REDEMPTIO
III
"Señora benedicta entre todas mugieres,
bien lo querrá tu Fijo lo que Tú bien quisieres;
todo te lo dará lo que Tú bien pidieres,
a mi verná la carta si Tú savor ovieres…"
Silencio, murmuros, las hojas cayendo despacio, suaves y silenciosas, acariciando la tierra con sus contrastes dorados y cobrizos, dejando a San Petersburgo huérfano, con el rumor de un aire helado arremolinándose una y otra vez entre los árboles desnudos. Y aquel octubre: silencioso. Marcando el inicio de un otoño angustioso que presagiaría ya los crudos inviernos a los que —en más de un sentido— habrían de enfrentarse en los meses y años venideros.
La luz del exterior era tenue y fría, casi insuficiente, entrando y reflejándose entre los vitrales españoles para crear un efecto colorido y arremolinado sobre su piel blanca y sus largos cabellos de plata; el efecto duró tan solo unos momentos, al darse la vuelta y jalar el cordón que hizo caer el grueso cortinal granate sobre el ventanal terminó con el juego cromático —sacrificando así el espectro multicolor a cambio de la oscuridad del interior— y, no obstante, era como si hubiese mantenido un pedacito de este en el brillo impresionantemente azul de sus ojos en la oscuridad. Con paciencia, Viktor indagó en el baúl del pasillo, sus manos largas moviéndose ansiosamente hasta dar con lo que buscaba: una gruesa cobija púrpura tejida por ambos lado en lana. La miró por un momento, y sintiendo la textura dócil y el bordado elegante se la echó al hombro caminando con ésta por los largos y estrechos corredores de la casona en la que vivía con sus padres en las afueras de San Petersburgo.
Su semblante lucía serio y preocupado, las temperaturas habían descendido en gran parte del continente y San Petersburgo no era la excepción, la semana pasada su madre había adquirido un resfriado y el médico les había indicado que debido al estado de salud de la Sra. Nikiforov, exponerse a cambios bruscos de temperatura podría tornarse en una situación muy riesgosa.
En aquel momento, Viktor le dijo a su madre que él y su padre la cuidarían, él mismo señor Nikiforov había comentado que si su estado no mejoraba se irían los tres a la villa en Italia para pasar allá el invierno, no habría de qué preocuparse. La mujer había asentido con una sonrisa amable que fue correspondida en seguida por una encantadora de su único hijo varón, quien con una madurez superior a la de su joven edad le daba ánimos con ese semblante tranquilo que mantenía para ella. Sin embargo, cuando el muchacho se alejó unos momentos de su madre, con pretexto de ir a surtir la receta médica, pudo al fin dejar de aparentar y mostrar su semblante abatido, cuestionándose si en verdad unos días en tierras más cálidas podrían ayudar a la salud de su madre.
Ahora, tras el fin del otoño y con un descenso prematuro del clima en Rusia, Viktor comenzaba a considerar que lo mejor sería adelantar su viaje a Italia —programado hasta los primeros días de noviembre— y partir mejor lo más pronto posible, esa misma semana de ser necesario; por la noche lo consultaría con su padre, indudablemente.
Anduvo despacio por la casa buscando a su madre, encontrándola después de un rato: sola y serena en la habitación matrimonial, sentada agraciadamente en una silla de estilo rococó —que hacía juego con el resto de los muebles de su recamara francesa— la señora Nikiforov, incapaz de salir de casa, miraba su precioso jardín por la ventana.
Con la puesta de sol reflejándose de frente en sus largos cabellos rubios, su piel blanca y sus preciosos ojos ámbar que lucían como dos monedas de oro, Viktor no pudo evitar encontrarla más hermosa que nunca. Abatido por su belleza de virgen renacentista se acercó a ella, y tras cubrir su delgado cuerpo con la manta púrpura le acarició los hombros y la llenó de besos y cariños. Únicamente para ella estaba reservado su lado más mimoso y amoroso, para ella era exclusivamente lo mejor de sí mismo, porque sí se trataba de ella Viktor podría ser todo, podría ser el mejor ser humano, o también el peor, dependiendo de que las necesidades maternas. Con el adolescente acurrucado en el regazo femenino, ambos permanecieron juntos observando el crepúsculo.
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Y aunque su padre había accedido sorpresivamente a sus planes de apresurar el viaje a Italia, al final terminaría defraudándolo, pues un sorpresivo telegrama sobre problemas con sus negocios en Moscú lo llevaría lejos de casa.
Días después, el adolescente descubriría que la partida de su padre, misma que había dejado a su madre llorando hasta altas horas de la noche, no había sido provocada por problemas de negocios en Moscú, sino por un telegrama llegado desde Kiev.
Y no soportando que nadie dañase a la más pura y preciosa de las mujeres, decidió a sus trece años que sería él quien llevaría a la mujer a Italia. Y en ese momento, los rasgos de su bello rostro no fueron ya nunca más infantiles, la juventud lo había probado a temprana edad debido a la ansiedad causada por proteger a su madre.
Los rayos del sol que se colaban por la ventana eran débiles, sin embargo, fueron suficientes para entreabrirse paso entre sus párpados y despertarla lenta y suavemente, como si de una caricia se tratasen. Poco a poco, fue reaccionando con nerviosismo y ni siquiera el cansancio acumulado en semanas fue lo suficientemente fuerte como para vencer a la sensación agónica y desesperante que desde meses atrás venía privándola del sueño. Sentándose de golpe sobre la cabecera de mármol, la joven mujer colocó ambas manos sobre sus suaves pechos, sintiendo su corazón y su respirar acelerados y, despacio, miró a su alrededor, su desorientación inicial pronto se tornó en molestia, preguntándose inútilmente por qué pese a al fin estar en el lugar en donde debía de estar la sensación agobiante de vacío no dejaba de atormentarla.
Con antipatía, miró su reloj de pulsera para comprobar que había dormido casi cuatro horas, un nuevo récord considerando su falta de sueño nocturno, inmediatamente lo colocó nuevamente sobre la mesita de noche. Sabiendo de antemano que le sería imposible volver a conciliar el sueño se talló los ojos cansados y se desenredó de su vieja manta infantil y del edredón de seda zafiro para proceder a dar una pequeña vuelta mañanera sobre el apartamento y admirar mejor algunos detalles que la oscuridad del día anterior no le había permitido apreciar.
Sin ninguna prisa, recorrió descalza la sala de estar, la cocina —desprovista de cualquier insumo necesario para la vida humana— y, finalmente, el viejo estudio del señor Nikiforov, deteniéndose un momento para pasar su mano por los lomos de los libros viejos y apolillados y clavar su vista en el elegante escritorio de manera fina con un asiento ejecutivo grande recubierto en cuero. Mirando a los dedos de sus pies afianzándose sobre la vieja alfombra color granate, la chica sintió su garganta cerrarse y sus ojos aguarse: porque para bien o para mal él había sido su padre —y su mundo entero— y eso era algo que no podría ser borrado de su alma jamás. Era su realidad, y nadie podría cambiarlo.
Apartándose con una mano el cabello enmarañado del rostro salió con paso rápido del estudio, cerrando la puerta tras de ella, porque sabía —a fin de cuentas— que si se derrumbaba ahí entonces se derrumbaría para siempre, y que si se permitía extrañarlo entonces lo extrañaría para siempre, haciendo que todo fuese en vano. Apretó su garganta, tragando con fuerza, podría hacerlo, claro que podría, qué más daba ahogar un poco más de llanto dentro de la tristeza que llevaba una vida consumiéndola.
Temblorosa, queriendo evadir todo, pero principalmente queriendo evadirse a sí misma, se acercó al baño contiguo a la habitación principal y asomándose a la ducha comenzó a quitarse la ropa del día anterior y se detuvo un momento frente al espejo de cuerpo completo con marco de plata, mirándose por unos instantes: su cuerpo desnudo, pálido, seco y flaco mostraba la falta de sol, de cuidado y de alimentación y hacía un contraste para nada agradable con su cabello corto, desordenado y sucio; despacio miró lo desgastado de su aspecto, y colocó una mano sobre su muslo izquierdo, acariciando con las yemas de sus dedos la vieja cicatriz que sobre el mismo reposaba, gimiendo bajito ante el contacto y poniendo una mueca poco agradable para después rodar los ojos con resignación y dirigirse a la ducha.
El baño, amplio y blanquecino, era casi en su totalidad de mármol, y lo que algún día fue de muy buen gusto ahora estaba recubierto por sarro y algunas capas de moho que se escondían en las esquinas donde, seguramente, el cuidador no había alcanzado a limpiar bien. Sin muchas esperanzas, ._._._._. abrió la llave del agua y durante unos momentos lo único que escuchó fue un ruido latoso de aire corriendo por la tubería, poco a poco un chorro amarillento y cargado de tierra comenzó a caer por la regadera y, resignada, espero un rato con la espera de que lo turbio se fuese disipando. Cuando estuvo medianamente decente, se metió, sintiendo el agua helada tensándola y deslizándose por su piel. Sin ninguna prisa se untó una barra de jabón seca que trajo consigo y se quedó ahí bajo la regadera, quieta y mojada, con una expresión ajena a sí misma, observando sin interés como lentamente su piel se tornaba azulada.
Salió de la ducha poco antes de que sus articulaciones se quedasen descompuestas y, aún desnuda, se quedó un rato con el rostro asomado por la ventana de la habitación principal, con la garganta dolorosa, con el cuerpo tembloroso y con la mirada tan perdida como ella misma.
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Y casi sin quererlo, había mirado su reloj de pulsera, colocándoselo sobre su muñeca para verificar, como seguido lo hacía, que el tiempo pasaba, lento y tortuoso, pero lo hacía. Poniéndose encima un viejo vestido amarillo pardo de estar en casa —que había pertenecido a su madre, pero que a ella no le quedaba ni la mitad de bien— y un abrigo blanco de lana abrió la ventana y enfocando esta vez su mirada comprobó que la vista desde el pent-house le permitía admirar diversos puntos de la ciudad que la había visto nacer; después de un rato el viento helado del este de Europa le provocó un entumecimiento de garganta y una tos incómoda, resignada la cerró, pero mantuvo la cortina a un lado para permitirse un poco de luz. Con una mueca fea se talló la nariz y los párpados y se limpió con un pañuelo que sacó de su bolso.
—Joder… —susurró con su voz bajita y algo rasposa mientras encendía su ordenador portátil, y comprobando la batería, se recostaba sobre la cama sin tender, recargándose apenas sobre la cabecera y enroscándose nuevamente entre su vieja manta de lana y el edredón de seda. La interfaz vieja y la corta memoria RAM alargaron un poco el proceso de arranque, mientras que, ansiosa, ._._._._. daba algunos golpecitos a la misma con las yemas de sus dedos, como sabiendo que ahí encontraría un poco de paz. Una vez que encendió no perdió el tiempo e inmediatamente abrió el procesador de textos:
Querido…
Y escribió, narrando detalladamente su llegada a San Petersburgo. Llevaba ya varios años escribiéndole cartas, y cada que iniciaba una nueva temía que fuese la última, que las cosas resultasen al fin lo suficientemente malas como para no tener siquiera la fuerza para escribir una más de despedida.
Y tal vez era porque estaba demasiado sola, o porque necesitaba urgentemente encontrar el consuelo, pero al escribirle sintió cierta paz como si en verdad fuese su amigo, como si en verdad pudiese robarle —al menos por un momento— algo de su pureza y calidez.
Para cuando hubo terminado la carta, el sol comenzaba a ocultarse tras su ventana.
Con una botella de Tovaritch encima, Viktor caminó sin rumbo por las calles de San Petersburgo, habían pasado un par de semanas desde el incidente, y aunque él bien sabía que debía de hacerse cargo de la situación lo cierto era que había estado posponiéndolo, evitando justo los dos lugares a los que debía de ir.
Sintiendo el frío aire ruso sobre su piel suspiró con fuerza, sabiendo con total sinceridad que si por él fuese, probablemente o se haría a un lado de todo el asunto o acabaría con ello con una inmediatez cruel, pero efectiva… y, sin embargo, eso ya no podría ser… no mientras en su mente permaneciesen los recuerdos de su amada madre y su bello rostro de Virgen inmaculada: su amada madre amándolo incondicionalmente; su amada madre defendiéndolo con pasión; su amada madre enferma; su amada madre sufriendo, día tras día, en una agonía monstruosa a causa de su padre, su puta y sus malas decisiones. Y Viktor lo supo, no tenía otra opción: era por amor a ella, era por respeto a su dolor y era por consideración a todo lo que significó en su vida que él no podría hacerse simplemente a un lado, al menos no por esta vez, no si se trataba de ella, no si se trataba de su madre.
Con esto en mente se dirigió hacia el que fuese el deplorable apartamento de soltero de su padre.
._._._._. se mordió el labio levemente mientras críticamente examinaba a su alrededor, recién había salido de la ducha —su cuerpo rodeado por una toalla y sus cabellos cortos escurriéndole sobre los hombros—, había pasado los últimos días tratando de ponerle un poco de orden al apartamento, sacando el polvo, buscándole reparo a lo viejo y tirando lo que ya no tenía remedio. Sintiéndose un poco despejada después de quitarse la mugre y el sudor del cuerpo decidió dar una última inspección: —¡Al fin! —susurró con un suspiro al comprobar que el lugar lucía habitable.
Pensó que quizá un último buen toque sería mover el sofá de cuero de la sala de estar a la habitación principal y ponerlo junto a la ventana; el mueble lucía cómodo —la verdad— y tenerlo ahí le permitiría un lugar para mirar por la ventana y estar en el ordenador portátil.
Con un bufido de resignación se dirigió a la sala y —afianzándose la toalla al cuerpo con un nudo sobre sus pechos— comenzó a empujar el pesado sofá hacia a la habitación. No obstante, a medio camino la chica emitió un gemido impregnado de dolor, soltando el mueble de inmediato y llevándose ambas manos a su pierna izquierda, ahí donde tenía aquella vieja cicatriz, despacio comenzó a sobarse tratando de aliviarse un poco, y con una mueca de malestar terminó optando por tumbarse sobre el mismo sofá, sabiendo que el esfuerzo le había resultado excesivo.
Y como desde hace años le ocurría, se quedó ahí un rato, sola y dolorida, pensando en lo inútil de todo, en lo inútil de sí misma. Poco a poco el dolor fue bajando, aunque sintió su muslo un poco hinchado, sin embargo, ya no le quedaba ningún ánimo para terminar de mover el sofá. Se quedó ahí, con la piel ya seca naturalmente y el cabello levemente humedecido; y tal vez se hubiese quedado dormida ahí mismo, de no ser porque en ese momento el timbre comenzó a sonar con cierta insistencia.
._._._._. dio un respingo y confusa miró hacia la puerta del apartamento, considerando seriamente hacerse la muerta y no abrirle a nadie, pero espabilando después de un rato ante la insistencia con la que tocaban.
—Ya voy… ya voy… —sin molestarse si quiera por hablar lo suficientemente alto para ser escuchada del otro lado se dio una rápida mirada y soltando una maldición por su aspecto se dirigió corriendo —arrepintiéndose al instante por la punzada volviendo a su muslo— hacia su habitación, quitándose la toalla y echándose encima un viejo vestido —cuyas mangas largas le parecieron suficiente abrigo— para cubrir su desnudez y calzándose con unos tenis blancos de estar por casa.
—Ya voy, ya voy… —volvió a susurrar cojeando despacio hacia la puerta, algo contrariada por la impaciencia del timbre.
Sin embargo… no pudo llegar a su destino, pues justo cuando se acercaba lo suficiente para estirar la mano y jalar la perilla, el ruido de unas llaves entrando desde el otro lado de la puerta la hizo congelarse en su sitio. Y retrocediendo unos pasos y ahogando un grito intentó huir y esconderse, pero ya era demasiado tarde. Tiempo después, al pensar en ello, se le ocurriría que quizá lo mejor habría sido no retroceder sino empujar su cuerpo contra la puerta y colocar de inmediato los cerrojos extras… y, sin embargo, sabía que ese proceder también habría sido inútil, pues su fuerza y su pequeñez eran poca cosa comparadas con aquel imponente hombre.
Afuera del apartamento, en San Petersburgo, las primeras hojas del otoño prematuro comenzaban a caer sobre las calles de la ciudad.
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10/Abril/2017
¡Hola! ¿Hay alguien aquí? Lamento muchísimo la tardanza con este capítulo, no tengo excusas, únicamente la universidad y el servicio social me han tenido algo atareada, pero aquí estoy, y trataré de organizarme para no tardar tanto con el siguiente capítulo.
Quiero agradecerles de corazón a quienes se han tomado la molestia de comentar y leer el fic, no tienen idea de cuánto aprecio su apoyo y de todo el bien que me hacen, ¡gracias, gracias! Con esto en mente, paso a responderles personalmente los comentarios que me dejaron en los dos capítulos anteriores:
PaddyAndKyuubi: Gracias por leer y animarte a comentar el primer capítulo, espero sigas por aquí y pueda cumplir con tus expectativas. Como puedes ver conforme avancen los capítulos se irán develando todos los misterios del fic y se irán respondiendo tus dudas *o* haha así que espero estés al pendiente. Lilith es un nombre bellísimo, me ha gustado demasiado. Gracias por todas tus buenas palabras y tu apoyo. ¡Un abrazo enorme!
Cookie123: Cookie linda, gracias por leer y por tu apoyo, que bueno que te haya gustado, tardé un poquito, pero aquí estoy. ¡Un abrazo!
Juria chan: Juri, gracias por todo tu apoyo, por toda tu comprensión y por seguir el fic, me alegra que te haya gustado y en verdad lamento haber tardado tanto. Pero aquí estoy, espero te agrade este capítulo y sigas aquí. Espero te encuentres de maravilla, ¡un abrazo gigante, nos leemos! ¡Saludos! :D
Guest de mi corazón: Gracias por estar aquí y por animarte a leer la historia pese a ser de personaje x lectora xD sé que no es fácil y hay muchos prejuicios, por eso aprecio muchísimo tu apoyo. ¿Fue bueno el spoiler, verdad? xD Saludos. ¡Un abrazo, nos leemos!
Melina659: ¡Okay, no sé ni por dónde empezar! Primero que nada gracias, muchas gracias por animarte a leer el fic, por crear la cuenta aquí y por comentar, es algo que aprecio muchísimo. Segundo: ¡Wow! ¿cuéntame más? jaja me sorprendió un poco que comentases que habías llegado al fic sin haber visto en su totalidad YOI, ¿cómo pasó eso? xD pues no sé cómo, pero que afortunada soy por ello. Uff, entiendo que te sientas identificada con el fic, la vida suele ser jodidamente dolorosa y complicada la mayoría del tiempo, y cuando uno es sensible no nos queda sino aguantar :( por cierto, la canción "Forest Fire" es PRECIOSA, la he escuchado ya varias veces y va perfecta como tema del fic, gracias por compartirla, linda, me ha gustado mucho, y conforme avance la trama pegará aun más con la historia *o* Que bueno que te haya gustado el spoiler, y lamento muchísimo la tardanza, pero aquí estoy y espero puedas seguir tú también conmigo, prometo no tardar tanto para la próxima. Te mando un abrazo enorme, ¡nos leemos!
Como he comentado, mi relación con esta historia es complicada, por lo que ni siquiera sé qué comentar al respecto. Sólo agradecer a quienes le han dado una pequeñita oportunidad.
Este capítulo va para Melina y para Juria, por su apoyo y por haberlas hecho esperar.
Saludos a todos.
¡Nos leemos!
Apailana*
