea una Cita como mi madre, pero sin duda le habrán llegado rumores de lo contrario. A la gente le encanta hablar, sean ellos humanos o no.

―Señorita Fray... ―comienza a decir el señor Lamb antes de que la presencia de Jace lo interrumpa.

Entra a la habitación portando tan solo una camisa interior y unos pantalones negros de vestir, su cabellera desordenada.

―Puede irse ―le dice al señor Lamb sin siquiera mirarlo.

El señor Lamb carraspea ligeramente, asiente y me lanza una mirada antes de partir.

Jace mira hacia el suelo, sus manos en las bolsas del pantalón. De repente levanta la cabeza y clava su mirada en la mía.

―¿Halla usted la habitación satisfactoria, señorita Fray?

―Es muy agradable. Preferiría que me llamara por mi nombre, en vista de que nos casaremos en unas cuantas semanas ―le digo, como si él no lo supiera.

Cuando Jace camina hacia mí me percato de que no lleva zapatos. Me pregunto si acaba de levantarse, aunque es el final del día. Se detiene cerca de la ventana junto a mí, mira hacia fuera por un buen rato y luego gira la cabeza para mirarme, sus ojos clavados en los míos.

―Muy bien... Clary.

Sus ojos cálidos y dorados parecen caramelo líquido. Pronuncia mi nombre lentamente, brota de sus labios como si estuviera probando como suena. Noto con preocupacón que me pone nerviosa su tono de voz, lo cerca que se encuentra, así que giro hacia la ventana para cortar su mirada.

―¿La incomodo? –me pregunta con un ligero tono burlón.

―¿Disculpe? –le pregunto.

―El estar sola conmigo, ¿la hace sentirse nerviosa?

―Hemos estado solos antes, señor Wayland ―le digo con aire desinteresado.

―Jace. Y no, no así ―me dice mientras se aproxima, tan cerca que siento el calor de su cuerpo contra el mío, su olor masculino y almizclado―, usualmente hay un mesero o botones cerca, o unas cuantas personas cenando cerca.

Siento sus dedos rozar mis brazos. Aunque hoy llevo mangas largas, casi puedo imaginar como se sentirían sus manos en mi piel.

Me giro para mirarlo y frunzo el ceño ligeramente.

―No lo entiendo, señor Wayland. Apenas ayer me hizo esto ―le digo, subiéndome las mangas para que observe las marcas del día anterior―. ¿Ahora desea usted seducirme?

―No intento nada, señorita Fray ―me dice con voz suave y profunda―, si quisiera hacerlo, ya lo hubiera logrado.

―Qué arrogancia ―le digo.

―¿Y usted cree no ser arrogante?

―Para nada ―le insisto mientras miro de nuevo por la ventana para no tener que lidiar con él y sus peligrosos ojos ―soy segura de mí misma. Es diferente.

―Esos vestidos que suele llevar puestos me dice mientras siento como sus ojos recorren de arriba a abajo el vestido verde ceñido de escote bajo que llevo hoy―, usted se los pone porque sabe que es suficientemente sexy como para lucirlos.

Siento sus dedos deslizarse en mi clavícula y bajar lentamente hasta alcanzar el escote. Me invade ese extraño sentimiento, un revoloteo que me desorienta. Me toca tan suave y ligeramente que no puedo evitar reaccionar de forma mucho más fuerte de la que esperaba. Siento de repente que entro en pánico.

Tomo su muñeca rápidamente para alejar su mano de mi piel y levanto la mirada para observarlo. Logro apenas lanzarle una sonrisa dulce.

―Vamos, señor Wayland, usted sabe qué pienso respecto de esto ―le digo.

―¿Qué le hace pensar que me importa lo que usted piensa? ―me responde arqueando las cejas.

Mis labios caen entreabiertos de la sorpresa y de repente siento que me empujan contra un librero y mi cabeza golpea madera. Mi respiración entrecortada se escucha en toda la habitación mientras Jace aproxima peligrosamente su cara a la mía.

Sus labios rozan mi sien y siento mi corazón sobresaltarse, no sé si es el miedo o algo más. Me siento extraña, tan ajena a mí que me sorprende.

―¿Así que planea aprovecharse de mí? ―le pregunto con voz ligeramente temblorosa. Tiro mi mirada hacia la pared para evitar mirarlo.

―No, nunca la obligaré a hacer nada ―me dice tranquilamente mientras me besa la quijada y roza apenas un camino hasta mi oído dejando un trillo de fuego. Siento que su aliento me quema cuando me dice suavemente al oído―. Pronto me estará rogando.

Giro la cabeza violentamente para mirarlo y veo que me observa detenidamente, nuestros labios demasiado cerca, tan cerca que comienzo a marearme. ¿Qué me ocurre?

Su nariz toca la mía suavemente y sus labios se acercan tanto a los míos que casi puedo sentirlos, suaves y cálidos. Inmediatamente me empuja lejos de sí con fuerza y me deja resbalar contra el librero. Echa hacia atrás con una sonrisa burlona.

―Hasta luego, amor ―murmura antes de salir de la habitación como el gran desgraciado que es.


―Tengo algo para tí ―dice mi madre, quien acaba de tocar y ahora se asoma por la puerta―. ¿Puedo pasar?

Pongo el libro que estaba leyendo de lado y me siento en la cama.

―Sí, claro.

Mi madre entra, vestida en su camisón de noche y con la cabellera suelta, sus hermosos rizos enmarcan su bella cara, tan bella que parece resplandecer en la luz tenue de la habitación. Siempre parece resplandecer, como si fuera el sol mismo. Noto que trae una caja delgada bajo el brazo.

Se sienta en la esquina de la cama y coloca la caja entre nosotros. Sus ojos buscan los míos y sonríe gentilmente.

―Sé que es difícil, Clary. Es difícil para mí, esta situación es más de lo que las dos podemos soportar. No es el estilo de vida que hubiera querido para tí, pero parece que estaba destinado a ocurrir.

Asiento lentamente con la cabeza, tirando del ruedo de la sábana nerviosamente.

―No es el regalo de bodas que soñaba darte, pero... ―mi madre encoge los hombros y abre la caja. Me asomo y observo los contenidos por un largo rato, mi mente en blanco.

Cuando finalmente cala en mí lo que es, comienzo a llorar. Son lágrimas de tristeza y desilusión, por la pérdida de inocencia que pronto sufriré. Por haber perdido una vida distinta a la que ahora debo enfrentar. Por haber perdido todo lo que pudo haber sido.

Mi madre me abraza y me deja llorar, frotando lentamente mi espalda en círculos, como solía hacer cuando era niña y me levantaba aterrorizada de una pesadilla. Huele a lavanda y vainilla. Es ese olor lo que me calma lentamente, lo que me trae de vuelta a la realidad y me recuerda por qué debemos hacer esto.

Debo hacerlo por mi madre. Es mi deber.

Debo ser fuerte y aceptar mi destino.

Tomo distancia de ella. Me seco las lágrimas, doblo los contenidos de la caja y coloco de nuevo la tapa.

―¿Sabes cómo ponértelo, no es así?

―Sí madre ―le miento, porque no estoy de ánimo para que me explique. No esta noche, no puedo manejarlo hoy.

―Clary, no sabes cuánto lo siento ―me dice mientras me peina con sus dedos el cabello en la sien y lo coloca detrás de mis orejas.

No le respondo.

Nos sentamos un rato más sin hablar, hasta que comienzo a cabecear y me acuesto. Mi madre me arropa, tal y como lo hacía cuando era bebé. Hace mucho no lo hace, pero me parece igual de familiar.

Se sienta a la orilla de la cama unos cuantos minutos más. Cierro los ojos y finjo estar dormida. Ella sabe que estoy fingiendo, pero al cabo de unos minutos suspira, se levanta y apaga la luz.


―¿Se le ha atendido a su satisfacción? ―pregunta Valentine al entrar a mi habitación.

Su mera presencia lanza a las empleadas alrededor mío en un frenesí de actividad. Observo como sacan mis cosas de las cajas y las guardan justo en el orden que les he indicado.

Asiento con la cabeza y le sonrío cortésmente. Dejo caer mis manos sobre mi vestido para alisarlo.

―Sí, todos han sido sumamente serviciales y eficientes. No han dejado nada caer, nada se ha quebrado.

―Me alegra saberlo ―dice Valentine―. Le alegrará saber que hemos fijado la fecha de la boda. Será en una semana exactamente.

Siento mi corazón bajar hasta el estómago, pero no dejo caer la sonrisa.

―Excelente noticia, sin duda me alegra mucho.

―¡Qué bien! ―murmulla Valentine, sus ojos puestos en una empleada bella que pasa apresuradamente a nuestro lado. Siento un poco de asco al imaginar que su hijo ha de haber aprendido un comportamiento similar.

―¿Viene su madre? ―pregunta Valentine, quien parece haber recordado súbitamente mi presencia.

Giro mi atención a la maleta sobre la cama, la que tiene todas mis medias, y tomo unas cuantas para ocupar mis manos y evitar que tiemblen.

―¿A la boda? ―le respondo.

―No, hoy. ¿Vendrá ella hoy a ayudarle con la mudanza?

Pongo las medias en una gaveta y tomo otros dos pares antes de responderle.

―No, me temo que no. Tiene otros compromisos.

―¿Con un cliente?

―No le pregunté ―le respondo.

―Por supuesto, no quiero ser entrometido.

―Por supuesto ―le respondo, con una sonrisa falsa.

―Es una pena que no esté ella hoy por aquí ―dice Valentine mientras se pasa una mano por su blanca cabellera, alisándola para que de nuevo se acomode al sofisticado corte que porta―. Jocelyn es una mujer increíble. Una mujer sensacional.

―Definitivamente lo es ―le respondo, tratando de evitar que se me note cuanto me incomoda su comentario.

―¿Me llamaste? ―pregunta una voz desonocida. Vuelvo la mirada y veo una mujer joven, alta y delgada, su cabello negro azabache sujetado con horquillas en suaves rizos. Es sumamente hermosa, con una delicada nariz respingada, labios carnosos y ojos dormilones de pestañanas oscuras y largas. Sé que es una Guardiana antes de notar las líneas tenues que cubren su clavícula y manos.

―Ah, sí, Isabelle, me alegro que hayas venido. Clary, esta es Isabelle. Isabelle, te presento a Clary.

Ambas bajamos la cabeza ligeramente para saludarnos.

―Isabelle es mi sobrina ―dice Valentine―. Creo que será su guía turística perfecta en los próximos días.

―¿No será el señor Lamb quien haga el recorrido conmigo? ―pregunto cautelosamente.

―Cariño, el señor Lamb es tan solo un empleado. Necesitarás alguien mucho mejor que él para aprender todo lo que necesitas saber de la vida en sociedad en el Wanderer. Isabelle está más preparada para ayudarte a aclimatarte. Ya lo verás.

Isabelle lanza una mirada ligeramente aburrida alrededor de mi habitación. Me da la impresión de estar tan emocionada como yo de que sea mi niñera.

―Bueno, pues le agradezco la gentileza ―le digo a Valentine.

―Muy bien, las dejos solas, chicas. Me temo que tengo otras responsabilidades que atender. Les ruego que me disculpen.

Hago un gesto con la cabeza para despedirme de él y lo veo partir en dirección a la sala.

Isabelle se dirige hacia una de las muchas ventanas en mi habitación ―una de las tantas que deja entrar la luz de la tarde― y se asoma por ella.

―Vaya, así que tú y Jace van a dar el gran salto.

―Eso parece ―le respondo mientras levanto unos cuantos pares más de medias y los coloco en la gaveta. Las empleadas se encuentran ahora en la sala, desempacando y acomodando lo que corresponde a esa habitación. Sospecho que huyeron de la recámara para escapar de Valentine, quien obviamente las aterroriza. No las culpo.

―No puedo creer que Jace vaya a casarse con una Cita ―me dice, apoyándose contra la ventana y echándome una mirada encima, sus brazos cruzados frente al pecho―. Jace no está nada contento.

―Desgraciadamente, poco tiene que ver la felicidad en el mundo real ―le indico.

―Pero imagino que tú si estás feliz de casarte con Jace. Eso de ser esposa de un Guardían es mucho más glamouroso que ser puta. Además, Jace es guapísimo.

―¿No es su primo? ―le pregunto, sin hacer el menor intento de ocultar mi asco.

―Sí, pero no lo hace menos atractivo. Soy chica, tengo ojos. Cualquiera puede llegar a esa conclusión. Dicen que es bien bueno en la cama. Eso debería interesarte, o tal vez estás acostumbrada a hombres que son buenos en la cama.

―Nunca he estado con un hombre ―le respondo.

―¿En serio?

―En serio.

―¡Caray! Yo pensé que ustedes todas habían cogido antes.

―Fui encargada para Jace precisamente por ser pura.

―Tiene sentido. A veces es algo posesivo y celoso. Me imagino que no le haría gracia que su esposa hubiera estado con otro hombre. Además, a la mayoría de los chicos les gusta eso de que la chica sea una virgen pura e inocente... el cuento de la novia tímida.

Siento naúseas, pero mi cara continúa estoica mientras siento a Isabelle examinarme, esforzándose por hacerme reaccionar. Espeta un sonido de frustración.

―Esa cara debe servirte mucho cuando juegas póker. ¿Es parte del entrenamiento?

―Pues sí, se supone que las Citas deben tener mucha prestancia. Me entrenan para ser así.

―¿Eso significa que siempre son elegantes, incluso cuando cogen?

Sus palabras groseras me dan ganas de fruncir la nariz, pero obviamente no lo hago. Me limito a responderle.

―Me imagino que depende de lo que él desee. Me han contado que uno debe hacer lo que a él le plazca.

―¿Les enseñan trucos también? ¿Alguna técnica que ponga a los hombres como locos?

―Sin duda, pero nunca me los han enseñado a mí ―le digo mientras comienzo a acomodar mis pantimedias.

―¿Porqué no? ―pregunta Isabelle, legítimamente curiosa a pesar de sus intenciones.

―Prefiero no saber ―le digo, sin querer revelar mucho.

―¿Porqué no quieres saber? Yo querría saber. Una chica debe saber montones de esas cosas.

Hablé sin pensar y ahora me doy cuenta de que fue un error dejar a Isabelle acercarse a la verdad, así que nadamás sacudo la cabeza―. Hubo un tiempo en que no quería ser una Cita. No fue sino hasta hace poco que cambié de opinión.

―Vaya. Bueno, más vale que aprendas pronto porque Jace sabe cosas ―y tú no. Eso significa que él tendrá todo el poder en la cama. No es sano.

La miro por primera vez desde que salió Valentine, con un ligero gesto de sorpresa en mi cara. ¿Acaso intenta ella darme consejos? Ella tan solo encoge los hombros.

―Tan solo digo que si yo fuera tú, no querría que él tenga ese tipo de control. Ya de por sí es muy controlador, podrías darle vuelta a la situación. ―Ríe y da un bufido poco femenino pero algo gracioso.

―Eso verdaderamente lo desubicaría ―agrega ella.

―Me imagino que sí, es verdad ―murmullo casi imperceptiblemente.

Isabelle asiente con la cabeza y se echa un trozo de goma de mascar a la boca. Unos cuantos minutos después comienza a soplar bombas sin parar.

Me saca de quicio.

―Te ves muy joven ―señala Isabelle luego de unos cuantos minutos de soplar bombas.

―Tengo dieciséis.

―Ah ―dice Isabelle, quien luego se tira en una de las sillas en mi cuarto con las piernas explayadas como si fuera hombre, sin importarle si alguien le ve la ropa interior. De repente noto que es algo masculina. Anda el mínimo de maquillaje, y esa forma de hablar... Ella es muy peculiar.

―Tengo veintiuno, igual que Jace. Solo que a mí ya me casaron. Mi esposo se llama Sebastian y está loco por mí, aunque yo tengo mis dudas sobre él. Es demasiado... pegajoso, ¿sabes? Es bueno en la cama, pero se la pasa mandándome flores y escribiéndome poemas. Ese tipo de cosa me da ganas de vomitar. Siempre me han gustado los chicos malos, esos que no lo piensan dos veces para mandarme al infierno si eres demasiado insoportable. No me gustan los chupamedias.

Tanta información no solicitada hace que pestañee rápidamente. Como no sé qué decir, simplemente asiento con la cabeza.

―Al menos Jace no te va a besar el trasero. Te va a decir las cosas tal y como las ve. Probablemente te ponga los cuernos, te advierto. Dios sabe que su papá le pone los cuernos a su mamá, y Jace es un galán, siempre tiene a las chicas detrás de él, y él cede de vez en cuando. Pero al menos no te escribirá poesía sentimentalona ni te dará chocolates en forma de corazón. Qué patético. ―dice Isabelle y rueda los ojos.

―Eso suena espantoso ―le digo, sin hacer mucho esfuerzo por ocultar mi tono sarcástico.

Isabelle parece no notarlo y tan solo asiente con la cabeza.

La conversación me deja sintiéndome vacía y aterrada por lo que veo venir: años de ser engañada por un hombre a quien ni siquiera amo. Un hombre que probablemente será el peor esposo posible.

Mi vida es una pesadilla.

Una pesadilla que yo misma elegí.

Por el bien común.