¡YAHOI! No sé por qué, pero estos oneshots me salen como churros. Ojalá pasara lo mismo con los capítulos de mis otras historias...

Discalimer: Fire Emblem: Path of Radiance y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Shouzou Kaga, Intelligent Systems y Nintendo. Como no sé qué porcentaje de propiedad tiene cada uno prefiero nombrarlos a los tres.


Gesta III

Era un día normal, como cualquier otro. No se imaginaba lo que iba a pasar, ninguno se lo imaginaba: estaba cortando leña con su padre tranquilamente, como siempre, bromeando y hablando de trivialidades, y de repente su progenitor se encontraba en el suelo, temblando y tosiendo.

El pánico lo invadió, y los lloros de su hermano pequeño no ayudaban en nada. Tuvo que apartarlo de un empellón para que lo dejara pasar.

—Boyd… ¿Pa-papá se va a morir?

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo, enano?! ¡Papá no se va a morir! Solo… está cansado. ¡Sí, eso! ¡Tan solo es cansancio! ¡Puro y duro cansancio!—Enseguida se arrepintió de haberle gritado en cuanto vio las lágrimas agolparse en sus ojos—. Anda, no llores. Rolf… —Se rascó la cabeza, incómodo. Nunca había sabido qué hacer ante esas situaciones. El diplomático y el de la mente fría era Oscar, el mayor, no él—. Papá está durmiendo y seguro que cuando despierte se encontrará mejor. ¿Por qué no vas a prepararle algo de comer? Yo… escribiré a Oscar. —Rolf se secó las lágrimas y asintió. Boyd suspiró en cuanto lo vio irse hacia la pequeña cocina.

Tal y como había dicho, se hizo con pergamino y pluma y se dispuso a escribirle un conciso mensaje a su hermano. Oscar no vivía con ellos, había decidido alistarse en las filas del ejército de Crimea hacía más o menos un año. Ninguno lo había comentado, pero todos sabían que no se alistaba por patriotismo, y mucho menos por la búsqueda de gloria y fama. Lo había hecho por ellos, para llevar un sueldo fijo a casa todos los meses. Muchas veces eso era lo único que les impedía morir de hambre.

Sacudió la cabeza alejando los malos pensamientos de su mente. Redactó unas breves líneas refiriéndole a su hermano lo ocurrido aquella tarde con su padre. Estaba seguro de que no era nada y de que su progenitor se recuperaría, pero igual Oscar querría saberlo. Se enfadaría si en su próxima visita se enteraba de lo ocurrido, por no haberle dicho nada.

Tuvo la suerte de que parara a pernoctar en la aldea un mensajero que iba camino a Melior, la capital. Le pagó con las últimas monedas que quedaban del último envío de Oscar y rezó para que su hermano viniera pronto. Él solo no sabría lidiar con un enfermo y con un niño llorón. No tenía paciencia.

Pasaron dos o tres días en que su padre apenas se levantaba del lecho, nada más que para ir a hacer sus necesidades o para dar cortos paseos por la casa ante la insistencia de Rolf. Al atardecer de uno de esos días el relincho de un caballo llegó hasta sus oídos. Rolf fue el primero en salir corriendo y gritando al encuentro del animal, cuyo jinete desmontó delante de su casa. La armadura verde era inconfundible.

—Oscar… —El alivio fue tremendo en cuanto el aludido se quitó el casco, dejando ver el pelo verde que los caracterizaba a los tres, y su sonrisa tranquila. Con Oscar en casa, todo estaría bien.

—¿Cómo está padre?—preguntó aquella noche, mientras los dos bebían una taza de té caliente, con Rolf ya acostado hacía rato. Boyd se pasó la mano por el pelo, nervioso.

—No lo sé… A veces parece estar bien pero otras no para de toser y de temblar. La fiebre le ha subido un par de veces, pero he podido bajársela con paños fríos. No está… —No se atrevió a continuar. Oscar se miró las manos, angustiado. Su sueldo como caballero del ejército no les daba más que para vestir y comer. Lo que su padre y Boyd ganaban como leñadores era una miseria en comparación y no llegaba para nada. No podían ahorrar y, por tanto, no tenían para pagarle a un médico. Y por allí no había templos ni vivía ningún curandero.

Oscar se bebió lo que quedaba de su té, ya frío, y puso una mano en el hombro de Boyd, apretándoselo con fuerza.

—Mañana será otro día. —Boyd asintió y siguió a su hermano hacia la habitación que compartían junto con Rolf. El pequeño ya se encontraba profundamente dormido abrazado a uno de sus juguetes de madera. Oscar le pasó una mano por el cabello en una sutil caricia de buenas noches y procedió a acostarse él también. Aunque ni él ni Boyd pudieron pegar ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente Oscar se levantó temprano y, ataviado con su armadura, montó en su caballo y partió hacia las aldeas y pueblos vecinos, en busca de algún sacerdote o curandero que quisiera tratar a su padre. Volvió a la hora de comer sin resultados visibles. Su padre se encontraba despierto y se llevó una gran sorpresa y alegría al encontrarlo en casa. Le preguntó un montón de cosas sobre su vida en Melior, cómo era el ejército, qué tan duro eran los entrenamientos, como le iba con su nuevo ascenso a caballero… Más tarde Rolf lo reemplazó para que él pudiera hacer la comida mientras Boyd partía leña en la parte trasera. Después de un frugal almuerzo consistente en sopa y un poco de pan para mojar en la misma, Boyd salió a repartir los encargos de leña del día, mientras Oscar entretenía a Rolf y a su padre con historias sobre la capital crimea.

Tanto Oscar como Boyd sabían que su padre no duraría mucho. Habían visto a hombres más fuertes que él sucumbir a aquella enfermedad que parecía afectar a los pulmones. Pero se habían cuidado muy mucho de decírselo a Rolf.

—He conseguido una excedencia de tres meses en el ejército por la enfermedad de padre—dijo Oscar una mañana, mientras desayunaba en compañía de sus hermanos. Rolf enseguida chilló, feliz por la noticia. Boyd frunció el ceño.

—¿No tendrás problemas por ello?—Oscar negó.

—Tengo el permiso firmado de mi capitán de regimiento junto con el sello de uno de los generales. Un mensajero lo trajo esta mañana temprano. —Boyd se sintió mejor al escucharlo decir aquello. Lo último que les faltaba era perder el sueldo de Oscar, el único sueldo fijo que entraba en esa casa.

Por la tarde Rolf se quedó acompañando a su padre mientras Boyd salía a repartir la leña a los demás habitantes de la aldea, como siempre; Oscar había decidido acompañarlo, dar un paseo le sentaría bien. Aquella tarde hacía un precioso día de otoño. Los aldeanos estaban de buen humor porque las cosechas habían sido buenas y ese día era día de mercado. La aldea bullía de actividad, de mercaderes ambulantes con sus carros llenos, dispuestos a hacer ventas o trueques siempre ventajosos para ellos.

Oscar se había parado a mirar uno de los carros, lleno a rebosar de juguetes de madera perfectamente pintados y tallados. Seguro que a Rolf le encantaría tener alguno de esos juguetes, pero desgraciadamente ahora mismo no podían permitirse ningún capricho. Dando un gran suspiro se apartó del carro, chocando sin querer contra otra persona. Se tambaleó y tuvo que sujetarse al borde del carro para no caer al suelo.

—Disculpe…

—La culpa ha sido mía, muchacho. —Levantó la vista y a poco más deja caer la mandíbula. Aquel hombre era enorme, probablemente era el hombre más grande y fuerte que había visto en su vida. Llevaba una armadura que debía pesar una tonelada por lo menos, y cargaba a la espalda una enorme hacha de doble hoja que parecía no pesarle nada—. ¿Te encuentras bien? ¿Te he hecho daño?—Su voz era ronca y potente. Y su rostro anguloso contrastaba con una expresión que a Oscar le pareció sincera y honesta desde el primer momento.

—Estoy… estoy bien. Perdone. —Se incorporó. El hombre miró de nuevo para el carro, dirigiendo su vista hacia el lugar donde se amontonaban en el interior diversas muñecas de tamaño y color—. ¿Algo para su hija?—Nunca sabría por qué, pero algo lo impulsó a iniciar una conversación con aquel desconocido, quien asintió a su pregunta.

—Tiene unos diez años y todo lo que le falta en altura y constitución lo suple con su carácter. Le prometí llevarle una muñeca si volvía sano y salvo de mi último trabajo y tuve la suerte de encontrarme conque en este pueblo se celebraba día de mercado. —Oscar asintió. Por las palabras del hombre había deducido su condición de mercenario errante—. Tampoco puedo tardar mucho en volver porque sino ella y su hermano se ponen nerviosos.

—¿Tiene dos hijos?—Él asintió—. Vaya…

—No te lo esperabas ¿eh?—El hombre rio y su risa contagió a Oscar.

—Tengo un hermano pequeño que llora cada vez que me voy para seguir con mi trabajo en la capital. Así que le entiendo.

—¿En Melior? Vaya, no tienes pinta de vivir allí.

—Me lo dicen mucho. —El desconocido le tendió su mano en un gesto jovial.

—Soy Greil.

—Oscar. No quisiera parecer grosero, pero debo irme. Mi hermano me estará esperando para volver a casa.

—¿No sabrás por casualidad de alguna posada por aquí cerca?—Oscar se quedó pensando unos minutos.

—Puede pedir alojamiento en el molino. La mujer del molinero alquila habitaciones por noche a viajeros de paso como usted. No tendrá inconveniente en aceptarle si paga bien. —Greil asintió y se dio la vuelta, haciendo ondear su capa. Oscar se quedó unos segundos hipnotizado por aquel movimiento, hasta que un grito de Boyd lo hizo regresar a la realidad. Aquel mercenario de paso le había dejado una extraña impresión.

A la mañana siguiente, mientras regateaba con uno de los mercaderes por un par de camisas para Rolf, volvió a toparse con Greil, el mercenario de la tarde anterior.

—Buenas tardes—saludó. Greil le devolvió el saludo, enseñándole un pequeño paquete que llevaba en la mano.

—Al final pude decidirme por una. —Oscar sonrió.

—Seguro que a su hija le encantará. —Greil suspiró.

—No mirará para ella hasta que se asegure de que estoy sano y sin un rasguño.

—¿Es muy dura?—Greil parpadeó ante la repentina pregunta del aparentemente tranquilo muchacho—. La vida de mercenario. ¿Es muy dura? ¿Merece la pena?—Greil se puso serio. No era la primera vez que alguien le hacía aquella clase de preguntas.

—Es dura—contestó tras un breve silencio—. No se la recomiendo a nadie a no ser que no tenga otra salida. —Oscar asintió, más para sí mismo que para Greil—. Tú eres soldado ¿no?—Oscar lo miró, sorprendido.

—¿Cómo lo… —Greil le señaló las manos.

—Tienes callos y ampollas en la palma, seguramente de sujetar un hacha o una lanza. Puedo ver también que tienes marcas. Debes de entrenar mucho y muy duro. Por tu altura y tu porte diría que luchas a caballo, así que no creo que me equivoque al suponer que eres un caballero montado. Y ahora que me fijo… Eres un poco más alto que la media, así que me aventuraría a decir que manejas una lanza. Eres demasiado delgado para sostener un hacha. No tienes los músculos de los brazos trabajados, así que te resultaría imposible. —Oscar esbozó una sonrisa.

—Parece saber mucho, señor. En efecto, soy un caballero montado del ejército crimeo que sabe manejar lanzas. El de las hachas es mi hermano pequeño…

—¡Oscar!—lo interrumpió un grito; Boyd venía con el ceño fruncido hacia ellos—. ¿Por qué tardas tanto? El enano me ha hecho venir a buscarte. Y padre… —Calló al ver que su hermano estaba acompañado por un desconocido—. ¿Y este quién ess?

—¡Boyd!—lo reprendió su hermano—. Discúlpele, señor Greil. No tiene educación ni modales. —Greil rio.

—No te preocupes, muchacho. Mi hijo es exactamente igual de contestón y maleducado. Y tiene más o menos la misma edad.

—Señor Greil, si le apetece, me gustaría mucho invitarle a almorzar a nuestra casa. No tenemos mucho, pero quisiera seguir conversando con usted. —Greil aceptó la invitación de buena gana.

Cuando traspasó el umbral de la humilde morada de los hermanos no le extrañó haber encontrado a Oscar regateando tan duramente con el mercader por dos simples camisas de tela. Descubrió a un niño pequeño que no podía ser mayor que su propia hija escondido tras la pared, mirándolo con los ojos abiertos, como con miedo. A un lado de la estancia, un hombre adulto yacía en cama, respirando con dificultad.

—No se preocupe. No tiene nada contagioso. De ser así ni mis hermanos y yo no estaríamos bien a estas alturas—le dijo Oscar al tiempo que Boyd reprendía a Rolf por ser un miedica sin remedio.

—¿Es vuestro padre? ¿Lleva así mucho?

—Unas semanas. No sabemos lo que tiene, pero sabemos que no le queda mucho. Solo esperamos que muera tranquilo y en paz, sin sufrimientos innecesarios. —Greil asintió con expresión grave. Eso era lo mejor en el caso de los enfermos.

—¿Y bien? ¿Qué querías preguntarme?—Oscar suspiró. Lo cierto es que al conocer a Greil se le había pasado una loca idea por la cabeza. ¿Y si él también se hacía mercenario? Había oído que solían cobrar una buena paga por sus servicios. Puede que no pudiera cobrar mucho al principio, pero si tenía éxito y se hacía conocido... —. Estás pensando en hacerte mercenario. —Oscar asintió. No tenía sentido negarlo.

—¡¿Qué?!—gritó Boyd, incrédulo. Por su parte, Rolf no entendía nada. ¿Mercenario? ¿Qué era eso? Sonaba peligroso—. ¡Oscar, te has vuelto loco! Sé que esa vida puede ser emocionante pero…

—Ganaría mucho más de lo que cobro ahora, Boyd. Y nos hace falta el dinero.

—¡Deja de decir chorradas! ¡No estamos tan mal!—Oscar suspiró.

—Llevas usando la misma ropa casi todo el año, apenas se le notan los colores originales por no hablar de los rotos. ¿Y qué me dices de Rolf? Anda con los zapatos agujereados y no le durarán otro invierno, además de que le quedan pequeños.

—Eso…

—Necesitamos el dinero, Boyd.

—¡Pero te pondrás en peligro! Y si te pasa algo, nosotros… es decir… el enano… —Sentado en una de las viejas banquetas, Greil había escuchado toda la discusión. No era ajeno a lo que allí se estaba diciendo, él había pasado exactamente por lo mismo con su mujer cuando había tomado la decisión de hacerse mercenario.

—¿Eres fuerte, chico?—Automáticamente los dos hermanos callaron. Se habían olvidado por completo de que Greil estaba con ellos. Oscar vaciló. Nunca había destacado por su fuerza física, de hecho estuvieron a punto de no admitirlo en el ejército debido a su constitución delgada. Le salvaron su altura y sus manos de dedos largos, ideales para manejar una lanza. Una vez dentro, fue cuestión de práctica y de entrenamiento.

—Soy hábil—contestó al fin—. Y puedo demostrárselo. —Greil sonrió y se puso en pie. Siguió a Oscar hacia fuera y se alejaron un tanto de la casa, hacia un prado que quedaba un poco más allá, para tener espacio. El caballo de Oscar relinchó, nervioso. Él lo acarició para tranquilizarlo y, de un salto, montó en el animal. Se hizo con su lanza y miró de frente a Greil, quien lo esperaba a unos cuantos metros. Boyd y Rolf observaban la escena, entre nerviosos y emocionados. Esa sería la primera vez que iban a ver a Oscar en acción, algo que secretamente los dos habían deseado desde hacía mucho.

El pequeño duelo improvisado no duró mucho, apenas unos minutos. Sin embargo bastó para que ambos contrincantes se percataran de la fuerza del otro, y para que Greil confirmara lo que el chico le había dicho: era hábil, muy hábil, más de lo que hubiera esperado de un muchacho de pueblo. No había sido rival para él, por supuesto, pero con el debido entrenamiento llegaría a ser un excelente caballero. Lo pondría bajo la tutela de Titania, ella sabría sacarle partido a ese chico.

—Oscar ¿no?—El aludido desmontó de su caballo, asintiendo, acariciando a su caballo—. Eres bueno, con el entrenamiento adecuado podrías llegar a ser un muy buen caballero. —Calló unos segundos—. Sé que ahora no podrás hacerlo pero… si estás dispuesto a trabajar duro, me gustaría que te unieras a mi compañía. —Oscar parpadeó, Boyd dejó caer la mandíbula y Rolf pasaba la mirada de uno a otro, preguntándose qué era lo que estaba pasando.

—Señor Greil…

—Por supuesto tus hermanos pueden venir contigo, están admitidos. Y os puedo asegurar que no os faltará de nada. —Se volvió hacia Rolf y Boyd, sonriente—. El del medio parece fuerte y, como me has dicho antes que sabe manejar un hacha, será un buen luchador. Mi subcomandante lo pondrá a prueba. En cuanto al pequeño… mi hija estará encantada de tener al fin alguien de su edad con quien jugar. Dice que se aburre entre tanto adulto. —Soltó una carcajada.

Oscar no pudo menos que cerrar los ojos, impidiendo así que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Era como si sus ruegos y plegarias al fin hubieran sido escuchados.

Y en ese momento no se habría podido imaginar hasta qué punto aquello era cierto.

Fin Gesta III


Quería escribir algo sobre los tres hermanos et voilâ. Espero que os haya gustado tanto leerlo como a mí escribirlo xDD.

¡Muchísimas por sus reviews a: AntelTerra133 y a YoakeYoru! Respondiendo a una pregunta que me han hecho: sí, seguramente escriba el punto de vista de Makalov, aunque aún no sé cómo abordarlo. Pero estoy en ello.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.