99 años después...

" Porque la destrucción y la soledad le darán forma a la vida. Mitad dios, mitad animal se forjará su propia leyenda. Su boca solo hablará verdad, incluso con una sonrisa en sus labios. Crecerá en la misma matriz que le dio vida al destructor pero nacerá sin mancha. Su propósito será crear balance. Al igual que la Madre tierra, será venerado y odiado por los suyos. Encontrará su propósito en medio del caos y traerá a la vida a los olvidados. Sus garras serán el arma con la que los dioses caerán a sus pies. El corazón de la destructora descansará eternamente en el pecho del dragón. "

100 años. Hoy su pequeña cumple su primer siglo. ¡Cuan orgullosa estaba Apollymi de su hija! Era fuerte, justa. Era imposible conocerla y no amarla. ¿Quien habría pensado lo que encontraría en los pergaminos escondidos del maldito Archon? Apollymi bufó, deseando que su maldito medio hermano y marido estuviese hirviendo a fuego lento, hecho estatua. ¿Como pudo haberle escondido aquella profecía hecha por sus bastardas? Claro. Él no quería piedad para su hijo. Si ella hubiera conocido aquella información, hubiera sabido que su hijo tenía un seguro de vida. No hubiera sufrido todo lo que sufrió.

Suspiró acomodando sus cojines y se recostó en su chaise lounge. Estaba llena de furia. Si tan solo Apostolos la liberara, se encargaría de poner cada cosa en su lugar. ¡Nadie se burlaba de ella!

¿Matera?

La voz de su hija la sacó de sus pensamientos y automáticamente sonrió.

Aquí estoy m'gias

Levantó el rostro y la vio acercarse. Era tan hermosa. No tenía mucho de su padre. Parecía una copia suya y de su hermano. Mantenerla a salvo había sido un reto. Sólo sus Charontes de confianza sabían quién era ella en realidad. Para los demás, ella era una recogida bajo el ala de Apollymi. Al igual que Stryker, era su forma de mitigar la ausencia de su hijo.

A Abadonna no le molestaba que no la supieran hija de la diosa. Había crecido con su amor y el amor de su padre, a quien seguía viendo en sueños cada noche. Él le había enseñado a controlar su lado Arcadiano. Milagrosamente los destinos no habían logrado llegar a ella, aunque estaba segura de que conocían su existencia. Quizás era la vergüenza por lo que le habían hecho a su hermano Apostolos, lo que había evitado que le atacaran. Era eso, o el miedo atroz que le tenían a su madre. Al final no importaba. Ella había tenido una vida normal, dentro de todo.

Entró de la mano de Elathan, el Chalonte que la acompañaba desde que dio sus primeros pasos. Era su amigo, su protector, su maestro. En él había volcado todo el amor que sentía por un hermano que desconocía su existencia. Y él la adoraba.

Llegó donde su madre y se sentó a sus pies, con la cabeza en su regazo. Apollymi deslizó sus dedos en su larga cabellera rubia, similar a la de ella y Abadonna ronroneó de felicidad.

Hoy cumples tu primer siglo, Abadonna. Según las costumbres de tu padre, he de darte un regalo. ¿Que deseas?

Abadonna pensó varios segundos, antes de contestar. Cerró los ojos e inspiró.

Quisiera conocer a mi hermano, matera. No deseo nada más que verlo.

Apollymi suspiró, para nada sorprendida al escuchar a su hija. Desafortunadamente, no se atrevía a tomar el riesgo de enviarla al mundo real.

Sabes que es peligroso m'gias. Quisiera complacerte, pero aún eres muy niña. Temo por ti.

Abadonna suspiró y asintió. Llevaba toda su vida pidiendo lo mismo. La respuesta siempre era la misma. Abrió los ojos para mirar a Elathan, quien se mantenía a distancia prudente. Vio su propia tristeza reflejada en el rostro de su amigo.

Entonces no necesito nada más, matera. En ti tengo todo.

Extendió sus brazos alrededor de su madre y Apollymi besó su cabeza. Abadonna jamás reclamaba, ni se molestaba. Ella siempre era conforme.

Tienes mi corazón, hija mía. Estoy orgullosa de ti.

Y con esas palabras amorosas de su madre, Abadonna cerró los ojos y se dejó ir por el sueño. Amaba a su madre más que a todo y jamás haría nada para preocuparla.

Nada