Mermelada

Capítulo tres: Revelación

Disclaimer: Adventure Time me pertenece de manera platónica.

Advertencias de este capítulo: OOC (para dar y repartir).

Aclaraciones previas:

—Este es un fic que tiene como eje la relación entre Marshall Lee y el Príncipe Gumball. Empero, no siempre como pareja.

—En la línea de tiempo principal de esta historia: Fionna y el Príncipe Gumball mantienen una incipiente relación desde tiempo atrás. Ella tiene 18 años y es una heroína consagrada, aunque, aún así no es capaz de conciliar todas las rencillas que comienzan a brotar fieramente en la tierra de Aaa. Entre esos altercados está el reclamo de la condesa de Lemongrab por el trono del Dulce Reino, razón por la cual Gumball ha decidido contraer nupcias con su amada.

—Cualquier duda o aclaración que requieran: no muerdo, por lo cual pueden preguntar.

Muchas gracias por colocar esta historia en "alertas" o "favoritos" y también, por sus comentarios.

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Se jacta de la escena frente a él: un coro de fantasmas que asedian a una atractiva hechicera. Su hechicera. Tal vez, otros se enfurecerían al notar el interés de tantos idiotas por su chica, mas, para el rey de los vampiros: ello es sólo motivo de presunción. Después de todo, es el único al que Ashley no maldeciría por tomarle de la estrecha cintura. Lo hace. Irrumpe la conversación al llegar de improviso para sujetar a su novia y demostrarle a esos espíritus: quién va a llevársela cuando termine la improvisada fiesta.

Le divierten las miradas de envidia de esos residuos de vida, así como el dejo de miedo en ellos cuando los observa con aprehensión. A la de blanca cabellera no le sorprende el comportamiento de Lee, está acostumbrada; sin embargo, sí lo hace el que se retiren de la celebración para ir a dormir juntos por el resto de la madrugada. Es habitual que el espectral ser aproveche la ausencia de luz para cazar, pasear o actividades pasionales; la ruptura de la rutina se le figura extraña a la fémina, empero, no pone queja alguna debido a lo agradable de tener al varón junto a ella.

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—¿Te paso el bronceador o qué?— exclama con ironía la que maneja la magia al notar que no sólo su novio ya no está a su lado, si no que se prepara para salir a plena luz del día .

—Ashley, Ashley...— termina de abotonar su camisa y voltea a ver a su pareja con una reprobatoria mirada— ¿Así es como das los buenos días al rey de los vampiros?— flota con elegancia para colocarse encima suyo e iniciar un hambriento ósculo al cual la joven no tarda en corresponder al sentir que éste la eleva, literalmente, porque el absorbe colores sí la ha hecho flotar ligeramente para después dejarle caer, entre risas—Eso estuvo mejor.

—¡Si sales de aquí, más te vale convertirte en cenizas!—refunfuña al considerarse ofendida y se enreda de nueva cuenta entre las sábanas.

El músico comienza a silbar, sabe cuánto le fastidia esa acción a la otra, y molestarla le parece una manera entretenida de comenzar ese absurdo día... ¡absurdo, en verdad! Le había prometido al niñato que iría a una de sus masculinas fiestas de té. Bufa. ¡Debió devorar a Gumball cuando tuvo oportunidad! ¡Lo haría en un futuro! Un día que no estuviera cierta promesa en juego. Él no poseía código de moralidad, sin embargo, sabía cuándo le era conveniente mantener un trato.

Sujeta con desconfianza la sombrilla que el propio soberano le envío para la ocasión. Se mofa mentalmente al contemplarla con atención, reconoce que Gum-Gum debió adornarla personalmente, pues es tan cursi como ese noble de pacotilla. Da un último vistazo al bulto sobre la cama, para luego partir hacia los jardines del Dulce Reino. Durante el recorrido: chasquea la lengua en repetidas ocasiones al disgustarle lo lejos que se halla su destino. Finalmente, con un "aristocrático retraso", desciende frente a un contento púber de color rosa.

El cual, no está solo.

—¡Santos grumos!— el otro invitado a la ocasión se admira ante la llegada del desgarbado adolescente— ¡O sea, si es un vampiro!— aclara lo obvio en su habitual tono de crío mimado, lo que genera una risita de parte del científico amateur y una oleada de fastidio en el interior del más reciente comensal.

Con el tiempo, Marshall Lee y el príncipe Grumos llegarían a un acuerdo de convivencia. No obstante, ello fue años después de su primer encuentro; en el que tanto uno como el otro: experimentaron repulsión por el contrario. Y por alguna razón, tal vez negación, Gumball jamás se dio cuenta del desagrado mutuo entre sus amigos. Aunque, si era oportuno para romper los momentos de tensión que solían generarse cuando se reunían.

—Permítanme presentarlos— coarta con amabilidad las intenciones del mayor de insultar a la "bola morada", así como el torrente de críticas que Grumos iba a realizar acerca del aspecto desaliñado del vampiro— Príncipe Grumos...—sujeta del brazo al ser milenario para sentarle cerca suyo, bajo la sombra de un árbol— Él es Marshall Lee.

—¿Por qué él arruinó la ceremonia del té en malvaviscos?— pregunta mimadamente el proveniente de otro universo mientras bebe a sorbos su té.

—En el caso de Lee, la ceremonia del té en malvaviscos no es una posibilidad debido a que los saltos oficiales requeridos para la ceremonia podrían exponerle a los rayos solares y...— cortésmente excusa a su invitado, al mismo que sigue sosteniendo ligeramente del brazo por si reacciona negativamente ante el comentario acerca de su limitación.

Cuerdas para su bajo.

El apetecible bocado se lo prometió: replicaría las cuerdas de su instrumento musical predilecto. El vampiro confiaba en que lo conseguiría tras ser testigo del éxito de Gumball en traer de vuelta otros materiales extintos en la tierra de Aaa y existentes en la Nightosphere, lugar que prefiere evitar; aún si es dónde encontraría con facilidad repuestos para su preciado objeto. Soportar una insípida merienda con críos era preferible a encontrarse con su progenitora. Aunado a que ante un descuido del príncipe pastel... él se entretenía: mostrando sus colmillos al otro chiquillo .

—Mis disculpas, no les he ofrecido viandas para acompañar la bebida. Excúsenme por un momento— se incorpora de su asiento con elegancia y la aparente templanza del ambiente se colapsa ante su ausencia.

Le observa alejarse con pomposidad: espalda recta, barbilla ligeramente elevada, pisadas ligeras... Bubba parece ser el ejemplo encarnado del ideal gobernante descrito en el inservible manual de comportamiento real. Se carcajea en sus adentros, ese niñato no sobrevivirá a una real congregación entre "nobles"; mucho menos si sólo está acostumbrado a tratar con cosas como el malcriado príncipe cuya taza aún no deja de temblar, debido al temor generado por las miradas despectivas de Lee.

—Es súper fácil la ceremonia del té en malvaviscos...— y al parecer, su miedo era menor que sus ansías de desaprobar el cambio de evento.

—Tan fácil como acercarme a comprobar si tu insulso color tiene algo de rojo— sostiene su sombrilla en ademán de estar listo para moverse en caso de querer hacerlo.

—Sí, cómo sea— apoya su recipiente sobre la mesa y aspira para tranquilizarse; su amigo le solicitó moderación por esa ocasión, pero, éste ni siquiera estaba cuando el otro, claramente: le amenaza— Mi mordida es como la de un hombre lobo, ¿sabes?

Sus labios se curvan en una sonrisa de hilaridad porque el otro, de manera estúpida, le ha retado. A él. Al rey de los vampiros cuyos poderes no tienen rival en esos territorios. En otro momento: consumiría lentamente a ese imbécil y enviaría retazos de su alma a los abismos eternos de la locura, sin embargo, opta por sólo reírse de esas palabras. No le permitiría a ese niño el creerse importante en su existencia, ya había cometido ese error con el gobernante del Dulce Reino.

—¡Intervención real!— dos bandejas son depositadas con suavidad en el malvavisco gigante que sirve como mueble y luego, con calma, sin percibir la atmósfera hostil: Gumball intermedia la conversación entre sus invitados.

El mayor modifica su foco de atención: de los críos a los pastelillos. Su sobremesa es semejante en tonalidad a la del líquido exudado por el alimento predilecto de los unicornios arcoíris. Tanto la comida como la bebida son perfectas para él; no obstante, preferiría estar absorbiendo "algo" de otra gama de color. Un algo con la facultad de hablarle y servirle postres elaborados por su propias manos que tienden a sujetarle, por debajo de la mesa, para sosegarlo ante ciertas expresiones utilizadas por el tercer invitado.

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Grumos es un niño malcriado, al que aún su madre le limpia el cuarto y le da vergonzosos besos antes de dejarle salir con sus amigos. Su vida transcurre entre música con más ruido que palabras, accesorios a la moda y sentarse en la banca cuando es hora de jugar con las grumosas esferas astrales. Empero, su mejor amigo es Gumball por un motivo bastante simple: el príncipe morado es ciertamente inteligente. Del tipo de inteligencia apartada de fórmulas químicas y los secretos del universo; su inteligencia es social.

A su temprana edad, se ha forjado una favorable posición entre la realeza de ambos mundos, mediante su habilidad para discernir y difundir información. En palabras de Lee: "Es un jodido entrometido". Lo es. Decidió serlo tras percatarse que no podría competir con la fuerza del príncipe Músculos, el atractivo del fallecido príncipe Hermoso o la facultad de elaborar sustancias deliciosas como el príncipe Abeja o el príncipe Del Desayuno.

A todo ello, la preparada intuición del soberano de otra dimensión le previene que de la malograda ceremonia del té en malvaviscos se gestará un cotilleo épico, del tipo legendario. Sólo ha de juntar las piezas, siendo la inicial: la obstinación de su colega porque esa reunión tuviese lugar. Conoce al príncipe de color rosa como un grumo de su cuerpo: él prefiere pasar tiempo en su laboratorio que en el exterior, por lo cual es peculiar su decisión de realizar una caótica ceremonia del té.

Sumamente, caótica.

El vampiro podría no notarlo (¡es un bárbaro!), mas, Grumos lo hace: Gumball se está equivocando en casi todos los protocolos. Hasta parece, estar nervioso. Nervioso. ¡Ahí está otra pista! Una bastante evidente, pues no ha tocado ni la mitad de los pastelillos. Aunque, eso último es entendible: la mayoría de la repostería está chamuscada. El gobernante del Dulce Reino debía llamar la atención de esos cocineros incompetentes. Y también, hacer algo con las quemaduras en sus manos...¡momento!, ¿y sí...?

—Para dar tiempo a la digestión de los alimentos, ¿consideran propio el realizar alguna actividad lúdica?— cuestiona con retórica el pre-adolescente, para después disponer de una bolsa de plástico que guardaba entre sus ropas; dentro de ella: yacen algunas flores.

Marshall resopla con exasperación. No posee una real urgencia por regresar a casa, pero, tampoco le es grato el estar ahí y perder su reputación a cada segundo. Al menos, el idiota amorfo se mantiene en silencio. Seguramente, demasiado aterrorizado como para hablar. ¿Aterrorizado? No, no. Grumos está armando un rompecabezas. Uno complicado. En el que le hacen falta dos piezas; bueno: una. Gumball otorgó la penúltima pista con su propuesta de juego; tan parecida a la que Bridge le hizo jugar en el espacio grumoso.

Empero, no puede ser posible que...

—Cada quien, tendrá una taraxacum officinale— con una tímida sonrisa: hace entrega a sus invitados de una pequeña flor. Contiene el aire. Lee le ha rechazado el objeto. Tiembla su labio inferior. Exhala. El milenario ser sólo jugaba.—Ahora, aprehended su planta y frótenla en contra de su barbilla. A la una... — realiza el conteo, dedicando su atención tanto a uno como a otro de sus comensales. Tal vez, más a uno que a otro.

El absorbe colores dedica unos segundos a examinar el insulso brote de naturaleza. Desconoce su nombre, sin embargo, es capaz de recordar lo fastidioso que le resulta, porque ese tipo de flor tiende a desintegrarse con suma facilidad. Gruñe. Escucha las indicaciones del miembro de la realeza; está dispuesto a acatarlas con tal de retirarse, pronto. Recordó que esa noche se celebrará un aquelarre con los demonios del helado. Será delicioso. Más de lo que podría ser cualquier postre elaborado por el "dulce niño" .

Fricciona la flor contra el extremo de su rostro. Estornuda. Sus vías respiratorias están siendo invadidas por la nube de pelusilla que se desprendió de la planta. Apenas puede abrir los ojos entre la serie de espiraciones involuntarias en la que está cautivo. Y es por ese motivo que no advierte cómo lo contempla su amigo. Primero: con expectación; como si el ser de la noche fuese a descubrirle los misterios de la química. Luego, el brillo en sus ojos: disminuye.

—No... no hay coloración...— susurra el joven gobernante y Lee, que es capaz de escucharlo, percibe cierta decepción en su tono. En cambio, Grumos no logra oír la declaración de su mejor amigo. No hace falta. La mirada de éste: le confirma sus sospechas.

—¡Santos grumos! ¡Santos grumos!— consigue articular el menor, al tiempo que se aleja de su silla y alza el brazo para señalar a quién lo invitó a esa ceremonia—¡O sea...! ¡O sea tú...! ¡Amarillo!— exclama con desatino, puntualizando lo obvio: el científico es el único al cual la planta le proporcionó cierta coloración en su faz.

Aparta con su mano a los restos de flor que todavía pululan en el aire. No comprende cómo de ese diminuto brote salió tanta basura, así como tampoco le resulta inteligible lo que está sucediendo: el idiota amorfo balbucea sin lógica mientras Bubba juega a ser una estatua sin voz o movimiento. Realiza un sarcástico comentario. Lo ignoran. Comienza a enfadarse. Se siente fuera de lugar, ¡y él nunca está fuera de lugar! Tal vez si se transforma... No lo hace. Una ligera molestia se lo impide.

—¡Santos! ¡Santos grumos! ¡Necesito...! ¡Necesito...!— realiza rápidos aspavientos en el aire, antes de girar en sí y comenzar a avanzar en dirección contraria al castillo.

—¡Grumos!— proclama en voz más alta de lo normal y se dispone a perseguir a su amigo, aunque, antes de partir: realiza una breve reverencia ante el espectro— Se da por concluida esta ceremonia. Agradezco su presencia. Obtendrá los presentes... después...— por un momento: abandona la etiqueta real y corre a toda prisa por el verde prado.

Mil años. Durante mil años ha sido testigo o participe de situaciones más incoherentes que la irracional persecución de los mocosos; así que se limita a sujetar el parasol e iniciar el retorno a su hogar. Los pastelillos le han sentado mal. Su estómago le adolece. Aunque, es extraño que esa dolencia iniciara al pensar en lo deseable que lucía Gumball cuando estaba sonrojado... ¡sonrojado por las estúpidas acciones de cierto idiota! Masculla. No tiene importancia. Ni eso, ni que Gum-Gum lo dejase por ir tras el imbécil.

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"¿Por qué no preparaste el desayuno, amor?"

Ante tal recibimiento: Lee bosteza. No está en sus planes el preparar un "banquete" para su novia. Si tiene tanta hambre: la cocina no se ha movido de lugar. Está por ingresar a la recámara cuando Ashley le jala de la ropa. Los sentidos del varón se sitúan en alerta: ella podría colocarle una maldición con sólo un toque. No obstante, cuando se da la vuelta: la encuentra sonriendo.

—¡Dientes de león!— anuncia con alegría la fémina al tomar la bolsita que inconscientemente el vampiro trajo consigo tras la ceremonia— Justo lo que necesitaba para mi poción. Ya veo que sí me estabas escuchando la pasada noche, cariño.

Recibe con beneplácito el ósculo que su pareja le otorga como recompensa. Quién diría que esas inútiles flores podían servir para algo más que niñerías incomprensibles. Prolonga el tentador contacto. Las formas femeninas le incitan a posponer su descanso, pero, con esfuerzo deniega la invitación y se separa de la joven.

—Marshall— le nombra con coquetería para después agarrar una de las flores y friccionarla debajo de su boca, justo cómo Gumball les indicó a sus invitados—¿Me ha pintado de amarillo?— entrevista con un gesto atrevido que a Lee le gusta bastante.

—No veo— le contesta provocadoramente. La aprehende de la cintura y la acerca a él para posicionar sus labios sobre la zona con el ligero tono.—Sí, un poco...—contesta a la pregunta anterior y se dispone a disfrutar a suaves besos de la piel expuesta que se estremece ante sus caricias.

—Eso significa que estoy enamorada de ti—confiesa la mujer entre suspiros—. Los dientes de león pigmentan si estás enamorado.

—¡Eso es estúpido!— reclama el músico sin importarle el enfado de Ashley por la brusca interrupción. Un objeto tan insulso no podría saber de cursilerías baratas. Además, él está seguro de sentir atracción por su pareja.

—¡Tú eres el estúpido!—refuta con ironía la chica que se acomoda los tirantes de su camisa— Eres un vampiro, te juntas con fantasmas y eres el novio de la mejor hechicera de la Tierra de Aaa; ¡deberías ser capaz de creer que una "estúpida" flor tiene una banal peculiaridad!

No escucha la explicación de su amante acerca de las flores y sus poderes desde tiempos más lejanos que la Guerra de Hongos. Carece de relevancia. Él no va a tragarse esas patrañas. Además, necesita descansar. El estómago le ha vuelto a punzar con mayor intensidad.

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—¿Estás bien?— se retira el rubio cabello del rostro para ver si su amigo se hizo daño tras la caída que ambos compartieron desde uno de los riscos del abismo de azúcar.

—Estoy muerto— se mofa el de pálida tez y recibe por su contestación: un ligero golpe en su brazo— Técnicamente lo estoy, Fionna. Soy un vampiro, ¿recuerdas?— se carcajea ante la ingenua expresión de la heroína al sopesar sus palabras.

Ríe más. En verdad le agrada el pasar tiempo con la joven, sobre todo porque ambos disfrutan realizar actividades de alto riesgo. Por ejemplo: lanzarse al vacío para escapar de una persecución de lobos infernales. Aunque, en esa ocasión el peligro se vio aminorado al caer directo a un extenso lecho de flores. Molestas flores que se desintegran ante cualquier toque. Estornuda. Una. Dos veces. Más. ¡Las detesta como en antaño!

La humana comenta, con una curva risueña en los labios, la derrota del "temible" rey de los vampiros ante inofensivos brotes de plantas. Su observación es sancionada con: maléficas cosquillas. Ambos ruedan por encima de la pradera. Se divierten. Empero, ni siquiera aquél buen momento aligera la opresión que Lee percibe en el estómago. Ella no debería estar a su lado, si no con su novio: viendo empalagosas películas como cada viernes desde que están juntos. La presencia de la blonda fémina con él es un indicador de cuan absorto está Gumball en su labor de hallar cómo hacer frente a la guerra que se avecina.

—¡Basta, Marshall!— solicita a carcajadas la hermana de Cake—¡Ya verás cuando mi brazo mejore!— amenaza con una gran sonrisa al varón encima suyo.

—¿Intentas asustarme?— abre la boca para enseñar sus afilados colmillos a la adolescente que le contempla sin temor alguno. Vuelven a troncharse de risa antes de separarse y quedar recostados, bajo la pálida luz de luna.

Con torpeza, da algunas palmadas sobre la férula que Fionna debe colocarse en cada ocasión que una vieja dolencia le impide utilizar su brazo. Se tensa al recordar su implicación en aquél fallo que lastimó a la guerrera y el cual, motivó su ruptura con Gumball. Destroza algunas flores. En esa ocasión: el príncipe no confío en él. Ahora, es distinto. Bubba le había solicitado apoyo... ¡idiota!, ¡cómo si pudiera negárselo!

—Lee— le llama con cariño la bonita humana— Tienes pintado aquí— toca la barbilla del vampiro para despintarle con los dedos el suave tono amarillo en esa zona.

—Tú también, Fionna— retira la mano de la chica para limpiarse a sí mismo con su manga—Tú también...

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El asunto de los dientes de león y sus peculiaridades es un dato proveniente de: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Me pareció una mona curiosidad y la agregué al capítulo para facilitar la revelación de sentimientos. Y sí, Marshall en el "presente" de la historia conserva sentimientos de índole no platónico hacia el príncipe... aunque, tiende a negarlos por su propia sanidad mental. En fin, espero que el capítulo fuese de su agrado.

En un momento: contestaré sus comentarios (¡me gustó mucho leerlos!). So, como uno de ellos viene de forma anónima, lo responderé en este huequito:

S-chan:

No os preocupéis: no llorareis. Me tardé eones actualizando porque he vuelto a re-escribir el fic en su totalidad, para que así el GumLee (¡Bubba seme! —no se lo crean—) tenga un final más feliz. Os confieso que la idea original tiraba al angst, mas, la vida real ya tiene mucho de eso y aburre. ¡Gracias por leer mi trabajo!

¡Tengan todos un buen día!