Megrez se sentía abatido inconscientemente. No quería darle más importancia a lo vivido en unas pocas horas. En el momento en que se bañó y se acostó en su cama, no pudo evitar pensar en aquella escena de Hilda y Flare ayudando a una desconocida. ¿Hasta dónde puede llegar la estupidez de aquellos que tienen sentimientos tan inútilmente puros? ¿Qué iba a pasar si en realidad aquella joven se revelaba contra el castillo de Asgard? En todo caso Hilda ya le había tendido una mano. Y ojalá así sea, mientras más personas estén en contra de las órdenes y gobierno de Polaris, muchas más ventajas tendría él de mandar.

Pequeños recuerdos surcaron en su joven y culto cerebro. De su niñez ya había adoptado la fama de ser un muchachito solitario y cruel. No tuvo memoria de cuál había sido la primer muerte a manos de él. Los Alberich eran ambiciosos, sedientos del poder que un gobierno les puede dar, e injustos en aquello que pueden sacar ventajas, sin importar las condiciones y el infortunio que pueda llegar a tener el contrincante.

Por suerte el sueño se hizo notar, cerró los ojos, eran las cuatro de la madrugada.

Se despertó por el contacto de la luz de la ventana en sus ojos, se sentó en la cama y luego se paró para ir al baño. Se bañó una vez más, se vistió y salió de su habitación. Hoy otra vez le tocaría turno de guardia a la noche, en los bosques de Asgard.

Una vez cambiado y limpio salió de la habitación, pasó por las habitaciones de servicio, no conscientemente, solo había un camino hasta la planta baja del castillo. Pasó por la que recordaba, era el cuarto donde había dejado a la joven. Notó que la puerta estaba entreabierta y oyó voces dentro. Un dejo de curiosidad de asomó a sus adentros, frenó y miró a través del pequeño espacio que había entre la puerta y el marco de madera. Hilda estaba dentro, sentada en una silla a lado de la chica, le había puesto un paño frío de gasa en la frente, aún no había despertado.

-Alberich, ¿puedes pasar a darme una mano?-preguntó Polaris sorprendiéndolo. Se enojó consigo mismo porque lo hayan descubierto así, se recriminó en sus adentros maldiciéndose así mismo.

-Claro, señorita Hilda-entró al cuarto estando aún humillado. Miró a la joven un vez más postrada en la cama y sintió una sensación de indiferencia hacia ella, pensó en una vez más en lo débiles que pueden llegar a ser las personas.

-Hace rato hizo muecas de querer despertarse, pero todavía no lo ha hecho. No quiero pensar que se haya enfermado-mantuvo la mano apoyada en la frente de la joven. Alberich permaneció callado. Vio cómo la desconocida fruncía las cejas en tono de disgusto, parecía que reaccionaría en cualquier momento.

Un guardia se hizo presente en la puerta, llamando a Hilda.

-Señorita Hilda, su hermana Flare le solicita para el almuerzo.

-Enseguida voy, puedes retirarte-le sonrió de buena manera y se levantó de su silla.

Hilda se encaminó a la puerta y le dio un asentimiento de cabeza a Megrez como despedida. Alberich giró sus pies para retirarse cuando un gemido casi inaudible llamó su atención. Volteó a ver la cama y notó que por fin la desconocida estaba despertando.

La joven abrió los ojos con pesadez, seguía manteniendo las cejas cruzadas por la incomodidad de la luz proveniente de la ventana. Alberich vio unos ojos celestes agua adornar su rostro. Ella guio su mano a la cara intentando así cubrirse del destello del ventana, con unos pequeños quejidos saliendo de su boca.

Se dio cuenta que no tenía nada que hacer ahí, se dirigió afuera antes de que ella lo viera.

-Espera...

Alberich la miró sereno, pero no tenía ganas de estar allí sinceramente.

-¿Dónde estoy?-preguntó con voz algo insegura.

-En el castillo Valhalla. Te rescaté de ser devorada por unos lobos del bosque.

-¿Me rescataste?-lo miró con ojos como suplicantes y él se dio cuenta que cometió un error al decírselo.

-Sí, lo hice. Pero no necesito que me lo agradezcas, no había sido mi intención.

Se lo dijo de una manera muy fría y determinada, ella abrió los ojos sorprendida, sin entender completamente al guerrero.

-¿No fue su intención?

-No en realidad, no es algo que tenga que discutir contigo.

-Pero al fin y al cabo me salvó. Le debo las gracias.

-Ya te dije que no necesito que me lo agradezcas, no me importa. De todas formas es lo más probable que recibas un castigo por haber invadido los bosques de Asgard, siendo que está prohibido-una mirada desesperada surcó en ella.

-Lo siento, de verdad nunca fue mi intención usurpar las propiedades del castillo. Me siento apenada por haber ocasionado esto. Yo salí a caminar y me perdí, nunca conocí los límites del pueblo, me adentré en el bosque sin saber que era una propiedad privada y cuando me di cuenta estaba corriendo para salvar mi vida. Me caí unas tres veces por la nieve entre los troncos de los árboles, y no recuerdo más-dijo casi entre sollozos.

-¿Que no conoces los límites del pueblo? Me parece una estupidez, pareces tener una edad apropiada como para conocer tu propio lugar de estadía.

-No creo que tenga algo que ver, cualquiera puede perderse con el espesor de los árboles que invaden tanto al pueblo como al bosque, sumado a la cantidad de nieve-contestó tranquilamente.

-Creo que un poco de sentido de orientación no te vendría mal, no es mi problema-se dio vuelta para irse, cuando sintió que tomaban su mano, al darse vuelta Alberich pudo notar el suplicio en los ojos de la mujer.

-No te vayas, por favor. Siquiera dime qué más pasó.

Esta mujer le estaba resultando increíble, acababa de tirarla por el piso con su arrogancia pero ella seguía firme en querer averiguar lo que quería. Le pareció algo gracioso. Por lo general los guardias le temían, sabían lo despiadado que podía llegar a ser.

-Nada interesante, ya te expliqué suficiente- soltó su agarre con algo de fuerza, rápidamente.

-¿Pero me trajiste hasta aquí? ¿Fuiste tú? ¿Eres uno de los guardias del palacio?

-Sí, yo lo hice. Y no soy un guardia. Soy Alberich de Megrez Delta, un guerrero elegido por el dios Odín para la protección de este pueblo.

-¿Por nuestro dios Odín?-notó la admiración de la chica, y vio cómo esta se enderezaba en la cama para atenderlo mejor-¿Eres su subordinado? ¡Entonces estás lleno de poderes!

Alberich sonrió soberbiamente y se sintió algo halagado por la admiración de ella. Nunca fue algo usual que lo halaguen por su poder. Pero no quiso darlo a conocer.

-Mi poder es muy elevado, soy uno de los guerreros de la más alta élite de Asgard-dijo con aires de grandeza.

-¿En serio? Me llamo Épsil, es un gusto. En verdad me siento confortable al haber sido salvada por un guerrero como dice ser-ella le brindó una sonrisa abierta y tomó su mano en forma de saludo.

Alberich quedó totalmente duro. La situación se le había ido de las manos. Soltó la mano de Épsil casi de inmediato y se fue rápidamente sin decir nada, notando la confusión de la joven.

Caminó con rumbo a las afueras del palacio, casi corriendo de la impresión que le dejó la situación. Quería alejarse de todo y estar en un lugar neutro para poder aclarar sus pensamientos. Se sentó en su habitual tronco para pensar y distinguir bien las cosas. No entendió que pasó allí, en esa habitación con aquella mujer, le había brindado más confianza de la que debía. Era la primera vez, aparte de los guerreros e Hilda, en la que pudo entablar una conversación con alguien, y no quiso darse cuenta cuando se sintió a gusto con esa mezcla de palabras.

Apoyó su cabeza entre sus manos, sintiéndose abrumado y algo desorientado, humillado una vez más en el día. ¿Qué pasó con el omnipotente Alberich? Su efecto contra los guardias, y las demás personas del pueblo era el que le teman y le mantengan el respeto. Pero no sirvió con aquella chica, de nombre Épsil. Pensó a fondo su problema y se excusó pensando que ella no lo conocía, el típico ser inocente que no sabe que puede llegar a meterse en la boca del lobo sin darse cuenta.

Liberó su energía por esa mañana, entrenándose como habitualmente lo hacía. Para su suerte no había nadie rondando por donde él estaba, nadie que lo interrumpiera, que lo corrompa. Que lo sacara de sus cabales internos y lo absortaran. Lo que lo abrumó esa mañana ya no lo afectó más. Fue una simple cosa en su interior, que lo consideró como una inseguridad.

Inseguridad que sentía por el que alguien pudiera escarbar en lo más profundo de su ser. Se mantenía al margen de su coraza de frialdad y crueldad hacia los demás, así pensaba que se manejaba un mundo justo que él pueda controlar a la perfección, sin que nadie lo interrumpa, ni se revele en contra.

La misma muerte de sus padres, de su familia, la pérdida de su hogar y la soledad de su niñez fueron la incentivación que necesitó para formar esa coraza firme, como si fuera un duro pedazo de amatista, como así lo observaba él. Los libros fueron su mayor influencia durante esa dura etapa, la muerte y la desdicha que lo abarcó no le fue demasiado grata, pero tampoco sintió la necesidad de llorar y lamentar por mucho tiempo.

El mediodía llegó y la nieve volvió a hacer ademanes de querer desenvolverse, Alberich se dirigió al castillo Valhala, no con demasiadas ganas de volver. Al llegar a la entrada notó dos figuras esbeltas, cubiertas totalmente de grandes abrigos de pieles por el frío.

Miró despectivamente cada una y notó que eran Hilda y la tal Épsil. Se quedó apoyado en una pared de piedra viejísima, esperando que las despedidas comiencen. No tenía pensado ni por asomo acercarse allí.

Con sus ojos cerrados, y de brazos cruzados pensó en las diversas formas en las que en ese día había herido su orgullo. Fue suficiente por esta vez, era un tipo duro y no cesaba ante ciertas cosas.

No oyó más voces y cuando quiso darse cuenta, la joven Épsil estaba en la entrada junto con él.

-Alberich de Megrez-le sonrió. Él solo atinó a mirarla.

Altura como la de Hilda, cabello largo por sobre la espalda, no lo tenía recogido. Un saco largo de piel que la cubría del viento azotador, le dirigió una mirada llena de paz, una sonrisa cautivante y apacible.

No quiso reconocer, que en cierta forma la joven tenía un atrayente inocente, como el de alguna de las musas de los mitos griegos. Una mirada serena y llena de tranquilidad, o eso podía llegar a incitarle a las demás personas, creyó, pero no a él.

-Noto que no eres una persona que suele, uhm, interiorizarse con los demás.

-No lo veo una necesidad.

-Pero es preferible la compañía, antes de estar solo.

-Quizás así sea para ti.

-¿No te gustaría tener algún amigo, por lo menos? ¿Nunca lo has pensado?

-¿Quién dijo que no los tengo?-preguntó defensivamente, no iba a discutir con una niñata.

-Me estás demostrando lo difícil que se te hace sociabilizar con los demás.

-¿Y qué pasa si es contigo con quien no quiero sociabilizar?-se acercó amenazadoramente, ya había colmado su paciencia. Discutir con inferiores no era su legado.

-¿Entonces por qué terminaste salvándome?

La muchachita no daba el brazo a torcer, Alberich estaba perdiendo lo poco que le quedaba de cordura, pero no armaría semejante escándalo solo por una infeliz. La poca confianza que comenzaba a tener con Hilda, obviamente falsa, no sería arruinada por esta niña.

-Porque era mi deber, recibiendo órdenes de mis superiores.

Ni siquiera él se creyó sus palabras, pero actuó demasiado bien.

-Está bien, señor Alberich. Pero usted está incordiándome con sus palabras tal vez poco pensadas para conmigo-sonrió-. No creo que el gran Odín se enfrasque en una persona fría de sentimientos como usted.

Se acabó, no iba a aceptar las ofensas de una desconocida, que además de todo, desagradecida por haberla salvado. Sentía hervir su sangre por dentro, ¡¿quién demonios se creía?! Si no hubiera tantos guardias de testigo la aniquilaría ahí mismo, no le importaba. Pero optó el camino fácil y decidió irse.

-Ten en cuenta que lo hice por ser mi deber, pero de no ser así hubiera dejado que aquellos lobos te devorasen enseguida-le clavó una mirada helada, y se giró para retirarse.

La joven no respondió, quizás por lo anonada que quedó por sus palabras, y fue mejor así. Alberich no volvió a mirar atrás, era algo que no le correspondía. No sintió nada más aparte del enojo por la falta de respeto, que así lo consideró. Caminó a paso rápido, costumbre de caballero, hacia el interior del castillo Valhalla. Sabía de antemano que esa sería la última vez que vería a esa insulsa mujer, y la indiferencia de la situación volvió a hacer mella en sus adentros.

Una vez más en su vida volvió a entrar a la biblioteca, otra vez la rutina, algo cíclico. Sabía de memoria qué contenía cada estante, había leído y culturizó su afamado cerebro gracias a esos libros viejísimos. Nunca creyó necesitar algún tutor para poder abarcar todo tipo de contenido. Su gran cerebro estaba siempre atento a las situaciones, a los años de experiencia, a las personalidades, a todo aquello que en su vida llegó a cruzarse. No tenía cómo fallar, siempre encontraba la respuesta a algo. No por algo, era considerado El Cerebro de Asgard.

Su mayor virtud siempre fue el poder encontrar solución a los problemas, la simple respuesta denotaba años de enseñanzas y experiencias, y se sentía orgulloso de sí mismo. No partía en él la fuerza física, pero podía lucirse con su magnífico cerebro.

Tomó otro libro jamás leído del estante, había suficientes como pasar una vida entera allí. Y el hecho de que los libros sean de antaño, escritos por famosos autores y de época antigua, lo hacía más interesante.

Mitologías. Sabía de derecho y de revés la historia nórdica, desde cada héroe enigmático de Asgard, criaturas espeluznantes dignas de admirar, valquirias listas en cada momento para cantar, las distintas familias afamadas de poder, y distintas leyendas y mitos siempre vigentes hasta la vida real.

La mitología griega le gustaba de igual intensidad. Pensó algún día si llegaría a tener el mismo poder del omnipotente y omnipresente dios Zeus, si llegaría a tener la misma intensidad de su rayo celestial y gozar infinitamente de las prioridades de los dioses divinos, en el monte Olimpo regocijar de un sin fin de halagos y miedo ante los demás. Los mortales ya no compartirían su mismo ambiente, se hallarían lejos, temerosos de la ira de su ser. Criaturas bestiales dispuestas a obedecer su mandado y traer ante sus pies el botín de muerte, destinadas a Hades en el averno después. Un sinfín de campos verdes, flores de infinidad de tamaños, colores, texturas y aromas inundando el lugar. Variados jacintos trágicos de Apolo, la fuente enigmática de la juventud de Afrodita, el río Europa haciendo presente el deseo de Zeus, las bellas y hermosas ninfas esperando algún deseo por parte de los dioses, y lo más importante; la ambición de poder, la sensación de tener no el mundo, sino el Universo completo ante tus pies. Cada ser, humano y partícula, teniendo miedo ante el poder de Alberich.

Pensó cuánto le costaría llegar, pero su cerebro estaba dispuesto a crear un sinfín de soluciones. Era un tipo capaz de engañar a los demás con facilidad, nunca nadie le creyó lo contrario. El chantaje era su preferencia. Llegó a pensar que él solo podría llegar a un poder como el de los dioses principales, era cuestión de esperar.

Lo que buscaba ahora era un descuido por parte de Hilda para por fin actuar, y quizás, solo quizás el tiempo esté muy cerca.

Llegada la noche se acostó y leyó una vez más, buscando entre libros viejos algo que se le esté pasando por alto entre las distintas historias y leyendas nórdicas, que sea de ayuda para gobernar. El hurto de la espada de Odín era perfecto, gozaría de su armadura y aquella arma haría todo. Pero los malditos zafiros, solo tenía uno de siete. Y si era un deber de cada guerrero mantenerlo por siempre. No se le hacía nada fácil, pero tampoco es que sea difícil.

Dejó el libro en la mesa de al lado, apagó las velas y se acostó, su cabeza imaginaba más a esta hora, a la madrugada. Parecía un universo lleno de estrellas y galaxias merodeando por dentro. Pensó qué tan fuertes serían otros guerreros, quizás más fuertes y más poderosos que él, pero no portaban su envidiable inteligencia y el futuro que le deparaba.

Sonrió para sus adentros, aquellos que osaron de burlarse de él e insultarlo ahora temerían y orarían por su vida, Alberich no tenía problemas de matar a un ser cercano a él. Había asesinado antes, podría hacerlo sin más ahora. Si eso debía hacer para llegar al poder, entonces mataría con gracia.