Disclaimer: A huge thanks to thatwritr for her permission to do this translation. Y muchas gracias a Lilia por permitirme usar los capítulos ya traducidos, por ahora solo me adjudico el beteo.
Capítulo tres
Para cuando la oficial Owens llega al hospital, Bella tiene un dolor de cabeza, para colmo de la situación. Owens saca su silla y la arma de nuevo, y la ayuda a salir del auto y a entrar a la sala de emergencias donde la dirigen a una habitación privada decorada en azules y grises calmantes, y llena de pañuelos desechables. Doctores, personal del hospital, y policías vienen y van, preguntando por números telefónicos e información personal y números de seguros médicos, sin ignorar el inicio de los preparativos del funeral, toda esa logística tediosa que viene con la muerte de alguien y que no pueden esperar a que termine el duelo. Bella intenta mantener la calma para responder a todos.
Ya que Mark había sido catalogado como 'muerto al ingreso,' su cuerpo había sido llevado directamente a la morgue del hospital, pero ya que había muerto sin un doctor presente, tendrían que hacerle una autopsia.
—Es bastante claro que la causa de muerte es una hemorragia cerebral causada por el golpe que sostuvo en la cabeza —dice un doctor cuyo nombre Bella no puede recordar—. Pero es parte de la ley estatal que en casos como este, se debe realizar la autopsia para asegurarse que no hay nada fuera de lo común.
—Está bien —responde Bella. En realidad no le importa. El cuerpo es sólo un cascarón—. ¿Puedo verlo? —Aún no puede creer que esté muerto, casi espera que de repente salga de la nada y le diga que todo había sido una broma. Necesita verlo. Necesita ver que está muerto.
Hay una pausa.
—¿Está segura?
—Estoy segura.
—Bueno. La ministro irá con usted en un momento.
Hablaron con ella un poco más, o más bien, hablaron mientras ella pretendía poder escuchar. Sus respuestas son tartamudeos confusos, pero nadie se nota impaciente (o por lo menos, Bella está suficientemente distraída para no notarlo). Finalmente terminan y ella puede irse con la ministro, una mujer alta de edad media vestida como un sacerdote católico, pero Bella sabe que ministros de diferentes religiones usan esa vestimenta.
—¿De qué denominación es usted? —le pregunta a la mujer, cuyo nombre es Eloise.
—Presbiteriana —responde Eloise.
—¿Estadounidense, Evangélica, Reformista…? —Bella encuentra un extraño tipo de paz al discutir un tema que ella conoce.
Eloise la mira cortante.
—Presbiteriana estadounidense. ¿Usted es presbiteriana?
—No, pero la madre de mi esposo es pastor bautista, bautista nacional, y él es un estudiante de postgrado en estudios religiosos. Él era… — Bella se ahoga al decirlo.
Acercándose, Eloise pone una mano sobre su hombro mientras siguen avanzando por un corredor hacia un elevador.
—El problema de los tiempos verbales es duro por un tiempo—. Dice esto de una manera muy mecánica; esto le permite a Bella el no quebrantarse.
Llegan al elevador el cual las lleva hasta el sótano del edificio. La morgue ya ha sido alertada y están listos para Bella. Eloise la lleva hacia una habitación privada donde puede ver, desde una ventana, la camilla aislada del resto de la morgue por una pálida cortina azul. El cuerpo aún sigue cubierto con una sábana. —¿No puedo entrar al cuarto? —pregunta.
—¿Está segura?
—Sí —contesta Bella—. Necesito estar adentro.
Así que la dejan entrar, pero la observan con cautela, como si esperaran que fuera a romperse en pedazos. Después de una vida que ha sido marcada por una serie de tragedias, convertirse en una viuda a los 27 años es sólo la más reciente de ellas. Su espina dorsal estará rota, pero tiene una resistencia de metal. "Lo que no mata, fortalece" solía decir Mark.
—¿Está lista? —pregunta el forense. Bella asiente y él levanta la sábana, dejando cubierta una parte de la cabeza de Mark que se encuentra afeitada, probablemente la parte que golpeó la barra. El dulce rostro de Mark está inmóvil, demasiado inmóvil, y el dorso de la mano de Bella sube a cubrir su boca. Incluso si no supiera que estaba muerto, no lo confundiría con alguien inconsciente. Su piel oscura se ve casi gris e inesperadamente le recuerda a los Cullen, incluso si no los ha visto en una década. Hay un mundo de diferencia, se da cuenta, entre muerto y muerto en vida. A pesar de lo pálidos que son, siguen teniendo algún tipo de movimiento. El rostro de Mark nunca había estado así de exánime y vacío, ni siquiera cuando estaba dormido. Se ve como Mark, pero no lo es. No hay luz ni vida dentro de él. A pesar de esto, es fácil verlo. Pensó que sería mucho peor.
Acercando más su silla, lleva su mano a la de Mark que se encuentra cruzada con la otra sobre su pecho. La piel está fría, como la habitación. El anillo matrimonial de Mark brilla dorado bajo las luces altas.
—Te amo… —susurra Bella. Puede sentir las lágrimas calientes quemando sus ojos.
Su teléfono móvil suena… un sonido explosivo que interrumpe el silencio de la morgue y sobresalta a los presentes, incluyéndola. Como siempre, algo torpe, hurga en su bolso sacándolo de manera que se le resbala de las manos como si fuera un pez resbaloso, deslizándose por el suelo donde no puede seguirlo. No puede evitar gritar
—¡Mierda! —grita. Después de tanto, esta pequeña frustración se convierte en la gota que derrama el vaso y Bella rompe en llanto.
El forense persigue el teléfono mientras Eloisa abraza a Bella.
—Está bien —le dice la ministro acariciándole el cabello—. Sácalo todo, corazón. Necesitas llorar.
Bella puede escuchar al forense hablando con la persona que la había llamado mientras Bella solloza sobre el suave abdomen de Eloise, sus brazos fuertemente sujetos de la espalda de la ministro. Es como ser abrazada por Martha, la madre de Mark. Después de un rato, las lágrimas empiezan a aligerarse, hasta que se detienen y ella se aleja de Eloise, secando su rostro. Debe verse muy mal. El forense le ha traído pañuelos. Tiene que usar más de unos cuantos para limpiar su rostro y sonar su nariz. Entonces el forense le regresa su teléfono.
—Era su madre. Dijo que le llamara cuando estuviera usted lista, pero la señal aquí abajo no es muy buena. Sería mejor que esperara a que esté en el piso de arriba.
—Gracias —dice Bella.
—¿Quiere algunos minutos más con él? —le pregunta.
Empieza a decir que no, pero cambia de opinión.
—Sí. —Esta es su despedida. La próxima vez que vea a Mark, él estará en un ataúd. El forense y la ministro la dejan tener su paz y ella le habla a Mark por un rato, acariciando su piel casi plástica. No se atreve a mover la sábana donde ésta cubre el lado izquierdo de la cabeza de Mark. Ella le cuenta sobre su día como lo hubiera hecho cualquier otro día a la hora de la cena. Le cuenta sobre su estudiante inoportuno, las horas que se tomó buscando un artículo en JSTOR:
—Y lo encontré al fin. Estarías orgulloso. Usé uno de tus trucos de búsqueda. —Finalmente, se le acaban las palabras—. Siento que no pudimos probar los camarones… —dice. Y dándose cuenta que jamás volverá a cocinar para ella, rompe en llanto de nuevo. Uno pensaría que las lágrimas se tienen que acabar en algún momento, pero las de ella seguían saliendo y, de hecho, ya tiene el rostro adolorido de tanto llorar. Pero se siente limpia, clara… casi traslúcida, como el cristal de una copa de vino. E igual de vacía.
Finalmente sale. Eloise la está esperando en el pasillo, recargada en la pared. El forense no se ve por ninguna parte, probablemente ha regresado a su trabajo.
—Debería llamar a mi madre —dice Bella.
—Hazlo cuando te sientas lista —le dice Eloise.
—Estará esperando.
—Está bien, ella puede esperar. Necesitas hacerte cargo de ti misma primero. —La sonrisa de Bella es delgada. Eloise suena como Martha también—. Vamos a buscarte un café —le dice Eloise, haciendo un gesto hacia el pasillo por donde entraron.
En el piso superior, Bella es llevada a otra habitación privada, una cercana a la oficina de la ministro, y se le proporciona café, pañuelos, y una libreta y una pluma. Hay papeles en una carpeta. Muchos papeles que llenar, y está segura de que eso es solamente la punta del iceberg.
—¿Quieres que me quede mientras llamas, o prefieres estar sola? —, pregunta Eloise.
—Estaré bien, gracias —dice ella y la otra mujer sale. Bella llama primero a su madre.
—¡Bella! —Renée prácticamente grita en el teléfono—. ¡Ay, Dios mío, Bella! —Suena en pánico, pero Renée entra en pánico cuando se le pasa una salida en la carretera, así que esto no es inusual. La vida con Renée es un drama interminable.
—Hola, mamá —dice Bella. Ya se ha cansado y la conversación ni siquiera ha empezado—. Disculpa que no te llamé de inmediato.
—¡Pensé que otra cosa mala había pasado!
—No, mamá. Solo… necesitaba un tiempo a solas con él… Con el cuerpo.
Hay una pausa. A pesar de las periódicas búsquedas espirituales de Renée, ella nunca se ha sentido cómoda hablando de la muerte. De sexo, sí, de muerte, no. En lugar de eso, cambia el tema.
—Martha y yo vamos en camino. Phil nos llevará.
—¿Ya le han llamado a Jada y a Rosa? —Las hermanas mayores de Mark.
—Creo que Martha lo hizo. Estamos a punto de salir; solo estaba esperando a hablar contigo. Pero son seis horas de aquí hasta allá.
—Lo sé, mamá.
—¿Dónde estarás?
Girando la pluma en su mano, Bella dice:
—No hay razón para quedarse en el hospital. Supongo que me iré a casa.
—¿Estás segura? Ahí es donde…
—Sí, mamá. Ahí es donde murió, pero también es donde vivo. —Sabe que suena impaciente y dura, pero está frustrada. ¿A dónde cree Renée que puede ir si no es a su casa?
—Bella, cariño, solo pienso en tu estado emocional…
—Lo sé. Estaré bien. Soy fuerte, ¿recuerdas?
—Claro que lo eres. Mi galletita fuerte. Te veremos en tu casa, entonces.
—Llámenme cuando entren a la ciudad, para estar despierta y abrirles cuando lleguen. —Aunque honestamente, Bella duda que podrá dormir hasta que caiga desmayada de cansancio. Su reloj dice que son solo las ocho y media. Cierra el teléfono y se traga su resentimiento con esta acción.
No quiere estar sola, pero no cree estar lista para lidiar con Renée, ni siquiera si Martha está presente. Martha estará demasiado afectada como para interferir, como comúnmente lo hace, y Phil… bueno, él tiene su propia manera de involucrarse. No ayudará tampoco.
Cuando era más joven, Bella había pensado en su madre como su mejor amiga, en parte porque esa era la manera en que Renée quería que Bella pensara en ella. Le fascinaba cuando le llamaban la hermana mayor de su hija. Iban de compras, reían y hablaban de estrellas de películas y de bandas de rock tarde por las noches, y las amigas de Bella le decían que tenía mucha suerte en tener una mamá tan buena onda. Pero incluso entonces, Bella sabía que había algo raro con la idea de que fuera ella, y no Renée, la que cuidara las finanzas y la que se preocupara por cheques rebotados. Cuando Renée se casó con Phil, Bella se mudó a Forks, viendo su decisión de hacerlo como si fuera una mártir en un exilio voluntario. Recordando todo eso, ahora acepta que en realidad había estado escapando: su subconsciente había visto una oportunidad y la había tomado. En Forks, Bella se convirtió en el ama de llaves de Charlie, pero por lo menos era algo diferente. Charlie sería un soltero sin experiencia y tal vez un poco incapaz de algunas cosas, pero por lo menos era un adulto. Renée hasta la fecha seguía siendo una joven de dieciséis, volátil y propensa a caprichos y extremos emocionales.
Pensando en Charlie, Bella se prepara para llamarlo, para asegurarse de que lo notificaron de lo de Mark. Es incómodo. Charlie aún se culpa a sí mismo por el accidente de Bella, como si él pudiera haber predicho su estúpida proeza, saltando de los arrecifes de First Beach. Las cosas no han sido fáciles entre ellos desde entonces. Para empeorar el asunto, él nunca estuvo cómodo con Mark tampoco. Bella piensa que es irónico. El mejor amigo de Charlie, que lo fue durante su infancia y adultez, había sido Billy Black, un indígena nativo-americano. Charlie incluso había tenido la esperanza, por un tiempo, de que Bella saliera con Jacob, el hijo de Billy. A pesar de todo eso, no había tomado muy bien que Bella se casara con un hombre de color.
Sin embargo, promete que volará a Dawsonville en cuanto pueda.
—Te llamaré cuando compre el boleto —dice—. Cuídate mucho, nena. No dejes que Renée tome tus decisiones.
—No lo haré, papá.
Después de eso, llama a Jacob Black. Su esposa contesta.
—Irene, ¿está Jacob por ahí? Soy Bella.
—Está alimentando a Jilly. Son las seis aquí.
—Ah, entiendo. Eh… hubo un accidente.
—¿Qué pasó?
—Mark… —Y aquí se quebranta de nuevo, llorando sobre el teléfono. Irene logra escuchar la historia a pedazos, lentamente, e intenta calmar a Bella. Y en realidad, honestamente, esa es la razón por la que Bella llamó. No tanto para hablar con Jake, sino para hablar con Irene, quien tiene simpatía y sentido común juntos.
—Bella, intentaremos estar en el funeral…
—Claro que no —le dice Bella—. No pueden pagar el viaje. Tienen tres niñas y un negocio que cuidar y además no son familia; las aerolíneas no les darán ningún tipo de descuento y está muy lejos como para manejar.
—Nos las arreglaremos.
—No. —La voz de Bella es firme—. Sin argumentos.
Irene no dice más, razón por la que Bella la quiere casi tanto como quiere a Jake.
—Cantaré para él —promete Irene con voz intensa—. Haré una canción especial para él.
—Gracias —dice Bella. A pesar de su amistad con Jake, el conocimiento de Bella acerca de la religión quileute es bastante limitada. Y de todas formas, Irene no es una quileute, sino una skokomish, de una reservación cercana—. A Mark le hubiera gustado eso, creo. —Mark había pasado horas hablando con Jake e Irene (y cualquier otra persona que tuviera la capacidad de hablar) acerca de sus creencias. Decía que le recordaba a la religión tradicional del este de África. Siempre había sido curioso, buscando similitudes entre personas, no diferencias.
Bella cuelga y escucha que tocan la puerta de la habitación privada al mismo tiempo.
—Pase —llama Bella.
Eloise abre la puerta, pero solo su cabeza se asoma por la puerta.
—Hay alguien aquí que te busca.
Frunciendo el ceño, Bella lleva su silla fuera de la habitación para encontrar a su mentora académica parada en el pasillo, con un rostro que refleja una sorpresa reprimida.
—¿Bella? —pregunta Lorraine Michaels, agachándose para abrazarla—. ¡Oh, lo siento tanto!
Hay más explicaciones y condolencias. Lorraine ofrece llevar a Bella a su casa, pero ya que maneja un Mini Cooper, Bella duda que su silla de ruedas quepa en él.
—Tomaré el autobús —dice Bella.
—¡No vas a tomar el autobús! —insiste Lorraine—. Llamaré a un taxi.
—Yo la puedo llevar —dice una nueva voz—. Su silla cabrá en mi coche.
Bella y Lorraine voltean hacia donde se escucha la voz y, por solo un momento, Bella cree que está alucinando. El tiempo regresa una década.
—¿Edward? —susurra sin creerle aún a sus ojos. No se ve para nada diferente. Pero claro, que no lo haría. De verdad debe estar delirando de tristeza. ¿Por qué estaría Edward aquí en un hospital pequeño del norte de Georgia? ¿De qué manera posible pudo haberse enterado de lo que pasó?
Y aún más importante, ¿por qué habría de importarle?
—¿Lo conoces? —le pregunta Lorraine a Bella volteando a ver a Edward. Su rostro muestra sospecha y alivio al mismo tiempo. Bella piensa que a Lorraine ahora ya no le preocupa el llevar a Bella a casa—. ¿Eres amiga de Bella y Mark?
—Soy… un amigo —dice Edward. Nadie que no lo conozca notaría la duda en su voz—. Me aseguraré de que Bella llegue a casa y esperaré con ella hasta que lleguen sus padres y los de Mark.
Lorraine mira a Bella aunque los ojos de Bella se rehúsan a moverse del rostro de Edward Cullen.
—¿Lo conoces? —pregunta Lorraine.
—Sí. —Bella se obliga a regresar al presente, volteando a ver a su mentora—. Está bien, Dra. Michaels. Estaré bien, puede irse a casa. Gracias por venir —dice finalmente con fervor.
Lorraine aprieta su mano.
—¡Oh, cariño, por supuesto que vine! Te llamo mañana, ¿de acuerdo? No te preocupes por nada.
—Mis clases…
—No te preocupes —dice Lorraine—. Esa debe ser la última cosa en tu cabeza por el momento. —Lorraine sale del cuarto y Bella voltea finalmente hacia la figura silenciosa que ha estado observándola.
Sus miradas de cruzan.
—¿Qué haces aquí? —pregunta ella. Hay muchos, muchos niveles de significado en esa pregunta.
—Asegurándome que estés bien —dice él.
Bella se desconcierta con su respuesta. Y se enoja. No necesita esto aparte de todo lo que pasó esta noche.
—¿Y por qué demonios harías eso? Te fuiste hace diez años. ¿Por qué regresarías justo ahora?
—E-Em, bueno… —tartamudea, mirando fijamente la alfombra de la insípida sala de espera. Incluso bajo las luces de hospital, su piel tiene un leve lustre. Es, y no es, tan hermoso como lo recuerda. Ya no piensa que parece un Adonis. Se ve solamente como un joven: tal vez demasiado bien parecido, tal vez excesivamente pálido, quizá muy esbelto. Y raro. No recuerda que se viera así de raro. Sus dedos largos están situados en su cabello castaño rojizo y parece no poder verla a los ojos.
—¿Necesitas un aventón a casa? —pregunta.
Ella parpadea.
—¿Eso es todo? ¿Necesitaba un aventón?
—Bueno, es cierto, ¿o no?
Lo mira fijamente. Entonces voltea su silla y se aleja de él.
—¡Vete al diablo, Edward! Llamaré un taxi.
