Capítulo 3.
Había estado pensando toda la noche en lo que Raven le había dicho, y lo cierto era que, por un segundo, cuando la castaña la había besado, había creído que Clarke volvía a ser la misma de antes, pero la teoría de su amiga era mucho más acertada. Tenía sentido que a Clarke le hubiesen borrado la memoria, una forma mucho más fácil para los mortífagos de tenerla a su merced, y hasta les daría las gracias, porque de esa forma, podía al menos buscar alguna forma para traer de vuelta a su novia, para ayudarle a recordar.
Se tensó completamente mientras tomaba su desayuno en el gran comedor cuando vio cómo la rubia entraba acompañada de su nuevo grupo, que se colocaban detrás de ella como si fueran sus escoltas o algo parecido, y el dolor que le recorrió al ver aquella mirada totalmente fría y su rostro tan endurecido fue demasiado intenso. Sintió una mano apoyarse en su antebrazo, y se giró para encontrarse con la cara preocupada de Luna mirándola fijamente.
—Estoy bien, Luna —mintió, pero no quería preocupar a sus amigas más de la cuenta.
—Lex, sabes que puedes contármelo todo, si quieres —insistió la prefecta—. Solo quiero ayudarte en lo que necesites.
Asintió, mostrándole media sonrisa, y tenía claro que más tarde le contaría todo lo que había sucedido, sabía que podía confiar en Luna a ciegas, y eso haría. Menos mal que tenían la sala de los Menesteres, allí podrían investigar tranquilamente, y es lo que pensaba hacer. Investigar en todos los libros que pudiera hasta dar con la clave, con alguna forma de recuperar a su novia, y de volver a ver su sonrisa. No importaba lo que le costase: su objetivo era hacer que Clarke volviese a mirarla de aquella forma que le quitaba hasta la respiración, y lo iba a conseguir.
La chica le dio un pequeño apretón en su brazo antes de volver a girarse para hablar con otros alumnos de su casa que se encontraban al otro lado, y ella suspiró, volviendo a dirigir su atención a la mesa de Slytherin, justo para ver cómo Clarke hablaba con la mandíbula totalmente tensa con Echo. Desde allí no podía oír qué era lo que decía, pero parecía que no estaba nada contenta. De pronto, la chica desvió su mirada y clavó sus ojos azules en los suyos, mirándola de una forma que casi ya había olvidado. Ni rastro había allí de la Clarke dulce que le había enseñado lo que era el amor, y tuvo que bajar la vista, porque sintió un pinchazo en el corazón ante tal imagen.
Pero aquello, en vez de desmotivarla, lo único que hacía era llenarla de fuerzas, porque si había alguna solución para aquello iba a encontrarla. Tenía a su lado a dos personas maravillosas dispuestas a prestar toda la ayuda que le fuera necesaria, y juntas encontrarían la forma de hacer que Clarke volviera a ser su Clarke.
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Había citado a Luna y a Raven tras las clases de ese día para comenzar a investigar. Tenían la gran suerte de que contaban con la sala de los menesteres, ese lugar tan increíble que su chica había descubierto durante el año anterior, y no pudo evitar pensar que, tal vez, y de alguna forma, su Clarke les había ayudado con esa aportación. Sonrió ligeramente con ese pensamiento, porque debía animarse de cualquier forma, y esperó junto a Luna a que llegase Raven, ya que la chica de la casa azul tenía esa última clase del día en un aula diferente.
—Chicas, lo siento —la latina apareció por una esquina, algo acelerada, porque tal vez sabía que ya llevarían varios minutos esperándola.
—Tranquila, Raven —se adelantó Luna, y vio cómo la prefecta de su casa le sonreía dulcemente a su mejor amiga—. Tampoco llevamos esperando tanto.
—He pasado por la biblioteca y he cogido estos libros —señaló los que llevaba bajo el brazo, y ella le sonrió en señal de agradecimiento—. Bueno, entremos, no perdamos más el tiempo —indicó la Ravenclaw con un movimiento de cabeza, y ante ellas se apareció la entrada a la sala.
Le había explicado a Luna qué era aquel lugar mientras ambas esperaban a Raven y la chica se había quedado bastante sorprendida, porque siempre se había jactado de conocer cada rincón de la escuela. En el interior, en aquella ocasión, había varias sillas y mesas, repletas con pergaminos y plumas, y Raven se apresuró en depositar los libros que llevaba en una de ellas, ya que seguramente debían de pesarle.
—Primero de todo, tenemos que aclararle todo este asunto a Luna —dijo, porque la chica se merecía saber todo para que así pudiera aportar más a la búsqueda que iban a comenzar, así que las tres tomaron asiento en las sillas que allí había, formando un pequeño círculo—. Como ya sabes, Clarke y yo estábamos juntas, y todo iba genial al principio, hasta que un día descubrí que…
Tuvo que coger aire y cerrar los ojos, porque recordaba perfectamente aquel instante en que, mientras compartían un momento íntimo, subió la manga de su camisa y pudo ver aquella marca que tanto había odiado, esa marca que habían grabado en su piel, obligándola a pertenecer a un mundo que ella odiaba. Y es que esa misma gente era la que se la había arrebatado, quienes habían hecho que Clarke olvidase aquella maravillosa relación que ambas compartían.
—Lex, ¿estás bien? —escuchó la voz de Luna, trayéndola de vuelta, y se dio cuenta de que apretaba su rodilla con suavidad.
—Perdona, me he perdido en los recuerdos —se encogió de hombros, mostrando una sonrisa triste, y enseguida notó la mano de Raven sobre la suya, dándole ánimos.
—Puedo seguir yo si quieres —se ofreció, pero ella negó con la cabeza: era algo que le tocaba contar a ella.
—Hasta que un día descubrí la marca que tenía en el antebrazo —se quedó en silencio un par de segundos y Luna la miró con el ceño fruncido—. La Marca Tenebrosa.
—¡¿Clarke es mortífaga?! —exclamó la chica del pelo cobre, incluso levantándose de la silla, llevándose las manos a la cara, supuso que por la impresión que le causó el conocer aquella nueva información— ¿Qué hacías con ella, Lex?
—No lo es por propia voluntad, Luna —aclaró—. Sus padres están en Azkaban, y cuando los encerraron, su tío la obligó a unirse.
—No me fío, aun así, Lex… —susurró, sentándose de nuevo.
—Luna, Clarke era una persona totalmente distinta a la que conocíamos —intervino Raven, y ella la miró sorprendida, porque nunca se imaginó que su amiga llegase en algún momento a decir aquello de su novia—. La forma en la que miraba a Lexa, y cómo la trataba… Eso es algo que no se puede fingir.
—Mi Clarke nunca me haría daño… —murmuró, recordando aquella voz que tanto le gustaba y todas las veces que le había repetido aquellas palabras, asegurándole que solo quería protegerla, y la había creído desde un primer momento. No pudo evitar que una lágrima solitaria resbalase por su mejilla, y al segundo se vio envuelta en un abrazo por parte de Luna, a la que se aferró con fuerza.
—Mírame, Woods —oyó la voz de la prefecta cuando se separó de ella, y sintió su mano levantando su barbilla, haciendo que sus ojos conectasen con los de la chica, que la miraba con sumo cariño—. Vamos a hacer todo lo posible para saber qué es lo que le pasa a Clarke, ¿vale? —ella asintió, y de repente Raven también se encontraba al lado de Luna, se sintió muy afortunada en ese momento por tenerlas a ellas dos como amigas.
—Estamos contigo, Lex —le aseguró la Ravenclaw, y esta vez fue ella la que se echó hacia delante, abrazando con fuerza a su mejor amiga, que no tardó en devolverle el gesto.
—Pongámonos entonces manos a la obra —anunció tras separarse ambas, y sus amigas asintieron, mirándola con orgullosas sonrisas dibujadas en sus rostros—. Coged cada una uno de los libros que Raven ha traído, a ver si conseguimos encontrar algo sobre hechizos desmemorizantes, o algo que encaje con el comportamiento que tiene Clarke.
Cada una cogió uno de aquellos grandes tomos, y comenzaron a ojearlos detenidamente. Le fascinaba la cantidad de hechizos que existía en aquel mundo en que vivía; y más aún todos los contrahechizos y remedios que había para frenarlos, aunque en ese momento se sentía algo agobiada porque no sabía cuánto tiempo les llevaría dar con lo que fuera que se hubiese llevado a su Clarke. Ahí apenas tenían tres libros, y había una biblioteca entera esperándoles, a simple vista parecía una misión casi imposible. Además, dado el caso de que llegasen a encontrar qué era lo que le sucedía, ¿sería demasiado tarde?
—No me habéis contado lo de la carta, chicas —escuchó la voz de Luna a su espalda, ya que la prefecta estaba en otra mesa junto a Raven. Se enderezó y se giró para mirarla, dejando esta vez que fuese la Ravenclaw la que hablase.
—Clarke vino a visitarme hace unas semanas a mi casa —observó cómo Luna miraba sorprendida a Raven por lo que decía—. Me dio esa carta para que se la diese a Lexa y me pidió que por favor cuidase de ella.
—Clarke sabía que le iba a pasar algo —habló ella entonces—. Pensaba que iba a morir, estoy segura.
—Pero ¿por qué? —quiso saber Luna, y ellas dos se encogieron de hombros—. Esto es verdaderamente frustrante, y apenas hemos comenzado —la chica se pasó la mano por la frente y ella se acercó a su amiga, colocándole la mano sobre el hombro.
—Luna, no sabes todo lo que te agradezco que estés haciendo esto para ayudarme, y a ti también, Raven —se giró para mirar a la latina—. Pero esto es algo mío, si en algún momento sentís que es demasiado, no me molestaré si decidís no continuar con la investigación.
—De eso nada, Lex —la castaña habló esta vez—. Vamos a traer de vuelta a Griffin, como que me llamo Raven Reyes.
Sonrió al ver a su amiga hacer lo mismo, y aquello le infundió un poco de esperanza, que era lo que más necesitaba en aquel momento. Un rayo de luz que, tras esas horas pasadas en los dos últimos días, le hiciese creer que era posible volver a vivir aquellos momentos tan increíbles junto a Clarke. No sabía cómo ni cuándo, pero tenía muy claro que, costase lo que costase, lo tenía que conseguir.
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Sabía que iba a ser complicado, lo tenía muy claro, y que pasarían largas horas buscando información de posibles causa de la pérdida de memoria o de formas de manipulación dentro de la magia negra. Luna se había ofrecido a ayudarlas y, además de eso, habló de que podían preguntarle a su padre, que trabajaba en el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas.
No sabía cuántas horas llevaban dentro de la Sala de los Menesteres esa tarde, no había tiempo que perder y ya era el quinto día que se pasaban allí dentro al finalizar sus clases. Levantó la vista y vio a Luna dormida sobre su brazo, no pudo evitar sonreír al verla así, sentada en la silla, pero medio echada en la mesa. Mordió su labio inferior, intentando no quedarse mirándola de más. No se había vuelto a repetir lo que ocurrió ese día en clases, pero tampoco habían tenido demasiado tiempo para hablar de nada porque estaban volcadas todas en intentar ayudar a Clarke.
Observó entonces a Lexa, que apuntaba cosas en un pergamino de forma veloz mientras no dejaba de pasar páginas con la mano libre. En ese momento levantó el rostro y sus ojos conectaron.
—Rave, ¿has apuntado algún libro? —preguntó en un susurro, seguramente también sabía que Luna se había quedado dormida hacía un rato, y nadie iba a culparla, porque estaba agotada. Ella tenía el trabajo de prefecta de extra, y muchas veces se iba antes que ellas para estar en la Sala Común con los alumnos de primero o la labor que le tocase hacer dependiendo del día.
—Sí, tengo aquí algunos —señaló el pergamino que descansaba al lado del libro que ojeaba.
—Pásamelo, voy a la biblioteca a por más.
—Después no vamos a poder llevarlo todo —frunció el ceño.
—Nos la apañaremos —dijo decidida, y ella la miró preocupada.
—Ten cuidado —se resignó, tendiéndole el papel para que se lo llevase.
—Quizá tardo. Si es la hora y Luna se va, puedes irte tú también.
Rodeó la mesa y dio un suave apretón en su hombro como despedida antes de salir por la puerta a por más libros. No tenían nada clara la teoría, y algo le decía que quizás debían investigar por el círculo cercano de Clarke. Pero ¿cómo de peligroso sería ponerse en contacto con sus familiares o amigos? ¿Y si eran también mortífagos?
Se estiró para volver a coger aquel libro de historia de la magia, buscando donde mencionasen momentos de magia oscura o incluso a Lord Voldemort, aunque sabía que iba a ser complicado obtener más información sobre aquello. Miró a Luna, que se movió hasta enderezarse en la silla, observando confundida a su alrededor.
—¿Y Lexa? —preguntó desorientada.
—Ha salido a la biblioteca —contestó, sin mirarla, porque le estaba pareciendo adorable mientras se despejaba.
Intentó concentrarse otra vez en el libro que tenía frente a ella, porque a veces se encontraba a sí misma observándola embobada, y no quería ser demasiado obvia, y más después de su conversación por notas en clase, donde podía notar por todos lados que lo había hecho mal. Bastante mal. ¿A quién se le ocurría tontear así con Luna? Estaba claro que estaba bromeando, como siempre, y que probablemente se sintió incómoda con su insinuación. Además, la Gryffindor sí sabía que a ella le gustaban las chicas.
—Estamos solas, ¿eh? —escuchó su voz divertida, y se giró para verla apuntando cosas y sonriendo.
—Eso parece —contestó, y se llevó una mirada de la chica.
—No he tenido la oportunidad de hablar contigo —un escalofrío la recorrió cuando atrajo su silla hacia ella, quedándose bastante cerca, posiblemente buscó crear un momento más íntimo—. Quería pedirte perdón por lo del primer día de clases.
—¿Por quitarme a Blake de encima? —quiso bromear, haciéndola reír suavemente antes de que se lamiese los labios y la mirara.
—No, por eso estoy orgullosa. Fue casi heroico —incluso sacó pecho y puso una postura muy digna de tal acto.
—Casi —recalcó, y otra vez se encontró en esa aura de flirteo.
—Por las notas —aclaró—. Creo que me pasé contigo. No quise ser así de lanzada.
—¿Así de lanzada? —se extrañó, porque la lanzada fue ella, o lo recordaba de esa forma más bien.
—Me faltó tirarme encima de ti en mitad de la clase —rio, jugando con su varita entre sus dedos, sin mirarla.
—¿Qué? —fue la mejor frase que se le ocurrió decir.
—Que siento si te hice sentir incómoda con las notas que te mandé.
—No me sentí incómoda; al contrario, siento haberte incomodado yo.
—¿Qué? —alzó una ceja, y giró su cuerpo para quedar frente a ella.
—Que fui muy directa y que… sé que yo a ti… —se señaló, y la miró nerviosa, porque no sabía interpretar su mirada.
—Tú a mí… ¿qué?
Se quedó sin palabras, algo que nunca le había sucedido, pero ahí estaba: sin saber qué decir. Luna la miraba fijamente, esperando una continuación para su frase. ¿Qué hizo? Aprovechar la cercanía de sus rostros para bajar la mirada a los labios de la Gryffindor. ¿Por qué? No lo sabía, en esos momentos no sentía nada bajo su control. La escuchó suspirar, y entonces sintió su mano sobre su nuca, atrayéndola más a su rostro; o quizás sujetándola para que no se apartara cuando ella se terminó de acercar.
Se quedó quieta, sintiendo los labios de Luna posarse sobre los suyos tras cerrar los ojos automáticamente al sentir la caricia. Fue un beso corto, y se separó de su boca, pero la cercanía era la misma, con sus narices rozándose por un lateral. Abrió los ojos para observarla, pero ella mantenía los suyos cerrados, respirando con su boca entreabierta.
—¿Esto está pasando de verdad? —preguntó en un murmullo y su aliento le hizo cosquillas en su piel.
Se armó de valor y posó su mano en la mejilla de Luna, acortando las distancias de nuevo entre ellas y atrapando su labio inferior entre los suyos, simplemente presionando sus labios juntos de nuevo. Si no contaba el beso torpe que le dio a Lexa hacía unos días, se podía decir que ese era su primer beso. Con Luna. Dios, su corazón iba a salírsele del pecho en cualquier instante. En ese, en concreto, ganaba puntos, porque Luna movió sus labios sobre los suyos, creando un suave vaivén de caricias que la hizo suspirar dentro del beso.
Entonces algo cambió, y todo se volvió más necesitado. Sus dedos se enredaron entre mechones rizados y una de las manos de Luna bajaron hasta su cintura, y notó un escalofrío al sentirla a través de la fina camisa del uniforme. Separó más sus labios al soltar un jadeo cuando su lengua se deslizó por su labio inferior con mucha lentitud, y Luna tembló bajo sus dedos. Dejó que su cuerpo hiciese lo que necesitase y cuando sintió la lengua de la chica queriendo entrar en su boca, salió con la suya en su busca, invitándola a entrar. Su cuerpo se tensó contra Luna, y la Gryffindor se separó de ella.
—¿Estás bien? —lo preguntó dulcemente, echando hacia atrás un mechón que se le escapó de la coleta, y ella contestó asintiendo varias veces— No sabes la de veces que he imaginado que te besaba.
—¿Cuántas? —pidió información, y la vio sonreír sin dejar de mirarla fijamente. Aprovechó para acariciar su mejilla, porque era muy suave.
—Desde cuarto —confesó, y ella se sorprendió.
—¿En serio? —la chica asintió varias veces, besándola fugazmente de nuevo.
—Estabas demasiado colada por Lexa, pero Anya me decía que se me notaba desde lejos, como si me hubieses dado una poción de amor.
—Lo siento —fue sincera, y ella rio suavemente de nuevo.
—No lo sientas, no sabes cuánto ha merecido la pena esperar. Y ahora no voy a perder el tiempo.
—No lo perdamos —estuvo de acuerdo, sintiendo otra vez las pulsaciones de su corazón por todos lados.
Volvió a enredar los dedos en su pelo, y las dos se levantaron de la silla a la vez. Y lo bonito habría sido decir que fue como una coreografía ensayada, como esas películas románticas, pero el beso fue muy torpe, y Luna acabó mordiéndole el labio inferior mientras ella rodeaba su cuello a la vez que la levantaba y la Gryffindor la sentaba sobre la mesa, colocándose entre sus piernas.
Y no esperaba que su primer beso iba a avanzar tan rápido, pero no le estaba importando dar todos esos pasos seguidos con Luna, así que cuando le pidió permiso para quitarle la camisa, ella misma empezó a hacerlo desde los botones de arriba, observando agitada cómo Luna se ocupaba de los inferiores. Suspiró de nuevo y la besó fugazmente antes de pasar las manos por su abdomen y subir entre sus pechos hasta quitarle la camisa, bajándola por sus brazos.
Bajó por su cuello, repartiendo húmedos besos, y sabía que Luna era más hábil que ella en esos temas, pero… ¿era normal sentirlo todo así de intenso o era la chica que lo hacía de forma excepcional?
—Sigue —le pidió sin aliento, y sujetó su nuca para guiarla por su torso, sintiendo su lengua lamiendo la piel que quedaba expuesta.
—Eres perfecta —murmuró contra su piel con los ojos cerrados, y ella mordió su labio inferior antes de atraerla de nuevo a su boca.
Dejó que Luna la besara, pero realizó el gesto porque necesitaba sus labios otra vez contra los suyos y aún no se sentía del todo capaz de comenzar ella un beso de tal magnitud. Luna sujetó sus piernas y la pegó más al filo de la mesa, consiguiendo que su entrepierna quedase contra su vientre, y fue la primera vez que sintió algo tan intenso. Gimió y sin querer mordió su labio, notándola sisear porque apretó demasiado.
—Lo siento —suspiró.
—No, no lo sientas —su voz sonó más ronca de lo normal—. Puedes hacer lo que quieras conmigo.
Volvió a besarla de forma profunda, y ella intentó imitar sus movimientos, tanto con los labios como con la lengua. Deslizó sus manos por la espalda de Luna antes de continuar desabrochando su camisa también. Se sintió nerviosa y se separó de ella, porque quería verla. O lo necesitaba, no estaba segura.
—¿Q-qué hacéis? —se escuchó a un lado de ellas la voz de Lexa, que estaba estática frente a la puerta, que iba desapareciendo a su espalda, y las miraba con tres libros sobre las manos.
—Oh, no… —susurró, muerta de la vergüenza y empujando ligeramente a Luna para bajarse de la mesa y comenzar a colocarse la camisa, de espaldas a Lexa.
—¿Q-qué…? —no terminó su pregunta, y la miró unos segundos, solo para cerciorarse de que estaba completamente roja, probablemente como ella— ¿Estabais…? —vio a Luna rodar los ojos antes de sonreír y abrocharse también su camisa.
—Besándonos, Lex —contestó con humor Luna—. ¿Has encontrado algo nuevo? —cambió de tema.
—Hay un libro que no estaba, probaré a buscarlo mañana, porque estaban cerrando ya. He traído algo para comer, Raven, pero puedes irte si quieres al Gran Comedor.
—No, me quedo contigo —le aseguró.
—Debo irme, chicas —vio que Luna fruncía el ceño y se vestía con el jersey y la túnica—. Nos vemos luego, Lexa —se despidió de su compañera de casa, y entonces sus ojos se fijaron en los suyos y, mezclado con esa sonrisa que le regaló, consiguió que su respiración desapareciese por unos momentos—. A ti te veo mañana.
Y podría haberle lanzado un petrificus totalus, que el efecto habría sido el mismo, porque se quedó paralizada cuando Luna, con mucha delicadeza, sujetó una de sus manos y se la llevó a los labios para darle un suave beso. Se despidió de ella, y cuando desapareció por la puerta, escuchó a Lexa carraspeando, en busca de su atención.
Se atrevió a mirarla, totalmente avergonzada de la situación en la que las había visto, y la Gryffindor la observaba con media sonrisa asomada a los labios. Por una parte, se alegró de ver a su amiga con esa cara tras tantos días de angustia, pero por otra se murió de vergüenza ante su atenta mirada.
—¿Desde cuándo? —preguntó, esta vez sin titubear, suponía que con ella tenía más confianza.
—No lo sé —se encogió de hombros, sincera, y sentándose en un sofá que había junto a la mesa—. El curso pasado comenzamos a vernos más, pero ella tenía novio.
—Ajá… —la alentó a seguir mientras se sentaba a su lado.
—No lo sé, Lexa, me pongo nerviosa con estas cosas —se tapó el rostro con las manos.
—Tranquila —la escuchó reír—, cuéntame lo que quieras y puedas.
—Me gusta mucho —confesó, mirándola abiertamente—, y… ha sido el mejor primer beso que me podían dar.
—Tu primer beso ha sido conmigo.
—Lo he borrado de mi mente —quiso burlarse de ella, pero el rostro de Lexa cambió—. Lo siento —cogió sus manos, dejándolas sobre su regazo y buscando su mirada—. Vamos a recuperarla, ¿vale?
Esperaba oír su afirmación, ese punto de valentía que estaba descubriendo en Lexa desde que se propusieron volver a hacer de Clarke Griffin aquella chica a la que tuvieron el placer de conocer el año anterior; no esperó oír aquella voz que provocaba escalofríos nada más escucharla:
—Sangre sucia y cara sucia, ¿cómo no? La pareja del año. No os mováis ni un milímetro —a pesar de la amenaza, ambas movieron las cabezas en la dirección de donde procedía la voz—, sabéis que no tengo pudor en haceros daño.
La chica de cabellos negros las miraba fijamente, apuntándolas con su varita mientras la puerta de la Sala de los Menesteres se sellaba detrás de ella.
—¿Qué haces aquí, Blake? —se atrevió a decir, levantándose para encararla y cogiendo su varita de la mesa para apuntarla también. La Slytherin sonrió al verla hacer ese gesto, acercándose a ella sin ningún miedo, y se percató, con la cercanía, de aquellas heridas características de su rostro, de algún que otro golpe que se llevaba dentro de sus peleas.
—Qué valiente te has vuelto, Reyes —parecía incluso que la alabó, y cambió de enfoque a Lexa, pero ella aprovechó para clavar, sin apretar demasiado, la punta de su varita en su cuello. Blake la miró, con media sonrisa decorando su rostro, y vio un destello divertido en el verde de sus ojos—. No sé qué mierda estáis tramando aquí —casi escupió sus palabras—, pero sé que sabéis más que yo. Así que decidme qué le ha pasado a Clarke.
Uf, cuántas cosas.
¿Cómo estáis? ¿Y tras la lectura?
Octavia ha descubierto su sitio secreto y parece que se ha percatado que el comportamiento de Clarke no es normal.
¿QUÉ VA A PASAR AHORA?
Hasta el miércoles.
Un saludo mágico de Marisney.
