En ese momento sus pensamientos se vieron interrumpidos por una gran explosión muy cerca de ahí. Fue tan fuerte que toda la Corporación Cápsula cimbró con violencia. El Dr. Brief de inmediato corrió hacia su mujer, con la intención de protegerla. Sin
embargo, su hija no pensó de la misma manera. Bulma sabía exactamente donde se había originado la explosión y no dudó en ir hacia ella. Corría lo más rápido que sus frágiles y delgadas piernas le permitían. Con una mano sujetaba con fuerza su vestido
a la altura de su pecho, por la preocupación que la estaba invadiendo y que aumentaba mientras más se acercaba a la cámara de gravedad. Yamcha se lo había dicho apenas el día anterior: "Si continúa así, morirá..."
Cuando por fin dejó la casa atrás y salió al patio principal, no tardó en distinguir que efectivamente el humo provenía de donde se encontraba la nave, misma que Vegeta usaba para entrenar por la cámara de gravedad que su padre había construido dentro
de ella.
—Oh, no... —murmuró.
La nave había desaparecido, en su lugar solo había escombros y humo. Yamcha ya estaba ahí, contemplándolo todo, pero no había rastro de Vegeta por ningún lado.
—Lo vi todo —le dijo sin siquiera mirarla. La había escuchado correr hasta ahí y podía sentirla justo detrás de él—. Yo estaba a pocos metros, entrenando como todos los días. Por poco quedo involucrado en la explosión.
Bulma sentía como si se le estuviera saliendo el alma del cuerpo. La angustia que estaba experimentando en ese momento jamás la había sentido en toda su vida.
—¿Dónde está él...? —se atrevió a preguntar.
—Y yo qué voy a saber. Lo más probable es que esté muerto —respondió. Se giró justo lo necesario para poder contemplar su reacción.
Yamcha sabía que no era así. Podía sentir el ki de Vegeta en medio de todo el desastre. Era débil pero seguía ahí, emitiendo energía; una muy desagradable energía, a su parecer. Su intención era medir la reacción de Bulma ante la perspectiva de que el
saiyajin estuviese muerto. Últimamente los celos no lo dejaban estar en paz. Ni siquiera podía concentrarse en su entrenamiento y venía siendo hora de que aclarara ese aspecto de su vida amorosa para poder tomar una decisión.
La chica reaccionó con agresividad ante las palabras del muchacho.
—¡NO DIGAS ESTUPIDECES! —gritó. Se acercó a él e intentó golpearlo en el pecho con ambas manos pero el chico la detuvo con facilidad, sujetándola de las muñecas.
—¿Qué te sucede? —preguntó, decepcionado por su reacción.
—¡Vegeta es un saiyajin! ¡No pudo haber muerto por una simple explosión!
—¿Simple, dices? Sólo míralo... todo está hecho pedazos y no hay rastro de él. Está muerto. Además, ¿por qué te importa tanto?
En ese momento, justo en medio de todo el desastre, los escombros comenzaron a moverse y una voz familiar surgió desde el fondo.
—Después de todo, sí eres una mujer inteligente. Lástima que no pueda decir lo mismo de ti, insecto.
Ambos se quedaron atónitos ante la imagen que se les estaba presentando justo frente a ellos. El príncipe saiyajin, con mucho esfuerzo, estaba intentando salir de debajo de los escombros de la cámara de gravedad. Chorreaba sangre de casi todo el cuerpo
y varias de las heridas que se podían distinguir a simple vista tenían una pinta terrible. Yamcha fue el primero en reaccionar ante aquella escena, pero no hizo nada para ayudar al guerrero. Soltó a la chica y se quedó cruzado de brazos, observando.
Bulma, en cambio, tardó un par de minutos en recuperarse del impacto que le provocó ver a Vegeta de esa manera. El príncipe ya se encontraba de pie cuando la chica del cabello azul comenzó a gritarle.
—¿ACASO QUIERES MORIRTE? —soltó, enfurecida—. POR POCO Y DESTRUYES TODA LA CASA. TODO POR TU ESTÚPIDO ENTRENAMIENTO. ERES UN BÁRBARO SIN CEREBRO.
La reacción del saiyajin ante los gritos de la chica sorprendió a los espectadores aún más que la explosión. Vegeta se rió. El orgulloso príncipe se estaba riendo. Bulma no supo descifrar si se burlaba de ella o si de verdad se había vuelto loco.
Vegeta sentía su cuerpo ardiendo; como si le hubieran prendido fuego desde adentro, sentía sus extremidades como piedra y era consciente de cómo las fuerzas lo iban abandonando poco a poco. Lo último que quería era dar una imagen de debilidad ante las
dos personas que lo miraban en esos momentos, pero los daños habían sido graves y no tuvo más remedio que tragarse el orgullo y dejarse llevar. En segundos ya no pudo ser capaz de mantenerse en pie y se dejó caer de espaldas sobre los restos de la
nave.
En esta ocasión la chica reaccionó al instante. Sin pensarlo dos veces corrió a auxiliar al saiyajin. Yamcha, que aún se encontraba a su lado, intentó detenerla pero ella había sido mucho más rápida con sus movimientos. Bulma, al llegar con el muchacho
herido, se arrodilló junto a él sin importarle nada; ni siquiera sentía las rocas lastimando la delicada piel de sus piernas. Fue un gran alivio para ella ver que Vegeta seguía vivo y consciente. Hizo presión bajo su espalda mientras que con otra
mano lo jalaba de uno de sus brazos con todas sus fuerzas, en un intento por ayudarlo a incorporarse.
—No necesito de tu ayuda —gruñó el saiyajin con un leve susurro. Sin embargo, no hizo esfuerzo alguno por alejar a la chica, sino que se ayudó con su brazo libre para lograr incorporarse, quedando sentado.
Estando ambos en esas posiciones, Bulma acercó su rostro aún más al cuerpo malherido de Vegeta y posó su mano sobre su pecho desnudo. Su bonito vestido ya se había humedecido a causa de toda la sangre, aunque la mancha no se lograba distinguir gracias
al color rojo del mismo. Vegeta estaba sorprendido por los gestos de atención y preocupación de la muchacha, pero pudo disimularlo fácilmente.
—Sólo deja que te ayude a levantarte, necesitas que te vea un Doctor.
—¡El príncipe de los saiyajin no necesita de esas cosas! Lo que necesito es seguir entrenando, para superar a Kakaroto. ¡VOY A SUPERAR A KAKAROTO A COMO DÉ LUGAR!
—Yo sé que lo harás —respondió con calma y un tono más cariñoso de lo que pretendía en su voz—. Pero primero debes curar esas heridas.
—Yo tengo que ser el más fuerte del universo...
—Tú eres el hombre más fuerte que conozco, Vegeta. Por favor —su voz ahora tenía un tono de súplica— deja que cure tus heridas.
A esas alturas, Vegeta ya no fue capaz de disimular la sorpresa en su rostro.
La preocupación de la chica parecía genuina y él no estaba acostumbrado a ese tipo de gestos. Le incomodaba la sensación que estaba experimentando al ver la sonrisa que le estaba regalando Bulma en ese momento. No era compasión, estaba seguro; era otra
cosa que no supo identificar con exactitud.
Ninguno de los dos se estaba dando cuenta de la mirada acusadora que les estaban lanzando a pocos metros de ahí. Yamcha hervía del coraje y le estaba costando mucho controlar sus celos y sus ganas de ir a separar a su novia de aquel sujeto.
—Suéltame —le ordenó—. Te dije que no necesitaba de tu ayuda.
Con sus últimas fuerzas hizo a la chica a un lado y se puso de pie. Dio un par de pasos, con la intención de alejarse de ella, pero fue demasiado esfuerzo para su cuerpo. Ya no era capaz de soportar el dolor y sus piernas habían dejado de responder.
—¡Vegeta! —gritó ella al ver al saiyajin caer nuevamente.
El príncipe estaba inconsciente y Bulma no fue capaz de ayudarlo. Sus brazos eran demasiado débiles para soportar su peso completo. Necesitaba que alguien le ayudara; fue en ese momento cuando recordó que Yamcha aún seguía ahí, observándolos. Su novio
lo había visto todo. Estaba consciente de que había hecho algo malo pero por alguna extraña razón no sentía culpabilidad, más bien estaba comenzando a enojarse por verle allí, parado sin hacer nada.
—¿Por qué sigues ahí?, ¿qué no ves que necesito ayuda?
—Puedo darme cuenta de eso.
Yamcha se cruzó de brazos y no se movió ni un centímetro. Ambos se quedaron mirándose, desde la distancia. De pronto, el chico hizo algo que dejó a Bulma atónita: dio media vuelta y comenzó a alejarse de ahí. Si no fuera porque lo estaba viendo con sus
propios ojos no lo hubiera creído jamás, no de él.
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