La vivienda de un Sabio.
No me sentía agotada a pesar de la hora.
Maestro me había llevado en taxi hasta un punto que parecía mucho más lejano de lo que era, debido a mi propia incertidumbre y al denso silencio que nos acompañó en esa hora de viaje, donde vi el sol ocultándose tras el firmamento; pude ver gente que andaba por las banquetas, invisibles al mundo sobrenatural en el que estaba envuelta, automóviles con pasajeros estresados, edificios lúgubres y sombríos, tiendas departamentales, casas idénticas y estrechas de fraccionamiento… de pronto, la visión de urbe acabó para dar paso a los altos árboles característicos del bosque, ese tramo que aun no había sido tocado por la ciudad. ¿Íbamos a Ciudad Central? ¿A la mansión…?
-No. -Maestro interrumpió el silencio. -No podemos ir allí tras lo sucedido hace un mes.
-¿A dónde vamos? -Cuestioné. Mi voz sonó como un monótono susurro.
-A donde vivo, donde me oculto. No todo el tiempo tengo que estar tras Antiguo.
Ni siquiera lo había pensado, siempre lo imaginé bastante autodidacta por la manera en que se expresaba, las decisiones que tomaba.
-¿Es por tu condición?
Hubo otro silencio. El vehículo había girado por un camino de pavimento entre los altos árboles, mostrando una especie de coto bastante elegante, con acaso diez casas pintadas en colores claros o pastel, rodeadas de flores y arbustos estéticamente cortados, así como altos cercos de herrería negra. El taxi se detuvo en frente de una de esas ostentosas casas, y mi teléfono celular había comenzado a sonar, por doceava vez quizá en el trayecto.
-Baja. -Me ordenó con voz suave. -Creo que es hora de presentarme.
No supe en ese momento a qué se refería exactamente; cuando bajé del vehículo, como respuesta involuntaria a su orden, lo vi parado frente a mí con la mano extendida. Quería mi teléfono. Eso me llenó de terror, iba a quitarme lo único que me mantenía comunicada con el exterior, con mi madre, con Carol. Con Logan. Ese terror me hizo renuente, y mi mano tembló en el esfuerzo por resistirme a entregárselo.
-Dame el teléfono, Selina. -Su voz tenía ese mismo suave tono. -Voy a entregártelo de vuelta, no tienes por qué preocuparte.
Se lo di. Maestro era un completo enigma para mí. Contestó entonces a la tercera llamada de mi teléfono tras bajar, sabiendo yo quien era el insistente.
-Cazador, eres un pésimo perdedor. -Habló. Solemne, mientras andaba hacia aquella casa, cuyo cerco frontal estaba abierto. -Caminas seguro de ti mismo, pero al final eres un completo humano. Nada malo, puedo asegurártelo, no me sirve de nada debilitada o muerta… prometo que cuidaré bien de ella, ya tendrás noticias. Adiós, Logan.
Las puertas de madera y vidrio polarizado se abrieron cuando Maestro se acercó lo suficiente; era una hermosa casa de dos pisos con acabados de madera negra y amplios ventanales cubiertos con aterciopeladas cortinas opacas, la escalera para subir estaba en el centro, curveada y hermosa. Me sentí fuera de este mundo, como atrapada en un sueño extraño. Maestro me entregó el teléfono entonces, y lo guardé con rapidez en el holgado suéter que llevaba puesto sobre el azulado vestido, como si de esa manera él no fuera a quitármelo de nuevo.
-No puedes contestarle a Logan. -Me dijo. -Fuera de allí puedes llamar a quien desees, sin revelar dónde te encuentras ahora.
-¿Qué debo decir entonces? -Sumisa. ¿No era lo mismo que estar con Logan?
-Usa tu imaginación.
Me quedé helada, frustrada con esa contestación. Estar bajo ese sello de sangre era peor que estar fascinada, porque era completamente consciente de ello. Así como lo era de que Maestro no estaba siendo completamente sincero conmigo.
-Al fin llegas.
Era un tono bastante dulce, como si el idioma que hablaba no fuese su nativo; a nuestro lado derecho se encontraba parado un hombre muy alto, justo en un precioso arco que separa el recibidor de lo que parecía una elegante sala de terciopelo púrpura. Su piel era excesivamente pálida, tenía los distintivos ojos azules muy claros, y el largo cabello negro atado en una coleta baja. Su atuendo parecía de otra época, contrastando completamente con Maestro, además de verse un tanto más adulto que él.
-Sentimental. -Contestó Maestro. -No es normal que retes a la luz del atardecer.
-Tú tampoco.
Sentí la mirada del Sabio sobre mí, incomodándome considerablemente, para luego seguir hablando.
-No pensé que fueses a tomar otro hijo de sangre, Maestro. Aunque pensé que no tenías predilección por las mujeres.
-No la tengo, y no lo he hecho. ¿Qué es lo que haces aquí?
Estaba mareada, nauseabunda, excesivamente débil. ¿Qué demonios era lo que estaba pasando? No estaba mintiendo, pude percibirlo con suma facilidad. ¿Me había engañado con sus palabras amables? ¿Así funcionaban los Sabios?
-Has faltado tres semanas al teatro, Antiguo está preocupado por ello.
-Él mismo ha faltado tras lo ocurrido en la mansión, no puede exigir que todo vaya como si nada tras perder a Príncipe.
-Es importante hacerlo, para que haya estabilidad.
-Dile que no sufra. El sábado estaré allí para guiar su circo.
Mi mirada se empañó, y finalmente perdí la escasa fuerza que tenía en ese momento. Fue tan abrupto que ni siquiera sentí el golpe contra el suelo.
-Tu chica se…
-.-.-.-.-.-
Desperté tan rápidamente como me había desmayado.
Había una luz tenue iluminando parcialmente aquella habitación donde ahora me encontraba; pesadas cortinas aperladas cubrían el enorme ventanal a mi lado derecho, cubriendo la noche misma. Suelo alfombrado blanco como suave algodón, un tocador de amplio espejo plegable y un tocador, ambos de madera clara, frente a mí, donde estaba la lámpara de pedestal estética y esbelta que daba esa luz. La puerta cerrada y un armario que abarcaba casi toda la pared a mi izquierda. La cama, entre colchas claras, era mediana y sumamente blanda, acojinada.
Como un féretro.
La última idea me aterró tanto que me hizo bajar de ésta casi de un salto; mi impulso fue el de correr hacia la puerta y salir inmediatamente de ese lugar, pero no pude moverme de donde me encontraba de pie, como si la idea de escapar fuese lo que me retenía. Descubrí otra puerta tras de mí, al lado de la cama, y ese si pude abrirla con facilidad. El baño, entre brillantes azulejos nacarados, regadera de paredes transparentes, luz blanca como si fuese un hotel o algo parecido.
Debía usarlo con urgencia.
Me vi reflejada en el espejo sobre el lavamanos transparente, teniendo la sensación de haber estado perdida durante demasiado tiempo; llevaba mi largo cabello negro enredado, el rímel corrido bajo los ojos, y un gesto extrañamente neutro. Me quité el suéter y me aparté el grueso tirante del vestido para observarme el cuello un poco mejor, aquellas dos marcas que habían sido la mordida de Maestro.
"No la tengo".
Se me escaparon las lágrimas. ¿Maestro me había engañado también? Era una completa estúpida sin autoestima. Era obvio que solamente me había utilizado para sus propósitos, y mi necesidad me había condenado. Apenas había tenido oportunidad de dejar escapar un leve llanto de decepción cuando escuché la puerta de la habitación abrirse.
-Señorita Selina, le he traído algo de comer.
Era una voz femenina. Inmediatamente salí del baño, más que nada curiosa por lo que escuchaba, topándome con una mujer que no pasaba de treinta años; era sumamente hermosa, como si fuese una especie de modelo, alta y esbelta, de piel morena clara y estéticas ondas castañas cayendo hasta su pecho. Sus ojos perfectamente delineados de un café muy claro que hacía más dorada su mirada, sus labios pintados en un rosa neutro. Colocó sobre la cama un maletín de piel negra, y pude notar también una bandeja de brillante cobre con utensilios que humeaban sutilmente en el frío ambiente.
-¿Quién eres? -Cuestioné. Era completamente humana.
-Soy Ángela. -Susurró aquella mujer con un tono muy dulce. -Puedes llamarme Angie. Sirvo a Maestro en lo que necesite.
-Eres humana.
-Sí. A Maestro no le complace la presencia de otros Sabios, ni tener hijos de sangre.
-Entonces, ¿qué hago aquí?
-No lo sabemos aún. -Ella pareció neutra, al igual que yo, pero no podía percibir que tuviese lazo alguno. -Me tomé la molestia de tomarte medidas mientras dormías, y te he traído ropa para que puedas vestirte de forma adecuada.
-¿Adecuada?
-A las 10:30 debes estar afuera de la habitación.
Angie salió entonces tras sonreír con curiosa cortesía, como si realmente disfrutara lo que estaba haciendo; me quedé unos momentos petrificada, meditando lo que debía hacer… ¿ceder ante sus peticiones sin más o mostrarle que no iba a ser otra sirvienta en su casa? Cuando menos pensaba, me encontraba sentada en el pulcro escritorio, a punto de probar lo que sea que tenía en frente, movida más por la necesidad de alimentarme que por tener la sensación de hambre. Pescado en filete, arroz y verduras acomodados de una manera estética, un vaso con limonada y una taza con té humeante que tenía varias hojas flotando. Pintoresco, incomible. Apenas pude probarlo.
-.-.-.-.-.-
Diez de la noche.
Internamente estaba muy disgustada, pero en mi rostro no se podía ver más que el gesto neutro que parecía ser permanente en mí frente al espejo del baño, sin tener la decencia de secarme completamente tras la ducha; en el maletín había un cambio COMPLETO, con todo y ropa interior, haciéndome sentir sumamente avergonzada. Además había un vestido color guinda con un encaje negro encima de flores bordadas, zapatillas cerradas de tacón medio, y algo que parecía un broche para cabello con piedras transparentes acomodadas de forma delicada.
Y, para acabar todo, tenía de nueva cuenta esa ansiedad por la sangre de Maestro, incontrolada. Tenía que distraerme, no quería tener que verlo de nueva cuenta tan pronto.
-¿Tanto ha cambiado tu impresión hacia mí?
Estaba allí, parado en la puerta de la habitación, vestido un tanto desaliñado para ser él: la negra camisa desfajada sobre el pantalón gris, los puños desabotonados, el ondulado cabello castaño cayendo hasta su pómulo. Sus ojos verdes, humanos.
-¿Por qué? -Cuestioné. La misma voz neutra.
-Tu deseo por sangre. Es mucho más fuerte cuando estamos tan cerca. Vístete.
Iba a quejarme, pero mi cuerpo comenzó a moverse solo con su indicación; me sentí demasiado abochornada con aquello, y mi decisión hizo que mis manos temblaran cuando me quité la bata de baño, quedándome expuesta ante él. Pensé en Angie, aquella hermosa chica con un cuerpo excepcional, y después en las palabras de aquel Sabio. Me abracé, percibiendo muy latente mi desnudez, observando la ropa sobre la cama y tomando ánimo mental para comenzar a vestirme… ¿qué podía hacerme él, en todo caso? Los Sabios no tenían deseo sexual… ¿verdad?
-¿De qué te ocultas?
Comencé a colocarme la ropa interior con nerviosismo, sintiéndome sumamente avergonzada de que me quedara casi exactamente a la medida, humillada por él… por su mirada desinteresada sobre mí, causándome mucha más incomodidad que si me hubiera visto con deseo.
-Detente.
Mis manos se congelaron, dejando caer el vestido de nueva cuenta sobre la cama; un detalle extraño llegó a mi cabeza cuando percibí que se encontraba detrás de mí, apartándome el cabello húmedo para descubrirme el cuello… ¿Maestro usaba a Angie para alimentarse o algo parecido? Tuve frío. Había demorado quizá un poco más que las otras ocasiones, y tuve el impulso de mirarlo de reojo… pero me topé con el espejo del tocador.
Allí estaba yo, de perfil, frente a todo lo que yo tenía miedo: mi complexión robusta, mi escasa curva femenina. Maestro se miraba casi perfecto con su figura esbelta, mientras yo…
-No puedo saber lo que piensas, pero puedo percibir tus emociones.
-Lo que me faltaba. -Se me escapó de los labios.
-Lamento que me hayas tomado como alguien desagradable, pero hay algo en lo que si te fui honesto.
-¿En qué cosa?
-Eres la segunda a quien le he entregado un poco de mi sangre.
Quise gritar, pero nada escapó de mi garganta cuando sentí su mordida, su sorbo de sangre mucho más impetuoso quizá que en las otras ocasiones, quien sabe; nuevamente estuve a punto de desplomarme al suelo, pero sus manos templadas me tomaron de los hombros antes que pudiera hacer o pensar algo más. "No eres tan diferente de Logan. No has hecho más que engañarme una y otra vez para tu propio beneficio, y yo he caído nuevamente en esa maldita trampa".
Pero no más, no iba a permitirlo.
Pude percibir que hubo una tensión en sus manos, breve. Le había dolido. Entonces dudó de entregarme esas preciadas gotas de sangre, y sonreí mentalmente. En ese instante me sentí capaz de dejarme morir con tal de sabotear sus planes…
"Su sangre es la respuesta".
-¿De verdad? Ahora veo tu rencor, y comienzo a sentirme un tanto culpable. Abre los labios.
Lo hice, acatando su orden, pero cerré los ojos en un rechazo rotundo a lo que hacía; fue extraño, su sangre ya no caía en gotas como antes, sino que era un leve fluido caliente cayendo por mi boca hacia mi garganta. Abrí los ojos, solamente para notar que se había herido la muñeca, y eso era lo que me había pegado a los labios.
"Te he encontrado en mis sueños".
Fue extraño. El mundo entero se oscureció en ese momento, así el silencio me invadió como si estuviera dentro de una burbuja; no hubo dolor alguno, era como si flotara en el aire, llena de energía… pero no era como la ocasión en la que toqué a Logan, era más denso, como si ensamblara conmigo.
Y ella estaba frente a mí, en esa burbuja.
-¿Qué…? -Pronuncié, y mi voz fue nítida.
Era la primera vez que la veía con tanta nitidez, con una forma humana; su cabello era negro, lleno de trenzas largas hasta su espalda, que terminaban con adornos dorados, así como sus ojos grandes con tupidas pestañas oscuras… parecía una princesa egipcia, de hermosa piel morena dorada por el sol.
Esos ojos verdes. Los conocía.
-Bastet.
Aquella burbuja se rompió entonces. El cielo nocturno destelló, la luna estaba a sus pies, las estrellas parecían estar bordadas sobre su blanco vestido… y el sol parecía coronarla. Era maravilloso, tanto que caí de rodillas ante ella, extasiada y llena de su cálida energía.
-Selina, me llamaste nuevamente de una forma muy intensa. ¿Por qué?
-Maestro me… dio de su sangre.
-¿Maestro?
-Un sabio. Me dejé engañar, anhelaba mi oscuridad y él me dijo que podía traerla de vuelta… ahora soy su prisionera.
-Ninguna mujer es prisionera, Selina. -Su voz era firme. -Mucho menos ante un hijo de Lilith, nosotras somo superiores a su corrupción.
-Pero yo…
-No te equivoques. La oscuridad y la luz han convivido desde el inicio, somos un perfecto equilibrio en la verdadera benevolencia… por eso somos superiores, no nacemos de la desobediencia, y ellos son capaces de comprenderlo. Antes de todo, eres mujer, y tu sexo te hace naturalmente astuta, puedes librarte y salir triunfante de tu problema. -Vi sus cejas oscuras fruncirse. -Eleva tu nombre, pórtalo con orgullo, eres una Wicca de oscuridad.
Sentí el ánimo al escuchar sus palabras, su seguridad me llenó de energía. Yo era una mujer. Una Wicca oscura.
-¿Volveré a verte?
-Me has llamado. Es tu destino. Seguiré contigo, tal como antes.
-.-.-.-.-.-
-Selina. Selina, despierta.
Los ojos verdes de Bastet eran mucho más intensos que los de Maestro. Ese fue el primer pensamiento que llegó a mi cabeza cuando desperté y miré a Maestro, su rostro con un leve gesto de preocupación; una luz brilló en mi cabeza en ese momento.
-Maestro. -Susurré. Su control se había debilitado un poco en ese momento.
-Por un momento creí que me había propasado contigo.
-¿Te inquieta?
-Tienes una función importante. -Me alzó hasta dejarme sentada en el suelo, y mi vista se nubló un poco por lo abrupto. -Ahora, levántate y vístete.
Hice lo que me pedía, aunque en ese momento me sentía muy débil y mareada. Sin embargo, aun tenía conmigo las palabras que Bastet me había dicho… así como su anillo en mi dedo anular de la mano derecha.
